Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Cincuenta
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Capítulo Cincuenta

Irene

Jerez de la Frontera.

Habían pasado poco más de dieciséis horas desde que Harper había cerrado los archivos que Parra le había adelantado la noche anterior y había cogido el teléfono para dar la orden.

A las tres de la madrugada, dos agentes de la Policía Nacional habían llamado a la puerta de la casa de Irene, con la orden de detención firmada y el acta de la diligencia sobre las cámaras ya certificada por escrito.

Irene Salvatierra llevaba desde entonces en los calabozos de la comisaría, y desde entonces, según el informe que Parra le había pasado a Harper esa misma mañana, no había pronunciado una sola palabra que no fuera para pedir un vaso de agua.

Harper había pasado la mañana entera repasando cada pieza una última vez, no porque le hiciera falta —se las sabía ya de memoria, folio a folio, como quien se sabe una oración aprendida a la fuerza— sino porque necesitaba llegar a aquella sala sin ni una sola grieta por donde Irene pudiera colarse.

Sabía, por quince años de oficio, que las personas como ella no se rompían con la primera prueba que se les ponía delante.

Se rompían, si es que llegaban a romperse, por acumulación: una gota, y otra, y otra, hasta que el peso entero se volvía imposible de sostener con una sola sonrisa.

Ahora, por fin, le tocaba declarar. Como investigada, y formalmente.

Harper esperó de pie, solo, en la sala pequeña y sobria del juzgado, ya con la toga puesta —la bandera en la esquina, ninguna ventana, el aire acondicionado zumbando bajo con esa monotonía de todos los edificios oficiales del país— con la carpeta entera desplegada delante de él, ordenada folio a folio con la misma disciplina con la que había ordenado la pizarra del estudio dos noches atrás.

Quería estar solo delante de ella, a excepción de los policías nacionales que la custodiaban.

Quería que la única voz que Irene tuviera que enfrentar fuera la suya, sin ningún otro testigo que pudiera repartirle la atención o darle un segundo de respiro para recalcular.

La puerta se abrió.

Dos agentes la acompañaron hasta la silla frente a Harper, con las manos ya libres de las esposas, y a su lado, un abogado de oficio joven, con cara de llevar toda la noche sin dormir y una carpeta casi vacía sobre las rodillas, se sentó con la premura nerviosa de quien acaba de conocer a su cliente hacía menos de una hora.

Irene llevaba la ropa cómoda que llevaba en su casa, sin maquillaje, con el pelo recogido de cualquier manera.

Y sin embargo, incluso así, incluso en ese estado, se sentó con la espalda recta y las manos cruzadas sobre la mesa, exactamente como se había sentado la primera vez que Harper la vio, en su propio despacho, hacía ya más de un mes.

El mismo control. La misma quietud calculada.

Solo el color de la ropa había cambiado.

—Buenas tardes, Irene.

—Buenas tardes, señoría. —Su voz sonó igual que siempre: templada, educada, sin un solo temblor que delatara nada—. Perdone que no me haya levantado. Llevo un día un poco largo.

Harper no sonrió, pero tampoco endureció el gesto. Se limitó a abrir la carpeta, despacio, y a empezar, empezando por lo primero, que era leerle sus derechos. Cuando Irene asintió, y manifestó que quería declarar, Harper respiró hondo.

—Voy a explicarle por qué está aquí, y le voy a pedir que me escuche entera antes de decir nada, porque lo que tengo que contarle va a llevar un rato.

—Sacó el primer folio—. En marzo de este año, Álvaro Ortiz le entregó una llave magnética de la alarma de su domicilio, para casos de emergencia.

Esa llave se ha utilizado, según el registro certificado por la propia empresa de seguridad, en veintitrés ocasiones entre marzo y julio.

Todas de madrugada. Ninguna coincidiendo con ninguna emergencia real, porque en veintidós de esas veintitrés ocasiones, Álvaro estaba trabajando de noche, y Claudia estaba en casa, dormida.

Irene no dijo nada. Escuchaba con la misma atención cortés con la que había escuchado siempre, sin que ni un músculo de su cara se moviera de más, con las manos quietas sobre la mesa como si aquello fuera una reunión cualquiera sobre cualquier otro asunto ajeno a ella.

—El veintiséis de junio, unas cámaras que Claudia instaló en secreto, sin que usted lo supiera, la grabaron entrando en su cocina a las dos y catorce de la madrugada.

Hay seis grabaciones más, la última del nueve de julio.

En todas ellas aparece usted, manipulando objetos domésticos: el esterilizador, principalmente.

Apagándolo cuando estaba encendido. Encendiéndolo cuando estaba apagado .

—Eso no demuestra nada, señoría, con todo el respeto —dijo el abogado, carraspeando—. Entrar en una casa a la que se tiene llave no es...

—No le he hecho ninguna pregunta, déjeme exponer, que le estoy dando esa deferencia y esa ventaja —lo cortó Harper, sin alzar la voz, sin necesitar alzarla—. Cuando lo haga, se lo agradeceré. Por ahora, quiero que su clienta escuche el resto.

Sacó otro folio.

—Tengo también la sesión de WhatsApp Web abierta durante meses al margen de la sesión del propio móvil de Claudia, vinculada, según el informe del Grupo de Delitos Telemáticos que recibí esta misma mañana, a un dispositivo y una dirección IP registrados a su nombre.

Tengo su declaración jurada ante mí, en la que afirmó que Claudia le confesó, el diez de julio, sentirse tan mala madre que Vega estaría mejor con otra persona.

Y tengo la conversación real de esa misma tarde, recuperada del propio teléfono de Claudia, en la que usted le responde a una foto de la niña riéndose con una frase casi idéntica a la que ella misma anotó esa noche para sí misma: que había sido un día precioso.

Harper hizo una pausa, y miró a Irene directamente a los ojos.

—Usted se inventó esa frase, Irene. La frase de la desesperación de Claudia no existió nunca. La escribió usted, semanas después, en mi despacho, con la fecha exacta de un día que la propia Claudia documentó como bueno.

—Eso podría ser un error de fechas, señoría —dijo Irene, con la misma calma que llevaba toda la sala manteniendo—. Uno confunde una tarde con otra, especialmente en un momento tan doloroso como el que estábamos viviendo todos.

—Podría ser, sí. Si fuera la única pieza.

—Harper no se movió—. Pero también tengo el testimonio de un amigo suyo de instituto de Claudia, Óscar Reyes, que le prestó su tarjeta la noche del doce de julio para que ella pagara una cita de urgencia con una psicóloga a la que nunca había visto, y que le confesó, semanas antes de morir, que sentía que no podía respirar en su propia casa.

Tengo el testimonio de Álvaro Ortiz, que recuerda al menos tres ocasiones en las que Claudia intentó hablar con él a solas y usted apareció, siempre con una excusa distinta y siempre perfecta, cortando esa conversación.

Tengo los turnos exactos de Álvaro en el parque de bomberos, que confirman que usted sabía perfectamente cuándo la casa se quedaba vacía de él.

Y tengo, sobre todo, siete vídeos, Irene.

Siete. Que no dejan sitio para ningún error de fechas.

El abogado de oficio se removió en su silla, incómodo, con la carpeta vacía todavía sobre las rodillas, sin saber muy bien qué anotar en ella.

Irene no se movió. Seguía con la misma quietud, la misma espalda recta, pero Harper, que llevaba quince años leyendo manos antes que caras, vio cómo sus dedos, cruzados sobre la mesa, se apretaban un grado más de lo que se habían apretado hasta entonces.

—Señoría —dijo ella, al fin, con la misma voz suave de siempre, como si estuviera a punto de corregir un pequeño malentendido entre amigas—, entiendo que todo esto suene muy grave dicho así, de corrido.

Pero yo quería a Claudia. La quería de verdad.

Todo lo que hice, cada una de esas noches, incluso cada minuto que pasaba con ella, si es verdad que estuve ahí, que no lo recuerdo así, fue porque me preocupaba por ella.

Porque veía que no llegaba a todo, que necesitaba ayuda, y a veces la gente necesitada no sabe pedir ayuda de la forma correcta, así que alguien tiene que dársela igual, aunque sea sin que se note del todo.

—¿Ayuda? —Harper no alzó la voz—. ¿Entrar de madrugada en la casa de una mujer dormida para manipular su percepción de la realidad es su definición de ayuda?

—Usted no entiende lo que es cuidar de alguien de verdad.

—Por primera vez, algo se movió detrás de los ojos de Irene, una sombra rápida, casi imperceptible—.

Claudia necesitaba a alguien fuerte a su lado.

Alguien que supiera llevar las cosas mejor que ella.

Yo solo estaba ahí para eso. Para llevarlas mejor.

—¿Mejor que ella? —repitió Harper, despacio, dejando que la frase se quedara en el aire—. ¿Mejor que la madre de esa niña?

Irene se quedó callada un segundo de más.

—Sí —dijo, al fin, con una naturalidad que a Harper le heló la sangre más que cualquier grito—.

Mejor que ella. Claudia tenía todo lo que cualquier persona podría desear, señoría.

Un marido que la adoraba, aunque trabajara de noche.

Una hija preciosa y sana. Una casa propia.

Un trabajo esperándola. Y no hacía más que quejarse, dudar, llorar en el coche del centro de salud, pedirme perdón por tonterías.

Desperdiciaba cada minuto de esa vida agobiándose por cosas que no merecían ni la mitad de la angustia que ella les daba.

—¿Y usted sí la habría valorado?