Donde termina la Tierra CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Ya, métemela —ordenó Regina, cortante, mirando hacia el frente, dándome la nuca.

Quise decirle que la amaba. Quise susurrarle algo al oído para conectar con ella, para demostrarle que esto era hacer el amor y no una competencia asquerosa. Pero el miedo a hacer el ridículo frente a David me tapó la boca.

Intenté prepararme mentalmente.

"Dale duro, Marco", me dije a mí mismo. "Demuéstrale a este cabrón que tú eres su dueño. Hazla gemir. Hazla gritar tu nombre".

Levanté las manos temblorosas y agarré las tiras de su tanga negra. Las jalé hacia los lados, apartando la tela para dejar su vulva completamente al descubierto.

Y entonces lo vi.

Y lo sentí.

Mis dedos rozaron sus labios vaginales. Estaban hinchados, calientes. Pero lo que me destrozó el alma fue la humedad.

Regina estaba empapada. Literalmente escurriendo. Un hilo de flujo espeso, transparente y brillante bajaba desde su intimidad, resbalando por la piel pálida hasta perderse hacia sus muslos. Estaba mojada a niveles obscenos.

Un chispazo de orgullo intentó encenderse en mí. ¡Está excitada!, pensé por una fracción de segundo.

¡La voy a coger y está lista!

Pero la realidad me pegó en la cara con la fuerza de un ladrillo. No estaba mojada por mí.

Acababa de pedirme que se la metiera con la misma emoción con la que pide que apaguen la luz. Estaba empapada porque la simple presencia de David en la habitación, el hecho de que él estuviera ahí sentado con su whisky observándola, dándole órdenes y llamándola perra, la tenía hirviendo por dentro.

Su cuerpo me estaba recibiendo a mí, pero su mente, sus hormonas y sus putos jugos, le pertenecían exclusivamente al hombre que estaba sentado en el sillón de enfrente.

Entonces la voz de mi mujer, cruel, fría:

—¿Te puedes apurar, Marco, por favor? Quiero acabar con esto de una puta vez.

Con el corazón hecho pedazos y la verga dura por el puro sadismo de mi propia tragedia, me pegué a sus nalgas. Agarré mi polla mediocre, apunté hacia su entrada empapadas y di un empujón hacia adelante.

Y se la metí. Y se fue hasta el fondo, de lleno, al tope.

La sensación fue devastadora.

Esperaba sentir la resistencia habitual de mi esposa. Esperaba sentirla apretada, cálida, envolviéndome.

Pero en su lugar, sentí que entraba en el vacío, en un agujero de carne empapado, sí, pero sin más.

Estaba tan dilatada, tan ensanchada y exageradamente lubricada por la lujuria que le provocaba mi jefe, que mi verga de tamaño promedio resbaló hacia adentro sin hacer el menor esfuerzo.

Entró como si estuviera arrojando una salchicha por un pasillo.

—Dios —dije, casi solo para mí.

Y apoyé mis manos en las caderas carnosas de mi esposa, e intenté agarrar ritmo, porque a pesar de haberla fornicado durante años, a pesar de ser mi esposa, la sentía ajena, como si fuera una mujer diferente a la Regina que conocía.

Era como estársela metiendo a otra, no a mi propia mujer.

Y entonces respiré hondo, y di un par de embestidas hacia adelante. El choque de mi pelvis contra sus nalgas produjo un sonido húmedo, un chapoteo suave, resbaladizo.

Slap... slap... slap...

Me esforcé. Apreté los dientes. Empecé a bombear más rápido, tratando de golpear su punto G, buscando desesperadamente que ella se arqueara, que soltara un suspiro, un gemido, cualquier cosa que me dijera que estaba sintiendo placer.

Pero Regina estaba estática. Sus brazos seguían apoyados rígidamente en el sofá. Su cabeza no se movía. No echó el cuello hacia atrás. No cerró los ojos con fuerza.

Y entonces, soltó la frase que me sepultó la masculinidad para siempre.

—¿Ya me la metiste? —preguntó ella, mirando por encima de su hombro, con una confusión genuina, como si le estuviera preguntando a un mecánico si ya había conectado un cable.

El oxígeno desapareció del penthouse.

Me detuve en seco. Mis manos se engarrotaron en sus caderas.

—Sí... —susurré, sintiendo que la cara me ardía, rojo de pura humillación, con ganas de llorar de la puta impotencia—. Sí, Regi. Estoy adentro.

Ella frunció un poco el ceño, haciendo un ligero movimiento de cadera, intentando percibirme dentro de su inmensidad empapada.

—¿Pero toda? —insistió ella, con una frialdad anestesiante.

Me quise morir.

Estaba adentro hasta la puta base. Mis huevos estaban pegados a sus nalgas, pero ella ni siquiera lograba sentir mi grosor.

—Sí, toda —dije.

La verga enorme de David que la había reventado durante toda la madrugada, el monstruo que se sentaba frente a nosotros, le había expandido los límites del placer a un nivel que yo jamás podría igualar.

Yo no era nada. Yo era un alfiler en una cueva.

Un ruido rompió el silencio de la sala.

Era David. Intentaba contener una carcajada. Se llevó el puño a la boca, pero la risa se le escapó de todos modos.

—Pfff... qué actuación tan mediocre —dijo David, meneando la cabeza, dándole un trago a su whisky, mirándome con una lástima que me quemaba el alma—.

Pobre cabrón. Con razón ella está así, como está.

Con razón se la pasa peleando y amargada.

La tienes a dieta de verga, Marquito. Eso no es follar, eso ni siquiera es hacerle cosquillas a la pared.

—¡Cállate la puta boca! —le grité, impulsado por una rabia ciega, inútil.

Y yo quería que mi esposa me ayudara, que no permitiera que David se siguiera burlando de mí.

Que por lo menos fingiera, que por lo menos gimiera algo, aunque sea poquito, o que se moviera, que diera indicios de sentirse satisfecha, pero ella no hacía nada.

No se movía. No gemía. Parecía aburrida, a cuatro patas, frente a su amante, frente a mi jefe, mientras yo daba esa actuación que David ya estaba calificando como “mediocre”.

Y entonces me aferré a la cintura de Regina. Apreté mis dedos hasta dejarle las yemas marcadas en la piel blanca. Si no podía llenarla por el grosor, se la iba a reventar a base de pura velocidad.

Empecé a embestir como un loco. Como un perro desesperado.

Plaf, plaf, plaf, plaf.

El sonido de la carne chocando era fuerte ahora.

El chapoteo de sus fluidos resonaba en la sala.

Empecé a sudar. Una gota de sudor frío me bajó por la frente, mojando mis lentes.

Mis muslos quemaban por el esfuerzo. La respiración me fallaba.

"Vamos, gime, cabrona, gime", le suplicaba en mi mente. "Demuéstrale que soy tu marido".

Pero no pasó absolutamente nada.

El cuerpo de Regina se movía hacia adelante y hacia atrás por la inercia de mis empujones, pero ella era un témpano de hielo. No se quejaba. No disfrutaba. Parecía que estaba esperando el camión.

Y yo seguía viendo cómo sus nalgas se bamboleaban por el impacto de mis penetraciones, pero no pasaba nada más.

Y entonces, la humillación máxima, el grado más perverso y destructivo del cuckold, se materializó frente a mis ojos.

David, aburrido del espectáculo de mi esfuerzo patético, descruzó las piernas y se inclinó hacia adelante.

—Volviendo al tema que estábamos platicando en el bar, Regina —dijo David, ignorando por completo el hecho de que yo le estaba metiendo la verga a mi esposa a tres metros de distancia—. La propuesta sigue en la mesa. Te quiero en mi equipo corporativo.

Me quedé helado, pero no dejé de embestir.

¿Qué putas estaba haciendo?

Regina levantó la cabeza ligeramente hacia él. Su rostro estaba tranquilo. No había lujuria, no había dolor. Estaba lúcida.

—Tengo condiciones, David —respondió ella, con una voz perfectamente estable, rebotando apenas milímetros con mis empujones patéticos—. Si me voy a cambiar de empresa, no pienso perder antigüedad. Y quiero garantías.

Plaf... plaf... plaf... seguía yo, sintiéndome como una máquina defectuosa, bombeando aire, sudando como un cerdo, mientras mi esposa... mi esposa estaba en una puta entrevista de trabajo mientras me la cogía.

—Pide lo que quieras, preciosa. Eres una mujer de alto valor —le sonrió David, coqueteando abiertamente con ella—. Sé que te tienen bloqueada. Te ofrezco un aumento del treinta por ciento sobre tu sueldo actual, bono de productividad, y un contrato blindado.

—Quiero mi propia oficina —exigió Regina, levantando un poco la barbilla, negociando con su futuro jefe—.

No voy a estar en el área de cubículos lidiando con idiotas.

Y mucho menos pienso reportarle al inútil de contabilidad general.

Yo te reporto directamente a ti, o a los socios mayoritarios. Y nada de reportes los fines de semana.

—Hecho. Oficina privada. Y me parece perfecto que me reportes directamente a mí... en privado —David le guiñó un ojo, levantando su vaso—. Será un placer revisar tus números a puerta cerrada.

—No te pases de listo, David, que estamos hablando de trabajo—dijo Regina, aunque la esquina de sus labios pintados se curvó en una sonrisita que no me pasó desapercibida.

Estaba coqueteando de vuelta. Estaba jugando a la oficinista empoderada con el CEO.

Y yo... yo estaba ahí atrás.

Con los pantalones en los tobillos, jadeando, con los brazos acalambrados de tanto sostenerla, metiéndosela y sacándosela a una mujer a la que le valía setenta hectáreas de verga que yo estuviera dentro de ella.

—¡Ahí te va, Regi... siéntelo, mi amor! —gruñí, desesperado, tratando de dar una embestida profunda, buscando recuperar su atención, raspar alguna pared sensible en su interior.

Regina hizo una mueca de fastidio. Ni siquiera me miró.

—Marco, me estás despeinando —dijo ella, con un tono irritado, acomodándose un mechón de cabello suelto detrás de la oreja—. No me jalonees tanto la cintura, me vas a dejar marcas.

Luego volvió a mirar a David.

—¿Me vas a dar seguro de gastos médicos mayores desde el primer día? —continuó ella con su plática corporativa.

—Gastos médicos mayores, caja de ahorro, y carro utilitario a los seis meses —confirmó David, bebiendo su whisky, mirándome a mí por encima del hombro de mi esposa con una expresión de burla absoluta—.

A los empleados que me rinden bien, los trato como reyes.

Especialmente si saben cómo... hacer su trabajo.

Dejé de embestir.

Las fuerzas me abandonaron por completo. Mis brazos temblaban. Mis rodillas cedieron y estuve a punto de caerme al suelo de mármol.

La saqué.