Donde arde la traición CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

Renata salió de Lumbre a las once con el cabello recogido de cualquier manera y el cansancio bien escondido bajo un abrigo camel que hacía rato había dejado de abrigarla.

La calle frente al restaurante seguía viva con el murmullo disperso de los últimos clientes, autos en espera y luces reflejadas sobre el asfalto mojado.

Se detuvo unos momentos antes de subir al auto.

Miró hacia el ventanal principal. Desde allí todavía alcanzaba a ver el interior: las lámparas bajas, las mesas vacías, el personal terminando de recoger.

El aspecto tranquilo de un lugar que pocas horas antes había sido una coreografía de órdenes y platos saliendo a un ritmo exacto.

Había noches en que verlo así le producía alivio.

Esa no fue una de ellas. Su mente voló a la forma en la que él había trabajado. Con la actitud tranquila de quien no necesitaba demostrar lo que sabía. Eso lo hacía alguien que había aprendido a cocinar de verdad, en algún lugar que le había costado algo de sí.

Se dijo que era solo curiosidad profesional.

Sacó el teléfono del bolsillo y encontró tres mensajes seguidos en el chat que compartía con Julián, Pablo y Tatiana.

Tatiana: Si vuelves a cancelarnos, voy a cobrarte la silla vacía.

Pablo: Yo apoyo esa medida. Incluso sugiero intereses por reincidencia.

Julián: Sal ya.

Renata sonrió por primera vez en horas.

Renata: Ya salí. No dramaticen.

Pablo: Llegas y decides si merecemos tu presencia.

Tatiana: No le des opciones.

Guardó el teléfono y subió al coche.

**

El local de Tatiana ocupaba una esquina discreta en el norte, con vitrinas limpias y ese aire demasiado sereno que a Renata a veces le resultaba sospechoso ya que le costaba confiar de los lugares donde todo parecía diseñado para que la gente se relajara.

La puerta se abrió antes de que tocara.

—Mírenla —dijo Pablo desde el marco, con una copa en la mano—. Llegó con la cara de mujer que ya discutió con tres idiotas y ganó.

—Fueron dos, pero agradezco tu fe en mí.

Pablo sonrió, satisfecho.

—Eso quería oír.

Tatiana apareció detrás de él, impecable incluso a esa hora, con un conjunto color marfil y el cabello oscuro cayéndole sobre un hombro en unas ondas que ella no hubiera replicado ni en sus mejores días.

—Entren antes de que los vecinos crean que atiendo otro tipo de negocio.

Julián ya estaba al fondo, recostado en uno de los sofás del área privada, descalzo, con una tabla de quesos abierta sobre la mesa baja y una expresión de agotamiento alerta que solo tenían los cocineros cuando por fin se sentaban después de una jornada larga.

Al verla entrar, levantó la copa apenas unos centímetros.

—Pensé que te ibas a arrepentir a mitad de camino y regresarías a reorganizar la cava por deporte.

—Lo consideré. Luego recordé que aquí puedo tomar vino sin afectar mi inventario.

—Eso está muy bien —murmuró Pablo.

Tatiana tomó el abrigo antes de que ella decidiera dónde dejarlo.

—Siéntate antes de que empieces a mirar este sitio como si encontraras algo que corregir.

Renata aceptó la copa que le puso en la mano y se dejó caer en el sofá individual frente a ellos.

—No sé por qué me siguen invitando si claramente no aprueban mi personalidad.

—Porque alguien tiene que aportarle tensión dramática al grupo —dijo Tatiana.

—Y porque Julián se niega a tener amigos dóciles —añadió Pablo.

Julián tomó una aceituna.

—Los amigos dóciles aburren.

Renata bebió un sorbo. El olor a eucalipto y madera limpia le llenó los pulmones de una forma que no sabía bien cómo recibir. Como si su cuerpo no recordara qué hacer cuando no estaba esperando el siguiente problema.

—¿Cómo estuvo el servicio? —preguntó Tatiana.

—Como si la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para cenar en Lumbre y quejarse al mismo tiempo.

Pablo soltó una risa.

—Qué desconsiderada la ciudad.

—Una mesa cambió tres veces el vino y terminó eligiendo el primero —continuó Renata—. Un proveedor intentó reajustarme precios con cara de inocente y uno de los meseros nuevos casi deja caer una bandeja encima de un hombre de apellido que se cree patrimonio nacional.

—¿Lo evitó? —preguntó Tatiana.

—Sí.

—Lástima —dijo Pablo.

Renata resopló.

—Tu vocación de servicio es conmovedora.

Tatiana se sirvió algo de la tabla.

—Yo hoy tuve una clienta que llegó veinte minutos tarde, me exigió un milagro en cuarenta y cinco minutos y todavía tuvo el descaro de decirme que el ambiente estaba un poco menos zen de lo esperado.

—¿No la enterraste bajo el jardín vertical? —preguntó Renata.

—Lo pensé. Pero era nueva y quería darle una oportunidad a mi nuevo jodido autocontrol.

Pablo levantó su copa.

—Brindemos por el autocontrol femenino. Porque hoy un paciente intentó explicarme el procedimiento que debía realizarle con un video de TikTok. Quería debatir el diagnóstico de su radiografía maxilar.

Julián se giró hacia él.

—¿El paciente sigue respirando por su cuenta, amor?

—Sigue vivo porque soy un profesional con ética.

—No, sigue vivo porque no tienes presupuesto para un buen abogado penalista —lo corrigió Tatiana sin despegar la vista de su copa—. Además, sabes que no puedes vivir sin mí, soy alérgica a las filas y me niego a llevarte cigarrillos a la cárcel los domingos.

Renata los señaló a todos con el dedo.

—Ustedes hoy están especialmente dramáticos. ¿Hubo eclipse o simplemente olvidaron medicarse?

Julián la observó un segundo más de lo necesario.

—Come algo. El vino con el estómago vacío te pone demasiado observadora.

Ella entrecerró los ojos.

—Qué mandones estamos esta noche.

—No te hagas la víctima —intervino Pablo, deslizándole un plato—. Tienes cara de haber sobrevivido toda la semana a base de café negro y mala actitud.

Renata rescató un trozo de queso.

—La mala actitud ha sostenido imperios, Pablo. No la subestimes.

—Y amistades —añadió Tatiana.

—Sobre todo esta —remató Pablo con un suspiro.

Hubo un paréntesis de ruido doméstico: el tintineo de las copas, Tatiana peleándose con un paquete de servilletas y Pablo quejándose de que Julián siempre elegía los quesos como si estuviera diseñando el menú de una gala para gente con la que no quería hablar.

—Tengo buen gusto, es parte de mi encanto —se defendió Julián.

—Tienes pretensiones, que es distinto —replicó Pablo.

—Y tú tienes la lengua muy larga para alguien que tiene que dormir conmigo.

Pablo se acomodó en el sofá con una sonrisa de suficiencia y Julián le robó un beso rápido, casi distraído.

—Eso ha sonado romántico —murmuró Pablo.

—No lo arruines analizándolo —sentenció Tatiana.

Renata apoyó la cabeza en el respaldo y los dejó hablar. Los escuchaba, se reía, pero el cuerpo estaba en ese limbo raro entre el agotamiento y la hipervigilancia. Como si una parte de ella siguiera en los pasillos de Lumbre esperando que algo estallara.

Julián lo notó. Él siempre tenía un radar para sus naufragios silenciosos.

En lugar de preguntarle nada, cambió el tema.

—Por cierto, Gloria llamó hoy.

Renata giró la cabeza.

—¿A ti?

—A Pablo. Quería saber si seguíamos vivos. Quiere organizar algo para tu cumpleaños.

Pablo levantó la mano como quien jura.

—Acepta que tu madre me quiere más a mí. Soy el hijo que ella siempre quiso: educado y con todos los dientes en su sitio.

—Mi madre te tolera porque eres útil para mover de sitio sus materas y le ríes las gracias.

—Para el caso, es lo mismo que el amor —dijo él, imperturbable.

—¿Vas a verla el domingo? —preguntó Tatiana.

—Si el apocalipsis no me pilla antes en la oficina, sí.

—Qué frase tan esperanzadora —murmuró Pablo.

Tatiana estiró la mano hacia la botella.

—Bien. Queda oficialmente prohibido hablar de proveedores, apellidos ilustres y cualquier cosa que huela a oficina.

—Propongo el podio del cliente más ridículo de la semana —dijo Pablo.

Renata soltó una risa auténtica por primera vez en horas.

—Eso es cruel. La competencia ha estado feroz.

—Perfecto. Ahora sí estás entre amigos —sonrió Tatiana.

La noche se disolvió en lo absurdo. Julián narró una reserva para catorce personas que no querían estar cerca de otras personas.

Pablo dramatizó una extracción de muela como si fuera una tragedia griega.

Tatiana juró que escribiría un manual sobre cómo sobrevivir a mujeres ricas con expectativas irreales.

Renata participó. Bromeó. Se dejó llevar.

Pero tres copas más tarde, cuando el silencio del pasillo de su edificio la recibió, la calidez del vino se fue de golpe.

Dejó el bolso en la consola de la entrada, se quitó los zapatos en mitad del pasillo y caminó descalza hasta la cocina.

Abrió la nevera, sacó agua y bebió directamente de la botella, tenía el cuerpo cansado y la cabeza a medio camino de Lumbre todavía, como siempre.

Hacía mucho que nadie la esperaba al final del día.

La idea apareció sin drama. Era simplemente parte de su vida.

Lo irritante fue que, justo entonces, pensara en Sebastián. En la forma en que la había mirado esa tarde. En ese roce que duró menos de un segundo y que su cuerpo, sin esperarlo, había registrado con vehemencia sin explicaciones.

Cerró la botella.

—Ni de lejos —murmuró.

Lo dijo en voz alta para que sonara más convincente. No funcionó del todo.