20 Patricia
PATRICIA
La belleza de la naturaleza de Vallesland te hace olvidar los peligros que acechan en su interior.
Carta de Remond Everlight a Saul de Eisenburg, compañero de su hija
Patricia bostezó; era demasiado temprano para su gusto, pero los últimos días le habían enseñado que las temperaturas del mediodía eran difíciles de soportar para un elfo invernal.
Sin embargo, su cansancio no era lo único que la carcomía: todas las miradas furtivas y palabras melosas que zumbaban a su alrededor durante toda la jornada estaban desgastando gradualmente sus ya de por sí frágiles nervios.
Había resultado que Saul no era el único maestro del encanto; en Lianneh también encontró una igual.
En ese mismo momento, ella fingió tropezar de nuevo y él tuvo que darse cuenta.
¿Cómo no iba a hacerlo? Sin embargo —como siempre— le siguió el juego y le ofreció su brazo.
Por todos los cielos, si la princesa lo deseaba, hasta la última raíz se apartaría de sus pies para allanar el camino por el que flotaba.
Incluso con sus vaporosos vestidos, que revoloteaban a su alrededor al más mínimo soplo de aire, nunca se enganchaba, porque cada rama y espina siempre se apartaba de su camino.
Lianneh envolvió a Saul, como agradecimiento, en una nube de magia verde, suficiente para hacer que Patricia saliera corriendo, pero él en realidad se inclinó hacia ella.
Sí, quizás existían esperanzas de que esos dos desarrollaran sentimientos el uno por el otro.
O tal vez se contentarían con usar la magia verde para fingir confianza mutua.
La chica se reprendió ante aquellos pensamientos tan poco amables, en especial porque Lianneh no pretendía manipularlo. Donde él la atrapaba con palabras, ella solo le daba un poco de comodidad. Los dos parecían disfrutarlo.
—Entonces, ¿eso significa que, si me perdiera, podría rastrearme hasta encontrarme en cualquier parte? —le preguntó Saul a Lianneh.
Unas ramas se apartaron ante ella como puertas dobles que se abrían.
—Dentro de medio día de marcha, debería poder conseguirlo, sí.
Él se pasó una mano por la barba de tres días que le quedaba condenadamente bien.
—Entonces en verdad siento que estoy en buenas manos con usted.
Patricia lo veía de manera muy diferente: en realidad encontraba este hecho como algo espeluznante.
Ya estaban a merced de esta elfa del bosque de todos modos, porque en Vallesland no había senderos ni caminos en absoluto.
Cualquiera que no fuera capaz de abrirse paso entre la maleza ni siquiera debería poner un pie en esta tierra —les había explicado Lianneh sin más.
Y su llegada, por desafortunada que fuera, ya les demostró lo buenos que fueron defendiéndose por sí mismos.
—Cuidaré de usted, Saul. —Batió sus largas pestañas hacia él—. Aunque no me importaría tener a mi lado a un hombre que me proteja.
Patricia resopló de nuevo ante ese anticuado rol de género, y la doncella de Lianneh también dejó escapar un suspiro de exasperación. En general, esa mujer —Marlene— a menudo lanzaba miradas fulminantes a Saul. Tampoco parecía estar convencida de ese matrimonio.
Saul miró hacia Patricia y frunció el entrecejo.
—Dime, ¿es posible que no seas una persona mañanera?
—No —respondió… y era una mentira descarada.
Una sonrisa arrepentida tiró de sus labios.
Saul le guiñó un ojo antes de volverse hacia la princesa con una risa tranquila, mientras esta la miraba a ella con demasiada fijeza. Necesitaba contenerse a partir de ahora si no quería enemistarse con esa mujer.
Lianneh colocó su mano en el brazo de Saul.
—Estoy segura de que su magia de hielo no es menos impresionante —continuó.
Saul tenía razón: no le costó nada de esfuerzo ganársela. ¡Ya estaba comiendo de su mano! ¡Literal!
Con un gesto amplio, que no era necesario en absoluto para hacer un poco de magia, envió un poco de nieve arremolinándose a su alrededor.
—¿Nieva alguna vez en Vallesland?
Lianneh atrapó un copo en su dedo y observó con una sonrisa cómo se derretía.
—Me temo que tengo que decepcionarlo: las temperaturas aquí nunca bajan del punto de congelación. ¿Lo echará mucho de menos? —Lo miró con ojos grandes.
Patricia conocía la respuesta y Saul no podía mentir, por lo que Lianneh no era la única que lo observaba con interés. Ciertamente no se quejaría, pero Patricia sentía curiosidad por ver cómo se las arreglaría para salir de esa pregunta.
—Puedo conjurar mi propia nieve.
Eso era verdad, pero no era una respuesta.
—¿Qué tanto frío tiene que hacer para que un elfo invernal sienta el frío? ¿O eso es imposible? —La princesa ignoró su evasiva.
—Es extremadamente raro, pero en Calor ha habido momentos en los que incluso yo sentía que el frío me superaba. —A juzgar por la tristeza que apareció en sus ojos, estaba pensando en las ventiscas que afligían a la capital del sur.
Patricia nunca sabría si Lianneh habría preguntado por las circunstancias que llevaron a tales temperaturas en su tierra, porque en ese momento se encontraron varados ante un río embravecido.
El agua les llegaría a las caderas, y la velocidad con la que espumaba alrededor de las rocas apagó cualquier idea de cruzarlo a pie.
—¿Qué tal una pequeña competencia? —sugirió la elfa del bosque—. Quien use su magia para llegar primero al otro lado, gana.
—Me parece bien —aceptó Saul, imperturbable—. ¿Patricia, te apuntas?
Ella arqueó una ceja en respuesta.
—Resuélvanlo entre ustedes. —Ese circo de cortejo era entre Lianneh y él, no la involucraba a ella.
—No sea aguafiestas. —La princesa le lanzó una mirada desafiante. Era claro que estaba deseando ponerla en su lugar.
—Yo seré la árbitra —decidió, aunque los dedos le picaron.
Sin embargo, no quería hacer el ridículo. Desde que devolvió la magia regalada de Emberis, sus posibilidades contra esa princesa serían desastrosas. En el pasado, podría haber vaporizado el agua a su alrededor, o simplemente convertirse en fuego y deslizarse por la superficie, pero ahora…
—Y, por supuesto, completamente imparcial —comentó Lianneh con sequedad.
En sus años más jóvenes, habría perdido los estribos ante un comentario así. Por suerte, todos esos años como sacerdotisa le hicieron bien; ahora estaba tan centrada que era difícil provocarla.
—Como es natural. —Sonrió, algo que no había hecho hasta ahora. Siempre existía una primera vez para todo.
Saul miró de una a otra, y su expresión, a su vez, tenía un potencial real para hacerla ver rojo, porque su cara bien podría haber tenido las palabras «mujeres discutiendo» escritas en letras grandes y llamativas. Tal vez tomaría partido después de todo… pero no el suyo.
Los tres sirvientes que llevaban su equipaje —lo que Patricia encontraba más que incómodo— se sentaron en la orilla del río y tomaron un breve descanso.
La doncella de Lianneh se acomodó en una gran roca, se quitó los zapatos y refrescó sus pies en el agua.
Al parecer, estaban acostumbrados a aquel tipo de juegos de su señora.
Patricia no estaba de humor para descansar. Así que esperó que uno de los dos encontrara una forma de cruzar cuanto antes o se desesperaría.
—Contaré desde tres, así que prepárense. Tres…
Mientras Saul se apresuró hacia el río, Lianneh tomó su lugar junto al sauce llorón más cercano.
—Dos… Uno… ¡Ya!
A pesar de la señal de salida, Saul no se movió.
Permaneció rígido como una vara, mirando con fijeza el agua, donde pequeños bloques de hielo se formaron uno tras otro, solo para que la corriente los arrastrara una y otra vez.
Lianneh, mientras tanto, invocó al árbol a su lado con palabras melodiosas mientras acariciaba su corteza.
Las raíces que habían brotado del suelo se agitaron, retorcieron y estiraron hacia el río.
Jóvenes brotes surgieron de ellas y se entrelazaron extendiéndose hacia el agua.
Al principio no ocurrió nada; luego la corriente comenzó a fluir como si pasara sobre una elevación, lo que le facilitó a Saul mantener el hielo en su lugar.
La capa que formó, crujió bajo la presión del agua que fluía por debajo, pero se extendía sin dificultad y estaba a punto de alcanzar la otra orilla.
Patricia incluso llegó a pensar que él iba en la cabeza cuando un entramado de raíces se elevó desde el lecho del río, lo bastante robusto para transportar a la elfa sobre el agua.
Las últimas hebras crecieron hasta la orilla opuesta, fuera del agua, tras lo cual la princesa colocó un pie sobre el entramado de raíces y, con pasos diminutos, se equilibró a través del puente irregular.
El elfo maldijo y miró el hielo a sus pies, concentrado y evaluando si ya era lo bastante grueso para sostenerlo.
Patricia estaba a punto de advertirle que no se arriesgara cuando pisó la resbaladiza superficie.
Dondequiera que pusiera el pie; pequeñas grietas recorrían el hielo y Saul las reforzaba para aventurarse más lejos.
Patricia apenas podía mirar. ¿La barrera que Lianneh había creado lo detendría? ¿Y si no lo hacía? ¿Sabría nadar? Ella misma nunca aprendió, ya que todas las aguas en Estraora estaban congeladas.
Lianneh no avanzaba mucho más rápido, porque las raíces estaban resbaladizas, pero desde la orilla opuesta crecían algunas ramas hacia ella que podría agarrar.
Saul casi la había alcanzado cuando un pie se hundió.
Imperturbable, lo sacó del agua y reforzó el hielo en ese punto antes de que las grietas pudieran extenderse.
Estaban ahora codo con codo, pero mientras Lianneh se aferraba a las ramas y se arrastraba hasta el otro lado con pasos más firmes, cada vez más ramas brotaban del bosque opuesto hacia Saul para retenerlo.
Se envolvieron alrededor de su cintura y sujetaron sus brazos a los costados.
Eso significaba que Lianneh claramente había ganado.
Con un último salto aterrizó en la grava y se volvió hacia Saul con un gritó de victoria abriéndose paso en por su boca.
No obstante, al ver a Saul el grito se ahogó en su garganta con una mueca de horror.
—¿Qué…?
Se giró hacia el bosque, del cual, en el siguiente instante, salieron disparadas enredaderas que se enroscaron también alrededor de su pecho y la sujetaron con fuerza.
Saul y Lianneh perdieron el suelo bajo sus pies cuando las ramas los arrastraron por el aire y los llevaron a toda velocidad hacia la densa vegetación.
Patricia se quedó mirando el espacio vacío donde unos momentos atrás, Saul estuvo de pie.
—¿Adónde se fueron? —gritó la doncella de Lianneh, presa del pánico.
Patricia cerró los ojos para calmarse. ¿Quién estaba detrás de esta emboscada? ¿El tal Sedar? ¿O se enfrentaban a alguna otra amenaza que no conocía? Le habría gustado saber a qué se enfrentaría antes de apresurarse a ayudarles. Pero antes de poder averiguarlo, primero tenía que cruzar el río.