Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 63 LA HABITACIÓN INFERIOR
96%

CAPÍTULO 63 LA HABITACIÓN INFERIOR

E l espacio inferior tenía menos de veinte metros cuadrados.

No había ventanas, solo una puerta estrecha y una rejilla de ventilación.

En una pared se distinguían marcas de alturas, fechas e iniciales; algunas eran antiguas, otras habían quedado cubiertas por capas de pintura.

Vera iluminó una de ellas: «A. N.». Debajo aparecía una fecha que coincidía con el día de la muerte de Álvaro Nieto.

—Fotografía —ordenó.

El equipo documentó la pared antes de tocar nada.

En una esquina había una caja metálica con medicamentos antiguos, material sanitario, una grabadora y varias fotografías.

La primera mostraba a Álvaro sentado en una cama.

Era la misma imagen que habían encontrado en el archivo, pero el borde conservaba un detalle que antes no se apreciaba: parte de una manga clara, una mano y una pulsera metálica.

En fotografías posteriores, Teresa llevaba una pulsera de aspecto semejante.

El perito advirtió que el modelo podía ser comercial y pidió imágenes de otras trabajadoras de la época.

La coincidencia no identificaba a la persona fotografiada.

Su valor dependía de que encajara con documentos y testimonios independientes.

La grabadora se examinó en una sala aislada.

El técnico documentó el estado del soporte y creó una copia digital antes de hacer una escucha completa.

Registró el siseo, las variaciones de volumen y un corte al final.

El original quedó preservado y la copia se verificó para que cualquier análisis posterior pudiera compararse con la fuente.

La transcripción distinguió palabras claras, probables y segmentos ininteligibles.

Se oía una voz infantil que decía algo parecido a «no quiero volver» —la última consonante estaba tapada por un ruido— y una voz femenina que respondía: «No puedes quedarte aquí».

Después, una frase infantil: «Mi padre dice que me va a llevar».

Una voz masculina, más distante, decía: «Esto no puede quedarse aquí».

La grabación terminaba de forma abrupta.

Vera pidió escuchar una vez más el fragmento sin mirar la transcripción.

El técnico reinició el archivo y dejó las manos apartadas del teclado.

La frase infantil apareció entre el siseo; la voz femenina respondió, y el hombre habló desde una distancia difícil de calcular.

Al terminar, Vera no dijo el nombre que le había venido a la cabeza.

Pidió que la grabación se escuchara también por una persona que no conociera la hipótesis de trabajo.

—¿Crees que oímos lo mismo? —preguntó Luján.

—No lo sé. Y esa es la razón para no escribirlo como si lo supiéramos.

El técnico explicó que repetir una frase dudosa podía hacer que el oído completara los sonidos que faltaban.

Por eso la transcripción debía conservar las alternativas y señalar dónde empezaba la interpretación.

Vera pidió que la copia de trabajo y el original quedaran identificados por separado en el informe.

No quería que, al citar el resultado en otro capítulo, una palabra probable se convirtiera en una frase literal.

La grabación no ofrecía una respuesta inmediata.

Permitía formular diligencias concretas: averiguar quién había guardado la máquina, cuándo se almacenó y si existían otras cintas de la misma serie.

El informe consignaría la duración exacta, los puntos donde el sonido se degradaba y las dudas de transcripción.

No era una confesión, sino una fuente limitada que podía orientar la búsqueda sin sustituirla.

No era posible identificar a los hablantes.

La voz infantil era demasiado breve para compararla con una muestra fiable de Álvaro; tampoco había una grabación contemporánea que permitiera atribuir la voz femenina a Teresa.

La diferencia de reverberación podía situar al hombre en el pasillo, pero también podía deberse a la orientación de la grabadora.

El final abrupto no demostraba que alguien hubiera cortado la cinta para ocultar una frase: podía deberse a una interrupción, al soporte o a un daño posterior.

—No la usemos como confesión —dijo Vera.

—No lo es —respondió Luján.

—Ni como identificación.

—Tampoco.

La fotografía y la grabación, consideradas juntas, permitían sostener que Álvaro había estado allí y que alguien había conservado materiales relacionados con él. No identificaban a quien habló ni explicaban la causa de su muerte. El archivo podía reabrir preguntas; no podía resolverlas por decreto.

En otra caja encontraron un botón, un fragmento de tejido y una bolsa con tierra endurecida.

Los análisis posteriores no establecieron una conexión concluyente con ninguno de los siete casos.

Vera pidió mantenerlos separados de los objetos vinculados a Álvaro hasta que existiera una relación demostrable.

—Que algo esté aquí no significa que Teresa lo haya puesto aquí —dijo.

Luján anotó la instrucción en el registro. El descubrimiento estrechaba algunas preguntas, pero también mostraba el riesgo de convertir cada objeto de Santa Brígida en una prueba contra la misma persona. El equipo debía resistirse a esa comodidad.