Donde enterramos agosto 35 Lo que queda de nosotros
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35 Lo que queda de nosotros

Adrián declaró por la tarde. Negó durante veinte minutos haber mantenido una relación con Irene.

Después Marta le mostró mensajes recuperados de un viejo ordenador de Tomás donde se hacía referencia a una noche en una caseta de playa.

Adrián dejó de negar. Lo suyo con Irene había durado menos de tres semanas, antes de que ella empezara a ver a Gael.

No fue una relación formal. Para Adrián, a los dieciocho años, la diferencia importaba.

Para Irene quizá también. Lo que sí importaba era que él conocía antes que los demás la existencia de los documentos porque Irene, durante uno de aquellos encuentros, le preguntó directamente por Mirador de Lúa y por su padre.

Adrián se lo contó a Álvaro. Ese fue probablemente el primer momento en que los adultos supieron que la hija de Andrés Valdés estaba revisando sus archivos.

La memoria seguía existiendo. Marcos la había guardado en una caja de seguridad de un banco en Gijón.

Aceptó entregarla mediante su abogado. El dispositivo podía contener la versión más antigua del archivo de Andrés, anterior a cualquier manipulación.

También podía demostrar que Marcos había tenido durante diecisiete años información sobre Mateo.

Cuando Marta preguntó por qué no la entregó tras la muerte de Nicolás, Marcos respondió que precisamente la muerte de Nicolás fue lo que lo convenció de no hacerlo.

Si alguien había matado a un amigo por intentar hablar, conservar una copia fuera del alcance de todos le pareció más seguro que convertirse en el siguiente. La lógica era cobarde, pero no absurda.

Daniel fue el último. Llegó con el mismo abogado del día anterior y una calma que irritó a Vera precisamente porque no era del todo falsa.

Reconoció haber dejado el plano de Mirador sobre la moto de Nicolás.

Dijo que lo hizo para ayudar a Irene sin enfrentarse directamente a su padre.

Admitió que sabía que estaba retenida allí, aunque Esteban le aseguró que solo sería durante unas horas hasta recuperar documentos.

Cuando supo que seguía encerrada al día siguiente, discutió con él.

Esteban lo abofeteó y le recordó que una denuncia arruinaría a todos, incluida Lucía por la droga y Adrián por la caída.

Daniel cedió. Durante años se dijo que el plano compensaba su silencio. Ahora sabía que no.

Cuando le mostraron la fotografía de Nicolás saliendo de la tienda de reprografía, Daniel aseguró no haberla visto nunca.

Cuando Marta mencionó la llamada del falso abogado a Garmendia, negó cualquier participación.

Y cuando Vera, autorizada a formular una sola pregunta, quiso saber por qué en la estación de bombeo había preguntado específicamente por la sala de bombas, Daniel mantuvo la explicación técnica: conocía el edificio.

Después miró a Vera y añadió algo que no estaba obligado a decir.

Si ella convertía cada conocimiento heredado de su padre en prueba de culpabilidad, terminaría investigando una familia, no un crimen.

Vera sabía que era una objeción sólida. También sabía que Daniel llevaba días proporcionando respuestas correctas demasiado deprisa.

La entrega de la memoria USB de Marcos produjo el primer resultado objetivo capaz de cruzar varias versiones.

El dispositivo contenía una carpeta eliminada en agosto de 2009 y parcialmente recuperable.

Había fotografías de la galería 3 de Mirador tomadas por Andrés Valdés.

En una se veía un casco de obra, ropa manchada y una bota atrapada entre escombros.

En otra, el cuerpo de un hombre cubierto con una lona.

La fecha EXIF era 18 de noviembre de 2007.

Un archivo de audio recogía una discusión entre Andrés y Álvaro Soria.

No podía demostrarse todavía que el cuerpo fuera Mateo Sampaio, pero el nombre aparecía en una hoja de incidencias marcada como «abandono voluntario».

Andrés había escrito al margen: «Falso. Accidente 17/11. Ambulancia privada. Sin ingreso».

La cuadrilla supo por la prensa que la investigación de Mirador se ampliaba.

Esa misma tarde Adrián llamó a Marcos para insultarlo por conservar la memoria.

Marcos respondió que Adrián llevaba diecisiete años viviendo de una empresa construida sobre un cadáver.

Lucía llamó a Eva y le pidió perdón por haberla acusado en 2009 de exagerar.

Eva no aceptó el perdón ni lo rechazó. Daniel no llamó a nadie.

Samuel, en cambio, envió a Vera un mensaje: «Ahora entiendes por qué las fotos no bastaban».

Vera le pidió que explicara de una vez qué había hecho él desde la muerte de Irene —si estaba muerta— hasta 2026. Samuel no respondió.

La frase abrió otro problema. Ninguno de los seis sabía oficialmente que Irene había sobrevivido a agosto de 2009, salvo Clara y quizá Daniel por deducción.

Marta decidió no informar todavía de la confesión de Nicolás ni de la fotografía de Francia.

Necesitaban observar reacciones sin contaminar testimonios.

Vera entendió la lógica y la detestó. Guardar la supervivencia de Irene como herramienta investigativa reproducía, a escala distinta, el mecanismo de 2009: unas pocas personas decidiendo quién podía conocer una verdad.

La diferencia era la finalidad y el control judicial. La sensación seguía siendo incómoda.

Esa noche Vera regresó al restaurante donde Clara había reunido a la cuadrilla.

Mare Alta estaba lleno. La mesa original ocupada por una familia de turistas parecía más pequeña de lo que recordaba.

Vera no había estado en aquella cena, pero conocía ya cada asiento por cámaras y declaraciones.

Clara junto a Daniel. Adrián frente a Lucía.

Tomás con visión parcial de la puerta. Eva cerca del pasillo.

Marcos en el extremo. Siete personas intentando representar una amistad que llevaba años siendo un pacto.

Pensó en lo que quedaba ahora: Tomás muerto, Clara secuestrada, seis versiones deshechas, Nicolás reabierto como posible homicidio e Irene convertida en una mujer que había seguido existiendo en algún lugar.

Gael apareció sin avisar. No podía participar en la investigación, pero sí entrar en un restaurante.

Se sentó a dos mesas de distancia al verla y esperó a que Vera decidiera.

Ella estuvo a punto de marcharse. En cambio, se acercó.

Hablaron poco. Gael ya conocía por su abogado interno que la reapertura de Nicolás era inminente.

Vera le preguntó si había amado a Irene después de que desapareciera.

Gael respondió que esa era una pregunta sin tiempo verbal correcto.

Durante años no supo si amaba a la persona que ella era, a la culpa de haberla dejado marchar o a la versión de sí mismo que existía antes de aquella noche.

Vera entendió demasiado bien la respuesta y por eso le molestó.

No se reconciliaron. Vera le dijo que seguía sin confiar en él.

Gael dijo que no esperaba otra cosa. Antes de marcharse dejó una frase que cambió el orden de la investigación: Nicolás no había sido el único que quiso volver a hablar en 2010.

Irene también. Gael recibió una carta suya en enero de aquel año anunciando que estaba preparada para regresar si conseguían una prueba concreta sobre Mateo.

La carta desapareció después de la muerte de Nicolás.

Solo cuatro personas sabían que existía: Gael, Nicolás, Samuel e Irene.

Vera preguntó qué prueba buscaban. Gael contestó que un acceso a la galería 3 que demostrara que el cuerpo seguía allí.

Nicolás creía haberlo encontrado la semana en que murió.

Vera salió del restaurante con una certeza nueva y desagradable.

La muerte de Nicolás podía no haber sido un castigo por el pasado, sino una intervención para impedir algo que estaba a punto de ocurrir en el futuro.

Si era así, el asesino no necesitaba únicamente saber qué había hecho Nicolás en 2009.

Necesitaba conocer el plan de enero y febrero de 2010.

Eso reducía el círculo. Y dentro de ese círculo había personas que todavía estaban vivas, algunas de las cuales llevaban semanas demasiado cerca de Clara.