Donde enterramos agosto 34 Ciento ochenta y cuatro páginas
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34 Ciento ochenta y cuatro páginas

El expediente de la muerte de Nicolás ocupaba ciento ochenta y cuatro páginas, sin contar fotografías.

Vera lo había leído tantas veces durante los años posteriores que creía conocerlo de memoria.

Estaba equivocada. Con veinte años lo había leído como una hermana.

Con veinticinco, como policía recién formada que buscaba errores.

Con treinta, como alguien obsesionado con demostrar una sospecha.

Ahora lo abrió como investigadora que acababa de recibir una confesión fechada nueve días antes de la muerte y descubrió algo elemental: importaba tanto lo que contenía como lo que nadie había considerado necesario preguntar.

Vera permaneció en silencio. Era la primera vez que oía que Nicolás había pronunciado su nombre aquella noche.

Gael añadió que no contó esa reunión a la policía porque Esteban ya estaba controlando la investigación y porque él mismo tenía miedo de revelar que Irene seguía viva.

Aquella decisión había contaminado su vida entera.

Vera sintió deseos de culparlo y no pudo hacerlo de una manera limpia.

Gael había callado. Nicolás había callado.

Irene había pedido que callaran. Todos tenían razones. El resultado seguía siendo un muerto.

Al anochecer llegó el primer resultado del reanálisis toxicológico.

El diazepam seguía siendo detectable en niveles compatibles con una dosis terapéutica, pero apareció un metabolito que sugería administración varias horas antes de la exposición fatal al monóxido.

No demostraba sedación forzada. Sí debilitaba la idea de que Nicolás hubiera tomado una pastilla en el coche justo antes de morir.

El forense actual revisó además el patrón de livideces de las fotografías y señaló algo que debía estudiarse con prudencia: durante un periodo breve, el cuerpo podía haber permanecido en una posición distinta antes de quedar sentado.

No era concluyente. Era suficiente para solicitar judicialmente la reapertura formal del caso.

Teresa recibió la noticia en la misma cocina donde había leído la confesión.

No lloró. Preguntó qué significaba. Vera explicó que no significaba que pudieran afirmar asesinato, solo que existían elementos que justificaban investigar de nuevo.

Su madre respondió que dieciséis años aprendiendo a decir «suicidio» habían convertido esa palabra en un mueble de la casa.

Ahora alguien acababa de moverlo y debajo había polvo, objetos perdidos y una marca en el suelo.

No sabía todavía si quería ver lo que había allí.

La orden de reapertura llegó a las nueve y cuarenta y siete.

Vera no formaría parte oficial del equipo porque era familiar de la víctima, pero Marta le prometió acceso a aquello que pudiera compartirse legalmente.

El primer paso sería reconstruir las últimas veinticuatro horas de Nicolás.

El segundo, determinar quién podía haber conocido la reunión con Garmendia.

El tercero, volver a la nave. Aunque hubiera sido reformada, la arquitectura podía revelar cosas que las fotografías no mostraban.

Vera cerró el expediente antiguo y escribió en una hoja una frase distinta de las que había usado hasta entonces.

No «Nicolás fue asesinado». Todavía no. Escribió: «Alguien necesitaba que pareciera sencillo».

Era una hipótesis menos satisfactoria y mucho más peligrosa.