22 La noche empieza antes
La fiesta de Casa de la Marea empezó muchas horas antes de que alguien encendiera la primera botella de ron.
Empezó, al menos para Irene, cuando abrió los ojos aquella mañana y encontró la carpeta azul en el suelo de su dormitorio.
La había dejado encima del escritorio antes de acostarse.
No recordaba haberla tocado después. Su madre había salido temprano para ayudar a una prima en el mercado y Samuel estaba en Oporto por trabajo, de modo que la casa llevaba vacía desde las siete.
Irene permaneció un minuto sentada en la cama, mirando la carpeta como si el simple desplazamiento de cuarenta centímetros pudiera probar que alguien había entrado.
Después revisó la ventana, la puerta y el pasillo.
No faltaba nada. Tampoco había marcas. La carpeta seguía conteniendo fotocopias de facturas, una relación de matrículas, tres fotografías de las obras de Mirador de Lúa y una hoja mecanografiada donde su padre había anotado cinco nombres.
El de Mateo Sampaio aparecía dos veces, rodeado con bolígrafo rojo.
Lo que ya no estaba era una fotocopia del parte de la ambulancia privada que Clara había reconocido dos días antes.
A las diez y nueve minutos llamó a Nicolás.
No contestó. Le envió un mensaje pidiéndole que no hablara con nadie y que se vieran antes de la fiesta.
Después marcó a Gael. Con él hizo lo contrario: no contó nada concreto.
Le preguntó si seguía en Armenta y si podía verla al día siguiente.
Gael quiso saber si ocurría algo. Irene dijo que no.
La mentira salió demasiado deprisa. Él propuso encontrarse aquella misma tarde, pero Irene se negó.
Tenía la sensación de que cada persona a la que implicaba convertía los documentos en algo más peligroso.
Lo que necesitaba era decidir primero qué iba a entregar al periodista de Oviedo con quien había conseguido una cita para el domingo.
Había obtenido su contacto a través de una antigua compañera de su padre.
El periodista no prometió publicar. Solo escuchar.
Para Irene era suficiente. Que alguien externo a Puerto de Armenta tuviera una copia significaba que el silencio local dejaría de ser una pared cerrada.
Nicolás apareció a las once y media en una moto prestada, con el casco colgando del brazo y una expresión que Irene identificó antes de que él hablara.
También estaba asustado. Subieron a su habitación.
Ella le enseñó el hueco de la carpeta y las dos versiones del parte de ambulancia.
Nicolás intentó construir explicaciones ordinarias: quizá Irene había movido el papel, quizá su madre había entrado, quizá una corriente de aire había tirado la carpeta.
Ninguna explicaba la ausencia de una única hoja.
Irene le preguntó si había hablado con Clara o con alguien sobre Ricardo Vega.
Nicolás negó. Luego dudó. El día anterior había discutido con Daniel y había mencionado que estaban revisando papeles de las obras.
No dijo nada de la ambulancia. Al menos eso creía.
Irene le recordó que en aquella cuadrilla una frase podía viajar entre seis personas antes de que terminara una cerveza.
Decidieron repartir copias. Nicolás se llevaría un sobre con los documentos esenciales.
Irene conservaría otro fuera de casa. Una tercera copia iría al periodista.
No sabían que aquel reparto, improvisado sobre una cama deshecha, acabaría siendo el centro de preguntas formuladas durante diecisiete años.
En ese momento parecía apenas una precaución adolescente, un gesto que los hacía sentirse más inteligentes que los adultos cuyos nombres aparecían en los papeles.
Nicolás guardó el sobre dentro del forro de su mochila.
Antes de marcharse le preguntó si pensaba ir a la fiesta.
Irene respondió que sí. Él creyó que era una mala idea.
Ella también, pero no quería convertir su ausencia en una señal.
Además, había algo más: Adrián llevaba dos días intentando hablar con ella y Daniel había pedido que «dejaran tranquilos a los padres».
Irene quería saber cuánto sabían realmente.
A mediodía, Casa de la Marea todavía parecía un edificio abandonado sin relación con ninguno de ellos.
Se levantaba sobre la parte alta del acantilado, a casi tres kilómetros del centro, con la fachada castigada por salitre y los postigos del piso superior sujetos con alambre.
Había pertenecido a una familia de industriales que dejó de usarla en los años ochenta.
Los adolescentes de Armenta entraban desde hacía décadas.
Cada generación creía haberla descubierto.
La cuadrilla utilizaba una puerta lateral cuyo marco estaba separado de la pared.
Dentro olía a madera húmeda, excrementos de pájaro y mar.
El salón principal conservaba una chimenea enorme, baldosas hidráulicas rotas y un piano sin tres teclas.
Adrián y Tomás llegaron primero para llevar bebidas y un altavoz.
Tomás grabó la entrada, los pasillos y a Adrián intentando abrir una ventana atascada. Era la cinta cuarenta y dos.
Tomás no sabía todavía que aquella sería la grabación que terminaría ocultando.
Para él la noche se anunciaba igual que otras: suficiente alcohol, una casa prohibida, gente entrando y saliendo y la posibilidad de que Irene apareciera.
Llevaba semanas diciéndose que su interés por ella era curiosidad.
Era más cómodo que admitir que estaba pendiente de cada conversación en la que se mencionaba a Gael, de cada vez que Irene se apartaba con Nicolás y de cada gesto que había intercambiado con Adrián antes de dejar de hablarle.
La cámara le permitía mirar sin declarar que miraba.
Dejó dos cintas adicionales en una bolsa junto a la chimenea y escribió 42 en la etiqueta de la que acababa de colocar.
Cuando Adrián le preguntó si pensaba grabar toda la noche, Tomás respondió que solo lo interesante.
Adrián se rio y dijo que entonces necesitaría muchas baterías.
A las cinco de la tarde Clara acompañó a su padre a comprar unas medicinas para su abuela.
Ricardo Vega conducía con la ventanilla entreabierta y escuchaba un programa deportivo.
Durante el trayecto, Clara mencionó de forma aparentemente casual Mirador de Lúa.
Preguntó si él había atendido algún accidente allí.
Ricardo tardó demasiado en contestar. Dijo que durante los años de obras había hecho servicios para una empresa privada y que podía haber acudido a decenas de avisos.
Clara concretó noviembre de 2007. Su padre bajó el volumen de la radio.
No preguntó por qué quería saberlo; preguntó quién había estado hablando con ella.
La diferencia la inquietó. Clara dijo que nadie.
Ricardo le recomendó que no se metiera en asuntos de empresas, denuncias o accidentes que no comprendía.
Después añadió que algunas familias estaban sufriendo bastante con la crisis y que remover rumores podía causar daños.
Era la primera vez que Clara escuchaba a un médico describir un posible accidente laboral como un rumor.
La conversación terminó allí, pero Ricardo hizo una llamada en cuanto dejó a Clara frente a casa de Lucía.
Ella no lo vio. Quien sí lo vio fue Eva, desde la terraza de una cafetería al otro lado de la calle.
Reconoció al padre de Clara y la forma en que miraba hacia el portal mientras hablaba.
No oyó nada. Tampoco lo consideró importante hasta mucho después.
En 2009, los adultos utilizaban el teléfono continuamente por razones que no incumbían a sus hijos.
Eva estaba más interesada en conseguir que Lucía dejara de maquillarse durante diez minutos y en convencerla de que no bebiera antes de llegar a la fiesta.
Lucía llevaba dos comprimidos en el bolsillo interior de su bolso.
Los había sacado del cajón de su madre esa mañana.
No tenía un plan definido. Se repetía que eran por si alguien se ponía histérico.
En su imaginación, «alguien» cambiaba de rostro cada vez que lo pensaba.
Daniel pasó la tarde con Esteban Rivas en el garaje de su casa.
Su padre arreglaba una bisagra mientras le preguntaba por Irene con un tono demasiado despreocupado.
Quería saber si seguía enseñando papeles, si había hablado con prensa, si Nicolás estaba involucrado.
Daniel preguntó por qué le interesaba. Esteban dejó las herramientas y explicó que Andrés Valdés había pasado los últimos meses de su vida obsesionado con expedientes municipales, convencido de que una red de empresarios lo perseguía.
La muerte había convertido sus sospechas en una especie de herencia.
Irene, según él, estaba repitiendo el mismo patrón.
Daniel escuchó porque llevaba toda la vida escuchando a su padre describir el mundo de manera que cualquier conflicto terminaba resultando más sencillo de lo que parecía.
Antes de entrar en casa, Esteban añadió una frase: si aquella noche Irene empezaba a montar un espectáculo, Daniel debía llamarlo. No intervenir. No discutir. Llamarlo.