Capítulo 20
La aguja entró por debajo del borde de la cinta y el médico del equipo me pidió que no moviera el brazo.
—No pensaba hacerlo por diversión —dije.
—Tampoco pensabas jugar con este hombro hace tres semanas.
El vestuario olía a linimento, pasto mojado y el café que alguien había derramado junto a la mesa de vendajes. A mi izquierda, Reyes golpeaba los tacos de sus botas contra el suelo. Marcus estaba sentado con los codos sobre las rodillas, mirándome sin disimulo.
El médico terminó la infiltración y presionó una gasa sobre la piel.
—Esto reduce el dolor. No vuelve estable la articulación —dijo—. Si pierdes fuerza, sensibilidad o movilidad, sales. No lo negocias conmigo ni con el entrenador.
—Entendido.
—Repítelo sin la voz que usas cuando piensas hacer lo contrario.
Miré la gasa blanca.
—Salgo si pierdo fuerza, sensibilidad o movilidad.
El médico fijó una tira nueva de cinta desde el pecho hasta la espalda. El frío del aerosol se evaporó sobre mi piel.
—Y el dolor puede aparecer de golpe cuando pase el anestésico.
—También entendido.
Marcus esperó a que el médico se alejara.
—¿Quieres que te diga que esto es una idea horrible o ya cubrimos esa parte?
—Puedes guardarla para el descanso.
—Voy a necesitar material nuevo para entonces.
Me puse la camiseta con ayuda del utilero. El brazo izquierdo ya pesaba menos. Eso era lo peligroso: no que dejara de doler, sino que durante un rato parecía pertenecerme otra vez.
El teléfono estaba en la mochila, apagado desde que llegamos al estadio. Kate no había escrito en los tres días posteriores a la pelea. Yo tampoco. Había pedido espacio y yo había respondido convirtiendo cuatro objetos suyos en una pila ordenada sobre el banco de pesas.
El cargador encima. Los zapatos debajo. La liga para el cabello dentro de uno de ellos para que no se perdiera.
Había revisado la pila dos veces antes de salir de casa.
—Cinco minutos —gritó el entrenador.
El vestuario se llenó de golpes de palma, tela y tacos sobre cemento. Me puse de pie. Marcus me agarró por la nuca con una mano y acercó la frente a la mía.
—No tienes que ganar el partido tú solo.
—Lo sé.
—Mentira, pero no hay tiempo.
Salimos al túnel.
El ruido del estadio llegó primero como una presión en el pecho. Después se separó en tambores, silbidos y miles de voces. La lluvia de la mañana había dejado el campo rápido; el pasto cedía bajo los tacos y soltaba olor a tierra cada vez que alguien frenaba.
En la primera jugada, recibí el balón y el hombro aguantó.
En la segunda, también.
El dolor quedó detrás de una pared baja, presente pero lo bastante lejos para ignorarlo. Corrí. Placamos. Avanzamos por fases cortas. Reyes anotó antes del minuto veinte y se levantó con una sonrisa tan amplia que el protector bucal casi se le cayó.
Al descanso ganábamos por tres.
—¿Fuerza? —preguntó el médico.
Le apreté dos dedos con la mano izquierda.
—Bien.
—¿Sensibilidad?
—Bien.
—¿Movilidad?
Levanté el brazo hasta donde la cinta permitía.
—Suficiente.
El médico no compartió mi definición, pero me dejó volver.
La jugada ocurrió doce minutos después. Su apertura pateó alto hacia nuestra banda. Corrí hacia atrás, calculé la caída y salté con el brazo derecho extendido. Atrapar el balón fue limpio. Aterrizar no.
Un cuerpo me golpeó por el costado. Mi hombro izquierdo recibió el suelo antes que el resto. Hubo un tirón seco dentro de la articulación y luego nada. Ni dolor ni calor. Nada.
El balón se escapó de mi mano.
Intenté levantarme. El brazo no respondió.
Marcus llegó primero y se arrodilló delante de mí.
—No lo muevas.
—No puedo.
La frase hizo que el médico cruzara el campo corriendo.
Me sacaron sin que pudiera sostener el peso del brazo.
La grada continuó rugiendo a pocos metros, pero el túnel redujo el sonido a un golpe amortiguado.
En la sala médica, cortaron la cinta y colocaron el hombro en un inmovilizador.
La sensación empezó a volver antes que el dolor: primero un hormigueo en los dedos, después una presión que me subía hasta el cuello.
—Se acabó —dijo el médico.
No pregunté si se refería al partido.
La pantalla de la pared mostraba el campo sin sonido. Vi a Reyes fallar un placaje y a Marcus cerrar el hueco. Faltaban nueve minutos. Seattle iba abajo por dos.
El médico palpó la parte superior del hombro. El dolor atravesó lo que quedaba del anestésico y me dejó el estómago vacío.
—Probable separación acromioclavicular —dijo—. Mañana hacemos imágenes. Hoy no vuelves a salir.
Asentí. No tenía una alternativa que pudiera disfrazar de decisión.
Seattle ganó con un penal en el último minuto. El estadio tembló sobre la sala médica. En la pantalla, mis compañeros corrieron hacia el pateador; Reyes saltó sobre Marcus y casi los derribó a los dos. Yo estaba sentado en una camilla con la camiseta cortada desde el cuello hasta la manga.
Pasábamos a la final.
Yo no.
* * *
La resonancia confirmó una separación de segundo grado y una irritación del labrum que el especialista quería revisar después de que bajara la inflamación.
Cuatro semanas sin contacto. Quizá seis.
La final quedaba fuera. El examen de San Diego también, al menos hasta que pudiera levantar el brazo sin compensar con todo el torso.
El domingo por la tarde, Rick llamó tres veces. Contesté la tercera.
—San Diego esperará hasta el viernes diecisiete para repetir la evaluación —dijo—. No prometen más. Seattle quiere anunciar que estás fuera por lesión.
—Que lo anuncien.
—Cole, necesito que entiendas que el contrato—
—Lo entiendo.
—¿Estás solo?
Miré la cocina. Había una olla limpia sobre la estufa, dos platos en el escurridor y la taza azul que Kate había usado la última vez que desayunamos allí. Su pila de cosas seguía en el cuarto de atrás.
—Sí.
Rick guardó silencio. No estaba hecho para ese tipo de pregunta y parecía molesto consigo mismo por haberla formulado.
—Llamaré mañana —dijo.
—Bien.
Intenté preparar algo después de colgar.
Saqué una tabla, un tomate y el cuchillo grande.
El inmovilizador mantenía el brazo izquierdo pegado al torso; al sujetar el tomate con la mano derecha descubrí el problema obvio.
Guardé el cuchillo antes de hacerme daño en una parte del cuerpo que todavía funcionaba.
La casa amplificaba cada tarea. Abrir un frasco.
Cambiarme la camiseta. Sacar una bandeja del horno sin una segunda mano.
Había pasado años entrando en casas ajenas con comida, horarios y una lista mental de lo que podía facilitar.
No había imaginado lo irritante que era necesitar que alguien sostuviera un frasco.
Marcus llamó a la puerta poco después de las seis. Llevaba una bolsa de papel y la misma ropa con la que había salido del hospital del equipo.
—Lena hizo sopa —dijo—. Yo compré pan, así que una parte de esta cena es jurídicamente mía.
—Puedo cocinar.
Marcus miró el tomate entero sobre la tabla.
—Veo que estás avanzando.
Lo dejé entrar.
En la cocina, guardó la sopa en el refrigerador y no preguntó por qué había dos platos en el escurridor. Sacó un recipiente, lo abrió y me lo mostró antes de meterlo en el microondas.
—¿Quieres que me quede? —preguntó.
Mi primera respuesta fue no. La sentí subir con la velocidad de un reflejo: no hacía falta, podía arreglármelas, tenía que descansar. Miré el frasco de analgésicos que llevaba diez minutos cerrado junto al fregadero.
—Hasta que coma —dije.
Marcus asintió sin felicitarme.
Se sentó frente a mí mientras intentaba usar la cuchara con la mano derecha sin derramar caldo sobre la mesa. Habló de la final, de Reyes y de una jugada que el entrenador quería cambiar. No convirtió mi lesión en el centro de la noche.
—¿Kate sabe lo del hombro? —preguntó cuando terminamos.
—Salió en el comunicado.
—No fue lo que pregunté.
Miré el recipiente vacío.
—No se lo dije.
Marcus se levantó y llevó los platos al fregadero.
—¿Por el espacio?
—Sí.
—De acuerdo.
Esperé una opinión. No llegó. Abrió el frasco de analgésicos, dejó una dosis junto a un vaso de agua y puso el resto otra vez sobre la encimera.
—Llama si necesitas algo —dijo.
—Lo haré.
—No te creo, pero practiquemos.
Cuando se marchó, no lavé los platos. Los dejé allí hasta la mañana siguiente.
El lunes, mi padre apareció en la puerta trasera a las siete y diez de la mañana.
Llevaba una gorra descolorida, una camisa de trabajo abotonada hasta el cuello y la expresión de un hombre que había conducido dos horas sin ensayar un saludo. Detrás de él, la camioneta del huerto seguía encendida.
—Tu madre dice que no puedes conducir —dijo.
—El médico dijo que no debería.
—Eso significa que no puedes.
—Veo que el viaje mejoró tu humor.
Gene miró el inmovilizador.
—Trae una bolsa.
—¿Adónde vamos?
—A casa.
La palabra me molestó. Mi casa estaba detrás de mí, con el lago golpeando los pilotes y una camiseta de Kate doblada sobre un banco. Aun así, metí ropa en una bolsa con una mano y cerré la puerta.
Mi padre condujo en silencio hasta pasado North Bend.
Yo apoyé la cabeza contra la ventanilla.
Cada irregularidad del camino tiraba del hombro; el analgésico me dejaba la boca seca.
En la radio, un locutor repitió el resultado de la semifinal y dijo que la disponibilidad de Callahan para la final era dudosa.
Gene apagó el aparato.
—Ya anunciaron que no juego —dije.
—El hombre no se enteró.
—Su trabajo depende de hablar sin enterarse.
Mi padre emitió un sonido que podía haber sido una risa. Fue todo lo que dijimos hasta Yakima.
El huerto estaba en plena poda de verano.
Pequeñas manzanas verdes cargaban las ramas; el riego repiqueteaba sobre la tierra seca y el aire olía a pino caliente.
Joanne salió de la casa antes de que la camioneta se detuviera, me tocó la cara con ambas manos y decidió que estaba demasiado delgado. No discutí ninguna de las tres cosas.
Gene me llevó al cobertizo después del almuerzo. Sobre la mesa había etiquetas de madera, alambre fino y un tarro de pintura blanca.
—Puedes escribir —dijo.
—Con la mano derecha.