Dirty (Los Rebeldes MC nº 6) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

No sabía que tenía perro.

El cajero me dedica una sonrisa pícara mientras paso la tarjeta por el datáfono, intentando controlar la vergüenza. Mi plan de avergonzar a Matty parece haberse vuelto en mi contra. Murmuro:

—Gracias —mientras cojo las bolsas y las meto en el carrito antes de salir de la tienda. Alex está muy callado.

—Bueno, eso ha sido vergonzoso —suspiro mientras camino hacia el coche, y Alex se aclara la garganta.

—¿Por qué, eh, por qué los condones, cariño? —pregunta bruscamente, y levanto una ceja ante su tono.

—¿Por qué el moño, Alex? —replico, y juro que oigo a alguien resoplar—. Me cae de puta madre.

—¡¿Los condones, Holly?! —exige Alex, ignorando a la otra persona, y parpadeo.

Vaya, alguien está de mal humor.

—Son para Matty —admito a regañadientes. Algo en su tono me dice que no me ande con rodeos.

No sé qué tiene, pero es como si estuviera en sintonía con él.

—¿Matty es extra pequeño? —pregunta confundido, y sonrío mientras devuelvo el carrito.

—No lo sé, nunca apuntó la talla que quería, igual que tampoco apuntó que quería crema depilatoria mezclada con el lubricante que también puso en la lista —digo con alegría mientras prácticamente voy dando saltitos hasta el coche.

—¡Joder, es peor que las Untamed! —oigo decir a alguien, y frunzo el ceño—. ¿Quiénes son las Untamed?

Alex se ríe.

—Unas mujeres que definitivamente no vas a conocer. Y supongo que esto es tu venganza por no hacer la compra.

—Vale —murmuro, y luego admito—: Sí, lo es, y se lo merece. Todavía tengo que hacer la cena, preparar las clases de mañana para dos grupos, leer con Lyra antes de acostarla, y me duelen los pies.

Alex se ríe antes de decir:

—¿Y si en vez de cocinar la cena, te vienes aquí?

Frunzo el ceño y pregunto:

—¿A Cheryl le parecería bien? —porque sé que a mí no me lo parecería. Quiero decir, sé que ella está ahí dentro coqueteando, pero quizá así es su relación. Y además, ¿no dije que iba a mantenerme alejada de ese hombre?

—¿Por qué iba a importarme si la donante de óvulos de Caleb estaría de acuerdo con que tú y tu hija cenéis con nosotros? —pregunta confundido, y abro la boca, pero antes de que me dé tiempo a decir nada, oigo:

—Hermano, Arthur estaba en el supermercado y oyó a Cheryl decirle a una mujer muy guapa, rubia, que vosotros dos lo estáis intentando otra vez.

Eh.

—Cariño, la barbacoa está encendida, gástale la broma a Matty y recoge a Lyra, te veo en media hora —dice Alex, con la voz tensa, antes de colgar, y me quedo mirando el teléfono sin entender nada.

¿Qué acaba de pasar?

***

Poco más de media hora después, cruzo las puertas del club y aparco.

Alex y Caleb me esperan; él está sentado a horcajadas en su Harley, y Caleb saluda como un loco, lo que me hace sonreír, mientras que Alex lleva las gafas de sol puestas, así que no puedo descifrar su expresión.

Si me lo preguntaras, diría que parece un poco cabreado. Solo que no sé por qué.

El muy idiota me colgó sin dejarme aceptar ni rechazar su invitación a cenar, que fue de última hora y en noche de colegio, debo añadir.

Y la única razón por la que estoy aquí es porque no me cogió el teléfono cuando intenté llamarle varias veces, y porque necesitaba alejarme de Matty, que estaba bastante cabreado después de animarme a venir a casa de Alex...

antes de darse cuenta de lo que le había hecho.

No estaba nada contento con los condones extrapequeños, y puede que también le haya cambiado el lubricante por crema depilatoria, así que cuando vaya a usarlo, se va a cabrear aún más. Aunque, en mi defensa, no debería haberme mandado a la tienda a comprar esa mierda.

Noto que el teléfono me vibra otra vez, y esta vez, sabiendo que no es Alex, lo ignoro mientras él señala con la cabeza hacia el camino de tierra. Sigo conduciendo en esa dirección, algo desconcertada por su actitud.

Lyra canta feliz en el asiento de atrás mientras no dejo de mirar por el retrovisor, y se me encoge el estómago.

No deberíamos estar aquí. Su ex, o su pareja, o lo que sea, dejó muy claro que lo estaban intentando, así que ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué hago esto?

¿Por qué siento esta conexión con él cuando me juré que nunca volvería a tener una relación?

Suspiro y aparco frente a su casa. Alex aparca detrás de mí, y salgo justo cuando Caleb abre la puerta de Lyra y grita:

—¡Hermana!

Se me abren los ojos como platos mientras me giro hacia ellos.

¿Hermana? ¿Cómo?

Miro a Alex boquiabierta, sin saber qué decir ante lo que acaba de soltar su hijo, y él se ríe mientras se sube las gafas de sol a la cabeza, con los ojos clavados en mí mientras cierro la puerta del coche.

—Eh, Alex —tartamudeo, porque necesito aclarar esto, pero antes de que pueda abrir la boca de nuevo, el hombre me sorprende acercándose hasta quedar pegado a mí, acariciándome la mejilla y susurrando:

—Cheryl y yo no estamos juntos. No lo estamos desde que la pillé follando con otro tío dos meses antes de que me dijera que estaba embarazada de Caleb... y se aseguró de quedarse embarazada a propósito.

Joder...

—¿Intentó atraparte? —jadeo, y él emite un sonido afirmativo mientras me acaricia suavemente la mandíbula con el pulgar, lo que me provoca descargas eléctricas por todo el cuerpo.

¿Quién...? Quiero decir, ¿por qué?

¿Qué demonios?

—Lo hizo, e incluso tuvo un parto prematuro por su consumo de drogas.

Conseguí la custodia completa de Caleb, y durante los primeros cinco años de su vida, más o menos, ella no apareció, hasta que una orden judicial dictaminó que tenía derecho a verlo.

Caleb nunca ha querido saber nada de ella.

No estamos juntos, no lo estamos desde hace ocho años.

Hoy te estaba mintiendo. Es una cazaparches —explica, y parpadeo.

Vale, no sé qué decir a eso.

—¿Qué es una cazaparches? —pregunto, que es lo único que se me ocurre, y él sonríe con suficiencia.

—Una mujer que quiere vivir del cuento sin dar palo al agua —dice, y frunzo el ceño.

—Pues eso suena aburridísimo —murmuro, y él se ríe antes de sorprenderme dándome un beso en la frente. Contengo el aliento ante la intensidad de la descarga eléctrica que me recorre.

—Vamos, cariño, la barbacoa está encendida —susurra contra mi piel antes de rodearme la cintura con el brazo, como si fuera lo más natural del mundo, y llama:

—¡Vamos, niños!

Me guía hacia el patio trasero de su casa y mi cuerpo le sigue sin oponer resistencia. Su contacto me enciende y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no derretirme contra él mientras mi cabeza murmura mío, mío, mío.

Ay, mierda, estoy tan jodida...