Donde todo es posible (Serie Legacy 2) 7. RIVER #2
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7. RIVER #2

—Está bien saberlo —dijo Knox—. Y, ahora, vamos a lo divertido. Seguidme.

Se puso a la cabeza y nos llevó a uno de los despachos, en el que había un mapa de Legacy en la pared.

—¿Estás bien? —me preguntó Avery en voz baja mientras lo seguíamos.

—Sí.

—Te noto tenso.

Intenté, en vano, relajarme.

—La única razón por la que quiero marcharme de Alaska y arriesgarme a perderte es que esta era la brigada de mi padre, la que no nos dejaron recuperar hace años, y si ahora tenemos esa oportunidad...

—Hay que aprovecharla —terminó la frase por mí, mirándome comprensiva y con una sonrisa tierna—. Lo entiendo. Y te respeto aún más por eso.

—Pero, si no es la auténtica brigada de Legacy, ¿qué sentido tiene? —repuse.

Ella me apretó la mano.

—Espérate a ver qué pasa mañana y luego decides. De momento... —Se interrumpió y miró a Bishop, que estaba al lado de Knox, junto al mapa.

—¿De momento qué? —pregunté.

—¿Y si fingimos un par de días?

—¿Que finjamos qué? —dije, cogiéndole la cara con la mano libre para que no mirara a otro lado.

—Que esto es algo hecho, que voy a venirme aquí contigo —contestó, y asomó a sus ojos un amago de pánico.

—¿Solo fingir? —le pregunté en voz baja.

—No quiero que sea solo eso —explicó—, pero los dos sabemos que todo esto es mucho más complicado de lo que estamos dispuestos a admitir.

La besé y dejé que mis labios le prometieran lo que aterraba a mi corazón.

—Vale, fingimos. A lo mejor así te haces una idea de lo que sería aceptar la posibilidad de que haya vida más allá de los límites que te has impuesto.

Tragó saliva y asintió.

—De acuerdo. ¿Vamos? —dijo señalando el despacho.

Le apreté la mano a modo de respuesta y entramos juntos.

—¿Estáis bien? —preguntó Bishop, mirándome con los ojos entornados.

—De lujo —contesté, acercándome con Avery al mapa.

—Vale, esta es la parte divertida. Resulta que ahora Bash está forrado.

Era consciente de lo que iba a costar reubicar la unidad completa de bomberos forestales aquí y, cuando la semana pasada se enteró de que la formarían los hijos de los antiguos bomberos de la unidad, pues... llamó a algunas inmobiliarias.

Bishop y yo nos miramos y él se encogió de hombros.

—Eso significa que puedes aceptar la bonificación contractual con la que pagar la casa que quieras comprarte o quedarte con una de las once que él ha comprado ya.

—¿En serio? —pregunté atónito.

—En serio —contestó Knox—. No iba a permitir que nada se interpusiera en su camino. Aquí hay barracones, claro, pero, si te traes a la familia... —dijo mirando a Avery— Bash se asegurará de que la transición sea fácil. Ese dinero no es nada para él, te lo garantizo.

—Tecnología —dije respondiendo a la pregunta muda de Avery—. Ha vendido unas apps y ha invertido muy bien el dinero.

—Cojonudamente bien —matizó Knox.

—Eso parece —terció Avery con los ojos como platos.

—¿Qué decís? ¿Venís a ver casas conmigo?

«Vamos, Avery, finge».

—Yo sí —contestó con una sonrisa que rivalizaba con el sol.

Cinco horas más tarde, la había llevado a comer dos veces, le había enseñado mis sitios favoritos del pueblo e incluso la había colado en la redacción del periódico. El viejo señor Buchanan seguía al mando, pero le dijo que andaba buscando un nuevo reportero/editor/diseñador gráfico.

—La vida típica de un pueblo —le dije mientras volvíamos al coche.

Knox nos había prestado un jeep que sacó del nuevo garaje de la unidad. Estaba por estrenar y hacía un día perfecto para llevar la capota levantada.

—Me encanta —contestó Avery, bajándose las gafas de sol al tiempo que se subía al asiento del copiloto y se ponía el cinturón—. Y gracias por pasar por delante del instituto. Addy quería fotos.

—Un placer —respondí cuando salíamos a la calle mayor—. ¿Qué tal se las apaña?

—Dice que la tía Dawn lo tiene todo bajo control. Claro que, aunque la casa estuviera ardiendo, tampoco me lo diría.

—Sabe que necesitas desconectar —comenté—. ¿Dónde está la siguiente casa?

Agarró fuerte el papel porque el viento lo azotaba.

—El 615 de Pine Ave.

Lo metí en el navegador y viramos a la izquierda, rumbo a las afueras del pueblo.

—No tengo claro dónde es eso.

—¿Ha cambiado mucho Legacy desde que te fuiste? —preguntó.

—Hay más cosas que antes. Cuando me marché a Alaska, ya estaba casi terminada la reconstrucción, pero esto ha crecido. Ya rondará los cuatro mil habitantes.

—Es precioso —dijo ella contemplando las montañas circundantes mientras salíamos a la periferia.

—¿Qué te han parecido las seis primeras casas que hemos visto?

—No están mal. No son precisamente el sitio en el que te... nos imagino —rectificó—. Muy modernas, aunque quizá demasiado pegadas entre sí.

—Estoy de acuerdo. Me gusta la idea de vivir cerca de la casa club, pero creo que Alaska me ha cambiado; ahora prefiero estar lejos de la gente.

—Te has asilvestrado —bromeó.

—Un poquito —repliqué.

Nos adentramos en las montañas hasta alejarnos al menos cinco kilómetros del pueblo.

—Pinos —dije metiéndome por una pista de tierra.

—Más de tu estilo —bromeó ella de nuevo y, alargando el brazo, me masajeó la nuca.

Seguimos un par de kilómetros y por fin vimos una casa a la izquierda.

—Guau —suspiró Avery.

«Guau, desde luego».

Enfilamos el largo acceso a la finca y aparcamos. Era una casa tipo cabaña de madera, similar a la mía de Alaska, pero más grande.

—Ha dicho que era de nueva construcción —le comenté mientras bajábamos del jeep—. El paisajismo está sin terminar.

Echó un vistazo al jardín delantero.

—Aquí tendrías que poner unos parterres. Yo podría plantar flores bonitas, de las grandes, para que dieran color a la altura del porche.

Entrelacé los dedos con los suyos y subimos juntos los escalones del porche.

—¿Mecedoras? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—Un columpio.

—Un columpio —coincidí mientras tecleaba el código en el cajetín de seguridad, que se abrió para que pudiera girar la manilla.

Y de repente, sin pensármelo siquiera, cogí en brazos a Avery, que era como una pluma contra mi pecho.

—¡River! —rio—. ¡Que no estamos casados!

—Íbamos a fingir, ¿recuerdas?

Me enroscó los brazos en el cuello mientras entraba con ella.

—¡Guau! —exclamó.

—Eso ya lo has dicho —comenté contemplando la casa con ella.

—Igual lo digo veinte veces más.

La entrada y el salón tenían doble altura y, en la planta superior, a lo largo de un corredor con barandilla que circundaba aquel espacio diáfano, se encontraban las demás habitaciones, con lo que ambas plantas quedaban comunicadas por una especie de patio interior.

Había más ventanales que paredes, todos con vistas al monte y al bosque.

—Es como si estuviéramos solos en el planeta —dijo Avery mientras la dejaba en el suelo.