Epílogo
A la caza de un heredero
Hacía unos pocos días que Thomas Foster había regresado a Londres.
Bien. En verdad, la familia iba de camino a Roseclouds, pero lord Portman se vio en la obligación de detenerse en la ciudad para interesarse por la salud del duque de Phenton.
Lucien Maldith se merecía que él fuese a verlo y que presumiera de la actuación de Basil semanas atrás.
Su hijo no dejaba de asombrarlo, aunque Flavian no distaba mucho de su hermano tampoco.
La despedida de su esposa con su hermano y su sobrino fue… Digamos que Aura estaba especialmente llorona y la situación se complicaba a medida que el embarazo seguía adelante.
Thomas le acababa de tender el sombrero, el bastón y los guantes al lacayo que su buen amigo Lucien tenía en la puerta. Estaba dispuesto a entrar en el despacho de Phenton cuando cruzó ante él una figura masculina encolerizada, que casi parecía escupir fuego por la boca.
Portman no dijo nada, se quedó mirando al hombre que acababa de salir por la puerta, sin coger ni tan siquiera su sombrero de manos de otro lacayo.
Entró en el despacho de su amigo y lo observó de pie, frente a la licorera. Se estaba sirviendo un vaso de whisky .
―Pasa, Portman ―lo invitó―. ¿Te pongo una copa? ―preguntó.
―No, gracias. ¿Ese que ha salido como si el diablo le persiguiera era el conde de Albemarle? ―se interesó Thomas.
―Así era.
Portman se quedó pensativo. Albemarle era íntimo amigo suyo. Al menos lo había sido antes de que el conde se marchase a la guerra y él se quedase cuidando de su título y perpetrando su linaje.
Phenton tomó asiento tras la mesa de su escritorio y Portman se sentó frente a él.
―¿El hermano de la dama a la que pretendías y que no has podido olvidar?
―La historia es un poco más compleja, pero sí. Era Ryan Cross.
―¿Qué le has hecho a Albemarle para que no se haya parado a saludar a un viejo amigo como lo soy yo, Phenton?
―Poca cosa.
―Contigo nunca es poca cosa cuando se trata de Albemarle, e incluyen a su esposa o a la hermana del conde.
Phenton se encogió de hombros.
―No sé por qué se ha puesto así. A estas alturas no debería sorprenderse de que lo acuse de querer asesinarme.
―Por amor de Dios… No me digas que lo has traído a tu casa para insultarlo deliberadamente a la cara.
―Sí eres tedioso como sostiene York. Además de mojigato.
Thomas resopló.
―Pero no me acusarán de estar falto de inteligencia, dado que yo no haría enfadar nunca al hermano de la dama que te empeñas en conquistar ―se defendió.
―Ah, no. Ese barco zarpó hace tiempo. La hermana de Albemarle es cosa del pasado. No me casaría con una mujer cuyo hermano está detrás de mis intentos de asesinato.
―¡Ay, Dios! Sí lo has traído a tu casa para ofenderlo.
―No lo he invitado, Portman. Se ha presentado aquí por su propio pie y le he preguntado sin tapujos si me quiere muerto. Desde luego se ha marchado antes de responder, lo cual lo hace todavía parecer más sospechoso.
―¿Por qué ha venido a verte? ―Albemarle y Phenton se odiaban. Todo el beau monde lo sabía.
―No quieres saberlo.
―¿No quiero? Te lo acabo de preguntar, sí tengo interés.
―No, no quieres. Demasiado escandaloso para mencionarlo y yo… siempre he sido un caballero.
―Espero que no tenga nada que ver con su condesa, porque conocemos el carácter de Albemarle, y manco y todo es capaz de hacer proezas. ―Al hombre le faltaba la mano izquierda, pero no por ello era menos hombre, más bien todo lo contrario. Thomas lo conocía muy bien.
―Tonterías. Hablemos de cosas más plácidas.
―Acusar a un conde de tus intentos de asesinato no son nimiedades, Phenton. Valoro mucho a Albemarle y no quiero estar en medio de vuestra guerra ―lo regañó.
―¿Cómo es la vida de casado, Portman? ―preguntó, sin hacer caso a su observación.
Thomas se dio cuenta de que no sacaría nada en claro y dejó esa cuestión apartada.
―Magnífica.
―York me ha contado algunas cosas muy sorprendentes sobre tu institutriz.
―No era mi institutriz, la contraté para mis hijos ―precisó.
―Tu panadera, entonces.
―Mi esposa, mejor ―lo corrigió.
―Sí, de acuerdo. Hija de un duque…
―Ella es una heroína, Phenton. Harías bien en recomendarla a la Corona si yo pudiese prescindir de sus tiernas atenciones. Del mismo modo que Basil sería magnífico para ciertos asuntos. ―Todavía estaba maravillado con sus vivencias más recientes.
―¿Basil?
―Mi hijo.
―¿Uno de tus tahúres? ¿Qué haría para la Corona? ¿Prenderle fuego al rey? ―se mofó.
―No te lo contaré debido a tu impertinencia, y porque sentirás ganas de conocer mejor a mis muchachos y no quiero la vida que tú has llevado para ellos. Prefiero dejar que sigas pensando que mis mellizos son un desastre.
―¿No lo son? ¿Tanto los ha cambiado tu institutriz? ―preguntó sardónico.
―Mi esposa ―lo corrigió con los dientes apretados―. Veo que tienes ganas de pelea hoy… Es un milagro que Albemarle no te haya dado un puñetazo, porque a mí no me estás insultando la mitad de lo que sospecho que has hecho con él, y tengo ganas de atizarte con fuerza.
―Lo ha intentado, no lo negaré, pero el matrimonio lo ha convertido en un mequetrefe.
Ha tenido suerte de que no le diese lo que vino a mi casa a repartir.
―Era verdad. El conde entró en tromba en su despacho dispuesto a darle un par de puñetazos, pero Phenton, pese a que todavía acusaba las heridas del último apuñalamiento, estaba más saludable que él. Albemarle se había adormilado.
―En fin, he cumplido mi misión. He venido a comprobar que estás en plena forma, así que mi familia y yo nos retiraremos al campo.
―¿Tan pronto? York me dijo que llegaste ayer a Londres. Esperaba que fuésemos a una orgía. Banstorn está alicaído y me ha pedido que organice una bacanal en mi finca campestre. Contábamos contigo.
―En nombre del Altísimo… ¿entiendes que estoy casado?
―¿Felizmente? ―se atrevió a preguntar.
―¿Me escuchas cuando hablo? No solo soy dichoso y lo es mi vizcondesa.
Estamos esperando nuestro primer hijo. Eres odioso, Phenton.
Además, debo confesar en estos momentos que si hubiese sido mi hermana a la que comprometiste en un oscuro jardín, al igual que hizo Albemarle, la hubiese apartado de ti sin pestañear.
―Un golpe muy bajo incluso para ti, Portman. No te creía tan cruel ―señaló alterado. Recordar aquello todavía dolía.
―Me estás invitando a delinquir. A traicionar los votos que recité para mi esposa. Creo que mereces cada palabra, Phenton.
―¡Está bien! ―exclamó mirando al cielo―. No volveré a invitarte a nada que sea impúdico. ¿Qué tal si te mando una invitación para mi boda?
―¿Qué? ―Eso sí que Thomas no se lo esperaba.
―Voy a casarme.
―¿Con quién?
―Con la mujer que me dé un heredero ―señaló despreocupado―.
Si Albemarle no es mi asesino, alguien me quiere muerto, aunque no descarto por completo a tu querido amigo lord Albemarle.
Así que es imperativo que cumpla con mi deber y engendre a mi heredero.
Soy el último de mi linaje, y a diferencia de York, no tengo un hermano al que poder apremiar para que se case.
Por cierto… ¿Sabes que York le ha pedido a Banstorn que se tome su tiempo para elegir bien a su esposa?
―No me sorprende que lo haya hecho, yo mismo le hice la sugerencia.
―¿Por qué? York necesita asegurar su descendencia. Liam Banstorn no es de los que se casa, y si le da libertad, corre el riesgo de que no lo haga nunca.
―Cuando se está enamorado, no hay nada más placentero que compartir las alegrías, las penas, las inquietudes… el futuro, con la mujer que se ama.
―¡Oh, por favor! ―exclamó cansado―. Otro igual que York… Sois una plaga. Vomitas palabras floridas, te salen arcoíris por los ojos y estoy seguro de que defecarás unicornios rosas. Debes de tener los mismos síntomas que York, apuesto cien libras.
Portman lo miró con seriedad.
―Sí, lo que tu digas, pero yo esta noche regresaré a mi casa, me acostaré con mi esposa, a quien le haré el amor, sabiendo que me ama en la misma medida que yo a ella.
―Retiro lo dicho ―señaló el duque―. No vomitas palabras floridas.
―Gracias ―dijo con el ceño fruncido. No era normal que Phenton rectificase.
―Solo eres un mojigato absurdo ―sentenció con media sonrisa.
Portman se puso de pie de un salto.
―Veo que has recuperado tu energía. Te dejaré solo en tu enorme y solitaria casa, bebiendo solo tu whisky , planeando una orgía tú solo.
Te pido pues, que no pienses demasiado en mí para no volverte loco, dado que mientras estás revolcándote en tu soledad, el mojigato absurdo subirá con su esposa en brazos a la cama, nada más llegue a mi, nada solitario, hogar para gozar de las mieles del matrimonio.
Compadezco a la dama que acepte ser tu yegua de cría, Lucien ―añadió antes de encaminarse hacia la puerta.
―Pasaré por alto tus tonterías porque eres un amigo muy querido y el amor te impulsa a hablar de más ―dijo en tono burlón el duque.
―Como quieras. Espero que sepas lo que haces.
―Buscar a una duquesa y tener un hijo, ni más ni menos.
Enamorarse no es algo que esté sobre la mesa, aunque te felicito por haber encontrado la felicidad.
Eso es todo lo que obtendrás de un hombre escéptico que pretende seguir con su vida disoluta.
A fin de cuentas, alguien debe acompañar a Banstorn en su andadura libertina ahora que su hermano le ha concedido un pequeño indulto.
El pupilo de York, el hijo de Isobel… ¿Cómo se llama? ―No lo recordaba.
―El conde de Snow, Theodore ―lo ayudó Portman.
―Eso. Snow es demasiado joven para considerarlo un compañero de fechorías para el hermano de York. Aunque todavía no ha cumplido veinte y promete ser grande… ―Lucien torció el gesto―. Bien pensado, tal vez nos supere a todos, ¡quién sabe! ―Se rio con la ocurrencia.
Portman resopló. Se alegraba de que su amigo estuviese recuperado, pero lo veía demasiado… frívolo y guerrero.
―Si necesitas algo de mí, estaré en Roseclouds, no sé cuándo volveremos a la ciudad.
―Muy bien. Lamento no haber podido averiguar lo que necesitabas sobre tu ya esposa cuando me pediste ayuda ―se vio en la obligación de disculparse.
―Ella no usaba su nombre común, ni su apellido. Si York no hubiese reconocido los ojos de su padre en ella, no sé si hubiese sabido su identidad. Aura es muy protectora con su familia.
―Lo sé. York me puso al corriente de casi todo lo que sucedió en la fiesta. Me sentí un poco…
―¿Inútil? ―preguntó con malicia.
―Vete antes de que estropeemos nuestra amistad.
―Adiós, Lucien. ―No se lo pediría dos veces.
Era consciente de que Phenton estaba muy enfadado, aunque no sabía si sería por Albemarle, su esposa o por la hermana del conde.
No importaba, pronto se enteraría de lo que sucedía y esperaba que Londres no saltase por los aires si Lucien y Albemarle se peleaban.
―¡Portman! ―lo llamó el duque, justo cuando él atravesaba el umbral de la puerta.
―¿Qué? ―Lo miró por encima de su hombro.
―No las necesitas, pero te doy mis bendiciones. Me alegra que seas feliz con tu matrimonio. Lo digo con sinceridad.
―Lo sé. ―Cabeceó afirmativamente―. Te lo agradezco.
El vizconde se marchó a su casa, dispuesto a hacer lo que había predicho que llevaría a cabo si sus hijos le permitían intimidad. Hacer el amor con su esposa era un deleite. No se cansaría jamás de amarla, estaba seguro.
Por su parte, el duque de Phenton apuró el resto de su whisky , abrió el primer cajón de su escritorio y sacó una pequeña miniatura pintada a mano de una mujer.
La contempló durante un largo rato. Pasó el dedo índice sobre la réplica.
―Hay cosas que no pueden ser y hay que aceptarlas ―musitó para sí mismo.
A continuación, dejó el retrato en el mismo lugar de donde lo había sacado, se puso de pie y salió de su casa dispuesto a buscar a Banstorn. Porque su buen amigo Portman se equivocaba. Lucien no estaba solo. No había nada como una orgía para animar a un hombre que sufría de mal de amores.
Fin.