Doble cara (Harriet Blue 2)
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Era perfecta. Y era raro encontrar una tan perfecta, que saliera así, de la oscuridad, como las polillas hacia la luz dorada. Ágil e inaferrable.
Llevaba un par de horas merodeando por la tercera planta del aparcamiento, arriesgándolo todo en busca de su víctima ideal.
Unas cuantas jóvenes habían cruzado el pequeño campo de hierba en la planta baja, ya que era la hora en que acababan algunas clases de la universidad y empezaban otras.
Las observó, con sus bolsos colgados del hombro y algunas con un café en la mano, parpadeando para protegerse de la cálida luz del sol.
Pero luego el lugar quedó desierto otra vez, y él siguió esperando.
En el exterior el día estaba despejado, lo que creaba una sombra opaca en la esquina del aparcamiento, a la derecha de la escalera de incendios.
Había visto una víctima potencial entrando en las escaleras, y el corazón le había dado un vuelco, pero cuando la tuvo cerca, a media altura de las escaleras, se dio cuenta de que no era la adecuada.
Estaba hablando al teléfono con una amiga, riéndose a carcajadas.
No. Cuando la viera, lo sabría: grandes ojos de cervatilla, un gesto de miedo en la boca, muñecas finas que pudiera apretar y retorcer.
De pronto sintió el deseo de huir. Quedarse allí tanto tiempo era arriesgado.
El campus de la universidad estaba en alerta máxima después de que la policía hubiera encontrado el rastro de sus últimas obras.
Marissa, Elle, Rosetta, sus bellezas morenas destrozadas, mutiladas.
Rastros de una tragedia tirados sobre la arena.
Cuando se extendió la noticia sobre el asesino del río Georges, las chicas del campus habían empezado a teñirse y cortarse el cabello.
Ahora caminaban en grupo por la noche, o les pedían a los guardias de seguridad que las acompañaran hasta el coche.
Para él lo importante no era el cabello, aunque no le había pasado por alto el sorprendente parecido con su primera víctima, muchos años atrás.
No, sus universitarias siempre habían tenido aquel aire de inocencia, pero también de satisfacción, de confianza en sí mismas.
Él buscaba ese paso decidido, la barbilla alta, la emoción contenida de un capullo justo antes de florecer.
Debía tener paciencia. Hasta el momento, el plan había salido bien. Valía la pena arriesgar para culminarlo. Solo unos minutos más. Fue al rellano de la escalera y oyó pasos.
Entonces la vio, con la mano en la barandilla, impulsándose para subir: un trozo de su frente, de color crema suave, el pómulo marcado, mientras giraba la esquina.
Oh, sí, ahí estaba. La chica perfecta.