CAPÍTULO 24 EL ATAÚD
E l cementerio olía a tierra mojada y gasóleo. A las siete de la mañana todavía no había amanecido del todo. La zona autorizada estaba cubierta por una lona y aislada del muro desde el que las cámaras intentaban obtener imágenes. La comisión judicial llegó antes que los operarios.
Fermín no estaba dentro. Se había sentado en un banco al otro lado de la carretera, con las manos sobre el bastón. Vera lo vio a través de la verja y recordó su frase: ahora miren ustedes dentro.
—Puede ser un error administrativo —dijo Luján.
—Sí.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que los errores administrativos empiezan a parecerte personales.
Vera cerró el libro.
La primera comprobación confirmó el error de numeración.
El nicho administrativo 74 correspondía físicamente al espacio marcado como 47 en una fotografía de las obras.
Los registros municipales habían arrastrado la inversión durante años.
Eso explicaba parte del misterio y, durante unos minutos, pareció que iba a explicarlo todo.
No lo hizo.
El ataúd que debía contener los restos de la mujer no identificada estaba allí, pero la placa interior de traslado llevaba otro número.
El forense pidió detener la apertura hasta documentar cada discrepancia.
Fotografías, medidas, sellos, tornillos, estado de la madera.
Vera observó el procedimiento y agradeció su lentitud.
Después de semanas de rumores, cada minuto burocrático parecía una forma de higiene.
Antes de marcharse, el forense fue claro: identificar a Sonia no equivaldría a identificar cómo murió. Incluso una lesión sospechosa podía ser imposible de distinguir, veinticuatro años después, de un accidente o de un daño posterior.
La ciencia no devolvía el pasado. A veces solo reducía el número de mentiras posibles.
Cuando levantaron la tapa, nadie habló. Los restos estaban incompletos.
No de una manera que permitiera concluir manipulación deliberada: los traslados antiguos, la humedad y las prácticas funerarias podían explicar pérdidas.
Pero había suficiente material para intentar identificación genética y odontológica.
La comisión hizo una pausa mientras el forense completaba la descripción de los restos y asignaba un código a cada muestra.
Nadie podía retirar la lona ni acercarse al área delimitada sin quedar registrado.
El fotógrafo judicial tomó imágenes generales, de detalle y de cada objeto antes de que se embalara.
Vera observó el procedimiento desde el límite señalado en el suelo; no necesitaba ver mejor para entender que la escena ya estaba llena de interpretaciones ajenas.
La bolsa de efectos se analizó como un conjunto separado.
El plástico no llevaba una marca que permitiera fecharlo con precisión.
El nudo podía haberse hecho con una sola mano o con ayuda de otra persona; no ofrecía una característica individual.
La llave estaba corroída y no tenía etiqueta.
Los tres botones no pertenecían necesariamente a una misma prenda.
La medalla conservaba restos de tejido adheridos en una ranura, pero el laboratorio tendría que determinar si eran fibras antiguas o contaminación posterior.
—¿Y si todo se añadió durante el traslado? —preguntó Darío.
—Entonces habrá que averiguar qué traslado y quién tuvo acceso —dijo Luján—. No podemos empezar suponiendo que se añadió para comunicarnos algo.
Vera pidió que se revisaran los registros de traslado, las facturas del ataúd y las personas que participaron en la reforma del cementerio.
La inversión entre los números 47 y 74 ya tenía una explicación administrativa plausible; la bolsa seguía sin tenerla.
No era necesario que ambos problemas compartieran causa.
Al terminar, el forense firmó el acta y verificó que los precintos estuvieran intactos.
Vera firmó como responsable de la diligencia, no como testigo de una teoría.
La diferencia le pareció importante: lo que acababan de encontrar podía convertirse en prueba solo si cada paso posterior conservaba su origen.
En el coche, Luján le recordó que el doce podía ser una numeración interna del cementerio o un lote de efectos.
Vera asintió. Aun así, ordenó buscar inventarios de habitaciones, camas, taquillas y material de Santa Brígida.
La búsqueda no partía de la certeza de que el número significara algo.
Partía de que era una característica observable que merecía una comprobación.
El forense examinó la zona maxilar.
—Hay una corona metálica anterior.
Vera miró a Luján. Él no reaccionó.
—¿Compatible con lo que dijo Fermín?
—Compatible con miles de personas de esa época. Necesito la ficha dental.
La ficha de Sonia Valcárcel apareció esa misma tarde en una caja conservada por una sobrina. El odontólogo original había muerto, pero los números de pieza y un dibujo clínico eran legibles. La comparación preliminar justificaba un estudio formal. No permitía identificar todavía los restos.
El hallazgo más extraño no estaba en el cuerpo. Debajo de la tela deteriorada del ataúd apareció una bolsa de plástico grueso, cerrada con un nudo. Contenía tres botones, una llave pequeña y una medalla de Santa Brígida. Ninguno figuraba en el inventario original de efectos de la desconocida.
La bolsa se embaló aparte. Había tres botones distintos, una llave pequeña y una medalla marcada con un doce casi borrado. Fermín creyó reconocer el botón de madera de la chaqueta verde de la desconocida.
Vera dejó constancia de que, en su primera declaración, el anciano solo había recordado «un botón de madera». Ver el objeto podía haber reforzado una memoria auténtica o fabricado una certeza tardía. No permitiría que ambas cosas se confundieran.
—¿Alguien pudo meter esto durante el traslado? —preguntó Vera.
—Sí —respondió el forense—. O pudo estar desde el primer enterramiento y no registrarse. No voy a elegir una historia por ustedes.
La medalla llevaba en el reverso un número: 12. Darío recordó inmediatamente la habitación 12 mencionada en un plano antiguo de la residencia. Luján lo frenó.
—Todavía no sabemos si es una habitación. Puede ser un lote, una taquilla, una cama, un número de serie o nada relevante.
Al salir, Vera se acercó a Fermín.
—Había una corona.
El viejo no mostró satisfacción.
—Entonces miré bien.
—Eso no significa que sea Sonia.
—Ya lo sé.
—¿Reconoces una medalla de Santa Brígida con un doce?
Fermín negó.
—Yo enterraba muertos, hija. Los secretos llegaban ya cerrados.
Los resultados genéticos tardarían. Mientras tanto, el juzgado autorizó ampliar diligencias sobre la procedencia de la bolsa y los registros de Santa Brígida.
La noticia de la exhumación explotó antes del mediodía.
Los titulares hablaban de un cadáver equivocado y una residencia siniestra.
Ninguna de las dos cosas estaba demostrada en esos términos.
Julia Roldán llamó a Vera esa noche.
—¿Tiene que ver con Lucía?
Vera miró la medalla fotografiada en la pantalla.
—Todavía no puedo decirlo.
—No le pregunto si puede demostrarlo. Le pregunto qué cree.
Vera tardó.
—Creo que alguien se benefició durante muchos años de que cada historia se investigara por separado.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darle sin mentirle.
Después de colgar, Vera volvió a mirar el número doce. No sabía todavía que aquel número los llevaría a una pared que no aparecía en ningún plano reciente. Por el momento solo era metal oxidado dentro de un ataúd que quizá perteneciera a una mujer desaparecida veinticuatro años atrás.