Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1) CAPÍTULO UNO
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Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1)

Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1)

Por CherAnn Wright

© inepub.com

CAPÍTULO UNO

Kevan Renee Copeland

Principios de verano

—¿Un dólar por tus pensamientos?

Vuelvo de golpe a mi mundo físico, desnuda y bajando del subidón tras el polvo salvaje que acabo de darle a este joven.

—No necesito dinero. Shhh.

Con los brazos sobre la cabeza y los ojos cerrados, disfruto de cada sensación en mi cuerpo mientras la respiración vuelve a la normalidad.

Me permito sentir la suavidad de las sábanas de satén contra la piel desnuda y abandonarme al hormigueo que recorre mis músculos, bajando por las piernas y los brazos.

Todo mi cuerpo está tan relajado y blando como un flan.

Siento la mirada de Kyle recorrerme de arriba abajo como un cachorro embobado de deseo.

Kyle sabe cómo complacer a una mujer. Claro que un hombre de veintitrés años tiene todo el equipo funcionando a pleno rendimiento.

Es del tipo malote que últimamente parece atraerme.

He descubierto que distraerme con situaciones pasajeras me mantiene en movimiento.

Me ayuda a evitar lo que no quiero afrontar: relaciones, recuerdos.

También he aprendido que, por muchas distracciones que busque, los recuerdos tienen sus propias estructuras y reglas.

Por mucho que intente olvidarlos, la huida es solo temporal.

Nuestras mentes se comportan como les da la gana.

A menudo me pregunto por qué la mía se porta mal, como un niño rebelde que se niega a obedecer.

Abre y cierra puertas en sus rincones más profundos, aunque yo les ordene a mis recuerdos que se queden dentro o fuera.

Algunos son menos crueles por naturaleza, pero siguen siendo desagradables.

Los prohibidos están escondidos en pequeñas criptas en el fondo de mi mente, pero aún amenazan con salir a la superficie.

Son ellos los que me mantienen sola, sin necesitar a nadie.

Y también la razón por la que acepto de buen grado las distracciones fáciles.

Kyle es de los que van de flor en flor, pero su personalidad ingeniosa puede levantar el ánimo a cualquiera.

No le importa acurrucarse y charlar, pero tampoco lo necesita.

Es parte de su encanto para mantener a una chica cerca hasta que se cansa de jugar con ella.

Por suerte para ambos, a mí me da igual.

El afecto puede ser como unas zapatillas de andar por casa: se desgasta y pierde color con el tiempo.

Yo nunca he sido de llevar zapatillas, ni las he necesitado.

¿Cómo vas a echar de menos lo que nunca has tenido?

De hecho, las relaciones románticas nunca han sido protagonistas en mi vida.

—Joder, eso ha estado muy bien. ¿Qué otros trucos me escondes?

Kyle me desliza la mano por la cara interna del muslo.

Sonrío.

—Te los enseñaré la próxima vez. Tengo que irme.

—Vaaale —arrastra la palabra con fingido disgusto, seguido de un puchero perfecto—. ¿Te veo en la universidad el lunes?

—Solo como alumno mío. Si la universidad se entera, me quedo sin trabajo.

—¡Estudiante de posgrado! Soy un hombre hecho y derecho. Que les den si no pueden con eso —se encoge de hombros.

—Sería muy grave si lo descubrieran.

Doy dos botes sobre el trasero hasta llegar al borde de la cama, buscando mi ropa en el suelo. Me inclino para recoger las prendas, me incorporo con la espalda recta y lo remato con un meneo de melena, sacando a mi stripper interior. Me siento más sexy cuando estoy con Kyle.

Mientras me paso el vestido de verano por la cabeza, él se acerca por detrás, me rodea con los brazos y pega su cuerpo desnudo al mío.

Aspiro su aroma y echo los hombros hacia atrás, contra sus pectorales.

Me peleo con las bragas para subírmelas mientras él se inclina a besarme el cuello.

Me aparto para coger el móvil y las llaves de la mesita de noche, le doy un beso rápido en la mejilla y me dirijo a la puerta de su diminuto apartamento.

—¡Oh, vamos! ¡Míralo! Está firme para ti —bromea Kyle a mi espalda.

Me detengo y me giro. Kyle menea las caderas de lado a lado, dejando que su pene oscile. Golpea contra los huesos de la cadera mientras imita el sonido de una foca en un espectáculo de acuario.

—Au, au, au. Tu amiguito y yo estaremos aquí mismo.

Me río.

—Pequeño, lo que se dice pequeño ...

Salgo y una suave brisa me acaricia la cara.

El horizonte se traga el sol mientras el crepúsculo toma el relevo.

El comienzo del verano es siempre mi época favorita del año.

Las clases en la universidad son mínimas, lo que me permite centrarme en mí misma.

Bajo por el camino de entrada del edificio hasta mi coche.

Darme el capricho de un polvo sin compromiso es más fácil que preocuparme por lo que vendrá después.

Estoy bien sola la mayor parte del tiempo; de hecho, lo disfruto.

El aislamiento consigue calmar algo dentro de mí.

El silencio es mi orquesta favorita. Cuando el silencio se vuelve demasiado ruidoso, quedo con Kyle, que es divertido, fácil y sin complicaciones.

Hubo un tiempo en que me convencí de que necesitaba a alguien.

Eso solo me llevó a un matrimonio fallido y aburrido.

Un error que no volveré a cometer. El matrimonio entero, desde el principio legal hasta el final legal, duró dos años, tres meses y dos días.

Solo aguantó tanto porque el divorcio es una tortura lenta.

Me quedé con el apellido Copeland, porque no tenía ninguna intención de volver a ser una Mays.

No es un apellido con el que quiera que me asocien.

Me lancé al matrimonio para escapar y por comodidad. Donde crecí, casarse a los diecisiete, incluso sin el consentimiento de los padres, era legal. Lo hice para huir del hogar que me tenía atrapada. Eso sí, me sirvió para empezar una carrera universitaria, así que no fue del todo inútil.

Nuestro matrimonio fue tan emocionante como las bragas de una monja: práctico, predecible y sin sexo.

En su último año, podía contar con los dedos de una mano las veces que mi exmarido y yo lo hicimos.

En las raras ocasiones en que ocurría, el coito duraba, de principio a fin, la friolera de unos veinte segundos.

En total, tres minutos y treinta y tres segundos de felicidad conyugal.

Al final descubrí que él no llevaba una vida casi sin sexo, y a la postre, yo tampoco.

Mis pensamientos revolotean sin rumbo fijo.

Todavía con la sonrisa eufórica de la velada, disfruto de un agradable trayecto por las tranquilas calles de Vinbrooke camino a casa.

Crecí en el pueblecito de Bitterton, justo al norte, pero llevo casi diez años viviendo en esta pequeña localidad a las afueras de Savannah.

Como allí, árboles imponentes engalanados con guirnaldas de musgo español bordean las calles.

Hay algo en la forma en que el musgo se aferra a los árboles que les da un aspecto elegante pero inquietante, como si guardaran sus propias historias de pena.

De niña, luché por encajar y nunca me trataron como a una igual.

A ojos de mi padre y mis tres hermanos, ser chica significaba ser débil y estúpida.

Mi ambición en la vida era convertirme en cualquiera menos en quien había sido de pequeña.

Y más aún, no quería ser como mi madre, ni como era ni como es.

Todas las mujeres acabamos siendo copias exactas de nuestras madres o todo lo contrario.

Yo me esfuerzo por ser lo contrario. Eso sí, no siempre me he dado a conocer de las formas más educadas.

Aprendí a pelear duro y sucio. Eso me lo enseñó mi yaya.

En el corazón del pueblo hay un hermoso cementerio histórico, querido por los vivos y, supongo, también por los muertos.

Los turistas recorren kilómetros para ver los enormes robles, los sauces y los elaborados jardines florales.

Savannah es una ciudad preciosa, pero está saturada de turistas y de gente que se ha mudado allí.

Lo que me encanta de Vinbrooke es que está apartado de la ciudad, a salvo del caos de las aglomeraciones.

Los únicos forasteros son algunos turistas de paso y los universitarios que vienen a estudiar arte.

Los estudiantes se marchan con sus recuerdos y otros nuevos ocupan su lugar temporalmente. El pueblo vuelve a empezar cada año.

Paso con el coche junto al arco del cementerio y algo bajo una farola capta mi atención.

Mientras fuerzo la vista para distinguir quién o qué hay allí, parpadeo rápidamente, intentando averiguar si es un efecto de la luz.

La figura se hace visible poco a poco y reduzco la marcha hasta casi detenerme.

Un niño está solo bajo la sombra de la farola, con una mano apoyada en el poste.

Levanta la otra mano como para saludar, pero la deja caer.

Me resulta familiar. Tiene el pelo claro, la piel pálida.

Lleva unos pantalones cortos caqui que le quedan holgados, una camisa a rayas y sandalias de cuero como las de los apóstoles.

Se parece a mi hermano pequeño, Tommy, de niño.

Examino los alrededores y vuelvo a mirarlo.

Sigue allí, inmóvil. Bajo la ventanilla del copiloto y paro el coche frente a él.

—¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?

El niño asiente y se da la vuelta para caminar hacia la entrada del cementerio.

Meto la marcha atrás y retrocedo varios metros sin perderlo de vista.

Se detiene y se vuelve hacia mí una vez más, con el rostro solemne, los ojos sombríos, y desaparece bajo el arco de piedra.

No estoy segura de si debería seguirlo o salir pitando de allí.

¿Lo había visto, o lo había imaginado? Oigo un bocinazo breve detrás de mí y veo unos faros en el retrovisor: estoy cortando el paso. Arranco.