Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

CAPÍTULO

DIEZ

RYDER

Cojo la fuente con canelones de espinacas y queso de cabra que mi madre ha preparado para mi vecino y cruzo el jardín hacia su casa.

Mason se mudó hace un año, más o menos, cuando se independizó y creó la clínica o como sea que se llame lo que tiene montado en la parte trasera de su casa.

Invirtió tanto en crear ese espacio para los animales que se ha quedado sin pasta para poner una valla en el jardín delantero, así que es una prolongación del mío; del nuestro; bueno, del de mis padres.

Se forrará, no tengo ninguna duda; la gente con trabajos raros siempre se forra, pero, mientras triunfa, nuestra calle es como la del flautista de Hamelin, solo que en vez de ratas tenemos gatos.

Llamo un par de veces al timbre, pero, cuando no me abre, decido rodear la casa por un lateral e ir a buscarlo a la parte de atrás, donde siempre suele estar.

La casa es sencilla, de una sola planta y le hace falta una buena mano de pintura, porque el verde de la fachada se está desconchando, pero el jardín trasero se lo ha currado muchísimo.

No es demasiado grande, pero tiene un césped supercuidado con una zona de entrenamiento para animales, varias casetas para perros y zonas valladas o con redes para los gatos.

El lugar es un reflejo de su dueño. Excéntrico pero pacífico.

Nadie a quien le gusten tanto los animales puede ser mala gente y de ese barco nadie me bajará, aunque yo no haya tenido mascota en mi vida.

—Hola, Cesar Millán —le digo de broma mientras abro la pequeña puerta lateral y lo veo sentado en un banco de madera mirando el móvil.

No se parece en nada a Cesar Millán, pero es el único señor que conozco que haga algo parecido y mi madre estuvo enganchadísima a su programa durante años.

—Ey, Ry, ¿qué tal? —me contesta con esa voz dulce y tímida que, si me fuera el rollo empollón guapo tipo Henry Cavill, me tendría de rodillas al instante.

Pero no me va ese rollo. Qué va. Por lo visto me van más los boxeadores bordes y perdonavidas.

Para que luego me diga Levi que me follo a todo lo que tenga rabo.

Ja. Pues no. Resulta que solo a los que son un poco gilipollas.

A los buenos, dulces e inocentes me los reservo para charlar en las mañanas veraniegas e inesperadamente soleadas de Eeriewood.

Me siento a su lado en el banco y dejo la fuente entre nosotros.

—Muchas gracias, qué buena pinta —dice tocando la fuente de cristal con reverencia—. Me sigue chocando que tu madre me dé comida de vez en cuando.

—Recuerdo la vergüenza que te dio la primera vez que te traje un pollo asado de su parte —le digo riéndome al recordar lo rojo que se puso .

—Ya te digo, pero… no lo digo por eso; es que es tan… No sé.

—¿Mi madre? La perfecta ama de casa, ya sabes.

—¿Lo es? ¿Perfecta?

Me quedo mirándolo, un poco desconcertado. Nunca hablo con Mason de esto; bueno, nunca hablo de esto. Punto. Y, desde luego, no esperaba que sacara el tema así.

—No quiero que suene mal y parecer un desagradecido, pero a veces os oigo, los oigo, más a ellos que a ti, cada vez pasas menos tiempo con tu familia y…

no sé. Una vez soñé que Abby —dice, refiriéndose a mi madre— era como una de las protagonistas del libro Mujeres perfectas , de Ira Levin, y que, tras esa apariencia de ama de casa servicial y perfecta, se escondía un oscuro secreto.

—¿No querías que sonara mal? ¿En serio? —le pregunto sin poder evitar soltar una carcajada—. Pues siento informarte de que ha sonado de pena; tus habilidades sociales dejan mucho que desear.

—Créeme, lo sé, ojalá se me dieran las personas igual de bien que los animales. Pero no, últimamente no interpreto ninguna señal como debería.

Doy la bienvenida al cambio de tema. No quiero hablar de mi madre.

No quiero que sepa mi opinión, cómo poco a poco el amor incondicional que sentía por ella se ha ido convirtiendo en simple cariño, en una aceptación hastiada.

No quiero ser esa persona. Así que le hago un gesto con la mano para que continúe.

—Estudié Psicología y Ciencias del Comportamiento Animal.

Se supone que trabajo con dueños y mascotas por igual.

Y las mascotas me aceptan, qué digo, me respetan.

¡Me aman! Pero los dueños no. Y por lo menos a ellos tengo algo de lo que hablarles, un tema que conozco y que me da seguridad.

¿Al resto de chicos? ¿A los que me gustan?

Siempre la cago. Siempre. Deben de creer que soy tonto del culo.

—¿Lo dices por lo que te pasó con Owen el año pasado?

Sí, sé que Mason trató de tener algo con el alma gemela de mi mejor amigo que a la vez es el alma gemela del tío con el que me enrollo. Prefiero no pensar en ello.

—Ay —suspira de forma teatral—, Owen, mi amor de las Navidades pasadas.

—Ha sonado a Cuento de Navidad de Dickens, el fantasma de las Navidades pasadas, uuuuh…

—Todo yo soy muy Dickens. Tengo fantasmas pasados, presentes y seguro que también futuros. Estoy gafado o algo. No sé, es como si el universo estuviera tratando de darme una lección, pero no sé cual. No creo haber hecho nada malo que merezca este mal karma.

—Qué profundo, Mason. Que yo solo venía a traerte unos canelones.

Se lo he dicho en tono de broma, porque no soy el más apto para dar consejos, se me da regular y me violenta un poco esta clase de intimidad.

Soy un tío directo, voy al grano en lo personal y en lo profesional, y soy más práctico que sentimental.

Pero, además, es que el tema «Owen» escuece un poquito.

No entiendo qué le ven. Tendrá la polla como un caballo, porque, si no, no lo entiendo.

Pero Mason, que ahora me sonríe de forma tímida, no tiene la culpa de eso.

A pesar de mi intención de seguir con la conversación y serle útil de alguna forma, él se me adelanta.

—No es solo por Owen. En estos meses ha habido más chicos, más intentos, más fracasos. Mi vida ahora mismo es un poco desastre. Llevo un año pluriempleado tratando de sacar mi sueño adelante, agotado y viendo cómo a todo el mundo le resulta facilísimo encontrar pareja y ser feliz.

Bueno, por fin un tema en el que sí le puedo ser útil.

—¿Por qué no te haces un perfil en Soul Finder?

—¿Sí? ¿Tú crees? ¿Funcionará?

—Lo hemos hecho Levi y yo. ¿Cómo no va a funcionar?

—Pues no sé. Yo al Levi ese solo lo he visto dos veces y encima me quitó a Owen; tengo mis reticencias. Y tú, romántico, lo que se dice romántico, no pareces.

—Venga, dame el móvil, yo te enseño. Luego, cuando me vaya, rellenas las preguntas personales del formulario a tu bola, pero los pasos y datos básicos los hago contigo.

Miro el reloj, aún tengo tiempo. Mis planes más inmediatos son… ir a tocarle los huevos a James; literal y figuradamente.

Le cuento las cosas más básicas y las que harían que le canceláramos la cuenta. Le enseño los chats que existen y dónde ver la compatibilidad con el resto de los usuarios.

—Mira, aunque está prohibido revelar la ubicación exacta, sí hay foros que se mueven por zona, como este, por ejemplo.

—Me saco mi móvil, porque él no tiene acceso a ningún chat aún, y le enseño el foro «Apocalipsis de Eeriewood y alrededores»—.

Aquí hay varios usuarios que viven por la zona y juegan al juego de Levi; eso sí está permitido, datos genéricos que lo que hacen es revelar un interés común y una compatibilidad.

—¿Y tú estás en ese chat?

—Sí. Con James, Jeremy, DarkSoul y seis o siete personas más. Fue de los primeros en los que coincidí con mi alma gemela. Mira, yo soy El Espectro .

—No, no, no me lo digas —dice tapándose los oídos—. No quiero que me echen antes de haber probado.

—Relaja, Mason. Este es un caso excepcional. Si los usuarios saben su identidad de forma previa a darse de alta, no se infringe ningún término ni condición. Pero eres muy mono —añado, quitándole las manos de las orejas.

Le enseño los foros en los que más interactúo y le explico un poco por encima cómo funcionan.

Ahora que me fijo, creo que ahora no hay ninguno en el que James no esté.

No habla mucho, pero su presencia —y nuestro porcentaje de compatibilidad arriba a la derecha— es una constante.

Chat «Verdades como puños» sobre torneos de boxeo actuales al que vamos tras ver alguna pelea en la televisión.

«DC vs. Muhammad Ali», porque somos unos frikis camorristas.

«DC generals». «Marvel vs. DC». «Combates de los ochenta».

«Watchmen: quién vigila a los vigilantes»… Tenemos unos cuantos.

Me quedo mirando la pantalla del móvil perdido en varias de las conversaciones que hemos mantenido hasta que Mason me da un toque en el brazo y alzo la vista. Me está mirando con intensidad y sé que me va a hacer una de sus preguntas, así que alzo las cejas para darle vía libre.

—Me gusta mucho cómo suena todo, pero…, hum…, tú no has encontrado el amor, ¿no? Aunque la creaste y aunque hablas de ese James como si fuera, yo qué sé, una prolongación de tu ser.

¿Perdona? ¿Que yo hablo cómo de quién? Está más perdido de lo que creía.

—Pero es que yo no busco el amor —le aseguro, y es cierto—. Esa es la diferencia.

—Pero tienes una compatibilidad muy grande con tu alma gemela y he visto la cara que ponías al releer vuestras conversaciones.

— Nah , eso es distinto. James y yo somos… James y yo.

—Ya. —Se queda unos segundos pensándolo y luego añade—: No, no lo entiendo. Si has encontrado a tu alma gemela, ¿por qué no dar un paso más?

Porque mi alma gemela tiene otra alma gemela y porque…

paso de esos rollos. A mí me gusta divertirme.

Divertirme me hace feliz y me llena. Quizá algún día me enamore y quiera otra cosa.

Y será estupendo, no tengo dudas. Pero, a ser posible, que la otra persona también se enamore de mí; no pido tanto.

—Estamos bien así. Tú céntrate en lo tuyo.

Y tras unas cuantas explicaciones más, ahí lo dejo, con los canelones de mi madre y con una nueva app en la que espero que encuentre el amor.