CAPÍTULO 8
—¿Qué? —mi voz fue apenas un susurro, un gemido de incredulidad.
—Lo que escuchaste —dijo David con una calma que me dio asco—.
Quiero ver si eres capaz de reclamar lo que es tuyo.
Quiero ver si todavía tienes la hombría suficiente para marcar territorio, o si prefieres quedarte ahí parado viendo cómo otros lo hacemos mejor que tú.
Demuéstrame que eres el marido que dices ser.
Miré a Regina. Estaba pálida, con la mirada fija en un punto inexistente de la alfombra. Sus hombros subían y bajaban con una respiración agitada. ¿Iba a negarse? ¿Iba a pararse, pegarle una cachetada a este cabrón y salir de aquí conmigo?
Pero ella no se movió. Su cuerpo, esa maravilla de curvas blancas que yo adoraba, estaba rígido, sumiso, expectante.
—Regina —llamé, con la voz quebrada—, di algo. Dile que no. Sólo se quiere seguir burlando de nosotros. Vámonos de aquí.
Ella levantó la vista. Sus ojos grises, antes fríos, ahora brillaban con una confusión que me partió el alma.
No había enojo. No había esa furia justiciera. Había una rendición absoluta. Me miró como si yo fuera un extraño, alguien a quien ya no reconocía, mientras que a David lo miraba con una mezcla de miedo y una atracción animal que no podía ocultar.
—¿Tú qué quieres, Marco? —me preguntó ella, con una voz rasposa—. ¿Quieres que me ponga a cuatro patas?
El impacto de su pregunta me dejó sin habla. Estaba dejándolo a mi elección. Estaba poniendo mi perversión en bandeja de plata.
—Yo... yo no puedo... —balbuceé, sintiendo que me desmayaba—, aquí delante de él no, sólo se burlará de nosotros… y evidentemente tú tampoco lo quieres, ¿o sí, estás dispuesta a ponerte a cuatro patas y ponerte a coger conmigo delante de él? ¿Verdad que no?
David soltó una carcajada profunda, llena de satisfacción.
—No puedo creer que hayas usado esa palabra de “yo no puedo” delante de tu propia esposa, Marquito. Eso fue una brutalidad —dijo negando con la cabeza—. Un hombre de verdad jamás dice “yo no puedo” delante de su esposa, mucho menos si lo que se supone que “no puede” es precisamente cogérsela…
—¡Dije que no puedo cogerla delante de ti, no tergiverses las palabras, David!
—¿Lo estás oyendo, preciosa? —le dijo mi jefe a ella, como si estuviera hablándole a una mascota—.
Ya viste, preciosa. Tu marido no tiene traza, lo traicionó su inconsciente y sacó su verdadera identidad: él sólo es un espectador.
Él no vino a recuperarte, él vino a ver si alguien más tiene el valor que a él le falta.
¿Te das cuenta? Él no quiere que seas su mujer, él quiere ver cómo te degradas para alguien que sí sabe qué hacer con una hembra como tú.
—¡Deja de decir pendejadas, David!
—Las pendejadas las estás diciendo tú, pinche cornudo —contestó David con brutalidad.
Y yo miré a mi esposa, con mucha vergüenza, y por primera vez me di cuenta de que estaba quedando en ridículo ante ella.
Y vi que Regina cerró los ojos, tal vez sintiendo pena por mí. Y David me miró y, con un movimiento lento, desabrochó el cinturón de su pantalón.
—Tienes una última oportunidad, Marco. Hazlo tú. O lo hago yo. Tú eliges quién la pone a cuatro patas esta noche.
Y entonces, casi sentí que Regina me salvaba la vida cuando dijo:
—Ninguno de los dos me la meterá hoy, ¿es que no se cansan de tratarme como si fuera una puta que no tiene ni voz ni voto?
—Es David quien salió con esta estupidez, no yo, Regina —traté de defenderme.
Regina se enderezó de golpe. El vestido de seda verde esmeralda resbaló por sus curvas, brillando bajo las luces ámbar del penthouse. Sus ojos, que hace un segundo parecían ahogados en la sumisión, ahora destilaban un coraje frío, cortante.
—A ver, par de imbéciles —dijo ella, señalándonos a los dos—.
Me trajeron aquí con el pretexto de que íbamos a hablar como gente civilizada.
Tú, Marco, vienes a lloriquear y a pedirme perdón, pero a la primera de cambio te orinas de miedo y confiesas que lo único que quieres es seguir con tu jueguito de mirón. Y tú, David...
Se giró hacia mi jefe.
—Tú te crees muy cabrón, ¿verdad? Te crees el rey del universo porque tienes dinero y una verga grande.
Te divierte ponernos a pelear como si fuéramos tus ratones de laboratorio.
Pues váyanse mucho a la mierda los dos. Estoy harta.
Me usan para medir quién tiene los huevos más grandes, y la verdad es que los dos me dan asco.
Sentí una chispa de orgullo patético. ¡Esa era mi Regina! La leona que yo conocía. Quise caminar hacia ella, agarrarla de la mano y sacarla de ahí.
Pero David no se alteró en lo absoluto. No parpadeó.
No le gritó. Simplemente terminó de sacarse el cinturón de cuero, lo dobló lentamente entre sus manos enormes y lo dejó sobre la mesa de cristal.
Luego, agarró su vaso de whisky, le dio un sorbo y la miró con esa paciencia sádica de un cazador que sabe que la presa ya está muerta.
—Tienes toda la razón, Regina —dijo David, con una voz aterciopelada, seductora, que anuló por completo los gritos de mi mujer—. Eres demasiada mujer para estar en medio de una pelea de perros. Eres inteligente. Eres brillante. Ya te lo dije en el bar. No tienes por qué aguantar esto.
Regina parpadeó, descolocada porque él le estaba dando la razón.
—Pero míralo, a tu marido —continuó David, apuntándome con el vaso de cristal—.
Míralo cómo tiembla. El pobre diablo vino hasta aquí, cruzó la ciudad entera, se puso su mejor trajecito dominguero solo para intentar recuperarte.
¿No crees que, después de cinco años de aguantarle sus miserias, le debes al menos cinco putos minutos de compasión?
—¿Compasión? —repitió ella, mirándome de reojo.
—Sí, preciosa. Compasión. Tu marido dice que te ama.
Dice que cambió. Dice que quiere demostrarte que es un hombre —David soltó una risita seca, venenosa—.
Yo digo que es un puto cobarde que no sabe ni por dónde empezar a tocarte.
Pero vamos a salir de dudas. Dale esos cinco minutos.
Déjalo que intente hacerte sentir mujer.
Si él logra hacerte gemir, si él logra satisfacerte aunque sea un poco, yo me hago a un lado.
Pero si fracasa... si te demuestra lo que los dos ya sabemos que es...
entonces tú y yo tenemos un trato que cerrar, y él tendrá que resignarse a ser un simple cornudo de mierda.
Regina se quedó en silencio. La furia en su pecho parecía haberse desinflado, reemplazada por un hastío monumental, un aburrimiento letal hacia mi persona. Miró a David, buscando en él alguna señal de que era una trampa, pero el macho alfa solo le sonreía.
Luego, me miró a mí.
No había amor en sus ojos. No había ni siquiera lástima. Había la frialdad de quien mira un recibo de luz que no quiere pagar.
—Anda, pues, tú —me dijo de pronto, soltando el aire con pesadez, dirigiéndose a mí como si me estuviera haciendo el favor más grande y asqueroso de su vida—. Pues métemela.
Sentí que me caía un balde de agua helada en la nuca. ¿Qué? ¿Así nada más? ¿Sin un beso? ¿Sin amor? ¿Delante del hombre que nos estaba destruyendo la vida?
—Regi... por favor... —balbuceé, sintiendo que las manos me sudaban a mares.
—¿No estabas llorando porque querías recuperarme, Marco? —me cortó ella, con una voz helada, carente de cualquier afecto—. Pues aquí estoy. Haz algo. O lárgate y déjame en paz.
Estaba atrapado. Si me iba, la perdía para siempre y se la dejaba a él. Si me quedaba, tenía que follarme a mi propia esposa bajo la mirada clínica y burlona de mi jefe.
Entonces tragué saliva. Empecé a desabrocharme el saco azul marino.
Mis dedos, torpes e inútiles, resbalaban sobre los botones de plástico.
Me quité el saco y lo dejé caer al suelo.
Luego fui por el cinturón. Me bajé el pantalón de vestir y los bóxers, quedándome parado ahí, en medio de la sala inmensa del penthouse, vestido solo con una camisa blanca de tintorería y los zapatos lustrados.
—Bien, bien —oí la voz burlona de mi jefe en el fondo del lugar.
Me sentía la cosa más ridícula del planeta. Mi verga estaba dura por el morbo de la situación, sí, pero asustada. Encogida. Intimidada por el aura de David.
Regina me vio de arriba abajo. No hubo un solo destello de deseo en su rostro. Ni siquiera se molestó en tocarse.
—¿Cómo me pongo? —me preguntó ella, con el tono de voz de quien pregunta dónde dejar las bolsas del supermercado.
La humillación me quemó la cara. Era el cornudo viendo cómo su propia mujer ni siquiera sabía cómo quería que su marido la tocara en presencia del amante, y encima, me estaba delegando la puta logística.
—Como quieras —dije yo.
—Ponla a cuatro patas, Marco —intervino David desde el fondo.
Había caminado hasta uno de los sillones de piel. Se sentó, cruzó una pierna sobre la otra, descansando el tobillo sobre su rodilla, y le dio un sorbo a su whisky. Era el puto emperador en el coliseo, listo para ver cómo los gladiadores se mataban de aburrimiento.
—A las perras dóciles les gusta que las tomen por detrás —remató David, sonriendo, haciendo chocar los hielos en su vaso.
Regina no protestó por el insulto. Ya ni siquiera le importaba.
Se giró de espaldas a mí. Apoyó ambas manos sobre el reposabrazos del sofá más cercano e inclinó el torso hacia adelante.
Ni siquiera hizo el intento de quitarse el vestido. No hubo seducción. No hubo striptease. Con un movimiento mecánico y frío, agarró la seda verde esmeralda con ambas manos y se la subió hasta la cintura, agrupando la tela fina sobre su espalda baja.
El contraste visual fue brutal.
Ahí estaba el inmenso y redondo culo de mi esposa, pálido y carnoso, expuesto bajo la luz de la sala. Llevaba puestas esas malditas medias negras translúcidas, y una tanga de hilo dental negra que se le había clavado profundamente entre las nalgas.
Y el collar. La gargantilla negra seguía en su cuello… ¿a qué hora se la había puesto de nuevo? Y es que así, se veía exactamente como la puta cara que David quería que fuera.
Di dos pasos temblorosos hacia ella.
Me paré justo detrás de su cuerpo abundante. El olor a su perfume, mezclado con la loción de madera y cuero de David, me mareó. Lo mejor fue el aroma de su vagina. El olor fuerte de sus fluidos. Eran tan deliciosos, que mi pene palpitó.