¿Donde estoy?
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Capítulo 1. El parque
¿Donde estoy?...
No sé dónde estoy.
Mmm...
Abro los ojos.
Bueno... o creo que los abro.
No veo nada.
—Uf... Nooooo...
Intento respirar despacio.
Nada.
Mmm... no veo nada.
Una oscuridad verdosa, borrosa, como si tuviera agua delante de los ojos. Parpadeo. Una vez. Dos.
Hay algo.
Sombras.
Formas.
Intento enfocar.
No quiero mover la cabeza.
No puedo mover la cabeza.
—Nnnnnooooo...
Intento levantar un brazo.
Nada.
Las piernas tampoco.
Mierda.
Mierdaaaa.
¿Qué...?
La voz me sale seca. Apenas un hilo.
—Uuuuyyy...
Trago saliva.
Me duele la garganta.
Pero no siento dolor en ninguna otra parte.
Eso es lo raro.
Debería dolerme algo.
Tendría que dolerme algo.
La espalda. El cuello. Las piernas.
Estoy tirado en el suelo. Lo sé porque siento
algo húmedo debajo de mí.
Tierra.
Hojas.
El olor llega antes que cualquier otra cosa.
Tierra mojada.
Árboles.
Y algo más.
O, por lo menos, eso creo.
Algo que no reconozco.
—¿Dóndeeee mierdaaaa estoyyyyy...?
Mi propia voz me asusta.
—Diooooosssss...
La puta madre.
Me estoy asustando mucho.
Vuelvo a intentar moverme.
Nada.
Ni un dedo.
—No...
Esta vez la palabra sale un poco más fuerte.
Respiro.
Una vez.
Dos.
Tres.
Miro hacia arriba.
O intento hacerlo.
Entre la oscuridad aparece un tronco enorme, justo detrás de mi cabeza.
Oscuro.
Muy oscuro.
Las ramas se pierden entre las hojas y tapan buena parte del cielo.
¿Un bosque?
No.
No parece un bosque.
Hay espacio entre los árboles.
Un sendero.
Lo veo ahora.
Un sendero de tierra que se pierde unos metros más adelante.
Y un banco.
Allá.
A unos veinte metros, quizá.
Un banco de madera.
Y detrás, una estructura casi cubierta por los arbustos.
Un parque.
Sí.
Es un parque.
Pero...
Yo conozco este lugar.
La idea aparece de golpe.
Sin aviso.
Sin saber de dónde viene.
Conozco este parque.
Vuelvo a mirar.
El banco.
El camino.
La estructura de madera.
Los árboles.
Todo parece mucho más viejo de lo que
recuerdo.
Muchísimo más viejo.
—No puede ser.
Cierro los ojos.
Intento recordar.
Anoche.
¿Qué hice anoche?
Nada.
O demasiado.
Una botella.
Música.
Luces.
Alguien riéndose.
Una mujer.
¿Una mujer?
¿Quién?
Aprieto los ojos con fuerza.
Nada.
Solo fragmentos.
Una botella contra una mesa.
Una canción que no consigo identificar.
Luces amarillas.
Una risa.
Y una voz.
Una voz de mujer.
Muy cerca de mi oído.
Pero no consigo recordar qué dijo.
Abro los ojos.
—Me emborraché...
Lo digo como si explicarlo pudiera solucionar algo.
Sí.
Eso.
Me emborraché.
Debí beber demasiado.
Quizá me caí.
Quizá alguien me trajo hasta aquí.
Quizá...
Miro otra vez el parque.
Hay algo que no encaja.
No es solamente que todo parezca más viejo.
Es el silencio.
No se escucha ningún coche.
Ninguna persona.
Ningún perro.
Nada.
Solo el viento moviendo las hojas.
Entonces escucho algo.
Un ruido.
Lejano.
Un golpe seco.
Tac.
Me quedo quieto.
Bueno...
Más quieto de lo que ya estoy.
Espero.
Nada.
Tac.
Esta vez más cerca.
Mi respiración se acelera.
—¿Hola?
Silencio.
Intento gritar.
—¡Hola!
La voz se rompe a mitad de camino.
Nadie responde.
Y entonces veo algo.
Al fondo del sendero.
Una figura.
Está parada junto al banco.
No puedo distinguir si es un hombre o una mujer.
Está demasiado lejos.
No se mueve.
Me quedo mirándola.
La figura levanta lentamente un brazo.
Y señala hacia mí.
Siento que el estómago se me hunde.
Porque en ese momento recuerdo algo.
No sé qué.
No sé cómo.
Pero lo recuerdo.
Anoche no estaba borracho.
Y esa persona...
ya estaba allí.
Antes de que yo llegara.
Antes de que todo se volviera negro.
La figura comienza a caminar hacia mí.
Un paso.
Después otro.
Y otro.
Yo intento moverme.
Nada.
Intento gritar.
Nada.
Y entonces escucho su voz.
Nítida.
Demasiado nítida.
A pesar de la distancia.
—Por fin despertaste.