Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2) Capítulo 4 — Valentina
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Capítulo 4 — Valentina

Las semanas posteriores a la comida con Mateo trajeron una tregua incómoda pero real en casa: mi padre dejó de mencionar el tema de manera directa, aunque tampoco lo abrazó con entusiasmo, instalándose en una especie de observación cautelosa que, según Renata, era "lo más parecido a una aprobación que vas a conseguir de un hombre como tu padre a corto plazo".

Mi madre, por su parte, adoptó una estrategia distinta, mucho más sutil y, en cierto modo, más difícil de combatir directamente: empezó a organizar encuentros "casuales" con hijos de amigos de la familia, presentándomelos como simples conocidos sin ninguna intención oculta, aunque la frecuencia y el patrón de esos encuentros no dejaban lugar a dudas sobre su verdadero propósito.

—Te presento a Diego —me dijo, un sábado por la tarde, en una comida benéfica a la que me había arrastrado con la excusa de "hacer relaciones públicas para la fundación familiar"—. Es el hijo de los Valdespino, acaba de terminar un máster en Londres.

Diego resultó ser, efectivamente, un chico agradable, educado, con una conversación fluida sobre mercados financieros y viajes exóticos que, en otro momento de mi vida, quizás me habría resultado interesante.

Pero pasé toda la conversación comparándolo, sin poder evitarlo, con Mateo, encontrando en cada intercambio trivial sobre restaurantes de moda o sobre la última exposición de arte contemporáneo, un vacío que no tenía nada que ver con la inteligencia o la educación de Diego, sino con la ausencia total de la conexión genuina que sentía con Mateo.

—¿Qué tal Diego? —me preguntó mi madre, de camino a casa, con una ligereza calculada que no me engañó ni por un segundo.

—Muy agradable, mamá. Pero no me interesa, si es lo que estás preguntando de verdad.

—Solo digo que sería bueno que conocieras a más gente de tu entorno, Valentina. Ampliar horizontes.

—Mis horizontes están bastante amplios ya, gracias.

Aquella conversación, repetida con variaciones sutiles en las semanas siguientes —siempre un chico nuevo, siempre presentado como "solo un conocido", siempre con las mismas cualidades de fondo económico y social impecables—, se convirtió en una fuente constante de tensión entre mi madre y yo, un pulso silencioso que ninguna de las dos mencionaba abiertamente pero que ambas entendíamos perfectamente.

· · ·

Le conté todo esto a Mateo una tarde, mientras paseábamos por el Retiro, con una risa que intentaba disimular la frustración real que sentía por dentro.

—Tu madre no se rinde fácilmente, ¿eh? —comentó él, con un humor que agradecí, porque necesitaba desesperadamente algo de ligereza en medio de tanta tensión familiar.

—Es agotador, la verdad. Cada semana un candidato nuevo, todos intercambiables entre sí, todos con el mismo perfil aburrido de familia bien y máster en el extranjero.

—¿Y si alguno de ellos te gustara de verdad? ¿Qué harías?

La pregunta me pilló desprevenida, y me detuve un momento antes de contestar, sopesando la sinceridad completa que la situación merecía.

—No va a pasar, Mateo. Y no lo digo para tranquilizarte, lo digo porque es la verdad más simple que conozco sobre mí misma en este momento. Ninguno de esos chicos me hace sentir ni remotamente lo que siento contigo.

Me abrazó entonces, con una intensidad que reflejaba, más que cualquier palabra, el alivio genuino que mis palabras le producían, aunque ambos sabíamos que la inseguridad ocasional, alimentada por la presión constante de mi familia, era algo con lo que tendríamos que aprender a convivir mientras aquella batalla siguiera en curso.

—Hay algo que quiero proponerte —le dije, después de un rato de silencio cómodo—.

Renata cree que deberíamos dejar de escondernos a medias, y creo que tiene razón.

Quiero que vengas a la boda de mi primo Alejandro, en primavera.

Como mi pareja oficial, delante de toda la familia extendida, sin excusas ni medias verdades.

Mateo se quedó pensativo un momento, evaluando la magnitud de lo que le estaba proponiendo.

—¿Estás segura de que es buena idea? Una cosa es una comida familiar reducida, y otra muy distinta es una boda con, imagino, cientos de invitados de tu círculo social al completo.

—Estoy segura. Si vamos a hacer esto de verdad, tenemos que hacerlo sin escondernos más. Además, mi padre ya te ha dado, a su manera, una oportunidad. Creo que es momento de demostrarle, delante de todos, que no pensamos rendirnos.

Aceptó, con una determinación que reflejaba la misma valentía con la que había afrontado la comida con mi padre semanas atrás, y aquella conversación en el Retiro se convirtió en el primer paso concreto hacia un plan que, sin saberlo todavía ninguno de los dos, terminaría poniendo a prueba nuestra relación de una manera mucho más intensa de lo que cualquiera de los dos podía anticipar en aquel momento de otoño todavía tranquilo.

· · ·

Aquella misma semana, mi abuela materna me invitó a comer, como solía hacer periódicamente, y aproveché la ocasión para contarle los planes sobre la boda de Alejandro.

—Me parece una idea espléndida —me dijo, con un entusiasmo genuino que contrastaba con la cautela habitual del resto de la familia—. Ya era hora de que dejarais de jugar a las escondidas. El amor de verdad no debería vivir en las sombras, hija.

—Tengo miedo de que sea un desastre, abuela. Toda mi familia extendida estará ahí, gente que ni siquiera conoce la existencia de Mateo.

—El miedo es normal. Pero recuerda lo que te dije el verano pasado: yo tuve la oportunidad de luchar por el amor de mi vida y no lo hice, por miedo, precisamente. No cometas tú el mismo error.

Aquellas palabras, repetidas casi con las mismas frases que había usado meses atrás por teléfono, se me quedaron grabadas con una fuerza renovada, reforzando la determinación con la que había afrontado la conversación con Mateo en el Retiro, y preparándome, sin saberlo del todo todavía, para los meses de dificultad creciente que el otoño y el invierno de aquel segundo año tenían reservados para los dos.

· · ·

Diego Valdespino, el joven del máster en Londres que mi madre me había presentado en aquella comida benéfica, resultó tener más determinación de la que había anticipado inicialmente, contactándome varias veces en las semanas siguientes con propuestas de quedar para tomar un café, invitaciones que rechacé educadamente en cada ocasión, aunque su insistencia empezaba a resultarme cada vez más incómoda.

—Creo que tu madre le ha dado esperanzas de más a ese chico —le comenté a Renata, mientras revisábamos juntas el enésimo mensaje de Diego proponiendo un nuevo plan—. No entiendo por qué sigue insistiendo si ya le he dejado clarísimo que no estoy interesada.

—Porque probablemente tu madre le ha insinuado que solo es cuestión de tiempo, Val. Que esta "fase" con Mateo se te va a pasar, y que él solo tiene que ser paciente.

Aquella posibilidad, que Renata planteó con la naturalidad de quien conoce perfectamente los mecanismos sutiles de nuestro círculo social, me llenó de una indignación renovada hacia la estrategia constante de mi madre, que parecía dispuesta a manipular la situación desde ángulos cada vez más indirectos con tal de conseguir el resultado que deseaba para mi vida.

Decidí, finalmente, hablar directamente con Diego, para zanjar cualquier ambigüedad de una vez por todas.

—Diego, aprecio mucho tu interés, mucho más de lo que probablemente demuestro con mis rechazos constantes —le dije, durante uno de los pocos cafés que finalmente acepté, precisamente para tener esta conversación cara a cara—.

Pero quiero ser completamente honesta contigo: tengo pareja, una relación seria y estable, y no tengo ninguna intención de que eso cambie.

Sea lo que sea que mi madre te haya sugerido sobre esto siendo "una fase pasajera", no es cierto.

Diego, para su crédito, aceptó la noticia con una madurez que no esperaba, disculpándose por su insistencia y prometiendo que no volvería a presionarme con el tema.

Aquella conversación, aunque incómoda en el momento, me proporcionó una sensación de alivio y de control sobre mi propia narrativa que necesitaba desesperadamente en medio de tantas presiones familiares indirectas.

· · ·

Aquella misma semana, mi padre me sorprendió con una invitación poco habitual: acompañarlo a una reunión de la junta directiva de Grupo Cross en la que se discutiría, entre otros temas, la posible ampliación de la línea de proyectos de responsabilidad social corporativa que habíamos empezado a explorar juntos meses atrás, tras nuestra conversación en el coche camino a la obra de las afueras.

—Quiero que estés presente —me dijo, con una formalidad que no era habitual en las conversaciones privadas entre nosotros—. Creo que tu perspectiva, después de tu experiencia directa con el proyecto de Sierra Gorda, podría aportar algo valioso a la discusión.

Acudí a la reunión con una mezcla de nervios y de curiosidad genuina, observando por primera vez de cerca cómo funcionaba realmente el engranaje interno de la empresa familiar, con sus dinámicas de poder, sus negociaciones cuidadosas, y sus discusiones técnicas sobre presupuestos y rentabilidad que hasta entonces solo había conocido de manera abstracta.

Cuando llegó el momento de discutir la ampliación de los proyectos sociales, mi padre me cedió la palabra, permitiéndome compartir con la junta directiva, formada en su mayoría por hombres de mediana edad con décadas de experiencia en el sector inmobiliario, mi perspectiva personal sobre el impacto real que este tipo de iniciativas podían tener, tanto para las comunidades beneficiadas como para la reputación e identidad de la propia empresa.

Mi intervención, preparada con el mismo rigor que había aplicado a cualquier presentación académica, pareció convencer a varios de los miembros más escépticos de la junta, y al final de la reunión, mi padre me dedicó una mirada de aprobación que rara vez había recibido de él en un contexto tan formal.