15 El estuche vacío
Gael respondió que había pasado algunos veranos en Armenta antes de entrar en la policía.
Su tía vivía allí. Conocía a varias personas de vista.
Vera preguntó si conoció a Irene. Él tardó.
«Sí». Una palabra. No explicó cuánto. Vera sintió una reacción física, un desplazamiento mínimo en el pecho, porque desde el primer encuentro había percibido una familiaridad que no conseguía situar.
Preguntó por qué no lo había dicho. Gael sostuvo que su relación con Irene pertenecía al expediente original y que no tenía relevancia probada para el secuestro de Clara.
Era una respuesta técnicamente posible y moralmente insuficiente.
Vera quiso saber qué clase de relación. Gael no contestó.
Dijo que hablaría cuando pudiera hacerlo sin comprometer una línea activa.
Ella soltó una risa breve que no contenía humor.
Recordó todas las veces que había criticado a los amigos por administrar fragmentos de verdad y comprendió que el inspector hacía exactamente lo mismo.
Gael no intentó justificarse. Ese detalle evitó que la discusión terminara peor, pero no reparó nada.
Salió de comisaría con una copia autorizada de los inventarios de Tomás y fue a casa de Teresa.
Su madre estaba preparando comida como si los homicidios, los periodistas y los coches policiales fueran acontecimientos que podían mantenerse fuera de la cocina si uno cortaba cebolla durante suficiente tiempo.
Vera le habló de una posible cinta. Teresa dejó el cuchillo.
Recordaba que Nicolás llevó una videocámara vieja a casa unas semanas antes de morir, aunque no sabía si era suya.
También recordaba una discusión telefónica en el garaje.
No oyó el contenido. Sí una frase de Nicolás: «No pienso cargar con esto otro año».
En su momento creyó que hablaba de una deuda o de estudios.
Rompió la hoja correspondiente a DESEO y la guardó aparte.
No quería destruirla. Quería saber dónde terminaban los datos y empezaba ella.
Aquella disciplina la había aprendido tarde y a un precio alto.
Aun así, cuando Gael regresó con una llamada del archivo judicial, la separación empezó a tambalearse.
Habían localizado fotografías no incorporadas a la copia familiar del expediente.
Una mostraba el interior del coche de Nicolás.
Sobre el asiento trasero había una bolsa de plástico transparente.
Dentro se distinguía algo rectangular, del tamaño de una cinta MiniDV.
La bolsa no aparecía en el inventario de efectos personales.
Tampoco existía fotografía posterior que mostrara su recogida.
Gael pidió los originales y la cadena de custodia.
El funcionario del archivo respondió que parte de la documentación de aquella intervención había sido remitida años atrás al depósito municipal tras una reorganización.
Vera preguntó quién firmó el levantamiento inicial. Gael ya lo sabía. Julián Baeza.
El nombre del antiguo policía, que aún estaba vivo y acababa de convertirse en pieza de un homicidio posterior dentro de la arquitectura prevista por alguien, volvió a la mesa con un peso nuevo.
Vera pensó en la entrevista del día anterior, en las evasivas, en Esteban Rivas y en el hecho de que Baeza había participado tanto en la desaparición de Irene como en la muerte de Nicolás.
Aquello no probaba corrupción; señalaba una intersección.
Las investigaciones se construyen precisamente sobre intersecciones que se repiten demasiado.
Al caer la tarde, Gael recibió confirmación de que Baeza había salido de Puerto de Armenta aquella mañana en su coche.
Su teléfono estaba apagado. Su mujer creía que iba a pescar.
No había regresado. Gael activó una localización urgente sin dramatizarlo todavía.
Vera observó cómo daba instrucciones y pensó en la frase de la cinta: preguntar por el garaje.
A veces el pasado no regresaba como un recuerdo.
Regresaba como una lista de personas que todavía podían hablar y empezaban, una a una, a quedarse sin tiempo.