¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 57
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Capítulo 57

E l lobo pasó como un relámpago frente a ella, su pelaje gris destellando como un rayo de plata a la luz del sol.

Ruby sonrió sentada en los escalones del porche de Rafe, sintiendo la madera caliente y desgastada bajo los muslos.

Era temprano. O al menos temprano para ella.

No eran aún las doce del mediodía, así que bien podría haber sido el alba.

Pero, a lo largo de las últimas dos semanas, había adquirido la costumbre de levantarse a tiempo de ver a Rafe correr entre los árboles transformado en lobo.

Merecía la pena madrugar para disfrutar esa parte de él.

Estaba sentada con la taza de café haciendo equilibrios sobre las rodillas, y dio un trago en la mañana tranquila mientras aguardaba a que regresara. Allí fuera, bajo los imponentes pinos, se respiraba serenidad. Era como estar en casa.

Una punzada de culpa se alojó en su tripa al pensar en casa.

Lena insistía en que se encontraba bien, pero Ruby no necesitaba poderes sobrehumanos para detectar las mentiras de su hermana.

Pese a que no hubiera habido más altercados desde que Rafe matara a esos lobos, Lena seguía teniendo muy mal aspecto.

Ruby sabía que Callie estaba haciendo todo lo posible por ayudarla a controlar sus episodios, pero, hasta el momento, la cosa no iba muy bien.

Y Lena se mostraba cada vez más y más desalentada.

Ruby y Rafe habían pasado la mayor parte del tiempo en la casita de las Bellerose durante sus primeros días juntos, por miedo a dejar sola a Lena, pero su hermana llevaba ya varios días expulsándola de su vida. Insistía en que no necesitaba una niñera. Insistía en que no estaba rota.

Ruby no soportaba que siguiera empleando esa palabra. Rota. No pensaba en su hermana en esos términos.

Pero Lena seguía enfadada porque Ruby le hubiera ocultado tantas cosas, porque la hubiera tratado como a una niña indefensa. Prácticamente la había echado de casa a patadas.

Las carreras matutinas de Rafe habían comenzado como una medida de seguridad, una forma de asegurarse de que todo iba bien, de que ya no había nadie acechándolas a su hermana o a ella.

Y, transcurridas dos semanas sin incidentes, Ruby casi se había convencido de que estaban a salvo.

Cualquiera que fuera el descabellado plan de los Highlanders, debían de haberlo abandonado.

No habían tenido noticias directas de Knox, pero cada pocos días Rafe se encontraba con alguien de su manada.

Knox había cumplido su promesa de enviar patrullas.

Rafe seguía yendo a ver a Lena todas las mañanas, y Callie y Sawyer se pasaban a todas horas por la casita de las Bellerose. Ruby seguía llevándole sobras todas las noches pese a que la relación entre ambas fuera tensa.

Pero su hermana necesitaba espacio y, pasado un tiempo, Ruby se sintió lo bastante a salvo para concedérselo. Se permitió a sí misma tiempo para relajarse. Y aquellas mañanas junto a Rafe conformaban una manera perfecta de aliviar su alma cansada.

Agitó los dedos desnudos de los pies sobre el escalón de abajo. Aquel día llevaba las uñas pintadas de brillante morado y resplandecían bajo el agradable sol. Iba envuelta en una de las muchas mantas de Rafe para protegerse del frío de finales de otoño.

De su taza ascendía el vapor del café mientras escrutaba los árboles en busca de su hombre lobo.

Sus pasos eran tan sigilosos que, a menudo, no lo veía hasta que ya estaba muy cerca de la casa.

Ruby lo había convertido en un juego: tratar de distinguirlo desde lejos.

Hasta el momento, el juego se le daba fatal.

Se echó hacia atrás y dejó que la melena le cayera sobre los hombros. Los pájaros canturreaban y piaban en las ramas de los árboles sobre su cabeza. Iba a hacer otro día precioso.

Aspiró el aroma de las hojas secas e imaginó lo que sería estar allí fuera tras la primera nevada. Sentía que por fin se había instalado en su vida de verdad y que todo lo demás había sido un sueño.

Tan absorta estaba en sus pensamientos, con los ojos aún cerrados contra el fulgor de la mañana, que no oyó a Rafe hasta sentir su aliento de lobo acariciándole la muñeca.

Hundió los dedos en el denso pelaje de su cuello y saboreó el resoplido de satisfacción cuando apoyó la cabeza en su regazo.

—Buenos días.

Suspiro de lobo.

—¿Has disfrutado de la carrera?

El lobo le acarició la mano con el hocico.

—Bien, me alegro.

Rafe cerró los ojos y dejó que lo acariciara entre las orejas.

—Estaba pensando en preparar tortitas.

El lobo abrió un ojo con gesto escéptico.

—¿Qué pasa? Si no sigo intentándolo, no mejoraré nunca.

Resoplido de lobo.

Ruby se rio.

—Creo que ya sé cuál es el truco —dijo—. La última vez, tenía el fuego demasiado alto.

Intentó levantarse para comenzar con su experimento del desayuno, pero el lobo gigantesco de su regazo no se movió ni un centímetro.

—Rafe. —Le dio un empujón en el hombro, pero el animal se limitó a acurrucarse contra ella—. Venga, Rafe. No podían estar tan malas.

Quejido gutural de lobo.

— Vale, de acuerdo —se rindió ella con una risotada—. Tú ganas. —Volvió a ponerse cómoda en el escalón, agarró su taza y dio otro sorbo—. Cocina tú otra vez.

Suspiro aliviado de lobo.

Ruby hundió los dedos en su pelaje y se reconfortó en el peso de su cuerpo contra ella. Se quedaron así sentados hasta que el café se le quedó frío, el culo se le durmió en el escalón y el cuerpo que tenía al lado ya no era un animal.

Le pasó los dedos por el pelo a Rafe y este sonrió.

—Se te van a clavar astillas en el culo.

—No me preocupa —respondió él con los ojos en blanco. Se incorporó recorriendo con las manos sus muslos desnudos.

—¿No vas a vestirte? —preguntó Ruby cuando él posó los labios en la suave piel de su cuello. Notó sus dientes arañándole la garganta y eso le provocó un calor entre las piernas.

— Me parece una tontería —murmuró Rafe.

—¿Vestirse? —Su voz era poco más que un susurro, confirmando que a ella también le parecía una futilidad que Rafe se vistiera.

—¿Por qué ponerme ropa si después me la voy a quitar de nuevo? —Ruby sintió su sonrisa en el cuello, sus manos subiéndole por la falda. La manta se le cayó de los hombros; ya no tenía frío.

—¿Y qué me dices del desayuno?

—Que le den al desayuno.

La risa que escapó de sus labios enseguida se transformó en un grito ahogado cuando Rafe le tocó con los dedos las bragas y vio que ya estaba mojada.

—No sé por qué te pones esto.

Ella tampoco lo sabía. Nueve de cada diez veces sus mañanas tranquilas acababan justo así, con las manos de Rafe por debajo de su falda y sus dientes y su lengua en el cuello, mientras su sentido de la realidad se perdía entre los árboles. Era una suerte que Rafe no tuviera vecinos.

Sobre todo porque ella no se había cansado aún del deseo de ser perseguida, de que Rafe la aprisionara contra el suelo. En todo caso, el fetiche no había hecho más que aumentar.

Lo apartó de un empujón y bajó corriendo los escalones. Pero su compañero fue rápido y enseguida sintió su aliento en el cuello.

— ¿Hoy vas a hacer que me esfuerce, valiente? —le preguntó él, y su gruñido gutural se ovilló en su tripa como un gatito.

La atrapó antes siquiera de que pudiera salir del pequeño jardín, pegó su espalda a su pecho y le rodeó la cintura con un brazo.

—Hoy te deseo demasiado para perseguirte. —Le dio la vuelta con manos bruscas y exigentes.

Su beso fue igual, urgente y voraz. Le encantaba, disfrutaba cuando se dejaba llevar, cuando dejaba de preocuparse por romperla.

—Ponte de rodillas para mí —le ordenó con la voz rasposa en su oído—. Por favor, Ruby. —Sembró de besos su mandíbula, acompañando cada mordisquito de sus dientes con el suave bálsamo de sus labios, suavizando su orden con un ruego.

Ruby se arrodilló frente a él apoyando las manos en sus gruesos muslos. Lo vio imponente sobre ella, enorme y sólido, el sol moteando su piel bronceada. Los músculos de sus muslos se tensaron bajo sus manos. Lo miró desde abajo con una sonrisa antes de meterse su polla en la boca.

Él dejó escapar un gemido ahogado.

—Maldita sea — murmuró, hundiendo las manos en su pelo.

Ella se la metió más adentro, dejando que la dureza aterciopelada de su erección se deslizara sobre sus labios hasta llegarle al fondo de la garganta. Echó la cabeza hacia atrás y después volvió a tragársela.

Una y otra vez, fue estimulándolo desde la base hasta la punta, hasta que a él empezaron a temblarle las piernas y apretó la mandíbula.

A ella le cosquilleaban los labios de sentir su piel deslizándose una y otra vez por ellos.

Ruby fue consciente de la tierra fría bajo sus rodillas y de los tirones de pelo que él le daba.

El mundo había enmudecido salvo por las palabras de Rafe, que eran una caricia para ella.

—Qué gusto. Mi chica valiente. Así, trágatela entera.

Y eso hizo. Una y otra vez, se introdujo su polla en la boca como si pudiera consumirlo entero, como si no lograra recordar ninguna otra cosa. La polla de Rafe entre sus labios y nada más. Lo demás no existía.

Hasta que Rafe le tiró del pelo hacia atrás inclinando su mirada hacia arriba para que lo mirase a los ojos.

—Mi compañera —gruñó, y los labios hinchados de Ruby esbozaron una sonrisa lenta al oír sus palabras.

A continuación él también se arrodilló, devoró su boca y su lengua sustituyó a su polla. Ruby gimió y se aferró a sus hombros desnudos, clavándole las uñas en la carne.

La tumbó bocarriba sobre la tierra y la embistió con fuerza entre las piernas, sin concederle la oportunidad de recuperar el aliento.

—Lo eres todo. —Su voz sonaba rasgada en su oído, su aliento cálido contra su piel con cada embestida. Todo. Sí. Deseaba todo y él lo era todo para ella.

Sentía la tierra fría y húmeda contra la espalda, un brusco contraste con el calor que brotaba del cuerpo de Rafe encima del suyo.

Las hojas secas se le enredaban en el pelo mientras Rafe la penetraba con dureza y rapidez.

Le rodeó la cintura con las piernas y se meció con él, orientándose de manera que cada embestida incrementara el placer más y más.

Rafe mantuvo aquel ritmo endiablado, bañando sus cuerpos en sudor hasta que Ruby se retorció bajo su peso. Estaba a punto, pero el orgasmo se le antojaba inasible.

Gimoteó frustrada. Rafe le mordisqueó el cuello antes de ponerse de rodillas, incorporándola a ella consigo.

Tenía los brazos por debajo de sus muslos, acercándola más a él, alcanzando con su polla un lugar sensible y ardiente de su interior.

Encontró su clítoris con el pulgar y se lo frotó.

Con fuerza. Y detrás de sus párpados estallaron los fuegos artificiales.

Ruby gimió su nombre hacia las copas de los árboles.

—¿Mejor? —le preguntó con una sonrisa evidente en la voz, aunque no estuviera mirándolo.

—No pares — jadeó ella.

Rafe la agarró con fuerza del culo con una mano, sosteniendo su peso, y con la otra le frotó el clítoris mientras la penetraba con embestidas largas y lentas.

—Córrete para mí, valiente.

Sus ásperas palabras, la fuerza de su mano agarrando su cuerpo, la manera en que le sostenía la mirada mientras le daba lo que más necesitaba.

Todo ello fue demasiado. Ruby explotó en mil pedazos.

Las lágrimas brotaron de sus ojos al dejarse llevar, arrojando una retahíla de palabras ininteligibles, gemidos y jadeos.

Rafe no le concedió tiempo de recuperarse antes de volver a depositar su culo sobre la tierra y embestirla de nuevo, gimiendo su nombre.

No tardó mucho. Había estado a punto desde que se metiera su polla en la boca, pero se había resistido.

Ahora, en cambio, se corrió con fuerza y unas violentas sacudidas que invadieron todo su cuerpo.

Se dejó caer contra ella y Ruby mantuvo las piernas enroscadas en torno a él, no queriendo soltarlo aún. Rafe apoyó la frente en la suya y la miró con un brillo de sus ojos plateados.

—Te quiero —dijo ella, la voz débil pero saciada, y le dio un beso en la punta de la nariz.

Una lenta sonrisa recorrió el rostro de Rafe, como si aún le costara unos segundos creerse que fuera verdad.

—Yo también te quiero.

Ruby sonrió, dejando que sus palabras se alojaran en sus venas, sintiendo la verdad que encerraban. La permanencia. Recorrió con las manos su espalda, húmeda de sudor. Sabía que, si se quedaban así el tiempo suficiente, Rafe volvería a excitarse dentro de ella. Resultaba muy tentador.

Pero aquel día tenía cosas que hacer.

Y, además, tenían la eternidad por delante.