Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1) Prólogo
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Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1)

Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1)

Por Lady Macnoble

© inepub.com

Prólogo

Territorio del clan MacKay,

Lo primero que sentí fue dolor.

Un dolor frío y salvaje que me atravesaba el cuerpo entero mientras la corriente seguía arrastrándome río abajo como si no pesara nada.

Intenté salir a la superficie varias veces, pero cada vez que conseguía sacar la cabeza del agua, otra ola me golpeaba la cara y volvía a hundirme.

Mis pulmones ardían. La garganta me quemaba.

Apenas podía distinguir nada entre el agua helada, la espuma y el terror que me nublaba la cabeza.

Durante un instante llegué a pensar que iba a morir allí.

No de una forma dramática ni heroica. Solo a iba a desaparecer. Tragada por un río oscuro en mitad de Inglaterra mientras nadie sabía dónde estaba.

Entonces mis piernas chocaron contra algo sólido. Una roca. El golpe me hizo girar violentamente bajo el agua y sentí un dolor agudo atravesarme el costado. Abrí la boca por puro reflejo y tragué agua helada. El pánico explotó dentro de mí con una fuerza desesperada.

No quería morir.

Moví los brazos casi sin control, arañando el agua, buscando cualquier cosa.

Mis dedos encontraron una rama sobresaliendo entre la corriente y me aferré a ella con una fuerza desesperada mientras el río seguía tirando de mi cuerpo hacia atrás.

Creí que los brazos se me romperían. El agua golpeaba mis piernas con brutalidad y durante unos segundos pensé que terminaría soltándome.

Pero conseguí impulsarme hacia delante poco a poco, arrastrándome entre piedras mojadas y barro hasta que finalmente logré salir del río.

Caí sobre la orilla jadeando. El pecho me subía y bajaba tan rápido que dolía respirar.

Tosí varias veces seguidas y terminé vomitando agua mientras intentaba recuperar aire.

Todo mi cuerpo temblaba sin control. Tenía las manos destrozadas, las uñas llenas de barro y pequeñas piedras incrustadas en la piel de las palmas.

Cerré los ojos durante unos segundos, intentando recuperar el aire. Necesitaba respirar, ordenar mis pensamientos y entender qué demonios acababa de pasar.

El sonido del río seguía rugiendo a mi espalda, aunque más lejano ahora. El viento me golpeaba la ropa empapada y el frío empezaba a volverse insoportable. Sentía los músculos rígidos, pesados, como si apenas me pertenecieran.

Abrí los ojos lentamente. Y fue entonces cuando comprendí que algo no iba bien. El bosque no parecía el mismo.

No sabía explicar exactamente por qué, pero había algo extraño en el paisaje que me rodeaba. No había senderos marcados. Ni señales. Ni el ruido lejano de coches. Solo árboles enormes agitándose bajo el viento y una niebla baja que cubría parte del terreno húmedo.

Me incorporé despacio, haciendo una mueca de dolor al notar el costado ardiendo, y miré a mi alrededor. El silencio resultaba inquietante. Demasiado profundo. Como si estuviera en mitad de ninguna parte.

Intenté dar un paso, pero las piernas me fallaron y terminé apoyándome contra el suelo embarrado para no caer otra vez. El frío me estaba calando hasta los huesos y empezaba a marearme.

Quizá me había golpeado la cabeza. Sí, tenía que ser eso.

Una conmoción, hipotermia o cualquier cosa que explicara por qué nada de lo que veía parecía tener sentido.

Entonces escuché un sonido a lo lejos, un ruido sordo y rítmico que tardé varios segundos en reconocer: caballos.

Levanté la cabeza rápidamente hacia el bosque justo cuando varias figuras aparecían entre la niebla, y se me cortó la respiración al distinguir hombres montados a caballo.

Cuatro… no, cinco. Todos avanzaban lentamente entre los árboles mientras la bruma se arremolinaba alrededor de ellos.

Durante un instante pensé que estaba viendo mal. Que el golpe me había dejado completamente desorientada. Pero cuanto más se acercaban, más real parecía todo.

Los caballos eran enormes, oscuros y cubiertos de barro hasta las patas. Los hombres llevaban capas gruesas de lana, cuero envejecido y armas colgadas a la espalda.

Mi corazón empezó a latir con fuerza mientras los observaba acercarse.

No parecían excursionistas, ni turistas, ni tampoco personas normales.

Con aquellas capas oscuras agitadas por el viento, las armas colgadas a la espalda y los enormes caballos avanzando lentamente por el bosque, parecían salidos de una película histórica.

Uno de ellos se adelantó ligeramente sobre el resto y el caballo avanzó hacia mí resoplando. Sentí el impulso inmediato de retroceder, pero apenas podía moverme.

El hombre era enorme ―fue lo primero que pensé al verlo acercarse―, ancho de hombros y claramente más alto que cualquiera de los hombres que lo acompañaban.

El cabello oscuro le caía hasta casi los hombros, húmedo por la niebla, y una barba corta endurecía todavía más unas facciones ya de por sí severas.

Vestía ropa oscura cubierta por una pesada capa que el viento agitaba lentamente a su alrededor, pero fueron sus ojos los que consiguieron dejarme completamente inmóvil.

Intensos, fríos, y peligrosamente atentos.

Como si estuviera intentando decidir, en aquel mismo instante, si yo suponía una amenaza.

Me observó de arriba abajo sin bajarse del caballo.

Su mirada se detuvo en mi ropa mojada, en mis botas, en el jersey pegado a la piel por el agua.

Parecía desconcertado y desconfiado. Dijo algo y no entendí una sola palabra.

Fruncí el ceño inmediatamente. Aquello no sonaba a inglés.

Ni siquiera se parecía. El hombre volvió a hablar, esta vez con voz más grave, y otro de los jinetes respondió algo detrás de él.

Las palabras sonaban ásperas, extrañas, completamente desconocidas para mí.

Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda que no tenía nada que ver con el frío.

―Perdón… ―dije confundida―. No os entiendo.

Ninguno reaccionó.

El hombre del caballo me observó durante unos segundos más antes de desmontar lentamente. Y cuando sus botas tocaron el barro, comprendí algo aterrador. Aquel hombre daba miedo de verdad.

Había algo salvaje en él. Algo peligroso. La forma en que se movía, la expresión dura de su rostro, la facilidad con la que llevaba la espada colgada al costado…

Retrocedí instintivamente.

―Escucha… creo que me he perdido ―dije intentando controlar la respiración―. He tenido un accidente en el río y necesito ayuda. ¿Vale? Necesito un teléfono o…

Me callé al ver sus ojos.

El hombre se acercó un paso más y habló otra vez en aquella lengua extraña mientras me observaba como si intentara decidir qué hacer conmigo.

Entonces uno de los otros hombres dijo algo rápido desde el caballo.

El ambiente cambió al instante.

La expresión del desconocido se endureció todavía más. Y antes de que pudiera reaccionar, me agarró bruscamente del brazo.

―¡Eh! ¡Suéltame!

Intenté apartarme, pero él tiró de mí sin esfuerzo.

El terror inundó mi pecho.

―¡¿Qué demonios haces?! ¡Suéltame!

Forcejeé como pude, aunque estaba demasiado débil y congelada para defenderme de verdad. El hombre ni siquiera pareció afectado por mis intentos de zafarme.

Me levantó prácticamente en el aire.

―¡No! ¡No!

Golpeé su pecho con las manos mientras intentaba soltarme, pero fue inútil. Me cargó sobre el caballo de malas maneras y montó detrás de mí sujetándome con firmeza antes de tirar de las riendas…