Capítulo Cuarenta y Nueve
Donde mueren las madres
El Puerto de Santa María.
Nya se quedó de pie frente a la pizarra un rato largo, con Enemy todavía sonando, más baja ahora, como si la propia canción hubiera decidido dejarle espacio a lo que venía. Cerró los ojos.
—Puedo verlo —dijo, en voz baja—. Deja que te lo cuente así, Aeris. Como si lo estuviera viendo.
Harper no dijo nada. Se sentó en el borde de la mesa, y esperó.
—Claudia conduce con las manos demasiado firmes sobre el volante —empezó Nya, con los ojos todavía cerrados, con una voz que ya no sonaba del todo a ella, sino a alguien narrando algo que ha decidido, por fin, mirar de frente—.
Lleva el móvil en el asiento del copiloto, con el hilo de Irene todavía abierto en la pantalla.
Ha tardado tres días en escribir ese mensaje.
Tres días enteros mirando siete vídeos una y otra vez, aprendiéndose de memoria la cara de la mujer que entra en su cocina de madrugada, hasta que el miedo se le queda pequeño al lado de otra cosa mucho más grande: la necesidad de que alguien, aunque sea la propia Irene, le confirme que no se lo ha inventado.
Que no está loca. Que todo esto ha pasado de verdad.
»Irene sube al coche con la misma sonrisa de siempre, la sonrisa que ha usado durante seis años para entrar en cada habitación de la vida de Claudia, y le pregunta qué pasa, cariño, la nota preocupada, como siempre, exacta, calibrada.
Y Claudia, que lleva tres días sin decir una palabra, conduce en silencio hacia la carretera de la sierra, hacia un puente sobre unas vías donde nadie las va a interrumpir, donde no hay ninguna excusa posible con la que Irene pueda cortar la conversación esta vez.
Nya hizo una pausa, respirando despacio, y Harper la vio apretar los puños a los costados, sin abrir los ojos.
—Paran el coche. Bajan. Y ahí, con las vías brillando abajo bajo la luna, Claudia por fin dice lo que lleva semanas sin poder decir.
Le enseña el teléfono. Le pone delante los vídeos, uno detrás de otro, la cara de Irene iluminada por la luz de una nevera ajena, entrando en su casa a las tres de la madrugada.
Le dice que lo sabe todo. Que sabe lo de la llave, lo de las notas, lo del esterilizador.
Que sabe que le ha estado mintiendo desde marzo, quizá desde antes, y que ya no va a dejar que le siga arrancando pedazos de su propia cabeza.
»Y por primera vez en seis años, Irene deja de sonreír.
Nya abrió los ojos un instante, solo para cerrarlos otra vez, más despacio, como si necesitara la oscuridad para seguir sosteniendo lo que venía.
—No grita. Irene no es de las que gritan.
Al principio intenta lo único que le ha funcionado siempre: dar la vuelta a la historia.
Le dice a Claudia que se equivoca, que lo ha entendido todo mal, que ella jamás le haría daño, que es la persona que más la quiere en este mundo.
Cuando ve que eso no funciona, cambia de estrategia sin perder ni un segundo, con la fluidez de quien lleva toda la vida improvisando personajes: se hace la herida.
Le dice que no puede creer que Claudia dude de ella después de todo lo que ha hecho, después de tantas noches sin dormir preocupada por Vega, después de tanto amor entregado sin pedir nada a cambio.
Intenta que sea Claudia la que se sienta culpable, la desagradecida, la que está destruyendo una amistad de seis años por un malentendido.
»Y durante seis años, esa jugada le habría funcionado.
Pero Claudia ya no es la misma mujer que se disculpaba tres veces por un análisis rutinario.
Lleva semanas grabando, comprobando, aprendiendo, a solas, a no fiarse de nadie más que de sus propios ojos.
Y le dice que no. Que ya no. Que puede llorar todo lo que quiera, que puede repetir cuánto la quiere las veces que haga falta, que no va a funcionar nunca más.
»Irene lo intenta una última vez. Baja la voz, se acerca, le habla como quien habla a una niña asustada, con esa cadencia suya que ha aprendido a doblar voluntades sin levantar jamás el tono.
Le dice que lo puede arreglar todo, que puede volver a ser como antes, que Claudia no sabe lo que está a punto de destruir.
Y Claudia, con el móvil todavía en la mano, con los vídeos todavía en la pantalla, le contesta con la única frase que de verdad la condena:
»«Voy a enseñarle todo esto a Álvaro.»
Nya se quedó un momento en silencio, con la respiración un poco más alta de lo habitual, y cuando volvió a hablar, la última nota de Enemy se apagó del todo detrás de ella, dejando el estudio entero sumido en un silencio limpio y absoluto, como si la propia canción hubiera decidido no acompañar lo que venía a continuación.
—Y ahí, Aeris, es cuando Irene deja de intentar convencerla.
No hay forcejeo. No hay lucha. Nya lo dijo despacio, con la certeza fría de quien ya no está reconstruyendo una teoría sino describiendo un hecho.
—No hace falta ninguna pelea para empujar a alguien que no se lo espera.
Un solo movimiento, seco, calculado, sin un gramo de la rabia que cualquiera esperaría encontrar en ese gesto.
Irene no empuja por ira. Empuja con la misma frialdad con la que ha hecho todo lo demás estos seis años: como quien retira, sin más, un objeto que ya ha dejado de serle útil.
Nya abrió los ojos, por fin, muy despacio, y se giró hacia Harper con una certeza que no dejaba lugar a ninguna duda.
—Eso es lo que creo que pasó esa noche, Harper.
Irene Salvatierra se vio tan acorralada que hizo lo que cualquier rata acorralada acaba haciendo: atacar.
Y tuvo la sangre fría de empujar a quien decía ser su mejor amiga por un puente, dejando que un tren y una vía hicieran el resto del trabajo sucio por ella.
¿El motivo? Está clarísimo, Aeris. Borrarla.
Borrar a Claudia de su propia vida, de la única vida que Irene había decidido, mucho antes de esa noche, que le pertenecía más a ella que a la mujer que la estaba viviendo.
Harper asintió, despacio, sin necesitar añadir nada durante un momento largo.
No porque no tuviera nada que decir, sino porque llevaba ya rato pensando exactamente lo mismo, palabra por palabra, y oírselo decir a ella con esa claridad no había hecho más que confirmarle algo que ya sentía como cierto desde antes de que Nya cerrara los ojos.
—Yo creo lo mismo —dijo, al fin—. Cada pieza que tenemos apunta ahí, y ninguna apunta a otro sitio.
El teléfono de Harper vibró sobre la mesa, justo en ese instante, con la notificación de un correo electrónico.
Parra.
Lo abrió, y según iba leyendo, algo parecido a una sonrisa cansada se le fue dibujando en la cara.
—Es Parra —dijo—. Nos manda un adelanto de todas las diligencias.
Escucha esto: «Llevo desde ayer metiendo prisa a todo el mundo, Harper.
A la empresa de seguridad, a Telemáticos, a la propia Científica.
Estoy seguro de que en la empresa de la alarma ya me tienen bloqueado el número de tanto llamar.
Te lo mando todo adelantado por correo, sin esperar al papel sellado, porque sé que no vas a dormir tranquilo hasta tenerlo.
Me debes una cena, Harper. Una cena de verdad, no un bocadillo de pie en la cafetería del juzgado. »
Nya soltó una risa breve, cansada, del tipo que solo sale después de horas de tensión acumulada, y se acercó a mirar la pantalla por encima del hombro de Harper.
—Parece que no eres el único cabezón de por aquí —dijo.
—Parra lleva treinta años siéndolo antes que yo. —Harper ya estaba abriendo los archivos adjuntos, con la misma urgencia contenida de siempre—. Vamos a ver qué nos ha conseguido adelantar. Le he dado la orden por email.