Capítulo 10
Desastroso y… milagroso
La señorita Walsh se sentía espiada y amenazada.
Como si Jacob Donaldson fuese a saltar sobre cualquier caballero que le hablase.
Era un milagro que no hubiese tratado de enfrentarse a lord Liam mientras bailaban, pues sabía que ambos se detestaban.
Liberty Pharma en verdad la puso al día sobre esa peculiar relación que unía a Banstorn, a lady Ranfield y a Jacob.
Era hora de implorarle a ese hombre fascinante que centrase su interés en otro lado, aunque eso le reconcomiese el alma.
No había mentido cuando le explicó a Liam sus motivos para escapar de una unión amorosa.
El amor, ese sentimiento por el que tantos cantaban y muchos habían compuestos sonetos, era un impedimento para una mujer de negocios, y Jenna no había llegado hasta ahí para echarlo todo por la borda.
Nunca la tomarían en serio del todo por ser mujer, pero en Boston se había labrado una reputación que su padre se empeñaba en echar por tierra.
Si se casaba quedaría relegada a ser la esposa de un hombre y madre de sus hijos.
No quería eso. Le gustaban las cifras, los acuerdos, los negocios, el jabón, las fábricas, Boston…
La heredera más rica de todo Londres se dirigió hasta el jardín después de decirle a su tía que iba en busca de una limonada.
Esperaba que Jacob la siguiese, aunque no estaba segura de que lo hiciera, pues cuando se había topado con su mirada era indescifrable, pero…
Oh, sí, había mucho enfado en esos ojos masculinos oscuros y preciosos como la noche.
Salió del salón y un viento de aire gélido la hizo estremecer.
Se abrazó a sí misma para ocultar el frío.
Sintió una figura a su espalda, alguien la agarró por detrás y la movió hasta una zona que daba más privacidad.
Se dejó llevar porque los olores que captaba identificaban al hombre que la tenía cautiva.
Y vaya si era un cautiverio de lo más intenso, porque su fragancia a jabón, a cuero y un toque de limón mezclado con una gran cantidad de fascinación, la tenían absorta.
Más cuando una lengua juguetona le acarició el borde de la oreja derecha para decirle que:
―Si me lo permitieses yo sería tu abrigo más cálido, tu manto de alegría, porque aunque eres una bruja, las mujeres malvadas como tú también deberían sonreír.
No quieres lo que puedo darte, me deniegas lo que deseo de ti y me hieres cuando te veo bailar con otros, en especial con él, que te haría tremendamente desdichada.
Eres una bruja, Jenna, una bruja que me hechiza y ante la que debería salir corriendo cada vez que me mira.
Me has maldecido… Ejerces tanto poder sobre mí que me abruma.
¿Qué quieres de mí? Sé mía o libérame, porque no lo soporto más.
―La última frase salió llena de agonía desde lo más profundo de sus entrañas, mientras la abrazaba desde atrás con firmeza para acercarla a su cuerpo necesitado.
Jacob vivía cada día en una congoja continua.
―No es capricho, Jacob. Eres mi debilidad.
Desde el mismo momento en que mi nariz captó todos tus prodigiosos matices, supe que estaba en peligro.
No lo entiendes, yo no quería que esto sucediese y a la vez no logro luchar contra lo que despiertas en mí.
Me llamas bruja y puede que no sea descabellado hacerlo, pues me es muy fácil negarte cuando no te veo, pero me resulta imposible no notarte cuando sé que estás cerca.
Mi vida es complicada, no sabes cuánto. ¿Serías el esposo de una dama que triunfa en Boston?
¿Lo dejarías todo para seguirme a mi ciudad natal?
No lo creo. He visto como mi propio padre me apartaba porque se sentía amenazado por mí.
¿Qué no haría otro hombre que no me creó, que no me dio la vida, en el momento en el que mis acciones lo hicieran sentir inferior?
Tengo un deber que seguir cumpliendo con el legado de mi padre.
Un matrimonio conmigo acabaría destruyéndote y yo moriría si no fueses capaz de soportar mi éxito.
Jacob le dio la vuelta y la tuvo frente a él.
Le apartó un par de lágrimas de su rostro con los pulgares.
Él entendía que la fortuna que su padre había logrado dependía en gran medida de la inteligencia de su hija, pues estaba seguro de que Jenna fue en buena parte la cabeza pensante del negocio, solo que no había nacido con el sexo adecuado para llegar mucho más alto.
―Hablas de nuestro futuro como si ya estuviese escrito y decidido, pero no me das la oportunidad de mostrarte quién soy, lo que soy.
¿Qué puedo hacer para que comprendas que hay más entre nosotros que la ambición?
Cuanto más me apartas más te busco. Tal vez sin proponértelo has empezado un juego excitante y te deseo con todas mis fuerzas.
Hacía demasiado tiempo que mi corazón no se aceleraba por una mujer.
¿Cómo se supone que voy a hacer oídos sordos a ese palpitar, Jenna?
Mi vida estaba destrozada, mis sueños se evaporaron y de pronto llegaste tú para hacerme vivir.
―¿Lo dejarías todo por mí, Jacob? ¿Me seguirías en mi recorrido sin que te importase nada más que yo?
―Las cosas no son blancas o negras como en una partida de ajedrez, Jenna.
No puedes preguntarme algo así, no después de verte entre los brazos de otro hombre…
¿Qué harías tú por mí? ¿Por el hombre al que tratas de apartar de tu lado con todas tus fuerzas?
―Jacob seguía acariciando sus mejillas pausadamente con sus dedos, pero, cansado ya de resistirse más, bajó su cabeza para encontrar los labios femeninos entreabiertos.
La besó con delicadeza. Labio con labio. Caricias suaves destinadas a mostrar lo que ambos podían tener. El inicio de algo cómplice, seguro… feliz.
Jenna sabía que él estaba conteniéndose en su beso.
Ella deseaba pasión, así que sacó su lengua para buscar la masculina en un acto audaz.
Con lo que se encontró fue con los dientes, porque el paso estaba cerrado.
Jacob se sonrió mientras se separaba de ella y la miró a los ojos.
Él le enmarcaba el bonito rostro entre sus manos.
―El deseo no es lo único que debería importar y no puedo ver más allá de él cuando nublas mi buen juicio ―le dijo ella con desespero. Necesitaba más besos, más caricias… mucho más de él. De Jacob. Y el hombre lo sabía y se enorgullecía de, al menos, poder tener ese efecto sobre la joven.
―El matrimonio no debe ser algo egoísta.
El amor tampoco debe sustentarse en ese egoísmo del que hablo.
Lo he descubierto por las malas. Debe haber equidad cuando el amor está en el centro.
Sé bien la clase de mujer que eres, y antes de ponerme en un entresijo de incomodidad pidiéndome que elija entre mi vida o tú, deberías tomarte la molestia de averiguar qué tipo de hombre soy yo.
Sobreviví a un infierno cuando me enamoré de la mujer que no estaba destinada a mí.
Si quieres ocupar ese lugar, será mejor que empieces a demostrarme que también debo confiar en ti.
―Jenna trató de besarlo entonces y él retrocedió con una sonrisa burlona en el rostro―.
No puedes aceptar los bailes de Banstorn y encontrarte conmigo en la oscuridad, Jenna, porque yo no soy un sucio secreto.
Cuando tengas las ideas claras, ven a por mí.
La soltó y se alejó medio paso a fin de bordearla.
Jenna Walsh se sintió por primera vez en su vida como una niña malcriada a la que acababan de regañar, a la que le habían sustraído su mejor muñeca.
La frustración y la inquietud la invadían, así que hizo lo que jamás una mujer inteligente debería haber hecho: lo atacó.
―Ahí tengo la respuesta sobre la clase de persona que eres, Jacob Donaldson, no eres más que un hombre que me atrapará entre sus redes para luego obligarme a cumplir con mis obligaciones maritales, para después hacerme esclava de tus hijos mientras tú vives como te place. No cometeré ese error.
Jacob se cuadró ante el inesperado arrebato lleno de furia.
Un ataque que se sintió como la defensa de una loba herida que temía ponerse al descubierto.
Suspiró con fuerza. Él había tenido más que suficiente con eso.
Mujeres fuertes que llamaban su atención para después no estar a la altura de sus expectativas.
Aura Atenea fue la primera en traicionarlo.
Su madre, la mujer que le había dado la vida y que tenía las manos manchadas de sangre de su padre y de su medio hermana, fue la segunda.
La que le destrozó definitivamente el corazón.
No debió haberse dejado arrastrar por una nueva esperanza que crecía en su interior sin poder detenerla.
Apretó los labios en una fina línea blanquecina y la miró con seriedad.
―Sea pues su voluntad, señorita Walsh. Gracias a Dios por haberme librado de volver a caer frente a una mujer que se prefiere a sí misma frente a lo que yo puedo ofrecer. Le deseo lo mejor en lo que le depare el futuro.
Jacob Donaldson la dejó en la terraza y se marchó dispuesto a olvidarse de su primo Aquiles.
Entre otras cosas porque el duque de Darkworth había llegado a Londres con la intención de hacerse con una esposa y hacía más bien poco para agenciarse una.
Todas las damas con las que se cruzaba tenían alguna pega, por lo que él estaba convencido de que Aquiles no le haría alguna proposición a ninguna.
La temporada había acabado definitivamente para él.