42 Las ocho y diez
Nicolás llevaba un sobre dentro de la chaqueta, una memoria USB en el bolsillo interior y un pequeño grabador digital sujeto con cinta detrás del forro.
Lo había comprado dos días antes en una tienda de electrónica de Oviedo.
No confiaba en Daniel, pero necesitaba lo que prometía.
Durante seis meses había pasado del miedo a la impaciencia y de la impaciencia a una clase de culpa que ya no le permitía dormir más de cuatro horas.
Irene preparaba el regreso. Garmendia estaba dispuesto a mirar los documentos.
Samuel había conseguido confirmar que la familia de Mateo nunca recibió noticia real de Francia.
Faltaba una pieza que obligara a alguien externo a abrir la galería tres. Daniel afirmaba tenerla.
Daniel apareció diez minutos después. Llegó solo, en el todoterreno de su padre.
Ese detalle molestó a Nicolás antes de que bajara.
Daniel había prometido usar su propio coche.
Al preguntarle, explicó que el suyo estaba en el taller y que Esteban no sabía dónde estaba.
Hablaba deprisa. Tenía ojeras, la mandíbula tensa y una forma de mirar hacia la carretera que Nicolás conocía desde el verano anterior.
Más que miedo, mostraba la expectativa de que una autoridad apareciera para ordenarles qué hacer.
Daniel le pidió que hiciera una copia y devolviera los originales.
Nicolás respondió que Garmendia necesitaría examinarlos.
Daniel se negó. Los papeles procedían de un archivo de su padre y, si desaparecían, Esteban sabría inmediatamente quién los había tomado.
Nicolás le recordó que precisamente pretendían que alguien supiera que ya no podía controlarlos.
Daniel perdió la paciencia. Dijo que no entendía a Irene ni a Nicolás: habían logrado sacarla viva, la policía había cerrado la desaparición y podían seguir adelante.
Volver para demostrar la muerte de un trabajador que ninguno conocía solo conseguiría destruir a más familias.
Nicolás no discutió sobre Mateo. Le dijo que ya había una familia destruida, solo que vivía en Portugal y no aparecía en sus cenas.
Daniel respondió que no hablaba de ellos.
Aquello fue quizá lo más honesto que dijo durante toda la tarde.
Hablaba de Esteban. De su madre. De sí mismo.
De la familia Soria. De los Vega. De todos los adultos y todos los hijos que habían aprendido a considerar el silencio un patrimonio que debía conservarse.
La conversación habría podido terminar allí.
Nicolás podía haber cogido las copias y marcharse.
Daniel podía haberle permitido marcharse.
Ninguno lo hizo. Nicolás mencionó que Irene regresaría en pocos días.
Quería encontrarse personalmente con el periodista una vez existiera una orden judicial o una investigación abierta.
Daniel quedó inmóvil. No sabía que el regreso fuera tan inminente.
Preguntó dónde estaba. Nicolás no contestó.
Daniel insistió. La voz se le quebró por primera vez.
Dijo que su padre llevaba semanas preguntándole si Gael seguía en contacto con Samuel, si Nicolás continuaba investigando, si alguien había localizado a Irene.
Esteban no estaba tranquilo. Eso significaba que algo ya le había llegado.
Nicolás comprendió demasiado tarde que Daniel no había pedido aquella reunión únicamente para entregar documentos.
Quería saber cuánto sabían y cuándo volvería Irene.
Dio un paso hacia la puerta. Daniel se interpuso, no de forma amenazante, sino desesperada.
Le pidió que esperara. Juró que no había contado a Esteban lo del regreso.
Admitió, sin embargo, que una semana antes le dijo que Nicolás estaba intentando conseguir acceso a la galería.
Creyó que así su padre reforzaría la vigilancia y él podría saber qué protegía.
Había intentado jugar con un hombre que llevaba toda su vida enseñándole las reglas.
El grabador oculto siguió registrando. Nicolás preguntó quién más conocía aquella reunión.
Daniel respondió que nadie. Después miró hacia la puerta.
El gesto fue mínimo. Nicolás lo vio. Preguntó si Esteban iba a venir.
Daniel negó demasiado rápido. En ese instante se oyó un motor acercándose por la pista.
Nicolás sintió que el miedo se volvía físico, una presión debajo del esternón.
Sacó el teléfono. No tenía cobertura estable dentro de la caseta.
Caminó hacia la puerta. Daniel lo sujetó por el brazo y recibió un golpe en el hombro.
No fue una pelea. Fue un segundo de pánico compartido.
Esteban entró sin llamar a las seis y treinta y siete.
No llevaba uniforme. Vestía un abrigo oscuro y sostenía un maletín pequeño en la mano.
Miró primero a su hijo, después a Nicolás y finalmente la carpeta azul abierta sobre una mesa.
No preguntó qué hacían. La ausencia de sorpresa contestó por él.
Daniel empezó a explicar. Esteban lo interrumpió con un gesto.
A Nicolás le preguntó únicamente dónde estaba Irene.
Nicolás respondió que muerta, si esa era la versión que prefería.
Esteban no reaccionó al desafío. Cerró la puerta, dejó el maletín y habló como si estuviera intentando salvar a un muchacho de sí mismo.
Dijo que todos habían cometido errores, que la noche de agosto había sido una cadena de decisiones tomadas para evitar una tragedia mayor y que remover el asunto ahora solo perjudicaría a Irene si seguía viva.
No utilizó amenazas al principio. Utilizó responsabilidad.
Le recordó la enfermedad de Teresa después de la desaparición, la ansiedad de Vera, el derrumbe de Ricardo Vega, los problemas empresariales de Álvaro.
Convertía las consecuencias de sus propios actos en razones para perpetuarlos.
Nicolás dijo que Mateo llevaba dos años muerto bajo una obra y que aquello no tenía nada que ver con proteger a Irene.
Esteban contestó que Mateo sufrió un accidente y que los hombres que tomaron decisiones aquella noche ya habían pagado de maneras que un tribunal no comprendería.
Nicolás preguntó si Andrés Valdés pagó también con el coche en el que murió.
La frase cambió algo. Esteban dejó de hablar como un mediador.
Daniel miró a Nicolás con auténtico miedo.
Hasta aquel momento, la muerte del padre de Irene no había formado parte explícita de su investigación.
Nicolás había encontrado una irregularidad en el atestado del accidente y la utilizó como provocación.
No sabía si Esteban estaba implicado. La reacción fue suficiente para saber que la pregunta tocaba un lugar prohibido.
Esteban abrió el maletín. Sacó una botella pequeña de agua, un vaso de plástico y un blíster de diazepam.
Dijo que Nicolás estaba alterado y que necesitaba calmarse antes de cometer una estupidez.
Nicolás se rio. No aceptó la pastilla. Esteban no insistió.
Daniel pidió que todos se sentaran. Durante casi media hora discutieron sin avanzar.
Nicolás se negó a entregar la memoria USB.
Esteban exigió saber cuántas copias existían.
Daniel intentó convencerlo de que lo dejara marchar.
A las siete y ocho, la bomba número tres arrancó detrás del muro y produjo una secuencia de once golpes antes del zumbido continuo.
El grabador registró el sonido con claridad.
A las siete y dieciséis Nicolás recibió cobertura durante unos segundos y vio dos llamadas perdidas de Gael.
Escribió un mensaje, pero la pantalla tardó en enviarlo.
Daniel se acercó para ver. Nicolás giró el teléfono.
Esteban le arrebató el aparato. Hubo un forcejeo.
El primer golpe no fue planificado. La base metálica del maletín impactó contra la mandíbula de Nicolás cuando Esteban intentó apartarlo.
Nicolás cayó contra una tubería y se golpeó detrás de la oreja.
Se levantó casi inmediatamente. Daniel se interpuso.
Durante unos segundos los tres se movieron en un espacio demasiado pequeño, chocando con la mesa y la pared.
Nicolás consiguió recuperar el teléfono. Envió dos letras: DR.
Esteban vio el mensaje salir. A partir de ese momento dejó de intentar negociar.
Le dijo a Daniel que registrara la chaqueta.
Su hijo se negó. Esteban lo apartó y lo hizo él mismo.
Encontró la memoria, el sobre y finalmente el grabador, aunque no comprendió de inmediato qué era porque estaba sujeto detrás del forro.
Cuando vio la luz mínima de grabación, la expresión de Daniel cambió.
Nicolás intentó alcanzarlo. Esteban lo golpeó otra vez, esta vez con intención. El impacto lo dejó de rodillas.
Daniel pidió una ambulancia. Esteban respondió que no la necesitaba.
Nicolás estaba consciente. Sangraba poco.
Tenía la respiración rápida y una mirada que no se parecía al miedo, sino a la certeza de haber entendido por fin con quién estaba.
Dijo que el archivo no dependía de él, que Garmendia ya tenía documentos y que Irene regresaría aunque lo mataran.
Esteban se inclinó y le preguntó una última vez dónde estaba ella.
Nicolás sonrió. Años después, Daniel recordaría aquella sonrisa con más precisión que cualquier palabra.