Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Cincuenta y Dos
99%

Capítulo Cincuenta y Dos

El fugitivo

Un pueblo sin más de doscientos habitantes.

Provincia de Soria.

La casa era de piedra vieja, con las contraventanas siempre cerradas aunque fuera de día, en una calle sin salida de un pueblo que llevaba décadas perdiendo gente al mismo ritmo que ganaba silencio.

Antonio Palacios llevaba dieciséis meses viviendo allí, bajo un nombre que no era el suyo, en una casa que había comprado en efectivo a través de un intermediario que jamás llegó a verle la cara.

Ya no quedaba nada en él del hombre que una vez presidió una finca entera con el gesto de quien es dueño hasta del aire que respiran los demás.

Había adelgazado de una manera que no tenía nada de saludable, con la ropa colgándole de los hombros como de una percha equivocada, la barba crecida sin ningún cuidado, los ojos hundidos en un insomnio que llevaba meses sin dar tregua.

Salía lo justo: al pequeño ultramarinos del pueblo, dos veces por semana, a horas en que sabía que no se cruzaría con casi nadie, con la gorra calada y la vista siempre puesta en el suelo.

Aquella tarde, con el sol ya bajo detrás de los pinares, alguien llamó a la puerta.

Antonio se quedó paralizado un segundo entero, con el corazón disparado, antes de acercarse a la ventana y apartar la cortina lo justo para mirar.

Un hombre esperaba fuera, solo, con un abrigo oscuro que no encajaba con el calor todavía pegajoso de finales de agosto, de pie con la misma quietud absoluta con la que esperaría alguien que sabe, con total certeza, que la puerta se va a abrir.

Y en cuanto lo vio, Antonio supo exactamente quién era.

No había cambiado casi nada en veinticuatro años.

Los mismos ojos claros, la misma calma imposible, la misma manera de estar de pie que hacía que cualquier espacio a su alrededor se sintiera de pronto más pequeño.

Antonio llevaba media vida esperando, en algún rincón oscuro de sí mismo, que aquella figura volviera a aparecer en su puerta, de la misma manera en que había aparecido una noche de hacía veinticuatro años, con un bebé envuelto en una manta y ni una sola pregunta permitida.

Abrió, porque no abrir habría sido, de alguna manera que no supo explicarse, todavía más aterrador.

—Buenas tardes, Antonio.

—Lucian. —El nombre le salió solo, con un hilo de voz que no reconoció como propia—. Han pasado muchos años.

—Los suficientes para que pensaras que no ibas a volver a verme.

—Lucian entró sin que nadie lo invitara, con la naturalidad de quien ha entrado en cientos de casas ajenas sin necesitar permiso nunca, y se quedó de pie en mitad del salón desnudo, mirando alrededor con una curiosidad casi clínica, como quien inspecciona una jaula—.

Me has hecho llegar, por varios cauces bastante indirectos, la misma petición repetida: que esto se acabe.

Que ya no aguantas más esconderte como una rata en un agujero de piedra en medio de la nada.

—Usted me trajo a esa niña —dijo Antonio, con una rabia vieja que llevaba veinticuatro años sin poder soltar delante de nadie—.

Usted sabía que eran dos. Yo mismo le pedí que se deshiciera de la otra, que no quería cargar con ningún cabo suelto que pudiera reclamar nada en el futuro. Y usted me aseguró que estaba hecho.

—¿Que me deshiciera de ella? —Lucian sonrió, con una diversión genuina que resultó más ofensiva que cualquier desprecio—.

Antonio, por Dios. Yo no tiro nada que todavía pueda serme útil algún día.

Le dije que estaba hecho porque era lo que necesitabas oír para dormir tranquilo, no porque fuera a hacerlo.

Esa niña nunca fue tuya para decidir sobre ella.

Nunca lo fue ninguna de las dos, si vamos a hilar fino.

Tú compraste un heredero, sí. Pero no nos engañemos a estas alturas: lo que tú comprabas aquella noche no era solo una niña.

Era la entrada. El acceso. Veinticuatro años de sociedades, de contactos, de negocios que jamás habrías podido ni imaginar desde tu finca de pueblo, todo eso vino con el mismo paquete que aquel bebé envuelto en una manta.

El Grupo no regala sitio en la mesa a cualquiera que quiera un hijo, Antonio.

Te lo ganaste, o al menos eso creíste durante veinticuatro años, sin preguntarte nunca demasiado qué precio real tenía esa silla que ocupabas, ni qué pasaría el día en que decidiera que ya no te la merecías.

Antonio se quedó callado un momento, con una vergüenza vieja subiéndole por la garganta y una rabia todavía más vieja debajo de la vergüenza, porque acababa de entender, con una claridad que le dolió más que cualquier amenaza, que Lucian nunca había tenido la más mínima intención de cumplir su encargo, y que le había dejado creer durante veinticuatro años que sí, solo para no tener que darle explicaciones .

—Selene mató gente —dijo, al fin, con la voz rota de rabia—.

Veintitrés años después de que usted me jurara que se había ocupado de ella, apareció de la nada y empezó a matar a diestro y siniestro, obsesionada con encontrar a su hermana.

Y por su culpa, por esa mentira que usted me contó para quitarme un problema de encima sin resolverlo de verdad, yo lo perdí todo.

La finca. El apellido. La poca dignidad que me quedaba.

Todo, por esa niñata desagradecida a la que le di absolutamente todo y que ni siquiera es sangre de mi sangre.

—Selene hizo exactamente lo que yo necesitaba que hiciera.

—Lo dijo sin ningún orgullo especial, con la misma indiferencia con la que se comenta el tiempo—.

Y hablando de sus hermanas, ya que has sacado el tema tú mismo: ¿sabes lo que de verdad me interesa de las dos, Antonio?

No la que mató. Esa fue fácil. Encontré su rabia, se la nombré, y ella hizo el resto sola, con un entusiasmo casi conmovedor.

No hubo mérito en ello. La otra, en cambio, la que tú criaste, la que hoy vive feliz en una casa bonita con un juez que la adora, esa sí que me costó.

Años enteros de trabajo, de paciencia, de un cuidado que jamás gasté con nadie más.

Y aun así, ¿sabes qué, Antonio? No lo conseguí.

Nunca conseguí que hiciera lo único que de verdad quería que hiciera.

Algo en la voz de Lucian, por primera vez desde que había entrado, se volvió un grado más tenso, casi imperceptible, pero Antonio, que llevaba media vida aprendiendo a distinguir los matices más pequeños en los hombres poderosos, lo notó de todas formas.

—No pudo con ella —dijo Antonio, casi sin querer, con un asomo de algo parecido a la satisfacción que le duró exactamente lo que tardó en ver la cara de Lucian cambiar.

—No es que no pudiera —lo corrigió Lucian, con una frialdad nueva, más afilada—.

Fue un experimento fallido. Nada más. Cuestión de tiempo, de circunstancias, de una variable que no calculé bien en su momento.

No te confundas pensando que esa niña es más fuerte que yo, Antonio, porque no lo es.

Simplemente no llegué a terminar el trabajo antes de que las circunstancias cambiaran. Eso es todo.

Pero algo en la manera en que lo dijo, con esa insistencia innecesaria, con esa necesidad de aclararlo dos veces cuando nadie se lo había pedido, le reveló a Antonio, en un segundo de lucidez que llevaba meses sin tener, la única verdad que Lucian jamás admitiría en voz alta sin que se la arrancaran: que aquella niña, la que él había criado sin saber nada de gemelas ni de psicópatas ni de experimentos, era la única persona en veinticuatro años que había conseguido escapar entera de las manos de aquel hombre.

Y que Lucian, por eso mismo, la odiaba como no odiaba a nadie más en el mundo .

—He venido a decirte, con toda la cortesía del mundo, que tienes razón en una cosa —continuó Lucian, recomponiendo la calma con la misma rapidez con la que la había perdido, como quien cierra una puerta que se ha abierto un segundo de más—.

Eso es exactamente lo que eres, Antonio.

Una rata. Y las ratas, cuando hacen bien su trabajo, viven donde tienen que vivir: en las cloacas, calladas, invisibles, útiles a su manera.

El problema es que últimamente te has vuelto una rata ruidosa.

Y las ratas ruidosas dejan de ser útiles para convertirse en un problema de plagas.

—Tengo cosas que contar —dijo Antonio, con una bravuconería que le temblaba entera en la voz—. Sobre usted. Sobre lo que me hizo hacer. Sobre todo lo que sé, que es mucho más de lo que se imagina. Si me pasa algo, si a mí o a mi gente...

Lucian se rio, un sonido corto, casi cariñoso, que resultó infinitamente más terrible que cualquier amenaza gritada.

—Antonio, Antonio. —Negó con la cabeza, como quien corrige con paciencia a un niño torpe—.

Vamos a hacer un ejercicio juntos, ya que has sacado el tema tú mismo.

Vamos a imaginar, solo imaginar, qué pasaría si decidieras hablar.

No te va a pasar nada rápido, para empezar.

Nada tan sencillo ni tan piadoso como una bala.

Vas a tener tiempo de sobra para arrepentirte de cada palabra, uno por uno, mientras alguien, en algún sitio muy tranquilo, muy insonorizado, se toma su tiempo contigo, sin ninguna prisa, exactamente con la misma paciencia con la que yo mismo me he tomado el tiempo de encontrarte hoy en este pueblo perdido de Soria donde creías que nadie te iba a encontrar nunca.

Vas a suplicar que pare mucho antes de que decida hacerlo.

Y cuando por fin acabe, Antonio, no va a acabar del todo, porque antes te va a hacer ver, con todo detalle, lo que le va a pasar a la gente que te quede, si es que te queda alguien a quien todavía le importes lo suficiente como para servir de amenaza.

Antonio se dejó caer en la silla, con la respiración entrecortada, blanco del todo, incapaz de sostenerle la mirada.

Lucian se levantó, despacio, se abrochó el abrigo con dos gestos precisos, y se detuvo un momento en la puerta, con la mano ya en el pomo, mirando hacia atrás con la misma calma con la que había entrado.

—Quédate callado el resto de tu vida, Antonio —dijo, al fin—. Y espero, por tu bien, que sea una vida corta y aburrida en este pueblo tan tranquilo.

Se marchó sin esperar respuesta, cerrando la puerta con la misma suavidad con la que la había abierto, y Antonio Palacios se quedó solo en el salón desnudo, con el sol terminando de ponerse detrás de los pinares, temblando de una manera que ni siquiera dieciséis meses de miedo constante le habían enseñado a temblar hasta entonces .

Pero por debajo del miedo, en un rincón que ni él mismo esperaba encontrar todavía con vida dentro de sí, algo se le quedó grabado de aquella visita, algo que no tenía nada que ver con las amenazas: que existía, en algún sitio de este mundo, una mujer que Lucian Fauden no había conseguido romper del todo.

Y que esa mujer, sin saberlo, sin haberlo elegido nunca, era la única prueba de que aquel hombre, con todo su poder y toda su paciencia, no era invencible.