Capítulo 15
Rick Duarte llamó justo cuando hundía el hombro izquierdo en el saco de placaje por tercera vez.
El golpe me subió desde la palma hasta el cuello.
No fue un dolor limpio. Fue una punzada corta bajo la clavícula, suficiente para que el brazo tardara una fracción de segundo más de la cuenta en volver a su sitio.
El entrenador gritó algo desde la banda.
Marcus recuperó el balón a unos metros y se lo pasó a Reyes, que salió corriendo con las rodillas altas por el pasto recién cortado.
El teléfono vibró dentro del bolsillo de la sudadera que había dejado junto a una hielera. Rick otra vez. En la pantalla llevaba cuatro llamadas perdidas de esa mañana y un mensaje que decía: Contesta antes de que me ponga creativo.
Le hice una seña al entrenador para salir del ejercicio.
Me ardían las costillas bajo la cinta deportiva y el hombro empezaba a calentarse de una manera que no me gustaba.
Caminé hasta el pasillo de cemento detrás de los vestuarios, donde el olor a linimento cedía ante el café quemado de la máquina expendedora.
—Si esto es por la factura del hotel de Portland, Marcus prometió pagarte —dije al responder.
—Marcus me ha mandado una foto de un recibo de trescientos dólares con un pulgar arriba. No es un acuerdo legal —contestó Rick—. ¿Tienes dos minutos?
Apoyé el hombro sano contra la pared. Desde el campo llegaban los silbatos y el golpe de los cuerpos contra los escudos.
—Tengo entrenamiento.
—Por eso pregunté por dos minutos y no por una infancia emocionalmente sana.
—Eso de la infancia suena fuera de presupuesto.
Rick dejó escapar una exhalación que conocía demasiado bien. Hacía ese ruido cuando ya había terminado de reunir datos y estaba a punto de ordenarlos en algo que yo no quería mirar.
—Seattle volvió a mover la conversación de renovación —dijo—. Dicen que quieren esperar a ver cómo acaba la temporada y tener el informe médico completo.
El suelo de cemento estaba manchado de barro seco. Seguí una de las líneas con la punta de la zapatilla.
—Es lógico.
—No, es conveniente para ellos. Tú tienes treinta y tres años, costillas vendadas y un hombro que no me estás describiendo con suficiente detalle. Para ellos, esperar no cuesta nada.
—No sabes cómo está mi hombro.
—Lo sé porque llevas diez años llamándome antes de una resonancia para preguntarme si la palabra “inflamación” tiene una versión que suene menos cara.
Miré la puerta metálica del vestuario. Dos asistentes pasaron empujando un carrito con cajas de bebidas. Uno de ellos me saludó sin detenerse.
—¿Qué quiere San Diego? —pregunté.
Rick no aprovechó la pregunta. Eso era peor.
—Quiere hablar. No ha enviado una oferta. Quiere saber si hay una cifra que te saque de Seattle y si el cuerpo aguanta otro contrato largo. El director deportivo me llamó ayer y volvió a llamar esta mañana. No están llenando tiempo.
—Que hablen contigo.
—Lo harán el domingo. Pero necesito saber si te interesa escuchar.
Pensé en la casa junto al lago, en la sartén de hierro que había dejado secándose sobre un paño, en el saco de tierra de Gene apoyado contra la pared de mi cocina.
Imaginé a Kate arrodillada frente a su albahaca moribunda, leyendo las instrucciones de la bolsa como si fueran un contrato mal redactado.
San Diego quedaba al sur, en otra costa y con un sol que no había pedido.
—Escucho a cualquiera que llame —dije.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que tengo antes de terminar una práctica.
Rick guardó silencio un momento.
—Vale. No voy a vender tu vida por teléfono. Pero no confundas provisional con irrelevante, Cole.
La llamada terminó. Me quedé mirando el teléfono hasta que la pantalla se apagó. Luego volví al campo sin escribirle a Kate.
Marcus me esperaba junto a una pila de escudos azules. Tenía el pelo pegado a la frente y una mancha de barro en la pantorrilla.
—¿Problemas de amor? —preguntó.
—Rick.
—Ah. Problemas de una clase distinta de amor.
—¿Siempre hablas tanto cuando estás sin aire?
—Es mi forma de entrenar los pulmones.
El entrenador levantó el silbato. Tomé posición.
Al apoyar las manos sobre las rodillas, el hombro volvió a avisarme.
Ajusté la postura antes de que Marcus pudiera verlo.
En la siguiente repetición, Reyes recibió el balón alto y lo perdió hacia adelante.
El juego se detuvo. Reyes se quedó mirando sus dedos como si hubieran sido de otra persona.
—Otra vez —ordenó el entrenador.
Me acerqué a Reyes y le señalé la altura de los codos.
—No persigas el balón con los brazos estirados. Déjalo caer aquí primero.
—Lo sé.
—Entonces hazlo como si lo supieras.
Reyes me dirigió una mirada ofendida y volvió a la línea. Regresé a mi marca. Era más fácil corregir una recepción que explicar por qué Rick había dicho San Diego y mi primer pensamiento había sido cuánto tardaría Kate en cerrar la puerta de su apartamento cuando yo me fuera.
La práctica acabó casi una hora después. Mientras los demás entraban al vestuario, la fisioterapeuta del equipo me interceptó junto al banco.
—El hombro —dijo.
—Está cansado.
—Los hombros no llegan tarde al entrenamiento por voluntad propia.
—El mío tiene una personalidad complicada.
No sonrió.
—Te quiero en la camilla antes de que te duches.
Tenía ganas de decir que no. Había aprendido de niño que los médicos, los entrenadores y los padres podían oler una negativa a distancia. Asentí y dejé que me guiara hacia la sala de tratamiento.
El papel de la camilla crujió bajo mi espalda. La fisioterapeuta me hizo levantar el brazo, girar la muñeca y empujar contra su mano. Obedecí hasta que una presión cercana a la clavícula me encendió el hombro.
—Ahí —dijo ella.
—Ahí qué.
—Ahí duele.
—Eso es una acusación muy seria contra mi propio cuerpo.
—Te verá el médico el viernes. Nada de contactos completos hasta entonces.
—Tenemos dos partidos para asegurar los playoffs.
—Y una temporada después de esos partidos, si decides usarla.
Me senté despacio. La cinta de las costillas tiró de la piel.
—Entendido.
La fisioterapeuta anotó algo en su tableta. Miré el teléfono otra vez. Había un mensaje de Kate, enviado durante la práctica.
Kate: ¿Sigues llegando a las siete o la temporada ha decidido tragarte entero?
Sonreí antes de poder evitarlo.
Cole: A las siete. Si la albahaca sigue viva, exigiré una celebración sobria.
Kate: No prometas cosas que no puedas cumplir.
Guardé el teléfono sin mencionar a Rick. Aún no había oferta. Aún no había una ciudad a la que decir que no. Era fácil organizar la omisión en ese orden.
* * *
Cuando Kate llegó, la cocina olía a ajo dorado y a la lluvia que había empezado a golpear los ventanales del fondo.
Yo había dejado el salmón reposando sobre una tabla, la ensalada en un cuenco grande y dos platos sin servir sobre la isla.
No había comprado velas ni sacado una botella de vino.
La primera vez que ella había venido, una cena podía esconder demasiadas preguntas.
Ahora dejó el bolso junto a la puerta, puso una caja de cartón sobre la isla y se quitó los zapatos.
La albahaca asomaba por la caja, todavía en su vieja maceta.
Yo había dejado la maceta nueva junto al saco de tierra de Gene.
—No puedo creer que tu padre me haya dado tierra para una planta que ya parece una escena del crimen —dijo.
Giré el filete con una espátula.
—Mi padre no cree en los casos perdidos. Cree en darles una pala y ver qué hacen.
Kate abrió el saco de tierra. El aroma húmedo llenó la cocina, más oscuro que el de las macetas de supermercado. Se recogió el pelo con una liga que llevaba en la muñeca y empezó a aflojar los bordes de la vieja tierra con dos dedos.
—Eso suena muy afectuoso, para Gene.
—Lo es. No te acostumbres o tendrás que empezar a entenderlo.
—No quiero alterar el equilibrio familiar.
—Ya lo alteraste al reírte de su tractor.
Kate inclinó la cabeza para mirarme. Las uñas granate seguían descascaradas en dos dedos; la tierra se le había metido bajo una de ellas.
—El tractor se lo buscó.
Quise decirle que no sabía cómo había llegado ella a ser una pieza de mi casa sin que hubiera notado el momento exacto.
Estaban la maceta junto a la ventana, la toalla que usaba para secarse las manos, la forma en que no preguntaba si podía abrir la nevera.
En vez de eso, saqué el salmón de la sartén.
—Lávate antes de cenar, peligro. Si alimentas albahaca con las manos sucias, no quiero saber qué harás con mi ensalada.
—Tus amenazas culinarias han bajado de nivel.
—Mis costillas me han vuelto humilde.
Se acercó para ver la venda que asomaba bajo el cuello de mi camiseta. La mano de Kate se detuvo a pocos centímetros de mi pecho.
—¿Te molestan hoy?
La pregunta no tenía un informe detrás. Solo esperaba una respuesta.
—Lo suficiente para que me queje si me obligas a lavar los platos.
—No es lo que pregunté.
—Siguen mejorando. El hombro está fastidiado por el entrenamiento. Me revisan el viernes.
Kate bajó la mano. No escondió la preocupación, pero tampoco la convirtió en una lista.
—Bien. Me cuentas después.
El teléfono vibró sobre la encimera. La pantalla mostró el nombre de Rick y un avance de mensaje: San Diego quiere una videollamada formal el lunes. Necesitan saber si pueden armar un acuerdo...
Lo puse boca abajo antes de que Kate alcanzara a leerlo. Ella ya había vuelto a la maceta, dejando caer tierra alrededor de las raíces débiles.
—¿Todo bien? —preguntó.
Podía decírselo. Rick había llamado; San Diego quería hablar. No era una oferta, pero ya no era un saludo casual. Kate sabría distinguir entre una posibilidad y una decisión. Trabajaba con posibilidades que podían cambiar la vida de cientos de personas y aun así encontraba la forma de dormir.
—Rick —dije—. Nada cerrado.
Kate se limpió las manos en la toalla.
—¿Contrato?
—Algo así.
Esperé el gesto que me indicara que debía explicar más. Kate solo tomó los platos y empezó a poner la mesa.