Dirty (Los Rebeldes MC nº 6) Capítulo 2
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Capítulo 2

Holly – Veinticuatro años

—Muy bien, clase, hasta aquí por hoy. Por favor, recoged vuestras cosas y poneos en fila —anuncio cuando suena el timbre de aviso—.

Mañana trabajaremos en sumar y restar números grandes, así que los que aún no hayáis traído vuestros libros de matemáticas, traedlos, y no olvidéis entregar los permisos a vuestros padres o tutores y devolverlos firmados, o no podréis ir al museo de ciencias la semana que viene con el Sr. Saint y la Srta.

Sparrows —les digo a mis alumnos con una sonrisa satisfecha.

—¡Sí, señorita! —responden todos, levantándose y obedeciendo, y sonrío, me doy la vuelta y limpio la pizarra rápidamente mientras, para mis adentros, espero que mi primo Matty haya traído mi coche del taller, preferiblemente solo con el cambio de aceite que le pedí, aunque conociéndolo, seguro que les dijo que lo mandaran al desguace.

Es el primer coche que me compré y, aunque podría permitirme uno de segunda mano mejor, le tengo mucho cariño; guarda recuerdos de los que no quiero desprenderme.

Niego con la cabeza cuando suena el timbre final, me doy la vuelta y doy una palmada.

—Venga, chicos, en fila —digo, y todos se mueven y forman fila ordenadamente junto a la puerta sin protestar. No puedo evitar sonreír.

Por eso me encanta dar clase en segundo de primaria, aunque solo llevo casi dos años haciéndolo, desde que terminé la carrera.

Un aula llena de niños de siete años, siempre portándose bien, justo en ese punto dulce entre querer armar jaleo y empezar a contestar: es la edad perfecta, sobre todo cuando son tan maravillosamente inocentes.

Durante las prácticas en la universidad, trabajé con niños más pequeños y juro que me daban ganas de arrancarme el pelo con tantos gritos y cosas volando por los aires, mientras que pasar de cuarto de primaria me hacía querer salir corriendo, sobre todo por el temario que tendría que enseñar.

Se me dan bien las mates, pero no tanto.

Me pongo el abrigo rápidamente mientras camino hacia la puerta y le sonrío a Caleb, que está el primero en la fila, como era de esperar.

Sus ojos azules brillan mientras me devuelve la sonrisa.

Abro la puerta y salgo. Los niños salen en fila detrás de mí justo cuando, al otro lado del pasillo, la Sra.

Jones, que también da clase en segundo, sale por la puerta de enfrente y me lanza una sonrisita de superioridad.

La ignoro como siempre y sigo caminando hacia las puertas dobles.

La mujer ronda los cuarenta y no soporta que Caleb eligiese mi clase en lugar de la suya.

La familia de Caleb Lee pertenece al club de motos local y normalmente lo recoge algún hermano, como él los llama, aunque la mayoría de las veces viene su abuelo.

Antes de que yo llegara hace unos meses, tras el cierre de mi anterior colegio, por lo visto la Sra.

Jones le tenía echado el ojo al padre de Caleb, lo cual tiene delito estando casada, pero bueno, el caso es que me odia desde entonces, aunque tampoco es que me quite el sueño.

Vamos, que ni siquiera conozco al hombre y ya soy su peor enemiga.

En fin.

Compruebo que los niños siguen todos detrás de mí y en fila, y me detengo en la verja del colegio al ver a varias personas esperando. Sonrío a los padres antes de alzar la voz para que los niños me oigan.

—Muy bien, en fila india detrás de mí, por favor. Cuando diga vuestro nombre, salís, ¿de acuerdo? —les digo, asegurándome de que entiendan qué tienen que hacer.

—Sí, Srta. Robins —responden al unísono, y me aguanto la risa al ver a la Sra. Jones intentando controlar a sus niños, que han salido disparados hacia sus familias, algunos correteando por el patio.

¿Que si me siento un poco ufana? Pues sí, la verdad.

Con una sonrisa, me vuelvo hacia los padres y empiezo a llamar nombres, uno por uno:

—Addie.

Sale corriendo hacia su tía, que abre los brazos para recibirla y luego me saluda con la mano. Le devuelvo el saludo y sigo llamando a cada niño a medida que veo quién viene a recogerlo.

Cuando ya he llamado a mis catorce alumnos y llego al último, el abuelo de Caleb se acerca con una sonrisa.

Me vuelvo hacia los dos niños que tengo al lado y digo:

—Hmm, no veo a tu abuelo por ninguna parte, Caleb.

Ice se ríe mientras miro alrededor con gesto teatral, fingiendo buscar.

Caleb suelta una risita y señala:

—Srta. Robins, ¡está justo ahí!

Abro mucho los ojos con un gesto de sorpresa exagerada, como si acabara de verlo.

—¡Oh, sí, ahora lo veo! —digo con fingida sorpresa, y él se ríe. Asiento y le digo—: Venga, cariño, puedes irte.

—Adiós, Srta. Robins —se despide agitando la mano, y luego se vuelve hacia la persona más preciosa de mi vida, que está a mi lado—. Hasta mañana, Lyra.

—Adiós, Caleb —responde Lyra mientras me coge de la mano. Se la aprieto con fuerza y observo cómo Caleb corre hacia su abuelo, que lo recibe en brazos con una carcajada. Sonrío con tristeza.

Lyra nunca tendrá eso.

—Hasta mañana, Holly —dice Ice. Le digo adiós con la mano y bajo la vista hacia unos ojos azul hielo como los míos.

—¿Entramos para que mamá recoja sus cosas? —pregunto con dulzura, y Lyra asiente.

¿Es ético tener a mi propia hija en mi clase?

La verdad es que no, pero me da igual. Estuvo en la clase de la Sra.

Jones, pero por lo visto la trataban de forma diferente por ser mi hija, así que hice lo que haría cualquier madre: amenacé con dimitir si no ponían a Lyra conmigo.

Y como caigo muy bien a los alumnos y a los padres —no es por presumir, ¿eh?

—, la directora trasladó a Lyra enseguida, muy a pesar de la Sra. Jones.

Esa mujer tiene un problema.

—Venga, vamos —digo, y tiro suavemente de la mano de Lyra hacia el gran edificio amarillo mientras la Sra. Jones sigue gritando a sus niños que se pongan en fila, lo que me arranca una sonrisita de satisfacción.

Lyra va dando saltitos a mi lado y se me encoge el corazón ante su inocencia y el amor que siento por ella, a pesar de todo lo que pasó tras su concepción y de las dificultades que he atravesado, las pérdidas, la soledad.

Tras despertar de un coma que ni siquiera sabía que había sufrido, descubrí que Adam había muerto, justo cuando aún recordaba sus ojos fríos, esos ojos con los que a veces sueño, como si me persiguiera por haber sobrevivido.

Estaba en estado de shock. Después, su madre no solo me culpó de su muerte, sino también de su adicción a las drogas, de sus infidelidades, de las agresiones a otras chicas que fueron saliendo a la luz tras el funeral, todas afirmando que las había agredido sexualmente —lo que significa que yo tuve mucha suerte—, y me culpó de que él me hubiera hecho daño, de que me hubiera roto cuatro costillas.

Me hizo responsable durante cuatro largos meses después del accidente de cosas que escapaban por completo a mi control, cosas de las que yo no sabía nada, y todo eso mientras luchaba por asimilar lo que había pasado.

Apenas comía. Dejé de ir a la escuela, incapaz de enfrentarme a mis compañeros, que habían grabado cómo me agredía un chico al que creí poder amar, un chico al que le entregué mi virginidad voluntariamente antes de que ellos por fin se dieran cuenta de lo que estaba pasando.

Al final, me matriculé para estudiar desde casa.

Freya me escribió varias veces durante esos meses, pero no pude responderle, sobre todo porque no sabía si me odiaba, si me culpaba como su madre, que se había encargado de pregonar a los cuatro vientos que todo era culpa mía, convenciendo a todo el pueblo de su versión aunque las únicas pruebas, ahora bajo custodia policial, dicen lo contrario.

El Sr. Collins y mi padre amenazaron con demandar a cualquiera que tuviera una copia. No necesitaban que nada les recordara lo ocurrido, ni que yo me encerrara más en mí misma.

Unos meses después de aquel día fatídico, después de todo el horror, me desplomé.

Papá me llevó corriendo al hospital, y allí descubrí que estaba embarazada de dieciséis semanas, de una niña, que el condón que Adam había usado falló o estaba caducado.

El caso es que no funcionó, y yo no tomaba nada porque mi madre no sabía que había planeado acostarme con mi novio; no lo habría permitido.

Mientras yo permanecía en estado de shock, mirando el monitor que mostraba a mi pequeña, mi padre montó un escándalo en el hospital y exigió a los médicos que interrumpieran el embarazo, alegando que había sido concebido por la fuerza, que yo no sabía lo que hacía a pesar de tener diecisiete años.

Mintió, intentando usar el historial de Adam como excusa, sin pensar en todas las chicas a las que Adam había hecho daño, pensando solo en sí mismo porque no quería que yo tuviera un hijo de Adam.

No quería que ninguna parte de mí estuviera ligada a la familia de ellos, pero yo no podía hacer lo que él quería: ella tenía latido, y yo... yo...

Aprieto la mano de Lyra mientras subimos los escalones, con los pensamientos aún atrapados entre las risas en la puerta del colegio y los recuerdos que nunca me abandonan: el dolor, el sufrimiento.

¿Me habría convertido en otra víctima de Adam si él hubiera sobrevivido?

¿Y Lyra?

Sus ojos color avellana aparecen ante mí y parpadeo deprisa.

La terapeuta a la que mi madre me obligó a ir antes de que descubriéramos el embarazo me explicó que sufro culpa del superviviente, pero en mi mente, tengo asuntos pendientes.

Me engañó, me pegó, me rompió las costillas, intentó matarme, y en lugar de pagar con años entre rejas por lo que me hizo a mí y a las chicas que denunciaron, murió.

Para mí no sufrió, lo que probablemente me convierte en mala persona, pero me da igual: él se libró fácilmente mientras yo tengo que vivir cada día con lo que me hizo.

—¿Caleb viene a cenar mañana, mamá? —pregunta Lyra mientras entramos, y sonrío a mi pequeña.

—No, princesa, viene la semana que viene. Matty irá a recogerlo —respondo, y ella asiente, me suelta la mano y sale disparada hacia mi aula para recoger sus cosas.

Mis padres me repudiaron, algo que nunca esperé.

En cuanto me opuse y rechacé que mi padre quisiera que abortara, él dejó de poder mirarme.

Mi madre me dijo entre lágrimas que tenía que irme si me quedaba con el bebé de un violador —sus palabras, no las mías—.

Que no sería bienvenida en su familia, en mi propia familia.

Y cuando el pueblo se enteró y empezaron los cuchicheos, uno de ellos afirmando que yo había intentado atrapar a Adam, lo que le hizo perder la cabeza —rumores que venían de las amigas de la Sra.

Collins—, supe que no podía quedarme allí.

Mi madre se lo contó sin querer a una amiga cotilla, y cuando se supo, la mayoría opinó que debía abortar.

Incluso el Sr. Collins vino a verme mientras hacía las maletas y me exigió que acabara con el engendro malvado de su hijo —de nuevo, sus palabras, no las mías—, pero yo no veía al bebé como hijo suyo.

La veía como una criatura inocente y parte de mí.

Él solo consiguió que la decisión de irme del pueblo, en lugar de intentar que mis padres entraran en razón, fuera aún más fácil.

Y lo que colmó el vaso, por así decirlo, fue que en cuanto la Sra.

Collins y Freya se enteraron, exigieron que me fuera a vivir con ellas.

La Sra. Collins dijo que era su nieta, que iba a conseguir la custodia exclusiva en cuanto naciera y que no se me permitiría acercarme a la reencarnación de su hijo.

Sin decir palabra, arrastré mis maletas fuera de la casa de mis padres, donde las había dejado en el despacho de mi padre, y me alejé mientras ella gritaba que no podía llevarme a su nieta e intentaba impedirme subir al coche.

Me agarró con violencia mientras su hija se quedaba paralizada ante el comportamiento de su madre, aunque era evidente de dónde había sacado Adam su temperamento.

Por suerte, los vecinos llamaron a la policía porque sabían que tenía una orden de alejamiento, y la obligaron a apartarse de mí mientras yo subía a mi coche y me marchaba.

Sin mirar atrás, mientras los coches patrulla se dirigían a toda velocidad hacia la casa de mis padres, una casa en la que crecí pero donde ya no era bienvenida.

Después de irme, amplié la orden de protección para que incluyera a Lyra, lo que al parecer empeoró las cosas. Según Freya, que me escribió suplicándome conocer a su sobrina, la orden provocó que su madre sufriera un colapso mental.

Su hijo me agredió, intentó matarme, pero a sus ojos yo sigo siendo la mala.

Así que cuando mi tío Mathew, que vive en Luisiana y a quien mi padre contactó cuando decidí quedarme con mi bebé, dijo que me acogería, acepté.

Aunque solo fuera hasta que terminara la carrera y después tuviera que valerme por mí misma, lo cual también me parecía bien, incluso cuando cumplió su palabra, porque trabajé duro para llegar a donde estoy ahora y darle a Lyra todo lo que necesita.

Trabajé de noche mientras mi primo Matty cuidaba a Lyra, y ahorré todo lo que pude mientras estudiaba.

Antes de terminar la carrera, ya había alquilado un pequeño apartamento de dos habitaciones.

El año pasado me mudé a un adosado de tres habitaciones con Matty, aunque sé que en algún momento necesitaré un coche mejor.

Reconozco que estaría bien comprar algo en lugar de alquilar, pero todo llegará a su tiempo.

No he sabido nada de mi tío ni de mis padres, lo cual duele porque éramos muy unidos antes de que todo pasara. Por suerte, tampoco he sabido nada de Freya en cinco años, así que eso es un alivio.

Antiguos amigos me han escrito, pero los ignoro. Esos amigos se quedaron mirando y grabaron lo que tuve que sufrir, queriendo creer que lo que Adam hizo era normal, mientras me veían sufrir. No puedo superar nada de eso y no creo que lo haga nunca.

Suspiro, cojo el bolso, apago el portátil y miro a Lyra mientras se pone su gorro rosa de peluche. Sonrío al ver lo adorable que es.

—¿Qué te parece si vemos si Matty ha traído el coche de mamá? Si es así, ¡podemos pedir comida a domicilio para cenar! —le digo a mi hija, y sus ojos se iluminan mientras chilla:

—¡Sí!

Me río y le tiendo la mano mientras corre hacia mí. En cuanto la coge, la guío fuera del aula, apago las luces y cierro con llave antes de dirigirnos hacia la salida. Me siento tan agradecida de tener a esta pequeña en mi vida, que se ha convertido en mi roca y mi razón de ser.

A lo largo de los años, me he centrado en Lyra y en mi carrera. He aprendido que no puedes fiarte de nadie. Incluso aquellos a quienes amas pueden herirte y decepcionarte; por eso nunca sentaré la cabeza, por eso nunca estaré con otro hombre y por eso nunca dejaré entrar a nadie.

Todo el mundo te hace daño al final…