42 Las ocho y diez #2
No hubo una decisión pronunciada de matar.
Hubo otra cadena de decisiones, igual que en 2009, pero esta vez los adultos ya no podían atribuirla al pánico de unos adolescentes.
Esteban trituró una pastilla de diazepam dentro del vaso, mezcló agua y obligó a Nicolás a beber después de sujetarle la mandíbula lesionada.
Daniel intentó impedirlo. Su padre le dijo que solo necesitaban tiempo para encontrar las copias y pensar.
Nicolás escupió parte del líquido, pero tragó suficiente.
La dosis no lo dejó inconsciente. Lo volvió lento.
Esperaron. Esteban revisó el teléfono, destruyó la tarjeta del grabador y guardó la memoria USB.
No encontró una segunda copia porque no existía allí.
A las ocho y diez, Gael llamó de nuevo. Esteban apagó el teléfono de Nicolás.
Daniel entendió entonces que su padre no pensaba dejarlo salir caminando.
Preguntó qué iba a hacer. Esteban respondió que lo mismo que había hecho toda su vida: arreglar un problema antes de que destruyera a todos.
Daniel dijo que aquello no era un problema.
Era Nicolás. El uso del nombre pareció irritarlo.
Esteban le recordó quién había llamado en agosto, quién había ayudado a limpiar la casa, quién había guardado silencio cuando Irene salió de Mirador.
Daniel formaba parte. Si Nicolás hablaba, él también caería.
Trasladaron a Nicolás en el todoterreno.
Daniel condujo porque Esteban necesitaba vigilarlo.
El joven iba en el asiento trasero, aturdido pero consciente.
Intentó abrir una puerta una vez. Daniel activó el cierre.
Ese gesto lo acompañaría durante el resto de su vida.
No fue Esteban quien lo hizo. Fue él. Condujeron hacia el puerto industrial.
La nave pertenecía al conocido de un primo y Daniel sabía, por conversaciones antiguas, que Nicolás tenía llave.
Esteban eligió el lugar porque la historia podía construirse alrededor de un acceso verdadero.
Entraron poco antes de las nueve. Nicolás apenas podía caminar recto.
Daniel volvió a pedir que lo dejaran allí y llamaran a alguien.
Esteban lo ignoró. Encontró un Renault Laguna estacionado, comprobó el depósito y empezó a organizar la escena con una eficacia que convirtió el horror en procedimiento.
Manguera. Cinta. Ventanilla. Motor. Nota.
Daniel preguntó de dónde había salido el papel.
Esteban llevaba un bloc en el maletín. Escribió una frase corta y obligó a Nicolás a copiarla.
La primera versión era ilegible. La segunda bastaba para una compatibilidad grafoscópica futura.
Nicolás escribió «Lo siento. No puedo con esto» con la mano temblando.
Cuando comprendió qué pretendían hacer, intentó levantarse.
Daniel lo sujetó por el brazo. Nicolás lo miró.
No pidió ayuda. Solo dijo su nombre. Daniel soltó durante un segundo.
Esteban volvió a sujetarlo y lo empujó al asiento.
Le puso el cinturón. El monóxido no produjo una muerte instantánea.
Ese fue el tiempo que convirtió a Daniel en algo más que un testigo.
Permaneció allí. Oyó el motor. Vio a Nicolás golpear débilmente el cristal. Pudo abrir la puerta. No lo hizo.
A las nueve y veintisiete salieron de la nave.
Esteban dejó el motor encendido. Se llevó el teléfono, la memoria y el grabador.
Daniel vomitó junto a un contenedor. Su padre esperó sin tocarlo.
Después le dijo que Nicolás había elegido aquello en el momento en que decidió arrastrar a todos otra vez hacia Irene.
Daniel respondió que acababan de matarlo.
Esteban dijo que acababan de impedir que murieran muchas más vidas.
Era la misma lógica de agosto, solo que ya no quedaba ningún adolescente al que engañar.
Durante las horas siguientes construyeron el retraso necesario.
Esteban conservó el teléfono apagado. Más tarde lo llevó cerca del piso de Nicolás y lo encendió brevemente para contaminar cualquier lectura de antenas.
Daniel regresó a casa por una ruta secundaria.
Cuando Gael apareció de madrugada preguntando por Nicolás, Esteban salió al porche y le dijo exactamente lo que necesitaba que creyera: que el muchacho estaba inestable, obsesionado y probablemente bebiendo.
Daniel escuchó desde una habitación interior. No salió.
A las tres y siete de la mañana Óscar Menéndez abrió la nave.
El monóxido ya había hecho su trabajo. Baeza recibió el aviso.
Esteban recibió la llamada de Baeza cinco minutos después porque Daniel, incapaz de soportar el silencio, había telefoneado antes a un agente conocido y preguntado de forma indirecta si había ocurrido algo en el puerto.
La maquinaria empezó a funcionar. El suicidio nació antes de que Policía Científica llegara .
Daniel no durmió aquella noche ni las siguientes.
Durante años se dijo que no había matado a Nicolás.
Esteban preparó el coche. Esteban administró el diazepam.
Esteban escribió la frase que Nicolás copió.
El monóxido fue la causa de la muerte. Todo eso era verdad.
También lo era que Daniel cerró las puertas del todoterreno, condujo hasta la nave, sujetó el brazo de su amigo y permaneció junto al coche mientras todavía podía abrirlo.
Algunas culpas no dependían de quién ejecutaba el último gesto.
La memoria USB que Esteban retiró no era la única.
Nicolás había enviado parte del material a Garmendia el día anterior y había dejado una copia en un lugar que ninguno de los Rivas conocía.
Lo que sí desapareció aquella noche fue el grabador.
Esteban rompió la tarjeta y arrojó los fragmentos en una rejilla de desagüe de la caseta de bombeo.
Uno quedó atrapado debajo de una placa oxidada.
Permaneció allí dieciséis años, junto a polvo, agua y óxido, esperando a que alguien regresara al único escenario donde Nicolás había estado vivo por última vez antes de convertirse en una versión escrita por otros.