Donde tú me viste Capítulo 40
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Capítulo 40

Lia

El viaje a Seattle transcurrió sin grandes contratiempos.

El vuelo fue rápido y tranquilo. Alex tuvo que conectarse a una reunión en línea que consumió casi todo el trayecto. Para el regreso a Austin, yo ya tenía varias ideas sobre cómo pasar el tiempo con él.

Ideas muy indecentes, de hecho.

Volver a Seattle removió dentro de mí una mezcla de emociones.

Era imposible no recordar mi vida anterior y todos los vínculos que aún tenía con la ciudad.

Tardamos unos veinticinco minutos en llegar a la casa de Alex, y ese tiempo bastó para que la infancia y la adolescencia se agolparan en mi mente.

Su casa estaba en Broadmoor, uno de los barrios más tradicionales y caros de Seattle, una zona de familias antiguas llena de grandes mansiones históricas.

Curiosamente, lindaba con el barrio donde yo había vivido con mi familia, una zona igual de adinerada. La idea de estar tan cerca de mi padre y de mi hermana me encogió el estómago.

—Bienvenida, mi amor —dijo Alex cuando aparcó en la entrada.

Mi mirada recorrió la elegante fachada clásica de la mansión LeBlanc.

El lugar me transmitió una sensación de hogar.

Quizá aquel pudiera convertirse en el lugar donde Alex y yo empezáramos nuestra vida juntos, rodeados de amor y seguridad.

Mientras admiraba la casa, la puerta principal se abrió y una voz suave nos saludó.

—¡Alex! Pensé que habías olvidado cómo se vuelve a casa, muchacho. Si hubiera sabido que venías hoy, habría preparado algo especial.

—Me gusta sorprenderte.

La mujer de mediana edad, de ojos bondadosos y sonrisa acogedora, abrazó a Alex con calidez, como una madre abrazaría a un hijo.

Angelina irradiaba una serenidad que me tranquilizó de inmediato.

El afecto y el cuidado entre ellos eran evidentes.

Debía de haber sido un apoyo importante para Alex después de que perdiera a sus padres.

—Eres imposible. —Angelina centró su atención en mí—. ¿Y qué tenemos aquí? Deberías haberme dicho que teníamos compañía para almorzar. ¿Quién es esta joven tan hermosa?

—Angelina, ella es Lia Waltons. El amor de mi vida y mi prometida.

Alex me miró con una devoción abierta.

—¿Prometida? —Angelina me miró sorprendida—. Esta es una historia que necesito escuchar como es debido.

—Lia, ella es Angelina. Es el ama de llaves de la mansión. Trabaja aquí desde que tengo memoria. La verdad es que ella manda en todo por aquí. Es la responsable de que la casa funcione con la precisión de un reloj suizo.

—Este muchacho exagera —dijo ella, aunque el afecto le suavizaba la voz—. Llevo veintisiete años trabajando para la familia. Desde que Alex era un bebé llorón.

—Angelina —dijo Alex, sonriéndole—, ¿qué va a pensar mi prometida si te oye hablar así de mí?

Las bromas entre ellos hicieron que todo se sintiera más ligero.

—Señora Angelina, es un placer conocerla.

Extendí la mano y le devolví su sonrisa amable.

—Nada de formalidades, querida. Solo Angelina. Ahora entren y coman algo. Deben de tener hambre. Luego podrán contarme todo sobre esta novedad. Haré que alguien saque el equipaje del coche, no se preocupen.

—Lia, ten cuidado. Angelina te obligará a comer en cada oportunidad que tenga. Por eso, cuando me quedo aquí, paso la mayor parte del tiempo en el gimnasio intentando quemar todas las calorías que ella insiste en darme.

Alex besó la mejilla de Angelina.

—Deja de decir tonterías, muchacho. Necesitas comer bien. ¿Quién sabe de qué vives cuando estás fuera? Seguro que todo es comida basura.

No podía explicarlo, pero la presencia de Angelina me dio una sensación de seguridad y familiaridad. Creí que podríamos construir una relación de confianza y amistad.

Alex me llevó a recorrer la propiedad mientras terminaban de preparar el almuerzo. Su casa era enorme, con todo tipo de lujos y comodidades: un jardín encantador y muy bien cuidado, gimnasio, piscina y una pista deportiva al aire libre.

Espacio más que suficiente para una familia grande.

La familia LeBlanc probablemente había sido muy feliz allí en otro tiempo. Era una lástima que ahora la casa albergara solo a Alex y al personal.

Casi podía imaginar a nuestros hijos corriendo y jugando en aquel lugar.

Quizá estaba perdiendo la cabeza por pensar en eso.

—Esta es la habitación que tenía más ganas de enseñarte.

Alex me tomó de la mano y me condujo a un dormitorio precioso.

—Bienvenida a la que ahora es nuestra habitación. Siéntete libre de cambiar lo que quieras para que también la sientas tuya. Podemos llamar a un decorador si lo prefieres.

—Tu habitación es preciosa, Alex.

Mis ojos recorrieron con asombro todo lo que me rodeaba.

El dormitorio de Alex era una oda a la elegancia.

Tenía un encanto clásico con toques contemporáneos.

Las paredes, pintadas en un tono azul muy suave, irradiaban calma, mientras la iluminación cuidadosamente dispuesta creaba una atmósfera acogedora.

Una cama extragrande ocupaba el centro de la habitación, impecablemente hecha con ropa de cama azul marino.

—Esto no está sujeto a discusión —añadió Alex, como si hubiera leído mis pensamientos.

—Ya veremos.

Almorzamos y, después, fuimos al hospital, donde conocí al doctor Gabriel Farrell.

Tenía la misma edad que Alex, y me enteré de que él y Alex eran amigos desde el colegio.

Era guapo, serio, austero, con un aura de misterio.

Alex me contó que Gabriel había perdido recientemente a su esposa en un accidente y que esa pérdida lo había devastado.

Lo sentí por él.

Después de las presentaciones, el médico explicó varios puntos sobre el tratamiento paliativo.

Todavía era experimental, pero los resultados eran prometedores.

Explicó cómo ayudaba a prolongar la esperanza de vida de los pacientes, aunque la cura de Alex seguía dependiendo de encontrar un donante de médula ósea.

Yo estaba decidida a hacerme la prueba, y el doctor Gabriel me indicó que fuera al banco de sangre del hospital para que pudieran tomarme la muestra. Decidí ir al lugar que me señaló, dejando a Alex para que hablara un poco más con su amigo.

Mientras caminaba por los pasillos, choqué accidentalmente con alguien.

Para mi sorpresa, era una persona de mi pasado.

Alguien a quien no estaba preparada para volver a ver.

—Lo siento.

—¿No miras por dónde vas?

—¿Lorraine?

Me encontré frente a frente con mi hermana después de ocho años.

En cuanto se dio cuenta de que era yo, todo el color abandonó su rostro, como si hubiera visto un fantasma.

—¿Qué haces aquí? —Su voz tembló de conmoción y rabia—. No puedes estar aquí. Esto no puede estar pasando. Esto es una pesadilla.

—Soy yo —susurré, con la voz espesa de emoción—. Tu hermana.

Intenté acercarme a Lorraine, pero ella retrocedió.

—No te acerques a mí. No te atrevas a acercarte a mi padre y, sobre todo, no te acerques a mi novio. Deberías volver al tugurio del que saliste arrastrándote y regresar a tu trabajo asqueroso.

Las lágrimas me llenaron los ojos ante la dureza de sus palabras.

—¿Qué está pasando?

Alex nos encontró en el pasillo, y Lorraine palideció aún más.

—¿Alex?

Miró de él a mí, intentando entender por qué estaba allí.

—Hola, doctora —dijo él.

—¿Ustedes dos se conocen? ¿Están juntos? ¿Eso es?

—Supongo que mi investigador hizo un trabajo mejor que el tuyo.

El rostro de Alex estaba serio mientras miraba fijamente a mi hermana.

—Ese almuerzo fue una trampa, ¿verdad? —espetó Lorraine—. Nunca hubo una oportunidad con la cuenta. Solo querías información sobre ella.

—Primero, Lia no es ella. Es tu hermana. Y el almuerzo no fue una trampa. La oportunidad con la cuenta es real, aunque sí usé la reunión para entender algunas cosas. Cosas que ahora están mucho más claras.

—Debería tener más cuidado con las personas con las que se relaciona, señor LeBlanc. Ella no es de fiar. Dudo que le haya contado a qué se dedica para ganar dinero. Un hombre en su posición jamás se involucraría con esa clase de persona.

—Lorraine, escúchame —supliqué, intentando apartarlos de aquella discusión.

—No voy a escucharte. A ninguno de los dos.

—Alzó la voz—. ¿Tenías que aparecer ahora?

No voy a perder mi felicidad por tu culpa otra vez.

¿Me oyes? No dejaré que me arruines las cosas.

Ya lo hiciste una vez y no voy a permitir que lo hagas de nuevo.

Mantente lejos de mí y de mi padre. Eres una vergüenza. Una traidora.

—¿Qué diría tu padre si supiera que has ocultado el paradero de tu hermana todo este tiempo? —la desafió Alex—. ¿Qué diría si supiera que su hija extraordinaria, la que él cree que ama tanto a su hermana, se negó a ayudar cuando Lia más lo necesitaba?

—Maldito seas.

—Alex, por favor, basta.

Puse la mano sobre el hombro de Alex, intentando calmarlo.

—Ya he dicho lo que necesitaba decir —siseó Lorraine—. No se acerquen a mí, ni a mi novio, ni a mi padre. Ninguno de los dos.

Lorraine se volvió y caminó por el lado opuesto del pasillo hasta desaparecer de nuestra vista.

Alex me atrajo a sus brazos, y solo entonces me di cuenta de que las lágrimas me corrían por la cara.

—No estés triste. Todo saldrá bien.

Intentó consolarme en su fuerte abrazo, envolviéndome en calidez.

Permanecimos así en el pasillo del hospital durante un rato. Alex me besó la coronilla y repitió palabras tranquilizadoras. Ver a Lorraine en persona después de todos aquellos años me sacudió profundamente. Su frialdad, la furia en sus ojos, sus palabras despectivas… me atravesaron el alma.

Se había convertido en alguien completamente distinto a la chica frágil y sensible que yo había conocido.

Y yo era en gran parte responsable de ese cambio.

—¿Estás más tranquila? —preguntó Alex.

—Sí. —Me limpié la cara—. Entremos y hagamos esta prueba.

No podía aceptar cuánto había cambiado mi hermana, pero no había nada que pudiera hacer para volver atrás en el tiempo. Aún esperaba que algún día me perdonara.

Después del encuentro de hoy, esa posibilidad parecía más lejana que nunca.

La extracción de la muestra fue sencilla y transcurrió sin dificultad.

Ahora solo podía tener fe y esperar un resultado positivo.

Mientras tanto, mi encuentro con Lorraine no abandonaba mi mente.

No tenía ni idea de que solo sería el primero de varios encuentros incómodos que tendría en los días siguientes.