11 Patricia #2
El resplandor verde a su alrededor se intensificó, y la sensación de estar siendo observados le recorrió la columna vertebral. Un susurro se elevó y miles de voces delicadas unidas en un cántico parecieron responder en sus oídos, pero Patricia no entendía nada de lo que decían.
Saul, ahora hundido hasta las caderas, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.
Si estaba tratando de centrarse para encontrar calma o tenía algo más en mente, no podía decirlo.
Ella, por su parte, estaba lejos de rendirse.
Usando toda su fuerza, sacó sus piernas del lodo una tras otra y vadeó de regreso hacia Saul.
El suelo se volvió más viscoso sin perder su obstinado agarre.
Se hundía más rápido y más profundo, y el barro la soltaba con no menos reticencia.
La chica se detuvo cuando el elfo extendió un brazo hacia arriba.
Magia verde goteó de sus dedos hacia el cielo, apenas un suspiro, y solo se dio cuenta de lo que estaba haciendo cuando una rama baja se extendió hacia él.
Saul, aún con los ojos cerrados, la agarró.
Magia del color del mundo viviente se arremolinó entre él y el árbol, y luego una rama se enroscó alrededor de su cintura como una serpiente y lo levantó.
Saul abrió los ojos de golpe y sujetó la cintura de Patricia, justo a tiempo, antes de perder contacto con el suelo.
Más brotes se movieron hacia ellos como animales curiosos que quisieran olfatearlos y Patricia sintió el fresco tacto de las hojas en su piel, y el áspero agarre de ramas que también se enroscaban a su alrededor.
El susurro de la magia creció más fuerte y se asentó sobre su mente como una suave niebla.
Todo estaba amortiguado; el mundo parecía incluso lejano.
El tejido se estrechó alrededor de ambos, una red de malla cerrada que los sujetaba con firmeza.
Aturdida, registró cómo las ramas se retiraban en el momento en que otras nuevas lograban agarrarlos.
El bosque los pasaba de unos a otros y los transportaba sobre el lecho de musgo que había querido tragarlos, hasta depositarlos a su lado.
Se sintió aliviada de tener suelo firme bajo sus pies una vez más, sin embargo, una leve inquietud arañó el borde de su conciencia.
Apenas estaba lo bastante lúcida para comprender que no estaba en su sano juicio del todo.
Le faltaba la fuerza para cuestionar ese estado, y mucho menos para resistirlo.
Lo más importante, de todos modos, eran esas luces de colores que resplandecían en la distancia entre los troncos de los árboles.
Patricia quería rastrear su origen, pero Saul agarró su brazo.
—Esa es la dirección equivoca… —Guardó silencio cuando él también captó el resplandor. Después de un lento parpadeo, se movió hacia él.
La chica sintió un tirón en su pecho y siguió ese impulso: los hilos invisibles tiraron de ella hacia esas luces. Saul caminó en silencio a su lado, con los ojos fijos en el resplandor parpadeante. Las hojas les susurraban un murmullo suave e insistente que les instaba a seguir adelante.
Los árboles a su alrededor se volvieron más densos y sus ramas formando un techo impenetrable sobre sus cabezas, ocultaban el sol.
Las luces permanecían, a veces más cerca, a veces más lejos, como mariposas bailando a través de la oscuridad.
Patricia no podía apartar la mirada mientras sus pies la llevaban hacia ellas.
Su origen parecía cada vez más al alcance y, al mismo tiempo, inalcanzable, una promesa brillante en las profundidades del misterioso bosque, que con cada paso los invitaba a adentrarse más en su reino.
—Sasisasisa —cantó una voz aguda junto a ellos, sacando a la chica de fuego de su aturdimiento. Solo ahora notó lo apretado que se había vuelto el entramado de madera, encerrándolos como un túnel y robándoles por completo la luz del día.
Un arañazo atrajo su atención hacia abajo, donde descubrió un conejo a la altura de la rodilla.
Al menos, eso pensó al principio, pero su extraordinario tamaño, el brillo celeste de su pelaje y las alas similares a las de una libélula con tonos de arcoíris dejaron claro a segunda vista que tenía que ser algo por completo distinto.
Examinó las alas más de cerca. Esta bola de pelos probablemente necesitaría las alas de un águila adulta para elevarse, si es que eso sería suficiente.
Una suave risita como de campana llenó sus oídos.
—Sasisasisa.
Todo en Patricia la instaba a acariciar a la adorable criaturita que los miraba con sus grandes y brillantes ojos.
Justo cuando estaba a punto de hacerlo, Saul la empujó detrás de él.
Su ancha espalda le cortó la vista del animal, rompiendo el hechizo.
De inmediato recordó otro consejo del padre de Eyra:
«Los seres más peligrosos vienen con el disfraz más hermoso».
—¿Qué quieres de nosotros? —preguntó Saul, y Patricia oyó por el crujido de las hojas que la liebre alada se acercaba.
—¿Qué tienen para ofrecer? —chilló el animal.
Patricia salió de detrás de Saul, y de nuevo la invadió esa sensación de que el pequeño ser no representaba ningún peligro. Sin embargo, su mente se negaba a dejarse engañar otra vez, así que se mantuvo alerta.
—Nada —respondió. El barro no solo se había llevado sus pertenencias, sino también los regalos que trajeron para este bosque.
—¿De verdad vinieron con las manos vacías? —Chasqueó la lengua y unos dientes afilados y puntiagudos relucieron en su pequeña boca arqueada. Por los altos poderes…
—Estamos aquí para negociar con el Rey de Vallesland, no contigo —replicó Saul con firmeza.
—¿Entonces sí tienen algo que ofrecer? —Un destello codicioso brilló en sus ojos.
—El pantano se tragó todos nuestros regalos —dijo Patricia con más suavidad que Saul, ya que Remond Everlight les aconsejó que se presentaran como suplicantes—. Lo sentimos.
—Qué pena, qué pena, qué pena. —A pesar de las palabras, la criatura no sonaba para nada decepcionada sino llena de anticipación—. Entonces no son de utilidad para este bosque.
Un aura inexplicablemente oscura se cerró alrededor de la liebre, y unos sonidos guturales brotaron de su pequeña boca, avivando en Patricia el impulso de taparse los oídos con las manos.
El aire tembló bajo el influjo de un calor inexplicable, y donde la liebre había estado sentada un momento antes, se encontró mirando a una figura bizarra.
Su pelaje, suave y brillante momentos antes, dio paso ahora a púas afiladas.
Venas rojas surcaban sus ojos, y la baba goteaba entre sus dientes descubiertos hasta el suelo.
Sus extremidades parecían más musculosas y la criatura ahora le llegaba casi hasta la cadera, y sus patas terminaban en garras afiladas como cuchillos.
—¡Corre! —gritó Saul, aunque él mismo no hizo ningún ademán de moverse.
Patricia decidió dejar de preocuparse por las reglas que supuestamente regían en este lugar y en vez de eso se entregó a su calor e intentó convertirse en fuego.
Sin embargo, contrario a la rapidez que esperaba de su magia, no produjo más que una lluvia de chispas.
Jadeando por el esfuerzo de mantener vivo su fuego, la amarga confirmación de cuánta magia perdió a manos de Madame Moryena, la alcanzó.
Tras varios intentos, cuando al menos sus manos estaban envueltas en llamas, lanzó una ráfaga de fuego contra la monstruosidad.
Un chillido desgarrador se abatió sobre ellos y le hizo zumbar los oídos.
Contario a su esperanza de haber debilitado a la criatura, esta creció con cada respiración, como si su magia de fuego la hubiera fortalecido.
—Por los altos poderes. —En ese momento, también a Saul le quedó clara la desesperanza de su situación.
Sin esperar más tiempo tiró de su acompañante, y juntos corrieron por el túnel de ramas.
Espinas brotaban de las ramas y bordeaban su camino, la densa maraña seguía tragándose cada pizca de luz.
Patricia se guiaba a lo largo del entramado punzante y la sangre caliente ya corría por sus dedos.
No miró atrás; toda su concentración estaba en el suelo desigual del bosque que tenía por delante, pero oía los golpes a sus espaldas acercándose cada vez más.
Ya habían recorrido mucho más terreno que durante el camino de entrada.
Eso planteaba la cuestión de si había alguna escapatoria o si esta criatura nada más estaba jugando con ellos antes de devorarlos.
Desesperada buscó una salida. Su magia no les ayudaría.
No solo rebotaba en su enemigo sin efecto, sino que parecía alimentarlo.
—¡Haz otra vez eso con la magia verde! —le gritó a Saul.
—Si fuera tan fácil, ya lo habría hecho.
Conjuró una llama para iluminar su camino. Se arrepintió al instante, porque su mirada cayó sobre otras tres criaturas parecidas a liebres que justo se estaban transformando. Afiladas púas brotaban de sus cuerpos, y sus dientes quedaron al descubierto.
Ella y Saul se detuvieron al mismo tiempo.
¡Eso era!
Por impulso le tomó la mano. No eran cercanos, ni podía darle el tipo de intimidad que desbloquearía su magia verde. Aun así, quizás podrían darse un poco de apoyo el uno al otro.
En otro tiempo, habría rezado una oración, suplicando a los poderes superiores por ayuda o la gracia de ser recibida en Syel-la. Hoy, solo tenía silencio dentro de ella.
Sin previo aviso, Saul la atrajo contra su pecho, la envolvió en sus fuertes brazos y le dio un último momento de seguridad ante la muerte.
—Gracias —susurró ella contra su cuello. Al menos no moriría sola.