Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Cincuenta y Tres
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Capítulo Cincuenta y Tres

Hogar

El Puerto de Santa María.

Harper volvió de hacer la compra con las bolsas colgadas de ambos brazos y ese cansancio bueno de los viernes sin nada urgente que resolver.

No había visto a Nya desde el desayuno: él había quedado con Alex a media mañana, primero para entrenar en el local de boxeo, después para comer juntos con calma y rematar la tarde con un café tranquilo, sin ningún expediente de por medio, el primero en semanas que no empezaba ni terminaba con un caso abierto sobre la mesa.

Dejó las bolsas en la cocina, sin prisa, guardando la fruta y dejando el resto para más tarde, y fue entonces cuando lo oyó.

El piano.

Subió despacio, sin hacer ruido, por la misma escalera por la que había subido aquella otra madrugada de agosto, hacía apenas unos días, cuando descubrió a Nya tocando de oído sin saber que él la escuchaba.

Esta vez no se escondió en el umbral. Esta vez, cuando llegó al estudio, se quedó de pie en la puerta abierta, dejando que ella supiera que estaba ahí.

Nya tocaba Clair de Lune , la misma pieza de Debussy que había sonado aquella otra noche, con los mismos titubeos cariñosos de quien aprendió de oído y nunca terminó de pulirlo del todo, y sin embargo algo en su manera de tocarla esta vez era distinto: menos huida, más presente, como si por fin se permitiera ocupar el espacio entero de la música en vez de refugiarse dentro de ella.

Sobre la mesa, junto al piano, estaba la caja.

Harper se quedó un instante desconcertado, sin llegar a decir nada.

Nya había quedado esa mañana con Carmen, no mencionó ningún plan que incluyera un banco, y sin embargo ahí estaba, cerrada, en el mismo sitio exacto que si llevara semanas allí, como un objeto que hubiera decidido convivir con ella sin llegar a abrirse del todo.

No le había preguntado nada todavía. Se había limitado a mirarla, sorprendido, dejando que fuera ella quien decidiera cuándo explicarle cómo había llegado hasta ahí.

La última nota de Debussy se apagó despacio, dejando ese silencio particular que solo dejan las piezas bien tocadas, y Nya se quedó con las manos todavía sobre las teclas, sin girarse.

—Sabía que estabas ahí —dijo, al fin, con una media sonrisa que Harper no pudo ver pero sí escuchar en la voz—. Ya no necesito fingir que no lo sé.

—Lo sé. —Harper entró despacio, y se sentó en el sofá pequeño, junto a la ventana, sin mencionar todavía la caja, dejándole a ella todo el espacio para decidir cuándo hablar de eso—. ¿Cómo estás? Y, ya que estamos... ¿cuándo has ido tú al banco? Creía que habías quedado con Carmen esta mañana.

—Y quedé con ella. —Nya sonrió, un poco avergonzada, señalando la caja con la barbilla—.

No estaba en mis planes recogerla, Aeris, te lo juro.

Íbamos de compras, sin más, nada serio. Pero al salir de Área Sur, de repente, sin pensarlo del todo, le dije a Carmen que necesitaba pasar por el banco antes de volver a casa.

Ella no preguntó nada, solo me esperó fuera.

Fue un impulso. No sé explicarlo mejor que así.

Nya se giró en el taburete, y miró la caja un momento largo antes de continuar.

—No sé si estoy lista —dijo—. Llevo toda la tarde mirándola de reojo, pensando que ahora sí, que ahora la abro, y cada vez la dejo exactamente donde estaba.

No sé qué hay ahí dentro, Aeris. Mi tío me avisó de que era solo el principio, no la respuesta completa.

Y no sé si tengo fuerzas para abrir una puerta que solo lleva a otro pasillo más largo.

Harper se quedó callado un momento, dejando que la pregunta implícita de Nya —qué se supone que tengo que hacer con esto— se quedara flotando en el aire sin que él se apresurara a llenarla con ninguna respuesta fácil.

—No sé si vas a estar lista alguna vez del todo —dijo, al fin, con la honestidad que aplicaba a todo lo que de verdad le importaba—.

Puede que esa sensación no llegue nunca, Nya.

Puede que siempre sea así: un poco de miedo, un poco de ganas, y ninguna certeza de que sea el momento perfecto, porque el momento perfecto seguramente no existe.

—Qué consuelo tan grande.

—No he terminado. —Se levantó, y cruzó el estudio despacio, hasta quedarse de pie a su lado, mirando la misma caja que ella llevaba toda la tarde sin abrir—.

Lo único que sé de verdad, lo único que te puedo prometer sin que se me note la mentira, es esto: no importa lo que haya ahí dentro.

No importa si es un nombre, o dos, o ninguno.

No importa si lo que encuentres te hace más feliz o te rompe un poco más de lo que ya estás.

Lo único importante, Nya, es que no lo vas a enfrentar sola.

Nunca más. Ni esta caja, ni la siguiente puerta, ni el pasillo entero que Rafael te prometió que había detrás.

Estaré aquí para cada una de esas puertas, aunque tarden años en aparecer todas.

Nya lo miró, con los ojos ya brillantes, y por primera vez esa tarde, algo en su cara se aflojó lo suficiente como para parecerse a una decisión.

—¿Y si lo que hay dentro es algo que no puedes arreglar? —preguntó, en voz baja—. ¿Algo que ni tú ni nadie pueda arreglar nunca?

—Entonces no lo arreglaré. —Harper se lo dijo sin ninguna solemnidad, con la misma llaneza con la que decía todo lo que de verdad sentía—.

Te sostendré mientras no se pueda arreglar, que es distinto y a veces es lo único que hace falta.

No todo tiene solución, Nya. Pero todo, absolutamente todo, se lleva mejor acompañado que solo.

Eso es lo único que sé hacer de verdad, si lo piensas bien. No arreglar. Acompañar.

Nya se levantó del taburete, y se quedó de pie frente a la caja, con Harper a su lado, sin tocarla todavía, mirándola con una mezcla de miedo y de algo parecido, por fin, a la calma.

—Hoy no —dijo, al final, con una sonrisa pequeña y sincera—. Hoy todavía no. Pero pronto, Aeris. Te lo prometo. Y cuando llegue el día, quiero que estés aquí, exactamente donde estás ahora.

—Aquí estaré. —Harper le pasó un brazo por los hombros, y ella se dejó caer contra él con todo el peso que llevaba esa tarde sosteniendo sola—. Hoy, y el día que decidas abrirla, y todos los días de en medio.

Se quedaron así un rato, de pie frente a la mesa, con la caja cerrada entre los dos como una promesa pendiente y no como una amenaza, mientras fuera, sobre El Puerto de Santa María, el sol de agosto empezaba a bajar despacio detrás de las viñas, pintando el estudio entero de ese naranja largo y tranquilo que solo tienen las tardes de viernes que ya no tienen ninguna prisa.

—Es mi último fin de semana de vacaciones —dijo Harper, al cabo de un rato, con la voz ya más ligera, dejando que el peso de la caja se quedara donde tenía que quedarse por esa tarde—.

El lunes empieza el año judicial, y con él, septiembre entero de vistas atrasadas.

¿Te apetece que hagamos algo esta noche? ¿Vamos al cine?

Nya lo pensó un segundo, todavía con la cabeza apoyada en su hombro.

—¿Y si en vez de eso estrenamos por fin el proyector, pero en la terraza? —dijo—. Nos ponemos Netflix, algo tonto, sin subtítulos que leer ni gente alrededor tosiendo. Es mejor plan que ir a un sitio lleno de desconocidos, sobre todo hoy.

Harper sonrió, de esas sonrisas suyas que le salían enteras con muy poca gente.

—Vale. —Le dio un beso corto en la sien—. Ve preparando la terraza y elige algo, lo que sea, que no proteste. Yo bajo a preparar la cena.

—¿Algo ligero?

—Algo ligero. —Se separó de ella, ya con la energía tranquila de quien tiene un plan sencillo y suficiente para el resto de la noche—. Último viernes de vacaciones, Nya. Hay que aprovecharlo bien.

La Bodega, alrededor de los dos, respiraba en paz.

El piano ya no estaba tapado. El saco de boxeo, en el ala vieja, tenía más marcas de uso de las que había tenido nunca.

Y en algún cajón de la cocina, sin que ninguno de los dos lo hubiera decidido formalmente, habían empezado a acumularse cosas de Carmen, de Alex, de una familia que ninguno de los dos había pedido pero que los dos habían terminado, de alguna manera, construyendo entre sospechas resueltas y heridas todavía abiertas.

No era la vida que Nya había imaginado nunca tener.

Era, sin embargo, y por primera vez en mucho tiempo, un hogar de verdad.