Capítulo 5 — Mateo #2
Aquellas palabras, aunque no eliminaban completamente mi inquietud sobre la ventaja estructural de Fernando, me ayudaron a mantener la concentración necesaria en mi propia preparación, confiando en que la rigurosidad técnica del proceso final de selección terminaría, como Iris Moreno insistía, valorando genuinamente el mérito real por encima de cualquier ventaja circunstancial de contactos familiares previos.
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Valentina, además de organizar aquella cena íntima de celebración por haber superado la primera fase de selección, insistió también en acompañarme, sin que yo se lo pidiera directamente, a visitar la sede temporal de Rehberg & Asociados en Madrid una segunda vez, aprovechando una jornada de puertas abiertas que el estudio había organizado para los finalistas y sus familiares o parejas.
—Quiero conocer de primera mano el entorno donde vas a pasar el próximo verano, si consigues la plaza —me explicó, mientras recorríamos juntos las oficinas luminosas del estudio—. Me parece importante entender completamente este proyecto tuyo, no solo escucharlo de segunda mano.
Durante aquella visita, coincidimos brevemente con Fernando Ochoa, que había llevado también a su propia familia al evento, incluyendo a su padre, cuya presencia generó una dinámica de saludos protocolarios entre los distintos socios del estudio que evidenciaba, una vez más, el nivel de conexión previa que la familia de Fernando mantenía con los responsables de la selección.
—Qué casualidad encontrarnos aquí, Mateo —comentó Fernando, con una sonrisa que combinaba cordialidad superficial y cierta satisfacción por la evidente familiaridad de su propio padre con varios de los presentes—. Veo que también has decidido traer compañía para la jornada de puertas abiertas.
—Así es. Valentina quería conocer mejor el estudio.
Valentina, con una elegancia y una firmeza que admiré profundamente, se dirigió directamente a Fernando con un comentario que reflejaba bien su propia perspectiva sobre la situación desigual que Mateo enfrentaba en aquella competencia.
—Me parece fascinante el trabajo que hace Rehberg en proyectos de vivienda social en toda Europa —comentó, con una sonrisa cortés pero firme—.
Estoy convencida de que valorarán especialmente candidatos con experiencia práctica y demostrada en ese ámbito específico, más allá de cualquier otra consideración circunstancial.
El comentario, sutil pero claramente dirigido a poner en su lugar cualquier pretensión de superioridad basada en contactos familiares, pareció descolocar ligeramente a Fernando, que respondió con una cordialidad algo más forzada antes de despedirse para continuar su propio recorrido por las instalaciones.
—Eso ha sido perfecto —le susurré a Valentina, mientras nos alejábamos hacia otra sección del estudio—. Gracias por defenderme así, aunque no hiciera falta que interviniera.
—Siempre voy a defenderte, Mateo, cada vez que alguien intente hacerte sentir menos de lo que vales por no tener los mismos contactos que ellos.
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Bruno, además del apoyo emocional que me ofreció el día de la entrevista final, insistió también en organizar una pequeña celebración con toda nuestra pandilla habitual del barrio, aprovechando la ocasión para presumir, con evidente orgullo, de mi candidatura a una beca tan prestigiosa ante amigos de toda la vida que habían seguido mi trayectoria académica con interés genuino a lo largo de los años.
—Este tío va a trabajar en Alemania, con los arquitectos más importantes de Europa —anunció Bruno, con una exageración cariñosa que reflejaba bien el orgullo genuino que sentía por mi logro—. Y todo esto empezó en el mismo barrio donde hemos crecido todos nosotros.
Aquella celebración informal, con amigos que conocía desde la infancia y que habían compartido conmigo tanto los momentos difíciles como los logros de toda una vida en Vallecas, me recordó, una vez más, la importancia fundamental de mantener conexión con mis propias raíces, independientemente de las oportunidades profesionales que mi carrera pudiera ofrecerme en entornos cada vez más alejados de mi origen humilde.
Valentina, invitada también a aquella celebración informal, se integró con una naturalidad que ya resultaba habitual después de tantos años de relación, disfrutando de la compañía de mis amigos de toda la vida con la misma comodidad que mostraba en cualquier evento de su propio círculo social, una prueba adicional de lo mucho que había conseguido, con esfuerzo genuino, moverse con soltura entre ambos mundos.
—Tus amigos son geniales, Mateo —me comentó, ya de vuelta hacia su casa, después de la celebración—. Hay una calidez y una honestidad en la manera en que se relacionan entre ellos que rara vez encuentro en mi propio círculo social.
—Y tú encajas perfectamente entre ellos, para que lo sepas. Nadie diría, viéndote esta noche, que vienes de un mundo tan distinto al nuestro.
Aquel comentario, sincero y cargado de un cariño genuino, resumía bien la evolución que ambos habíamos experimentado a lo largo de aquellos tres años de relación: la capacidad creciente de habitar, con la misma naturalidad y autenticidad, dos mundos que en su momento habían parecido completamente incompatibles entre sí.
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Marisa, la coordinadora de la ONG que había supervisado el proyecto original de Sierra Gorda, se enteró también de mi candidatura a la beca de Rehberg & Asociados, y decidió escribir personalmente una carta de apoyo adicional dirigida al jurado evaluador, destacando el impacto real y medible de mi trabajo en el proyecto de vivienda para jóvenes extutelados que Valentina y yo habíamos desarrollado juntos el año anterior.
—No sabía que ibas a hacer esto, Marisa —le comenté, genuinamente sorprendido y conmovido por aquel gesto adicional de apoyo—. No hacía falta que te tomaras esta molestia extra.
—Claro que hacía falta, Mateo. Llevo años trabajando con estudiantes universitarios en proyectos sociales, y pocas veces he visto a alguien con tu combinación de talento técnico y compromiso genuino.
Es lo mínimo que puedo hacer para ayudarte a conseguir una oportunidad que, sin duda, mereces plenamente.
Aquella carta adicional de Marisa, sumada a las cartas de recomendación de Iris Moreno, se convirtió en un elemento decisivo de mi candidatura final, proporcionando al jurado evaluador una perspectiva externa e independiente sobre la calidad y el impacto real de mi trabajo, más allá de cualquier consideración puramente académica o técnica que pudiera compararse con la ventaja de contactos familiares de Fernando Ochoa.
Doña Pilar, al enterarse de aquel gesto adicional de Marisa, insistió también en escribir, con la ayuda de su nieta que la asistía con temas de escritura formal, una breve carta personal describiendo el impacto directo que mi trabajo había tenido en su propia vida y en la de sus vecinos del edificio de Sierra Gorda.