Capítulo 29
Nash
Consigo mantener la compostura con Wade a duras penas.
El mundo se tambalea a mi alrededor y, sin embargo, aquí todo sigue igual.
Una sensación familiar de pánico me sube por la nuca mientras permanezco sentado en la cocina que conozco desde hace veinte años y me como una magdalena como cualquier otro jueves por la mañana.
—Me han dicho que anoche le diste una pequeña paliza al idiota de Drew .
—¿Ya te has enterado?
—Anoche mismo. — Wade esboza una sonrisa burlona—. Mamá parecía a punto de ir a buscarlo para llevarlo a la horca.
—Joder. —Me río entre dientes mientras me quito el sombrero y me froto la frente. No me gustaría ganarme el odio de Jo.
—No es que me queje. Me alegra saber que aún le cubres las espaldas a CeCe Rae .
«Sí, su espalda suave, sedosa y desnuda…».
—A veces sonríe y asiente con la cabeza, pero por dentro es un mar de emociones. No me extrañaría que volviera con él.
Esa frase me despeja la mente de golpe.
—¿Tú crees? —Me pregunto si puede ver mi expresión de espanto.
—Nunca se sabe. Pasó mucho tiempo con él y siempre ha querido casarse y tener hijos.
Asiento y me pregunto si sabe lo mal que Andrew trató a CeCe .
—Pues debería encontrar a alguien que… también quiera eso y la trate bien. —Me aclaro la garganta. Ni de puta coña volverá a pasar un minuto a solas con Andrew . Jamás.
—Ojalá no lo haga, pero cosas más raras han pasado y CeCe es leal hasta la médula.
Es una de las razones por las que me alegra tanto que empezara a trabajar contigo enseguida.
Lleva a cabo todo lo que se propone. Le has dado un espacio, algo a lo que dedicar su tiempo y este festival como si fuera su proyecto.
Le vendrá bien, y supongo que… bueno, te lo agradezco mucho, colega.
— Wade me da una palmadita en el hombro.
Detesto hacerme el santo y fingir que cuido de CeCe cuando en realidad soy el cabrón que no puede dejar de pensar en devorarla, sin planes de futuro más allá.
Pero tengo clara una cosa: no pienso permitir que vuelva con Andrew y su puta casa de los horrores.
Pero ¿volvería con ese capullo solo por la vida que siempre quiso y él promete darle?
Me trago el último bocado de mi magdalena de arándanos y vuelvo a centrarme.
Por eso es mejor que nos ciñamos al plan. «Cíñete al plan. Seguid siendo amigos y que las cosas no se vuelvan incómodas». Me repito ese mantra una y otra vez.
Cuando terminamos la pausa para el café, dejo a Wade en el rancho y me llevo el lote de la subasta a la oficina para enseñárselo a CeCe después de pasar por casa.
Justo cuando me decido a ceñirme al plan, su nombre aparece en mi teléfono y, como el adicto en ciernes que soy, detengo la camioneta para prestarle toda mi atención.
Rae: Menos mal que te fuiste esta mañana. Gasté toda el agua caliente y mis amigas estaban a punto de mandar un grupo de rescate en mi busca.
Yo: Menos mal que no vinieron a buscarte hace una hora.
Rae: Ginger lleva años diciéndome que salve al caballo y monte al vaquero. Seguro que estaría orgullosa.
Yo: No soy un vaquero.
Rae: Creo que vaquero a tiempo parcial también cuenta.
Comienzo a escribir varias respuestas posibles, pero las borro todas.
«Lo de anoche fue divertido». Patético.
«Ha sido el sexo más increíble de mi vida». Aún más patético.
«Estás preciosa por las mañanas». Patético a la altura de una comedia romántica empalagosa.
¿Cómo debería responder a mi atractiva contable y hermana pequeña de mi mejor amigo, a quien no puedo sacarme de la cabeza y en quien quiero sumergirme cada minuto del día? Le doy vueltas durante un rato y decido adoptar un tono ligero.
Yo: Voy a pasarme por el Spicer’s . ¿Has comido algo después de que me fuera? Puedo llevarte el desayuno.
Rae: Creo que es lo mínimo que puedes hacer después de abusar de mi vagina y desaparecer sin dejar rastro entre la niebla de la mañana.
Suelto una carcajada y me froto la cara en mi camioneta aparcada. Si supiera lo que se me pasaba por la cabeza, sabría que me habría quedado. Y no me refiero únicamente a esta mañana. Empiezo a pensar que me quedaría con CeCe todo el tiempo que me permitiera.
Yo: Le pido disculpas a tu coño. Me postraré ante él con bollos y cruasanes.
Rae: Dice que gracias, que es un comienzo. Y date prisa, tengo hambre. Estaré en la oficina a las nueve.
Yo: Nos vemos allí.
Giro hacia el camino de entrada, a dieciséis kilómetros del rancho, y respiro profundamente con a liv io.
Este es mi lugar seguro. Mi refugio. El camino de grava está bordeado por una valla blanca de casi un kilómetro de largo.
Los arces ocultan la pequeña cabaña hasta que la tienes justo delante.
Tengo más de tres hectáreas de terreno y me encanta cada centímetro.
Algunos de mis amigos de la NHL tienen mansiones que reflejan sus fortunas.
Yo solo necesito esto: una cabaña sencilla y un poco de campo.
Subo los escalones que conducen al amplio y envolvente porche delantero, donde me tomo mi café de las cuatro de la mañana. Es el lugar al que acudo cuando son las 03.13 y no puedo volver a dormirme, desde donde observo el amanecer y escucho el canto de los pájaros.
La casa es sencilla, pero cuenta con todas las comodidades modernas.
Me vino de perlas que estuviera en venta cuando empecé a planear volver a casa.
Vine a verla el día antes de que Wyatt falleciera y sé que le habría encantado.
El dueño iba a ingresar en una residencia de ancianos y vivía aquí desde los años cincuenta.
La había mantenido en buen estado, pero nunca la había reformado.
Así que la mandé a reformar antes de retirarme, al mismo tiempo que reformaban el estadio.
Conservé las paredes de la cabaña, pero la cocina está renovada con muebles nuevos de nogal, electrodomésticos de acero inoxidable y una gran isla con una tabla de cortar.
Mi habitación favorita de la casa es el acogedor salón que hay junto a la cocina, con una chimenea original de ladrillo que va del suelo al techo y que funciona con auténtica leña.
Las enormes ventanas tintadas de esa habitación dan al arroyo de agua dulce que corre detrás de la casa.
Es lo suficientemente profundo como para albergar un embarcadero de siete metros de largo y un pequeño bote de pesca, y lo suficientemente limpio como para poder nadar en él en verano.
Toda la casa es de tonos crema, madera y hierro forjado: rústica y reconfortante. Es todo lo que necesito o deseo.
Después de aspirar por última vez el aroma a fresa de CeCe que aún perdura en mi piel, me ducho rápidamente y me pongo unos vaqueros y una camiseta Henley blanca y limpia.
Luego vuelvo a salir de casa para dirigirme al Spicer’s .
Justo cuando me incorporo a la carretera, empieza a sonar por el equipo de música Whose Bed Have Your Boots Been Under?
, de Shania Twain . Conduzco y canto toda la puta canción con una sonrisa bobalicona en la cara mientras recuerdo cómo la bailaba CeCe en el pub el domingo por la noche.
«Estoy completamente jodido».
Llego a la oficina a las nueve, dejo el café y el dónut azucarado de Sonny en su escritorio y cojo los documentos que me ha dejado para que los revise.
—Estás silbando —señala con una mirada de sospecha.
La miro. «¿Estoy silbando?».
—¿El boxeo callejero ha hecho que te despiertes feliz esta mañana, jefe? —Se recuesta en la silla y se cruza de brazos.
—¡Madre mía, sí que corren rápido los chismes! —exclamo mientras me doy la vuelta para salir de su oficina—. ¿Ha llegado ya CeCe ? No he visto su coche.
—Estoy aquí —dice al tiempo que entra en la oficina de Sonny como una exhalación—. ¿Tienes algo para mí, jefe? —pregunta.
Joder. ¿Por qué tiene que irradiar sexo por todos los poros de su piel?
Su pelo, normalmente ondulado, le cae por la espalda en una cabellera espesa y lisa, y lleva un vestido verde oscuro del mismo color que sus ojos.
La parte de arriba es de cuello alto y holgada, pero se ajusta a su diminuta cintura, al igual que las mangas, que son sueltas y vaporosas, pero se ciñen alrededor de sus muñecas.
Sin embargo, la falda es lo que más llama la atención.
Se adhiere a sus piernas como una segunda piel y le llega hasta las rodillas, de modo que muestra cada detalle de sus curvas perfectas.
Cierro la boca, que había abierto de par en par, y le entrego una caja con un surtido completo de pasteles del Spicer’s . Me vienen a la mente imágenes de anoche, de cuando envolví su culo regordete con las manos. Aparto la mirada para no tener una erección a media mañana.
—Gracias. — CeCe sonríe y sale de la oficina mientras se echa el pelo por encima del hombro.
Me doy vuelta para seguirla, pero cuando me despido rápidamente de Sonny por encima del hombro, veo que sacude la cabeza con la típica mirada de desaprobación de una madre.
—No has podido contenerte, ¿verdad, jefe?
—Límites, Sonny . Que disfrutes de tu dónut —canturreo al tiempo que me escabullo de su oficina.
—Mmm… —gruñe detrás de mí.