Capítulo 4 — Valentina
Las reuniones de negocios con Guillermo Valdivia se volvieron cada vez más frecuentes a lo largo de octubre, y aunque mantuve siempre un tono estrictamente profesional en mi trato con él, no pude evitar notar que sus intentos de coqueteo, lejos de disminuir, parecían intensificarse con cada encuentro, generando una incomodidad creciente que empezaba a resultarme difícil de gestionar sin comprometer la relación estratégica entre ambas empresas familiares.
—Deberíamos organizar una visita conjunta a algún proyecto de referencia en materia de sostenibilidad urbana —me propuso Guillermo, durante una de aquellas reuniones, con una sonrisa que sugería intenciones que iban más allá de lo estrictamente profesional—.
Conozco un desarrollo excelente en Barcelona que podría interesarte, y sería una oportunidad perfecta para conocernos mejor, en un ambiente más relajado que estas reuniones tan formales.
—Suena interesante desde el punto de vista profesional —contesté, con una cortesía calculada que intentaba mantener las distancias sin resultar innecesariamente hostil hacia alguien con quien, al fin y al cabo, mi propio padre necesitaba mantener una buena relación empresarial—.
Aunque prefiero que cualquier viaje de trabajo se organice dentro del marco formal de la colaboración entre nuestras empresas, con la participación de más miembros del equipo.
Mi respuesta, educada pero firme, pareció transmitir el mensaje adecuado, aunque no evitó que Guillermo siguiera insistiendo, semana tras semana, con propuestas similares que empezaban a resultarme cada vez más agotadoras de gestionar sin generar fricciones innecesarias en la relación empresarial entre nuestras familias.
· · ·
Le confesé a Renata, durante una de nuestras conversaciones habituales, lo agotador que resultaba aquella dinámica constante con Guillermo.
—¿Y por qué no le paras los pies de una vez, Val? —me preguntó, con su franqueza habitual—. No tienes por qué aguantar ese tipo de insistencia solo porque tu padre necesite mantener buenas relaciones con su familia.
—No es tan sencillo, Renata. Cualquier conflicto directo con Guillermo podría comprometer la alianza estratégica que mi padre lleva meses negociando. Y tampoco quiero generarle a Mateo más inseguridad de la que ya siente con toda esta situación.
—¿Mateo sabe realmente hasta qué punto ha llegado la insistencia de Guillermo?
Me quedé callada un momento, dándome cuenta de que, en realidad, le había restado importancia deliberadamente a la situación cada vez que hablaba con Mateo sobre el tema, temerosa de generar una inseguridad que pudiera desestabilizar nuestra relación en un momento ya de por sí tenso por la competencia profesional que enfrentaba con Fernando Ochoa por la beca de Rehberg.
—No exactamente —admití, finalmente—. Le he minimizado bastante la situación.
—Val, eso no me parece buena idea. La honestidad completa siempre ha sido la base de vuestra relación. Ocultarle información, aunque sea con buena intención, podría generar más problemas a largo plazo que la incomodidad inicial de contarle toda la verdad.
Renata tenía razón, como de costumbre, y aquella conversación me hizo reflexionar seriamente sobre la necesidad de ser completamente transparente con Mateo respecto a la magnitud real de la insistencia de Guillermo, aunque temiera que aquella honestidad pudiera generar una tensión adicional en un momento ya de por sí delicado para ambos.
· · ·
Aquella misma semana, mi madre, al notar mi propio estado de ánimo tenso durante una comida familiar, me preguntó directamente si algo me preocupaba, mostrando una perceptividad que reflejaba lo mucho que había evolucionado nuestra relación desde aquella primera comida tensa con Mateo hacía ya casi dos años.
—Es Guillermo Valdivia, mamá. Su insistencia constante se está volviendo cada vez más difícil de gestionar sin generar fricciones con la alianza empresarial que papá lleva meses negociando.
—Deberías hablar directamente con tu padre sobre esto, Valentina. No tienes por qué cargar tú sola con la incomodidad de gestionar los intereses personales de un hombre que se aprovecha de la situación empresarial para sus propios fines.
—Tienes razón, pero me preocupa que cualquier queja mía pueda interpretarse como un problema personal que ponga en riesgo toda la negociación.
Mi madre, con una firmeza que no esperaba de ella en aquel contexto, insistió en que aquella preocupación no debía impedirme establecer límites claros y necesarios ante una situación que, cada vez con mayor evidencia, resultaba inapropiada e incómoda para mí.
—Tu padre puede ser muy focalizado en los objetivos empresariales, Valentina, pero no es insensible a tus necesidades reales cuando se las planteas con claridad.
Confía en que, si le explicas la situación con la seriedad que merece, sabrá encontrar la manera de proteger tanto tus intereses personales como los de la empresa.
Aquel consejo de mi madre, sumado a la conversación previa con Renata sobre las verdaderas intenciones de Guillermo, terminó de convencerme de la necesidad de abordar directamente el tema con mi padre, aunque decidí posponer aquella conversación hasta después de resolver la crisis más urgente que se avecinaba con Mateo tras la cena de los Cross.
· · ·
La situación con Guillermo Valdivia alcanzó un punto crítico cuando, tras varios intercambios de mensajes que habían ido cruzando gradualmente la línea de lo estrictamente profesional, me envió una invitación directa a cenar "solo los dos, para conocernos mejor fuera del contexto laboral", una propuesta que no dejaba ya ningún margen de ambigüedad sobre sus verdaderas intenciones.
Decidí, finalmente, responder con la claridad y la firmeza que debería haber empleado desde el principio de aquella dinámica incómoda.
"Guillermo, agradezco tu interés en conocerme mejor, pero necesito ser completamente clara: tengo pareja, una relación seria y estable, y cualquier tipo de encuentro fuera del ámbito estrictamente profesional no es apropiado ni deseado por mi parte.
Espero que podamos mantener una colaboración profesional cordial, centrada exclusivamente en los intereses de nuestras respectivas empresas. "
Su respuesta, aunque cortés en apariencia, reveló cierta sorpresa genuina, como si no hubiera anticipado en absoluto un rechazo tan directo y tan claro de sus intenciones.
"Disculpa si he sido inapropiado. No pretendía incomodarte. Por supuesto, mantendremos la relación estrictamente profesional a partir de ahora."
Aquella respuesta, aunque satisfactoria en cuanto a establecer límites claros, no eliminó del todo mi preocupación sobre cómo aquella situación podría afectar a la relación estratégica entre nuestras dos empresas, ni sobre cómo debía abordar el tema con mi padre sin generar una tensión innecesaria en una negociación empresarial de gran importancia para el futuro de Grupo Cross.
Decidí, finalmente, hablar directamente con mi padre esa misma semana, explicándole con detalle la situación y la necesidad de establecer canales de comunicación más formales y menos personales en las interacciones futuras con Guillermo Valdivia.
—Deberías habérmelo contado antes, Valentina —me dijo mi padre, con una seriedad que reflejaba genuina preocupación por mi bienestar, más allá de cualquier consideración puramente empresarial—.
Voy a hablar directamente con su padre sobre este tema, y te aseguro que a partir de ahora cualquier interacción profesional entre vosotros se limitará estrictamente a reuniones grupales, sin ningún contacto personal innecesario.
Aquella conversación, resuelta con una comprensión y un apoyo que apenas dos años atrás habría parecido imposible de esperar de mi padre, representó un alivio considerable, aunque llegó, lamentablemente, después de que la tensión acumulada por toda aquella situación ya hubiera contribuido significativamente al distanciamiento emocional que empezaba a manifestarse en mi relación con Mateo durante aquellas mismas semanas.
· · ·
Renata, al enterarse finalmente de los detalles completos sobre la insistencia de Guillermo Valdivia y sobre cómo había decidido abordar la situación directamente con él y con mi padre, expresó una mezcla de orgullo y de alivio genuino por la manera en que había manejado finalmente todo aquel asunto tan incómodo.
—Ya era hora de que le pararas los pies, Val —me dijo, durante una de nuestras conversaciones habituales—. Aunque me sorprende que tu padre haya reaccionado tan bien cuando se lo contaste. Pensaba que priorizaría la negociación empresarial por encima de todo lo demás.
—Yo también lo pensaba, la verdad. Pero creo que los últimos años, con toda la evolución que ha tenido respecto a mi relación con Mateo, le han enseñado a valorar mi bienestar personal de una manera que antes simplemente no contemplaba como una prioridad real frente a los intereses puramente empresariales.
Aquella reflexión, compartida con Renata en un momento de calma después de la tensión acumulada por toda la situación con Guillermo, me hizo darme cuenta, una vez más, de cuánto habían evolucionado tanto mi padre como toda la dinámica familiar a lo largo de los últimos tres años, desde aquel primer ultimátum devastador sobre la financiación de mi máster hasta esta nueva disposición a priorizar mi bienestar personal por encima de consideraciones puramente estratégicas.
—¿Y cómo está Mateo con todo esto? —preguntó Renata, con una preocupación genuina que reflejaba lo mucho que su propia relación con él había evolucionado a lo largo de los años, desde la primera visita curiosa a Vallecas hasta convertirse en una figura constante de apoyo mutuo.
—Todavía no se lo he contado con todo el detalle que merece. Ha estado especialmente afectado últimamente, con lo de la rivalidad por la beca de Rehberg y con la propia insistencia de Guillermo generándole una inseguridad que no había visto en él con esta intensidad hasta ahora.