Capítulo 23 #2
— Nash … —gimoteo mientras me restriego contra su dedo.
—Joder, me encanta oír mi nombre en tus labios. Me muero por oír cómo lo gritas.
Me aparta los pantalones y las bragas e introduce uno de sus largos dedos en mi coño.
Me estremezco a su alrededor. Nunca he estado tan mojada, pero mis músculos lo aprietan mientras entra y sale de mí a la vez que me frota el clítoris con el pulgar en pequeños círculos, de manera que me lanza a toda velocidad hacia el clímax.
—Joder, qué apretada estás, Rae —afirma, asombrado, al mismo tiempo que añade otro dedo, y yo jadeo.
—Nunca… me he corrido así —resollo—. Pero… Nash … creo que voy a correrme.
Nash me sonríe con suficiencia.
—Claro que sí. —Me acerca más a él y mete el dedo todavía más—. ¿Quieres decir que nunca te has corrido con los dedos de un hombre?
Niego con la cabeza mientras intento controlar la respiración. Solo me he corrido durante el sexo, y no siempre. Andrew se preocupaba más por sí mismo. Nash me besa sin bajar el ritmo de sus dedos. ¿Me he estado perdiendo esto? ¿Así es como se supone que debe sentirse?
—Me voy a ocupar de ti, Rae . Solo pienso en tocarte, saborearte, enterrarme dentro de ti —confiesa mientras sigue trabajando mi coño de forma experta, como si hubiera escrito un manual detallado sobre cómo hacer felices a las vaginas.
Nash me desliza por la encimera para acercarme aún más a él, mete un tercer dedo y los curva de una forma que nunca antes había sentido.
Con la otra mano, me sujeta por la cadera con firmeza mientras entra y sale de mí, y toca un punto en mi interior que amenaza con destrozarme por dentro cada vez que lo acaricia con sus gruesos dedos.
Le estoy empapando la mano y no me da tiempo a procesar lo que siento.
Pero la sensación es maravillosa… demasiado maravillosa.
Apenas unos instantes después, mis gemidos se hacen más fuertes y siento que caigo en una espiral y pierdo el control mientras Nash me folla el coño con los dedos, me rodea el clítoris con el pulgar y lo humedece con mi propia excitación.
Lo sincroniza todo con el movimiento de mis caderas del mismo modo en que besa: perfectamente calculado y perfectamente caótico.
Creo que me voy a morir, que perderé el control de la vejiga, o las dos cosas a la vez mientras entierra profundamente los dedos en mi interior una vez más.
Luego los retira y veo chiribitas detrás de mis párpados cerrados.
La electricidad se concentra en cada rincón de mi ser, en cada nervio, en cada célula.
Sigue frotándome el clítoris y me corro.
Por todas partes. Pasa lo que parece una eternidad mientras bajo de la dimensión a la que me acaba de transportar y gimo en su pecho tras apoyar la cabeza sobre él.
—Mira la que has liado, Rae … Qué estampa más bonita, joder —admira mientras abro los ojos y veo su mano y el suelo empapados. Se lleva los dedos a la boca y los lame hasta dejarlos limpios. Es lo más atractivo que he visto hacer a un hombre.
—Qué dulce, joder —murmura—. Me muero porque te corras en mi lengua.
Todavía sigo muy sensible. Trato de volver a respirar con normalidad, pero no me da tregua y utiliza mi excitación para lubricar mi resbaladiza entrada.
—¿Acabo de…? —No puedo pronunciar la palabra, me arden las mejillas. Estoy tan avergonzada. Nunca pensé que fuera posible correrse así. La sensación es indescriptible. Ha sido el orgasmo más devastador que he tenido en la vida.
—Sí, así es. Te dije que me ocuparía de ti y aún no he terminado contigo, ni de lejos. —Me levanta de la encimera y sus labios encuentran los míos con facilidad mientras me lleva a mi habitación sin interrumpir el beso.
Su polla está dura como una piedra y parece enorme cuando la siento contra mi piel.
Me deposita sobre la cama, se tumba encima de mí y me besa despacio, como si quisiera tomarse su tiempo.
Me mira fijamente bajo el tenue resplandor naranja de mi habitación, me quita los pantalones y las bragas empapadas y las tira a un lado.
Luego me recorre perezosamente el cuerpo con la lengua mientras me levanta lo justo para quitarme la camiseta.
Me quedo desnuda en el centro de la cama.
Sus ojos me devoran, pero no me siento nada cohibida. Quiero que mire.
—Joder, eres increíblemente perfecta.
No digo nada, me limito a besarlo en respuesta.
—Tengo otra regla —me informa.
Asiento con la cabeza.
—De acuerdo…
—Siempre llevo las riendas —gruñe.
—Bueno, pues será mejor que valga la pena —replico mientras me lame la garganta.
Se ríe entre dientes contra mi piel.
—Piensa cuántas veces quieres correrte y te garantizo que haré que te corras más que eso. —Sus palabras por sí solas hacen que el calor me inunde de nuevo.
Sus labios se aferran a los míos mientras se coloca entre mis piernas y se restriega contra mí. Sus penetrantes ojos azules son demasiado, y su pelo ondulado cae sobre su frente. Es tan guapo que duele.
Me froto contra su pene endurecido a través de su ropa mientras se desabrocha la camisa botón a botón.
Tengo la boca seca como el desierto de Mojave cuando se la quita.
Es todo abdominales y brazos fuertes y tatuados.
En el pecho lleva un ancla grande y una cruz ornamentada envuelta en vegetación, con letras antiguas.
Mi mente es incapaz de asimilarlo todo de una vez.
Justo cuando me estoy acostumbrando a esa vista, se levanta, se quita los vaqueros y los aparta de una patada.
Luego regresa a la cama y se tumba sobre mí.
Nash Carter casi desnudo es una sobrecarga sensorial.
Es un dios y me doy cuenta de que, en este momento, es todo mío.
—¿Por qué tienes que ser tan perfecto bajo toda esa ropa? —pregunto sin pensar.
Nash se echa a reír y me susurra al oído:
—¿Tú me preguntas eso? Eres una puta obra de arte.
Es tan fuerte y tan poderoso que me convierto en arcilla bajo sus manos. Decir que deseo todo lo que está a punto de darme es quedarse corto.