Donde aterrizamos Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Si quieres hablarlo después de comer, hablamos —dijo—. Si todavía no quieres, tampoco voy a sacarte información con pinzas.

La facilidad de la salida me hizo sentir peor. La seguí hasta la isla y le quité uno de los platos de las manos.

—No estoy evitando hablar contigo.

—No dije que lo estuvieras haciendo.

—Ya sé. Solo...

La frase se me quedó sin terminar. Kate levantó la vista. Tenía una línea de tierra cerca de la muñeca y la cara cansada de alguien que había pasado el día defendiendo decisiones de otras personas. No me salvó de mi propia torpeza.

—Solo no quieres pensar en eso durante la cena —dijo al cabo de un instante.

—Sí.

No era toda la verdad. Era una parte que cabía entre dos platos y una sartén caliente.

Comimos junto a la ventana. Kate habló de una reunión larga en Halcyon y de una clínica que había mandado a tres personas a la misma dirección equivocada porque un código postal había sido copiado mal.

Conté que Marcus había propuesto poner una multa para quien usara la palabra “sinergia” en el vestuario.

Kate se rió con la boca llena y se tapó con la servilleta, cosa que consideré un acto de confianza más serio de lo que debía.

El teléfono vibró otra vez en la encimera. No miré hacia él.

—¿Eso era Rick? —preguntó Kate.

—Probablemente.

—¿Y no vas a responder?

—Tengo una cita.

La palabra nos dejó quietos un segundo. Kate dobló la servilleta sobre sus rodillas. Después alargó la mano a través de la mesa. Puse la mía encima. Su piel estaba tibia y un poco áspera por la tierra.

—Esto cuenta como cita aunque yo haya traído una planta moribunda —dijo.

—La planta tiene mejores modales que Marcus.

—El estándar está bajo.

—Es un año de reconstrucción.

Kate apretó mis dedos. Quise decirle que la quería.

Las palabras aparecieron con una claridad molesta, nada parecida a una frase para salir del paso.

Podía decirlas y dejar que ocuparan un espacio real entre nosotros.

También podía ver, de inmediato, lo que cada una pediría después: una conversación sobre Seattle, una ciudad al sur, el dinero, el hombro, las noches en que llegaría tarde por entrenar.

No dije nada.

Después de cenar, Kate lavó los platos aunque protesté. Se negó a dejarme asumir la tarea por mis costillas, así que sequé los cubiertos sentado en un taburete, fingiendo que era una división justa del trabajo.

—Tú estás a dos semanas de delegar hasta el tenedor —dijo.

—Mi médico no ha emitido ninguna recomendación sobre cubiertos.

—Tiene miedo de tu historial de cumplimiento.

—Todos tienen miedo de algo.

Kate dejó un plato en el escurridor. La broma se apagó antes de instalarse. Vi cómo sus dedos se cerraban alrededor del borde del fregadero y pensé que había dicho demasiado cerca de una herida que no era mía.

—Perdón —dije.

—No pasa nada. Solo ha sido un día largo.

No la obligué a ampliar la frase. Me levanté, apagué el agua y esperé hasta que se volvió hacia mí. Kate me rozó la camiseta sobre las costillas, donde la venda quedaba escondida.

—¿Quieres que me quede? —preguntó.

La pregunta me dejó quieto. Había pasado semanas aprendiendo que una invitación no era una autorización para llenar una habitación de planes. Ahora ella estaba frente a mí, con el pelo suelto otra vez y tierra todavía en el borde de una uña.

—Sí —dije—. Pero quiero que tú quieras quedarte.

Kate me miró un momento. Después me tomó la cara con las dos manos y me besó.

El primer roce fue corto. El segundo me aflojó los hombros.

Apoyé las palmas en la cintura de ella y dejé que fuera Kate quien marcara la distancia.

Cuando se acercó más, la seguí con cuidado de no cargarle el peso de mis costillas.

Su boca sabía a limón y pimienta. La pregunta de Rick quedó en alguna parte de la encimera, debajo del teléfono boca abajo.

Más tarde, Kate se quedó dormida de lado en mi cama, con una mano descansando sobre su estómago. Permanecí despierto, mirando el borde pálido de la persiana. El mensaje de San Diego seguía sin abrir.

A la mañana siguiente, Kate volvió a Capitol Hill con la albahaca replantada dentro de la misma caja.

El saco de tierra quedó junto a la pared de mi cocina.

Mientras cerraba la puerta después de verla marcharse, seguí diciéndome que podía hablarle de San Diego cuando supiera si había algo que contar.

La explicación tenía una forma limpia. Por eso me resultó tan fácil creerla.

* * *

El médico del equipo no me permitió volver a los contactos completos el viernes.

No encontró una rotura nueva, pero ordenó reposo relativo, tratamiento y una revisión después del partido.

Escuché con los brazos cruzados y la camiseta de entrenamiento todavía húmeda en la espalda.

Cuando salí de la consulta, Rick me esperaba al final del pasillo con una carpeta bajo el brazo.

—Eso fue rápido —dije.

—Tengo una acreditación de agente y una cara que inspira lástima. Las dos cosas abren puertas.

—La segunda me sorprende.

—A mí también. ¿Tienes cinco minutos?

Esta vez Rick no sacó el teléfono. Abrió la carpeta sobre una mesa vacía junto a la sala de vídeo. Había una hoja con cifras, fechas y el logotipo de un club que había visto demasiadas veces en las transmisiones de la liga.

—San Diego quiere una reunión formal el lunes —dijo Rick—. Dos años, opción del club para un tercero, condiciones mejores que las que Seattle ha puesto sobre la mesa porque Seattle todavía no ha puesto nada. Quieren saber si pueden enviarte una propuesta completa antes de hablar con otros alas.

No toqué el papel. Las cifras no me produjeron alegría. Solo le dieron peso a las llamadas que había dejado sin contar.

—¿Y Seattle?

—Su director general me pidió paciencia. Esa es la palabra que usan cuando esperan que el mercado te asuste lo suficiente como para aceptar menos en julio.

—Estamos en mayo.

—Exacto. San Diego no tiene la obligación de esperarlos.

El pasillo estaba vacío. Del otro lado de la puerta cerrada, alguien encendió la pantalla de la sala de vídeo y el ventilador empezó a zumbar. Recordé a mi padre junto al manzano joven, tensando una cinta sin explicar nada. Paciencia no era quedarme inmóvil mientras otros decidían dónde plantarme.

Rick cerró la carpeta.

Tomé la carpeta. El cartón se dobló un poco bajo mis dedos.

—Voy a hablar con ellos. Solo hablar.

—Eso es lo que harás. No lo que dirás después.

Rick se alejó por el pasillo, dejándome con la carpeta y el hombro vendado bajo la camiseta. En el bolsillo, el teléfono vibró.

Kate: ¿Cómo salió la revisión?

Escribí: Bien. Sin rotura. Me perdí los contactos, pero juego el sábado.

Leí la frase. Era cierta. Mandé el mensaje.

Luego abrí uno nuevo. Escribí: Rick trajo algo de San Diego. Es más real de lo que pensé.

Me quedé mirando las palabras hasta que la pantalla se oscureció. Las borré. Guardé el teléfono, abrí la carpeta otra vez y revisé las cifras en voz baja, como si ponerlas en orden pudiera volverlas menos capaces de cambiarme la vida.