Capítulo 3
El aviso de la firma electrónica apareció mientras Diane decía «margen operativo» por cuarta vez.
En la pantalla de la sala de juntas, tres columnas de cifras se encogían y crecían con cada ajuste de Sasha.
A mi derecha, Priya sostenía un vaso de café de cartón con ambas manos, como si necesitara calentarse los dedos.
A mi izquierda, Diane había dejado su cuaderno abierto junto a un bolígrafo azul y una pila de informes que nadie estaba leyendo.
—No quiero que la reducción de costes llegue a las clínicas como otra orden desde Seattle —dijo Diane—. Quiero saber quién se quedará sin enfermera de enlace cuando cortemos la partida.
Sasha levantó la vista de la tableta.
—Nadie, si movemos el piloto de Tacoma al trimestre siguiente.
—Eso no resuelve el hueco de abril —respondí.
Mi voz salió más firme de lo necesario. Noté la mancha de calor subiéndoseme por el cuello antes de que Priya me diera una salida.
—Podemos recortar la campaña de lanzamiento —dijo, señalando la diapositiva—. Ya hay doce versiones del mismo eslogan. Sobreviviremos con once.
Sasha sonrió sin ganas.
—Qué valentía.
—Estoy hecha de material resistente.
Las dos se miraron un segundo. Priya siguió bebiendo café.
Yo moví el bolígrafo de Diane hasta dejarlo paralelo al borde de la mesa.
La sala tenía paredes de vidrio, una pantalla demasiado grande y el zumbido continuo del climatizador.
Desde el piso veintidós, los autos de abajo parecían un problema de otra persona.
—Kate —dijo Diane.
Levanté la cabeza.
—El viernes quiero la propuesta final. No una defensa del presupuesto. Una decisión. ¿Qué protegemos y por qué?
Eso era lo que había venido a hacer. Resolver una pregunta difícil sin convertirla en un drama de oficina.
Había aceptado el puesto para tener esa clase de conversaciones, aunque la nueva placa en mi puerta todavía parecía pertenecer a una mujer con más descanso y una alimentación basada en algo que no fueran almendras del dispensador.
—La red de coordinación de alta —dije—. Si ahorramos ahí, las clínicas pierden continuidad y el resto de los indicadores se vuelve maquillaje.
Diane asintió. No sonrió, que era mejor. Diane no sonreía cuando quería dejar claro que había escuchado.
—Bien. Haz que la junta entienda eso.
El aviso volvió a vibrar contra la mesa. Miré el teléfono por debajo de la carpeta.
Oferta de empleo actualizada: Vicepresidenta de Operaciones.
Llevaba casi un mes ejerciendo como vicepresidenta interina y, desde el lunes, el nombramiento era oficial.
Tenía un correo de bienvenida, un despacho con una planta que alguien había olvidado regar y una cantidad indecente de personas copiándome en hilos sobre problemas que no conocían mi nombre dos semanas antes. Aun así, abrí el mensaje.
El sueldo. Las acciones. La fecha de inicio, que ya había pasado. Mi firma digital, al final, con la hora exacta en que había decidido que mi vida seguiría el orden previsto.
Priya rozó mi codo al levantarse.
—¿Estás bien?
—Es el contrato.
—Ah. —Guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón—. Creí que habías visto un fantasma.
—Todavía no he tenido tiempo de contratar uno.
Su risa llegó a medias. La reunión se disolvió en conversaciones cortas, sillas que arrastraban y pantallas que se apagaban. Diane me retuvo con un gesto.
—No confundas velocidad con urgencia, Kate. Tenemos siete semanas antes de la revisión. Úsalas.
—Lo haré.
—Y come algo que requiera cubiertos.
Miré mi cuaderno. Había anotado tres tareas, dos preguntas y una lista de síntomas que no eran síntomas.
Cansancio. Pechos sensibles. Un olor persistente a café que convertía el ascensor en un lugar hostil.
Nada concluyente. Nada que justificara revisar una aplicación de calendario cada vez que nadie me hablaba.
—Anotado —dije.
Priya esperó conmigo junto a los ascensores. En el reflejo de la puerta metálica, mi moño bajo se había soltado por un lado y el lápiz labial era apenas una línea reseca. Parecía recién salida de una negociación larga. Eso podía arreglarlo.
—¿Cena? —preguntó Priya—. Lena quiere probar un sitio tailandés en Belltown y necesita a alguien que le diga cuándo está pidiendo demasiado picante.
—Tengo trabajo.
—Tienes una cara que dice que vas a volver a casa y responder correos hasta que te despiertes sobre el teclado.
—Mi cara tiene una agenda muy exigente.
—Kate.
La miré. Priya no insistía por costumbre. Hacía preguntas sencillas y las dejaba sobre la mesa hasta que una tenía que decidir qué hacer con ellas.
—De verdad estoy bien —dije.
No me creyó. Tampoco me dejó el gesto de compasión que habría convertido la mentira en una discusión.
—Entonces come. Y si no vas a venir, avísame antes de que tenga que defenderte frente a un camarero que me conoce demasiado bien.
—Qué responsabilidad tan pesada.
—La llevo con dignidad.
La puerta del ascensor se abrió. Entré sin revisar dos veces que el correo estuviera enviado. Lo revisé una vez dentro, de todos modos.
Mi despacho estaba al final del pasillo, junto a una sala de reuniones que olía siempre a rotulador seco.
En la puerta habían pegado mi nombre nuevo sobre una placa de plástico: KATE MERCER, VP DE OPERACIONES.
El título ocupaba más espacio que mi nombre.
Dejé el bolso bajo el escritorio, encendí la lámpara y abrí la presentación de la junta.
Había una manzana verde en el centro de la mesa. Alguien la había dejado ahí con buena intención, que es una forma elegante de decir que no conocía mis hábitos. La moví a un lado para hacer sitio al portátil.
El modelo de costes no mentía. Tacoma podía esperar.
Las campañas podían esperar. El personal de coordinación no.
Una enfermera de enlace no era una casilla presupuestaria: era la llamada que evitaba que un paciente recién dado de alta volviera a urgencias porque nadie le había explicado qué hacer con las medicinas.
Había pasado años intentando que la gente con dinero entendiera que la eficiencia sin continuidad solo trasladaba el desastre a otra factura.
Trabajé hasta que las oficinas fueron quedándose sin voces. Primero desaparecieron las llamadas de ventas. Luego el ruido de la máquina de espresso. Finalmente, el único sonido fue el ventilador de mi portátil y el ascensor abriéndose cada tanto en el vestíbulo vacío.
A las seis y veinte, el estómago se me revolvió cuando abrí el recipiente de arroz con verduras que había pedido para almorzar. Cerré la tapa con rapidez.
—No es una huelga —le dije a mi cuerpo.
Mi cuerpo no respondió. Nunca lo hacía cuando le hablaba con lógica.
En la pantalla, una celda se tiñó de amarillo porque había cambiado un supuesto.
Después otra. Mi trabajo consistía en encontrar el punto donde una decisión dejaba de ser prudente y empezaba a costarle algo a alguien.
Esa tarde, las celdas amarillas se multiplicaron hasta que ya no vi números; vi advertencias.
Abrí el calendario por pura costumbre. Reunión con Diane. Revisión de producto. Cena de Priya. Llamar a mamá. Cita con el dentista. Cuatro días de retraso, escritos en un bloque blanco que no decía nada y, sin embargo, ocupaba toda la pantalla.
Cerré el calendario.
Había una explicación simple. El cambio de puesto. Las noches mal dormidas. El vuelo a Portland que cancelé porque Diane necesitaba que estuviera en una reunión de estrategia. Podía enumerarlas en orden de probabilidad. Podía hacer una tabla si me daba por ahí.
No abrí una tabla.
Cuando guardé el archivo, mis uñas granate habían dejado una media luna en la piel de la palma. Fui al baño del pasillo, me lavé las manos y esperé frente al espejo hasta que el color de mis mejillas se normalizó. Al volver a mi despacho, el teléfono vibró otra vez.
Priya: ¿Sigues viva o ya te adoptó la hoja de cálculo?
Yo: Estoy trabajando.
Priya: Eso no responde.
Yo: Es la respuesta que hay.
Tardó menos de un minuto.
Priya: Te guardo los fideos. Al menos responde si necesitas que suba con ellos.
Miré la manzana verde. Tenía una pequeña zona golpeada junto al tallo. Pensé en escribirle que no necesitaba nada. La frase ya estaba formada, compacta y conocida.
Yo: No subas. Pero gracias.
Priya: Esa es una frase muy cercana a una emoción. La guardaré para una ocasión especial.
La sonrisa me duró poco, pero existió. Apagué la lámpara, tomé el bolso y llevé la manzana conmigo por no dejarla allí como una prueba de que alguien había intentado cuidarme.
* * *
El jueves, a las siete y doce, el vecino de abajo empezó con la trompeta.
No reconocí la canción. Reconocí el error en la misma nota, repetido con paciencia y una crueldad casi profesional.
La albahaca del alféizar se inclinaba hacia el vidrio como si buscara escaparse y el radiador golpeaba cada pocos minutos detrás del sofá.
Mi apartamento no era grande, pero tenía dos habitaciones, una cocina donde cabía una mesa para cuatro y una vista parcial de un árbol que en primavera parecía dispuesto a invadir el edificio.
Dejé las llaves en el cuenco de la entrada. Las moví dos centímetros para que no tocaran las monedas. Luego me quedé mirándolas.
No era una costumbre. Era una forma de no pensar en que llevaba cuatro días esperando algo que no llegaba.
El calendario decía que mi periodo debía haber empezado el lunes.
El martes había pensado que era el estrés del nuevo puesto.
El miércoles, que era el viaje de trabajo cancelado a Portland y la pizza fría del escritorio.
El jueves, mientras una trompeta asesinaba una escala en el piso de abajo, ya no quedaban explicaciones que me tranquilizaran sin esfuerzo.
Abrí el refrigerador. Leche de avena, una botella de vino blanco, espinaca en una bolsa y medio limón que había usado para cocinar hacía una semana. Cerré la puerta.
El teléfono vibró sobre la encimera. Un mensaje de mi madre: ¿Cómo va la gran jefa? Greg dice que ya es hora de que nos invites a ese restaurante elegante del que hablas.