Capítulo 1 — Mateo #2
Kevin, mi antiguo alumno de tutorías que ya cursaba su primer año de bachillerato de excelencia, se enteró de la noticia sobre mi candidatura a la beca de Rehberg a través de un comentario casual durante una de nuestras sesiones semanales, que habíamos mantenido a lo largo de los años a pesar de que técnicamente ya no necesitaba tanto apoyo académico como al principio de nuestra relación de tutoría.
—¿Vas a irte a trabajar a Alemania si consigues esa beca? —me preguntó, con una mezcla de admiración y de cierta preocupación por la posible pérdida de nuestras sesiones semanales.
—Solo sería un período de prácticas durante el verano, Kevin. No te preocupes, seguiré aquí para ayudarte con tus estudios el resto del año.
—Menos mal. Aunque, para ser sincero, me haría mucha ilusión que consiguieras algo tan importante. Demostraría que la gente de aquí también puede llegar a sitios así, aunque tengamos que currárnoslo mucho más que otros.
Aquel comentario de Kevin, con su perspicacia característica sobre las dinámicas de desigualdad que ambos conocíamos de primera mano, resumía bien la importancia simbólica que aquella beca representaba, no solo para mi propia trayectoria profesional individual, sino para todo un colectivo de jóvenes de mi entorno que veían en mi propio camino una prueba tangible de que el esfuerzo y el mérito genuino podían, contra todo pronóstico, abrirse paso incluso en un sistema estructuralmente desigual.
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Valentina, además de todo el apoyo emocional que me ofreció durante la preparación de la candidatura a la beca de Rehberg, insistió también en revisar personalmente cada documento de la solicitud desde una perspectiva de gestión de proyectos, aplicando los conocimientos que había ido adquiriendo a lo largo de sus propios estudios en ICADE para ayudarme a estructurar la información de la manera más persuasiva posible para el jurado evaluador.
—Deberías reorganizar esta sección para destacar primero el impacto medible del proyecto, y después los detalles técnicos del diseño —me sugirió, revisando conmigo la memoria del proyecto de Sierra Gorda que pensaba incluir como pieza central del portafolio—.
Los inversores y los jurados de este tipo de becas suelen responder mejor a resultados concretos que a descripciones puramente técnicas.
Su perspectiva, complementando perfectamente mi propia formación técnica en arquitectura, terminó de pulir la presentación de mi candidatura hasta un nivel de profesionalidad que, sin su ayuda, probablemente no habría conseguido alcanzar por mí mismo en el tiempo disponible.
—Formamos un buen equipo para este tipo de cosas, ¿verdad? —comentó, con una sonrisa satisfecha, tras terminar de revisar la última versión del documento—. Tú aportas la visión técnica y la pasión genuina, yo aporto la estructura y la persuasión estratégica.
—El equipo perfecto para "Puentes", cuando por fin lo pongamos en marcha de verdad —bromeé, recordando nuestro proyecto imaginario de estudio conjunto que llevábamos meses fantaseando construir juntos algún día.
Aquella colaboración, que ya se había convertido en una dinámica habitual entre nosotros a lo largo de los últimos tres años, reforzaba una vez más la certeza de que, más allá de cualquier obstáculo circunstancial relacionado con las diferencias sociales entre nuestras familias, Valentina y yo habíamos construido una complementariedad profesional y personal que constituía, en sí misma, una de las bases más sólidas de todo lo que habíamos logrado juntos hasta la fecha.
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Mi padre, con su característica reserva emocional, decidió mostrar su apoyo hacia mi candidatura de una manera muy propia de él: ofreciéndose a ayudarme con la parte más técnica y menos glamurosa del proceso, revisando conmigo, durante varias noches consecutivas, los cálculos estructurales detallados que debía incluir en la documentación técnica del proyecto de vivienda para jóvenes extutelados.
—Estos números tienen que estar impecables, hijo —me dijo, mientras revisábamos juntos, con la precisión que su oficio de electricista le había enseñado a lo largo de décadas, cada detalle de las especificaciones técnicas—.
La gente como nosotros no puede permitirse errores que la gente con más recursos simplemente subsanaría con más dinero o con más contactos.
Aquella colaboración con mi padre, silenciosa pero profundamente significativa, me recordó una vez más el valor del trabajo compartido en familia, un valor que contrastaba enormemente con la manera en que, según había observado en distintas ocasiones a lo largo de mi relación con Valentina, muchas familias adineradas tendían a delegar completamente este tipo de tareas en profesionales contratados, sin la implicación personal y emocional que mi propia familia ponía en cada pequeño detalle de mi candidatura.
Mi madre, por su parte, se encargó de asegurarse de que durante aquellas semanas de preparación intensiva no descuidara completamente mi alimentación ni mi descanso, preparándome comidas especialmente nutritivas y recordándome constantemente la importancia de dormir lo suficiente para rendir adecuadamente tanto en mis estudios como en la preparación de la candidatura.
—De nada sirve toda esta preparación si llegas agotado a la entrevista final, Mateo —me repetía, con la sabiduría práctica de quien había visto, a lo largo de su carrera como auxiliar de enfermería, las consecuencias reales del agotamiento físico y mental acumulado.
Aquel cuidado integral por parte de mis padres, combinando el apoyo técnico de mi padre con el cuidado emocional y físico de mi madre, se sumó al apoyo constante de Valentina, de Bruno y de Iris Moreno, construyendo una red de sostén tan sólida que me permitió afrontar todo el proceso de selección con una confianza y una estabilidad emocional que, sin aquel entramado de cariño genuino, difícilmente habría conseguido mantener durante semanas tan exigentes.
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Renata, aunque no directamente involucrada en la preparación técnica de mi candidatura, se ofreció también a ayudar de una manera que reflejaba bien el cariño genuino que había desarrollado hacia mí a lo largo de aquellos tres años de amistad con Valentina: organizó, a través de contactos de su propia familia, una breve reunión informal con un antiguo directivo de una constructora que había trabajado años atrás en proyectos conjuntos con Rehberg & Asociados en España.