Capítulo 18
CAPÍTULO
DIECIOCHO
RYDER
Me choco con James a la salida del baño; bueno, es él quien se choca conmigo.
Y lo hace a posta, desde luego. Estoy cabreado.
Mucho. Odio que me haga sentir como una puñetera carga.
Ya tengo bastante con mi familia, y resulta que él no es nada mío.
Ni siquiera somos amigos. Solo tenemos una compatibilidad de la hostia y nos entendemos de maravilla en el idioma de los gemidos y las penetraciones profundas.
Pero nada más. Y hoy ni siquiera me apetece eso. Con él no, al menos.
—Pensé que tenías mejor gusto —me suelta con ese tono de perdonavidas que hace que quiera cerrarle la boca a pollazos.
—Lo tengo.
Sigo la dirección de su mirada hacia la gente que baila al otro lado del pasillo, al chico con el que estaba muy apretado hacía tan solo unos minutos.
Es guapo, alto, rubio y tiene cuerpazo. Luego miro a James de arriba abajo, con su cuerpo cincelado y esa cara de cabreo que resulta que también me pone a cien.
Desde luego, siempre he tenido algo de masoquista.
—Lo he visto en el gimnasio. Es de los que se hacen fotitos de sus músculos y luego las suben a las redes sociales.
—¿Y? —Tuerzo la boca en una sonrisa socarrona—. Tiene músculos, que los enseñe donde le dé la gana. Y no deberías ser tan envidioso, los tuyos tampoco están mal. Pero hoy no me apetecen.
—¿No te apetecen? ¿Mis músculos? —La voz se le enreda, muestra clara de que está achispado. Estupendo. Mi mente vaga hacia aquella otra vez en la que lo tuve borracho, rogándome que se la metiera cuando jugaba con su próstata en una habitación cualquiera de una fiesta cualquiera.
Muy a mi pesar, me río. Luego me acerco y lo huelo.
Vale, no está tan borracho como la última vez, pero tampoco sobrio.
De lo contrario no se pondría celoso de un tipo que, desde luego, no tiene nada que hacer frente a él.
Y no porque no sea guapo ni tenga un físico espectacular, que lo tiene, sino porque James es…
más yo. Es guapo a nivel físico, pero también intelectual.
Eso hace que quiera meterle la lengua hasta la garganta para hacer que se calle y haga algo mejor que decir estupideces, o escribir estupideces, ya puestos.
—Estás borracho.
—No estoy borracho —replica.
—Eso dijiste la otra vez y mira cómo acabó la noche. Ni siquiera te acuerdas.
—Y tú sí —murmura con un mohín que quiero borrarle de un mordisco.
—Eso te molesta, ¿verdad? —Como veo que no contesta, me acerco un poco más y le rozo la curva del cuello con la nariz, arrastrando los labios por su piel. El calor de su cuerpo consigue que se me acelere el pulso—. ¿Qué te molesta más, que te haya follado o no acordarte de ello? Dime la verdad.
Él se estremece y se apoya contra la pared.
Enseguida me rodea la cintura y me coloca entre sus piernas.
Dios, qué duro está y qué bien huele. A una mezcla de naranja y miel, un olor que solo puedo identificar con él.
Tengo que obligarme a recordar que no quiero hacer esto, que estoy enfadado.
Qué digo, estoy dolido, que es peor. Nada más recordarlo, el placer que me provoca su cuerpo se mezcla con una punzada en el pecho.
—Vamos arriba y me enseñas lo que hicimos. —Pega su rostro al mío y nuestro aliento se entremezcla. Huele a cerveza y a él. Se me pone durísima al instante.
Intento mantenerme frío, pero tengo la mente en blanco y no consigo pensar con claridad.
Lo único que me apetece es ponerlo a cuatro patas y dejarle un bonito recuerdo que no olvide nunca.
Luego pienso en cómo es cuando está con su padre o en el hecho de que me dejara quedarme en su casa sin hacer muchas preguntas y me siento un poco culpable, un poco menos enfadado y dolido. Solo un poco.
Aun así, no se lo pienso poner fácil.
—Paso. Ya te lo dije, no voy a liarme contigo.
James mira hacia el pasillo, al rubio que ahora tiene la mirada fija en nosotros. Por su expresión deduzco que cualquier posibilidad de llevármelo a la cama acaba de morir por culpa de James.
Estoy a nada de quitármelo de encima cuando me sujeta de la nuca y me empieza a lamer el cuello.
También mete la mano por debajo de mis vaqueros y me agarra la polla.
Jadeo y enseguida me dejo llevar. Es increíble lo volátil que soy cuando se trata de él.
Me pregunto si eso de tener un noventa y seis por ciento de compatibilidad influye en algo.
Podría quedarme así para siempre; con la boca de James en mi garganta, su mano en mi polla y la suya frotándose con mi muslo.
—Dejaré que me lo hagas tú —me susurra al oído.
—Mmm.
—Haremos lo que tú quieras —prosigue con la voz ronca.
Me aparto para mirarlo. Tiene las pupilas dilatadas, la respiración acelerada y el rostro enrojecido.
Dios. No puedo decirle que no, y no porque rechazarlo implique hacerle daño, que también, sino porque lo deseo como jamás he deseado a nadie.
En cuanto he visto a James entrar…, una mezcla de rabia y anhelo me ha pellizcado las entrañas.
¿A quién quiero engañar? Me gusta. Joder, me gusta a un nivel superior.
Me ha gustado cada cosa que he hecho con él desde la primera vez que nos liamos.
Me gusta cuando me habla y cuando no me habla.
Los paseos estúpidos mientras lo persigo de acá para allá.
Su cara de cabreo cuando me ve pasearme por el gimnasio con camisetas de tirantes y pantalones ajustados.
Me gusta cómo me mira. Sobre todo me gusta cuando me quedo en su casa y pasamos tiempo juntos, cuando se pone cintas en el pelo y esas camisetas de tirantes que le quedan mucho mejor que a mí, o cuando me bajo de su cama para terminar acurrucado contra él.
Siempre se queja y siempre me lo permite, aunque sea consciente de que lo hago solo para molestarlo.
En esos momentos somos nosotros y no dos cuerpos que buscan la liberación.
Quizá por eso me molestan tanto sus comentarios de sacertados.
Le sujeto la muñeca cuando aumenta el ritmo de sus caricias y siento que estoy a nada de correrme. Dios.
—Vale, pero para ya.
Le muerdo el labio inferior y tiro de él a la vez que lo sujeto del brazo y me lo llevo al piso superior. Buscamos entre las habitaciones hasta dar con una libre y, una vez dentro, cierro el pestillo y me lanzo sobre él. Se acabó el resistirse. Si lo que quiere es sexo, eso le daré.
—Podríamos ir a mi casa —propone cuando lo empujo contra la pared y me faltan manos para tocarlo por todas partes—. Mis padres no vuelven hasta el domingo por la noche.
—Está bien aquí. —Le subo la camiseta y le desabrocho los pantalones al tiempo que le lamo y succiono el cuello.
Él jadea e intenta imitarme con dedos torpes. Todavía está peleándose con el cierre de mis vaqueros cuando tengo su polla agarrada en un puño y comienzo a acariciarla con rapidez.
—Abre las piernas —ordeno mientras cuelo la mano libre entre sus nalgas para buscar y presionar su entrada. James echa la cabeza hacia atrás y obedece. Masajeo la zona con dos dedos mientras él mueve las caderas para aumentar el ritmo de mis caricias.
—Ryder —gime con cada roce.
Ya me demostró lo mucho que le gusta que juegue con su culo. Sé lo que quiere y se lo pienso dar, pero a mi ritmo. Y hoy no me apetece ser paciente.
Cuando consigue abrirme la bragueta, se dedica a masajearme la polla por encima de los calzoncillos y yo arremeto contra su mano.
Dios. Quiero hacérselo fuerte y duro. Estoy tan excitado que podría correrme solo con el sonido de sus gemidos.
Saco la mano un momento y la llevo a mis labios sin quitarle la vista de encima.
Me los meto en la boca y los lamo despacio, deleitándome con cada reacción de su cuerpo, y, una vez los tengo bien empapados, los llevo de nuevo a su culo e introduzco un dedo.
Él abre los labios y suelta un hondo suspiro que me pone a mil.
Respira deprisa mientras lo masturbo con más ímpetu.
—Ryder —jadea.
En lugar de contestar, le beso la curva del cuello y lo acompaño con pequeños mordiscos.
—¿Vas a follarme? —pregunta con un hilo de voz.
—Paso. —Él se aparta un poco para mirarme. Antes de darle tiempo a replicar, añado—: No pienso hacerlo contigo borracho. Ya fue bastante decepcionante la última vez.
—Lo dices en serio —murmura con voz apagada, como si las otras veces que se lo solté a modo de burla no se lo hubiese terminado de creer.
—Sí —admito.
Y lo fue, en cierta medida, aunque no de la manera que él piensa. Se corrió nada más metérmela y tuve que acabar yo por mi cuenta. No hay nada más decepcionante que hacerte una paja cuando aún te palpitan los músculos del culo con el causante de todo roncando a placer a tu lado. En fin.
Su gesto se contrae en una mueca de ¿dolor?
¿Rabia? La verdad es que no lo sé. Me aparta de él con brusquedad y nos quedamos mirándonos; ambos respiramos con dificultad.
Le miro la entrepierna y él sigue la dirección de mi mirada.
Le dedico una media sonrisa y, cuando creo que se va a marchar, se acerca para empujarme contra la cama.
Caigo con todo, con mis ganas, con mi erección que no hace sino aumentar cuando James se quita toda la ropa con rapidez y me aplasta con su peso.