26 Lo que ardió primero
Daniel fue el primero en intentar devolver la conversación a un terreno manejable.
Dijo que todos estaban bebidos y que nadie necesitaba decidir nada esa noche.
Irene respondió que la decisión ya estaba tomada.
Adrián insistió en saber qué documentos tenía.
Nicolás se interpuso, no físicamente todavía, sino mediante una frase: no era asunto suyo.
Adrián se rio y señaló que su padre aparecía en las acusaciones.
Marcos observaba desde la puerta con una comprensión creciente y desagradable.
Había robado algunas hojas días antes por curiosidad y miedo.
No sabía que existieran copias suficientes para llegar a prensa.
Pensó en los papeles escondidos en su habitación y comprendió que ya no servían como control. Eran solo una parte de algo mayor.
Lucía estaba cerca de la mesa donde habían dejado botellas y vasos.
Había tomado una de las pastillas para sí misma veinte minutos antes.
No la tragó. La sostuvo en la mano hasta que se deshizo parcialmente con el sudor y después la guardó otra vez.
La segunda seguía intacta. Su miedo no se dirigía a los documentos.
Se dirigía a la posibilidad de que Adrián e Irene volvieran a quedarse solos y a la certeza vergonzosa de que ese temor le importaba más que cualquier trabajador muerto.
Cuando Irene pasó junto a ella buscando agua, Lucía le preguntó si estaba bien.
Irene respondió que sí. Tenía las manos temblando.
Lucía interpretó el temblor como ansiedad.
No consideró que pudiera ser rabia o adrenalina.
Clara llevaba la copia del parte de ambulancia doblada dentro del bolsillo trasero.
La sentía al sentarse y cada vez que alguien pronunciaba el apellido Vega parecía que el papel aumentaba de tamaño.
Intentó llamar a su padre desde el pasillo.
No contestó. Dejó un mensaje pidiendo que la llamara.
Años después no recordaría exactamente qué pretendía preguntarle.
Quizá quería darle una oportunidad de explicar antes de que Irene hablara con prensa.
Quizá quería avisarlo. Ambas posibilidades la avergonzaban por motivos diferentes.
Regresó al salón y vio a Daniel observándola.
Él preguntó si había llamado a casa. Clara negó.
Fue una mentira minúscula, pronunciada sin pensar. Después hubo demasiadas.
En la cocina, Irene había extendido tres fotocopias sobre una mesa.
No estaba enseñándolas. Estaba intentando averiguar cuál faltaba.
Nicolás dijo que la copia entregada a Clara podía bastar para presionar.
Irene desconfiaba de que Clara pudiera enfrentarse a su padre.
Adrián entró justo a tiempo para escuchar esa frase.
Preguntó por qué tendría Clara que enfrentarse a Ricardo.
Irene sostuvo su mirada y dijo que porque Ricardo Vega había atendido a alguien en Mirador de Lúa la noche en que Mateo Sampaio desapareció.
Adrián negó que eso tuviera relación alguna con Álvaro Soria.
Irene señaló una factura de movimiento de tierras firmada por su padre dos días después.
Debajo figuraba una carga extraordinaria de hormigón para «estabilización de galería».
Nicolás intentó recoger los papeles. Adrián puso la mano encima de uno.
Irene tiró. El papel se rasgó. El sonido fue pequeño pero modificó la escena.
Adrián la acusó de querer destruir a sus familias por una teoría de su padre.
Irene respondió que Andrés estaba muerto y no podía querer nada.
Lo que quedaba eran hechos. Adrián mencionó el accidente de coche.
Dijo que quizá su padre no estaba en condiciones de distinguir unos de otros.
Nicolás lo empujó contra la mesa antes de que Irene pudiera reaccionar.
No fue un golpe grave. Adrián devolvió el empujón.
Durante unos segundos, la discusión sobre un muerto enterrado bajo una obra se convirtió en una pelea adolescente por una frase cruel.
Daniel apareció en la puerta y separó a ambos.
Preguntó dónde estaba la carpeta completa.
Irene dijo que fuera de la casa. Daniel quiso saber con quién.
Ella sonrió. Esa sonrisa sería recordada por él durante años porque interpretó desafío donde había miedo.
Dijo que mañana ya no importaría quién tuviera las copias.
Daniel se acercó. Nicolás le advirtió que no la tocara.
Entonces Irene vio el teléfono en su mano y preguntó a quién había llamado.
Daniel negó haber llamado a nadie. Irene dijo «a tu padre» con una seguridad que hizo que todos se callaran. Daniel no negó.
Mientras ellos discutían, Marcos subió al piso superior.
Había tomado una decisión oportunista: recuperar del abrigo de Irene cualquier papel adicional y destruirlo antes de que el problema alcanzara a todos.
No se consideraba cómplice de nadie. Se consideraba práctico.
Encontró la chaqueta sobre una cama junto a bolsos y prendas de otros invitados.
En un bolsillo había llaves, un paquete de pañuelos y un papel doblado con el nombre de un periodista y un número de teléfono.
En otro, nada. Buscó en una mochila que creyó de Irene y encontró una memoria pequeña.
La guardó. Solo después se dio cuenta de que la mochila pertenecía a Nicolás.
Aquel error sería uno de los secretos que más tarde intentaría ocultar.
Eva vio a Marcos bajar y notó la forma en que cerraba el puño.
Le preguntó qué llevaba. Él respondió que tabaco.
Eva sabía que Marcos no fumaba. No lo enfrentó.
Estaba demasiado ocupada con otra cosa: Tomás había dejado la cámara grabando y ella había visto la luz mínima junto al objetivo.
La cogió y reprodujo unos segundos. Escuchó «Ven.
Ahora» y vio a Daniel con el teléfono. Tomás apareció antes de que pudiera avanzar.
Le quitó la cámara con más brusquedad de la habitual.
Eva le preguntó por qué grababa a escondidas.
Él dijo que todos sabían que estaba grabando.
No era verdad. Eva le ordenó que borrara cualquier cosa donde apareciera ella.
Tomás prometió hacerlo. Tampoco era verdad.
Lucía entró en la cocina cuando Irene salió.
Vio a Adrián con el labio abierto por el empujón contra la mesa y a Nicolás furioso.
Daniel estaba junto a la ventana. Nadie explicó.
Lucía siguió a Irene hasta el salón. Le ofreció agua.
Irene bebió dos sorbos. Lucía preguntó si quería sentarse.
Ella negó. Tenía intención de marcharse, buscar a Clara y recuperar la copia del parte.
Lucía creyó que estaba a punto de sufrir una crisis.
En su bolsillo estaban las dos pastillas, una parcialmente deshecha.
La idea que llevaba horas sin ser un plan tomó forma en segundos: si Irene se calmaba, quizá todos podrían hablar; si dejaba de provocar a Adrián, quizá él dejaría de mirarla; si dormía un rato, la noche terminaría sin algo peor.
No introdujo la pastilla directamente en el vaso de Irene.
Ese detalle importaría después. Fue al baño, aplastó el comprimido entre dos monedas envueltas en papel y regresó con el polvo guardado en un pañuelo.
Encontró un vaso nuevo sobre la mesa, sirvió refresco y añadió parte.
No sabía dosis, interacciones ni cuánto había bebido Irene.
Había visto a su madre tomar el medicamento durante años y lo había convertido mentalmente en algo doméstico.
Cuando Irene volvió, Lucía le entregó el vaso diciendo que era suyo.
Irene tomó varios tragos mientras buscaba a Clara.
Lucía sintió alivio. Todavía podía detenerla y decirle la verdad. No lo hizo.
Clara salió a la terraza cubierta cuando Ricardo devolvió por fin la llamada.
La lluvia entraba de lado y obligaba a levantar la voz.
—Noviembre de 2007. Mateo Sampaio. Al otro lado hubo silencio.
Después su padre le pidió que se marchara de Casa de la Marea.
No preguntó cómo sabía dónde estaba. Clara lo registró.
—¿Atendiste a Mateo? —No por teléfono. Hablamos en casa.
La respuesta podía significar dos cosas, y Ricardo no aclaró ninguna.
Antes de cortar preguntó si Irene estaba allí.
Clara mintió por segunda vez aquella noche. —No.
Cuando regresó al salón, Irene ya empezaba a notar el efecto.
No estaba dormida ni desorientada; se movía más despacio.
Se apoyó en una mesa y dijo que tenía calor.
Nicolás le preguntó cuánto había bebido.
Ella respondió que casi nada. Lucía sintió un miedo nuevo.
Había imaginado tranquilidad, no una pérdida de equilibrio tan rápida.
Se acercó y quiso llevarla a una habitación.
Irene la apartó. El movimiento fue torpe.
Adrián observó desde el pasillo. Tomás volvió a encender la cámara.
La cinta registra a Irene diciendo que alguien había tocado su bebida.
Lucía deja de aparecer en imagen durante varios minutos.
Daniel recibió un mensaje a las 00:58. Su padre había llegado a la carretera superior y esperaba fuera.
Esteban no quería entrar mientras hubiera veinte jóvenes en la casa.
Le ordenó que sacara a Irene o consiguiera los documentos.
Daniel leyó el mensaje tres veces. Hasta entonces había creído que llamar a su padre significaba trasladar el problema a una autoridad.
Ahora comprendió que su padre esperaba que él actuara.
Esa transición, de hijo a colaborador, ocurrió sin ceremonia. Guardó el móvil y fue hacia Irene.