Capítulo 11
Dirty – Una semana después
Sonrío con suavidad mientras observo a Lyra y Caleb correr por el gimnasio. Sirvo bebidas, la música me llena los oídos, los niños se ríen, los padres charlan y ríen.
Esta es probablemente mi peor pesadilla, lo cual dice mucho teniendo en cuenta que me he metido en un tiroteo con el Cartel antes de que nos convirtiéramos en aliados.
Pero joder, estar aquí atrapado, rodeado de madres que me miran, padres que fruncen el ceño porque aparentemente es culpa mía que a sus mujeres les guste el motero rudo con tatuajes y moño.
Profesoras que sueltan indirectas porque quieren más del club de lo que ya les damos...
y sin embargo aquí estoy, sirviendo bebidas a un montón de críos a los que les da igual derramarlas por toda la mesa.
Buitres, joder, todos.
Durante los últimos cuarenta minutos, he hecho todo lo posible por ignorar las miradas, manteniéndome ocupado sin parar, sin dejar de vigilar a mis niños.
Y digo niños en plural. Mi mujer, que lleva un precioso vestido cruzado rojo oscuro que me muero por quitarle, parece ser la única profesora que se asegura de que todo vaya bien.
¿Me cabrea que las otras profesoras estén ocupadas charlando en lugar de ayudar a mi chica? Pues sí, pero también estoy orgulloso de ella, de lo mucho que significan estos niños para ella.
Es jodidamente increíble, y me tiene fascinado.
Ni una sola vez ha regañado a un niño mientras habla con un padre; se arrodilla a su altura y escucha. Aunque esté reponiendo la mesa de aperitivos, para y les presta atención.
Lo he dicho antes y lo vuelvo a decir: mi hijo tenía razón, es mía. Esta última semana me he dado cuenta. Ahora solo tengo que convencerla. Tank me dijo que fuera despacio, y lo he hecho, pero no es suficiente para mí, y las mentiras de Cheryl me han obligado a acelerar las cosas.
Soy más cariñoso con ella, le escribo todos los putos días y la llamo por las noches para preguntarle qué tal el día. Joder, ella y Ly han venido a cenar cuatro veces esta semana, algo que le he soltado de improviso cada vez solo para que venga.
La quiero, la necesito, y será mía.
—Hola, Dirty —ronronea una voz a mi derecha. Aparto la mirada de mis niños y me encuentro con los ojos azul claro de Sandra, que me repasa de arriba abajo, algo que siempre ignoro.
Desde que Caleb está en este colegio, la mujer no para de intentar llamar mi atención, o la de cualquier hermano, la verdad.
—Hola, Sandra, ¿cómo está Tuck? —le pregunto, ignorando su mirada de «fóllame» mientras sirvo zumo a un crío sudoroso y colorado que sonríe de oreja a oreja, con un hueco en los dientes de delante.
—Gracias, Sr. Dirty —dice.
Me río.
Supongo que está en la clase de Holly.
—¡Vete, Thomas, los adultos están hablando! —ordena Sandra, y la carita de Thomas se descompone. Frunzo el ceño.
¿Pero qué coño?
—Hola, Thomas —oigo que llama la dulce voz de mi chica. Todos miramos y la vemos sonreír al niño—. ¿Me concedes este baile?
La cara de Thomas se ilumina. Deja con cuidado el vaso ya vacío en la papelera, corre hacia mi chica y le coge la mano. Se me abre la boca de la sorpresa cuando ella me guiña un ojo antes de agacharse para que él la haga girar.
¿Soy lo bastante hombre para admitir que estoy celoso de un crío de siete años? Pues sí, joder, lo soy.
Joder.
—Entonces, ¿por dónde íbamos? —ronronea Sandra mientras me recorre el brazo con la uña. Doy un paso atrás y arqueo una ceja.
—Estabas a punto de contarme cómo está tu marido —le recuerdo, sobre todo el hecho de que está casada y que su numerito ya cansa.
Aprieta la mandíbula, me dedica una sonrisa falsa y dice:
—Está bien. Mencionó que quería pasarse a verte en unos días, al parecer hay un ruido en la parte delantera derecha de su BMW.
Asiento.
—Seguramente sean los casquillos del eje. Dile que lo traiga mañana, tengo la tarde libre. Tank estará en el taller.
Me doy la vuelta, dándola por despachada.
—Sr. Dirty —dice Lyra en voz alta, captando mi atención justo cuando Sandra va a volver a tocarme. Miro a mi niña con una ceja levantada—. ¿Puedo tomar algo, por favor? —pregunta balanceándose sobre los talones. Asiento.
—¿Naranja?
Sé que ahora mismo no quiere otra cosa. Ella asiente.
—Lyra, ¿por qué no vas a buscar a tu mamá? Los adultos están hablando —espeta Sandra. Lyra pega un bote justo cuando le paso la bebida y se le cae el vaso. Sandra gruñe—: ¡Mira lo que has hecho! ¡Vete al banco a pensar ahora mismo!
A Lyra se le descompone la cara, se le llenan los ojos azul hielo de lágrimas. Fulmino a Sandra con la mirada y siseo:
—¡No se le habría caído el vaso si no le hubieras gritado por venir a buscar algo de beber a la mesa de las bebidas! ¿Por qué no te sientas tú en el banco? O mejor aún, haz tu trabajo en lugar de intentar ligar con un hombre que está pillado, ¡y más estando tú casada!
Sandra se queda boquiabierta justo cuando oímos un sollozo. Luego la voz de mi chica, más cerca que antes, exige:
—Lyra, ¿qué ha pasado, cariño?
Miro justo a tiempo de ver a Holly arrodillarse frente a nuestra niña. Caleb está justo detrás de Holly, fulminando con la mirada a la supuesta profesora que tengo al lado.
—Ella... ella me dijo que tenía que ir al banco porque se me cayó la bebida después de que me asustara. Solo quería beber algo, mamá —solloza Lyra. Sandra resopla.
—A lo mejor no debería ser tan torpe —espeta Sandra. Tengo que apartar la vista de cómo mi chica fulmina a la mujer porque se me está empalmando... Tener una erección en un baile del colegio no es nada apropiado, pero joder, esa mirada de leona protectora es sexy.
—Lyra, ve a bailar con Caleb, cariño —dice Holly con suavidad, pero se le nota el filo en la voz, y joder, hasta Sandra traga saliva.
—P-pero el estropicio —tartamudea Lyra. Fulmino a Sandra con más intensidad, y al menos tiene la decencia de parecer avergonzada.
—La Sra. Jones lo va a limpiar. Venga, vete, y quizá antes de que acabe la fiesta puedas convencer al Sr. Dirty de que baile contigo —dice Holly. Le lanzo una mirada de reproche fingido, pero ella se limita a mirarme de soslayo.
—El Sr. Dirty no puede…
Corto a Sandra antes de que pueda alterar más a mi pequeña, me vuelvo hacia Lyra y le digo:
—Me encantaría bailar contigo, cariño.
Sonríe de oreja a oreja mientras Caleb le coge la mano y la lleva a la pista de baile, y solo cuando Lyra ya no puede oírnos, Holly se lanza.
—Como vuelvas a hacer llorar a mi hija, que le den a mi trabajo, ¡te tumbo! —le suelta, y joder.
¿Sería inapropiado ajustarme los vaqueros?
—Ella…
Holly corta a Sandra:
—Tiró la bebida porque tú le gritaste por estar en la mesa cuando tú deberías haber estado pasando entre los niños en lugar de intentar ligar con los padres, ¡especialmente siendo tú una mujer casada!
Oh, mierda…
Sandra parpadea una vez, luego otra, y aunque mi chica no lo admita, está celosa.
No me malinterpretes, ver a Lyra llorar por culpa de esta mujer la cabreó, pero tampoco le gustó que ligara conmigo, y sí, mi ego crece una barbaridad porque durante la última semana no ha soltado prenda, esforzándose al máximo por no caer en mis encantos.
Le gusto, eso está claro, nota la conexión, pero se niega a ceder, lo cual me cabrea, aunque también lo entiendo.
No ha mencionado al padre biológico de Lyra, y solo he visto a Matty, así que no creo que esté en el panorama.
Bastaría con teclear un par de cosas en mi ordenador y lo sabría al instante, pero quiero que confíe en mí, y para eso tiene que abrirse, cosa que espero que pase pronto.
He estado aprovechando mucho a los niños esta última semana, y seguiré haciéndolo hasta que lleve mi anillo y mi parche.
—Ve y haz tu trabajo antes de que te denuncie —gruñe Holly—. Y la próxima vez que hagas llorar a mi hija…
Sandra carraspea, captando la amenaza implícita, y murmura:
—Eh, haré que Tuck se ponga en contacto contigo, Dirty.
Y se larga pitando mientras yo me río.
—Esa mujer no me gusta nada —murmura Holly, y sonrío mientras rodeo la mesa. Otro padre me hace un gesto con la cabeza al tomar mi lugar, y me acerco a mi chica cabreada. Tengo que admitir que me encanta verla así.
—¿Qué tal un baile? —murmuro mientras le rodeo la cintura con el brazo, y ella alza la vista hacia mí.
—¿Un baile, eh? —pregunta, y sonrío mientras la guío a la pista con nuestros niños.
Hago girar a Holly hacia fuera, jadea, luego suelta una risita cuando la atraigo de vuelta, le cojo la mano derecha y bailo, algo que nunca he hecho con otra mujer.
Oigo algunas risas de los padres, los niños se arremolinan a nuestro alrededor, e ignorando la mirada de reproche de Sandra, bailo con mi chica, que luce una sonrisa enorme, mientras algunos padres siguen nuestro ejemplo.
Pero todo en lo que puedo concentrarme es en esta mujer impresionante que tengo delante, con esa sonrisa radiante.
***
Dos horas más tarde, después de ayudar a Hol a recoger, aparco frente a su casa adosada y aprieto los dientes, conteniendo las ganas de salir disparado con mis chicas dentro del coche. Sé de sobra que Caleb también me animaría a hacerlo.
No quería traerlas aquí. Quería llevarlas a casa, que es donde deberían estar, y juro que cuanto más la conozco, más posesivo me vuelvo, lo cual asusta teniendo en cuenta que solo ha pasado poco más de una puta semana.
Es mía, ambas lo son.
—Gracias por traerme, Sr. Dirty —dice Lyra desde el asiento de atrás, y le dedico una sonrisa amplia, intentando ocultar mi frustración.
Hace unas semanas ni siquiera quería esto, y sin embargo aquí estoy, furioso por tener que dejarlas.
—Cuando quieras, bonita —digo con suavidad. Sonríe de oreja a oreja, se inclina hacia delante y me planta un beso en la mejilla antes de bajarse de la camioneta.
—¡Hasta mañana, Caleb! —dice, y entra corriendo mientras mi hijo saluda como un loco.
—Te veo mañana, Caleb, ¿vale? —dice Hol girándose hacia el asiento trasero, y Caleb le dedica una sonrisa triste que me encoge el estómago.
—¿No puedes venir a nuestra casa, Srta. Robins? —dice haciendo pucheros, y Holly traga saliva, me lanza una mirada rápida, y yo reprimo una sonrisa.
—¿Cuántas ganas tienes de ceder ahora mismo, cariño? —pregunto, y me saca la lengua justo cuando oigo:
—¿Me has puesto crema depilatoria en el lubricante?
Holly abre los ojos como platos, y yo estallo en carcajadas mientras ambos miramos hacia la puerta principal para ver a Matty con una toallita alrededor de la cintura y los muslos completamente depilados.
—Ups —susurra Holly, y me tiemblan los hombros de la risa mientras tartamudeo:
—¿E-estás segura de que no quieres venirte a mi casa?
—Tentada —murmura ella, y yo me río aún más fuerte.
—¡Mírame, Holly! —exige Matty—. ¡La mujer con la que estaba salió corriendo y gritando, por el amor de Dios, porque decía que le quemaba por dentro, y luego esa zorra intentó atacarla!
—Mierda, no pensé en que lo usaría con alguien, y menos con esa tía que lo acosa todavía rondando —susurra Holly, y aguantarme las ganas de mearme encima se vuelve complicado.
Matty suelta un gruñido antes de volver a entrar dando pisotones, y Holly deja escapar una risa ahogada.
—Será mejor que entre y me enfrente a lo que me espera —admite.
Luego mira a Caleb, que se inclina hacia delante y le da un beso en la mejilla antes de refunfuñar:
—Buena suerte, Srta. Robins.
Ella arruga la nariz.
—Gracias, creo —responde, y luego me mira.
Le dedico una sonrisa tierna.
—Gracias por el baile, cariño.
Se le sonrojan las mejillas.
Me inclino hacia delante, listo para por fin besarla, pero ella gira la cabeza y me ofrece la mejilla.
Maldita sea, no fui lo suficientemente rápido.
—Te llamo luego —susurro contra su piel suave, y ella asiente antes de bajarse de mi camioneta. La observo caminar despacio hacia lo que le espera.
Ella me mira justo antes de llegar a la puerta, le lanzo un beso con los dedos, y hasta desde aquí la veo contener el aliento antes de entrar. Sonrío levemente.
—¿Cuándo vas a casarte con ella, papá? —pregunta Caleb mientras me alejo, y murmuro—: Pronto, hijo, te lo prometo, pronto. —Lo veo asentir en el espejo mientras conduzco por la calle, con todo mi cuerpo pidiéndome a gritos que dé la vuelta.
Poco más de una semana, eso es todo lo que he necesitado para aceptar que ella es mía, que ellas son mías. Una semana para quedar completamente prendado de ellas. Una semana para darme cuenta de que no puedo vivir sin ellas y de que las necesito a ambas bajo mi techo.
¡Una maldita semana!