Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 51 EL BARRANCO
78%

CAPÍTULO 51 EL BARRANCO

E l camino desaparecía detrás de los pinos.

No era exactamente un camino. Era una cicatriz de tierra entre dos laderas, cubierta en algunos tramos por ramas y piedras.

Vera bajaba delante.

Luján iba detrás con dos agentes.

Darío había insistido en acompañarlos.

—Conozco el terreno.

—Y yo conozco a la gente que lo conoce —respondió Vera.

Darío no supo qué contestar.

Había llovido durante la noche. El barro conservaba las huellas, pero no permitía fecharlas con precisión.

A unos trescientos metros del desvío encontraron una bolsa de pan.

Estaba rota.

Dentro quedaban dos trozos endurecidos.

Darío la miró.

—Nicas.

Vera no tocó nada.

—Fotografía.

Más abajo apareció una prenda.

Era una chaqueta vieja.

La reconocieron después como una de Nicas.

El barranco se estrechaba hasta desembocar en una explanada de roca.

Allí estaba la antigua caseta.

La puerta colgaba de una bisagra.

Luján se puso los guantes.

—No entramos hasta que llegue Criminalística.

Vera asintió.

Esperaron.

Dentro había un colchón, una manta húmeda y una botella vacía.

También había una cadena.

Estaba cortada.

—¿Forzada? —preguntó Darío.

—No —respondió Luján—. Cortada limpiamente.

En una caja apareció un dibujo.

Tres líneas.

Una carretera.

Un edificio cuadrado.

Vera miró a Samuel.

—¿Santa Brígida?

—Sí.

—¿Seguro?

—Nicas siempre la dibujaba así.

La manta fue embalada.

El equipo registró la caseta por cuadrantes.

El colchón se levantó solo después de fotografiar su posición; debajo había polvo acumulado, una moneda y fibras que no parecían recientes.

La cadena cortada tenía dos extremos limpios y no mostraba deformación compatible con una rotura por fuerza.

El análisis del metal podría orientar sobre la herramienta utilizada, aunque no identificaría por sí solo a quien la manejó.

El dibujo de tres líneas se fotografió con luz normal y rasante.

No contenía letras, fechas ni un símbolo inequívoco.

Samuel reconoció que Nicas dibujaba el edificio de forma esquemática desde niño, pero no podía afirmar cuándo había hecho aquel dibujo.

La tinta estaba seca y el papel había absorbido humedad; el laboratorio no prometió una datación exacta.

La presencia de medetomidina en la manta se confirmó con un análisis preliminar, pero la concentración era insuficiente para calcular una dosis administrada a una persona.

La sustancia podía proceder de un preparado veterinario, de una contaminación accidental o de un uso deliberado.

Luján pidió investigar quién había comprado el producto en la comarca y si existían envases desaparecidos, sin difundir el nombre del compuesto fuera del equipo.

La huella de neumático y el fragmento de matrícula se levantaron por separado.

La pieza metálica podía haber caído del vehículo, pero también podía haberse llevado allí desde otro lugar.

El laboratorio compararía pintura, corrosión y marcas de corte con piezas de vehículos localizados.

No se anunciaría una coincidencia hasta que la comparación fuera suficientemente específica.

La primera línea de trabajo apuntó a una furgoneta de asistencia domiciliaria.

Había transportado material entre Santa Brígida, la cantera y varios refugios de la comarca.

La conexión era logística, no personal: el registro de uso no identificaba quién conducía en cada fecha.

Vera ordenó reconstruir el historial completo del vehículo y entrevistar a quienes habían tenido llaves.

La pista hacia la antigua furgoneta abrió un segundo frente.

El equipo pidió los archivos de vehículos de asistencia domiciliaria que hubieran prestado servicio en la comarca durante los años en que Santa Brígida siguió funcionando.

Había modelos similares, algunos vendidos a particulares y otros dados de baja sin que se conservara el destino final.

El perito comparó distancia entre ejes, forma de las puertas y posición del piloto, no solo el color de la carrocería.

La primera coincidencia era compatible, no individualizadora.

La matrícula fragmentaria podía pertenecer a varios vehículos y el metal estaba demasiado corroído para leer todos los caracteres.

Un antiguo empleado recordó que la furgoneta tenía una abolladura cerca de la puerta trasera, pero su memoria podía haberse reforzado al ver la fotografía en prensa.

Luján pidió que esa declaración quedara separada de la comparación técnica.

Samuel no reconoció el vehículo a partir de la imagen.

Dijo que muchas furgonetas de la zona compartían el mismo diseño y que él solía fijarse en los pilotos porque trabajaba de noche.

La precisión podía ser útil, pero no bastaba para identificar al conductor.

Vera comprendió que el caso necesitaba una pieza que vinculara el vehículo con una fecha y una persona, no otra descripción general de una carrocería clara.

La búsqueda continuó por el historial de reparaciones.

Una factura mencionaba el cambio de un piloto trasero y una reparación en la puerta derecha, pero no indicaba el número de bastidor.

La empresa que la emitió había cerrado. El documento se convirtió en una línea de trabajo nueva: localizar al mecánico o a quien pagó la reparación.

Dos horas después llegó la primera coincidencia.

Una antigua furgoneta de asistencia domiciliaria había sido utilizada durante años para transportar material entre varios puntos de la comarca.

Santa Brígida.

La cantera.

Los refugios.

El vehículo había sido vendido.

El registro de la subasta confirmaba el nombre que ya habían localizado: Julián Requena.

Requena había adquirido la furgoneta después de una transferencia que no aparecía en el inventario final de la empresa.

El documento de venta tenía una firma, pero no una relación clara de accesorios ni de llaves entregadas.

El antiguo administrador recordaba que el vehículo se utilizaba para llevar suministros a la residencia y que, en ocasiones, lo conducían trabajadores que no estaban en nómina.

No podía recordar a todos ni asegurar que el registro estuviera completo.

Vera pidió una entrevista formal con Requena antes de que su nombre se filtrara.

Él explicó que la furgoneta llevaba años averiada y que la había usado para trabajos ocasionales.

Negó haberla llevado a Santa Brígida después del cierre.

La afirmación era comprobable en parte mediante facturas, combustible y reparaciones, pero no podía demostrarse solo por su recuerdo.

El equipo comparó las fotografías de la furgoneta antigua con la imagen de la cámara de fauna.

El modelo y la forma del piloto trasero eran compatibles; la matrícula seguía ilegible.

La coincidencia aumentaba el interés de Requena como testigo y como persona con acceso al vehículo, no su responsabilidad por la desaparición de Nicas.

Cuando Vera preguntó por qué había comprado una furgoneta que la empresa no registraba entre sus bienes, Requena respondió que se la ofrecieron barata y que no pidió más papeles.

La explicación podía ser cierta, pero mostraba que había aceptado un vehículo de procedencia administrativa irregular.

Luján pidió revisar los pagos y localizar al vendedor.

Requena no fue detenido ni tratado como culpable; quedó citado para una segunda declaración.

La información no resolvía dónde estaba Nicas. Sí sugería que alguien podía haber utilizado un vehículo antiguo sin dejar un rastro claro en los registros recientes.

Antes de abandonar el barranco, el equipo volvió a fotografiar el dibujo, la cadena y la posición de los objetos.

La lluvia había cesado, pero el suelo seguía cambiando bajo las botas.

Se marcaron las zonas donde la escorrentía podía haber movido tierra y se anotó que las huellas parciales no permitían establecer dirección de marcha.

El informe de campo incluiría tanto los indicios encontrados como las limitaciones impuestas por el tiempo.

Vera pidió que el nombre de Requena no apareciera en el parte de prensa.

La furgoneta podía ser suya en algún momento, pero no había prueba de que la condujera durante la desaparición de Nicas.

La filtración anterior ya había mostrado cómo una propiedad compartida se convertía en una acusación.

La prioridad seguía siendo localizar a un hombre que podía estar herido.

En el coche, Darío preguntó si debían registrar la casa de Requena.

Luján respondió que solicitarían autorización con los datos disponibles y que no convertirían una coincidencia de vehículo en una entrada automática.

Vera observó el mapa: Santa Brígida, cantera, barranco, refugios.

Las líneas ya no formaban un círculo cerrado.

Formaban una red de caminos que muchas personas podían conocer, y la investigación debía averiguar cuál se había utilizado aquella noche.

Vera permaneció en silencio.

Luján levantó la vista del teléfono.

—Requena.

—Sí.

—Y nadie había relacionado su vehículo con el antiguo acceso.

—Hasta ahora.

El vehículo había desaparecido de los registros de la empresa después de una transferencia irregular.

No constaba en el inventario final de Requena.

Eso significaba que alguien podía haberlo utilizado sin que figurara entre sus bienes.

No demostraba quién.

Pero ampliaba el mapa.

A media tarde encontraron otra referencia.

Un veterinario recordó haber visto a Teresa Montalvo entrar años atrás en una zona de tratamiento con un perro herido.

Vera escuchó la declaración completa.

—¿Era extraño?

—No. Teresa era médico. Los vecinos llevaban animales heridos constantemente.

—¿La vio utilizar medicamentos?

—No.

—¿La vio llevarse alguno?

—No.

—Entonces no tenemos nada.

El veterinario pareció decepcionado.

—Pero usted preguntó por ella.

Vera guardó silencio.

Aquello era precisamente lo peligroso.

Cada nueva pista podía parecer una confirmación.

Y, sin embargo, casi ninguna soportaba un examen más profundo.

Teresa aparecía en los bordes.

Nunca en el centro.

Al final de la tarde, la lluvia empezó de nuevo.

Vera se quedó mirando el barranco.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Luján.

—Que alguien conoce muy bien este sitio.

—Eso ya lo sabemos.

Vera señaló la pendiente.

—Alguien sabía qué caminos seguían siendo practicables después de años.

Luján comprendió.

—Alguien que conoce el monte.

Vera miró hacia Santa Brígida.

—O alguien que aprendió a utilizarlo allí.