CAPÍTULO 34
FAREN
Yo: Tenemos que hablar.
Mick: Sí... ¿cuándo?
Yo: ¿Ahora?
No puede percibir mi súplica por mensaje. Pero está ahí, y me odio por ello.
Espero cinco minutos a que responda y suspiro.
Olvídalo.
Guardo el móvil en el bolsillo y me paso la mano derecha sobre la izquierda mientras miro al vacío.
Camino furiosa desde la comisaría hasta mi apartamento. Subo los cinco tramos de escaleras de un tirón porque hay un cartel escrito a mano pegado en el ascensor: «Fuera de servicio».
Cómo no.
Me recibe una puerta nueva. Saco la llave, la meto en la cerradura y la giro. Suelto un suspiro de disgusto. ¡Humphrey ni siquiera pudo poner una cerradura nueva! Maldito tacaño. Nada seguro.
Abro la puerta, preparándome para una noche de llenar enormes bolsas negras con marcos de fotos rotos, lámparas, cachivaches y mi tetera.
En cambio, miro alrededor maravillada. Todas las superficies relucen. Todo lo que estaba roto ha desaparecido, y algo nuevo ocupa su lugar.
Me acerco a los fogones como en un sueño y veo una tetera nueva, una réplica de la que perdí, en su posición habitual en la esquina trasera izquierda.
¿Quién hizo esto? ¿Mick?
Doy un salto cuando recibo su mensaje.
Mick: ¿Estás en casa?
¿Hiciste... esto?, tecleo rápidamente.
Corro a mi habitación, abro el armario de par en par y rompo a llorar.
Mi armario rebosa de ropa nueva. Repaso las coloridas batas y pantalones a juego que llenan el extremo de la barra.
Cada estampado de dibujos animados habido y por haber me hace saltar las lágrimas con sus colores primarios, y abrazo la ropa, hundiendo la cara en ese olor a limpio.
Mi móvil vibra.
Miro la pantalla.
Una palabra. La única respuesta que importa.
Sí.
Me llevo el móvil al pecho y agacho la cabeza.
Por una vez, mis lágrimas son de felicidad.
Necesitaba desesperadamente algo bueno.
Yo: ¿Puedes venir?
Me he convertido en la perseguidora.
Mick: Estoy con mi equipo legal. Cuando termine aquí, iré. Si estás bien por ahora, mañana podemos pasar el día juntos. Me escapo si me necesitas ahora. Lo siento más de lo que puedo expresar.
Por lo del club de striptease, supongo.
Mis dedos se ciernen sobre las teclas.
Yo: No te disculpes. Pero la decepción me destroza.
Entonces un pensamiento me saca de mi autocompasión. Vueltas.
Otra palabra sola. Por desgracia, esta no provoca lágrimas de felicidad.
Una vez más.
No puedo esperar que venga corriendo. Seguro que su equipo de prensa se está tirando de los pelos. Tendré que conformarme con mañana, aunque lo deseo ahora.
Miro alrededor de mi apartamento renovado y creo que le debo la verdad.
Solo que no sé si soy lo bastante valiente para decírsela.
Todos mis conjuntos para las vueltas están en casa de Mick en esa bolsa de deporte.
No tengo nada.
Me giro, mirando dentro de mi armario repleto de cosas nuevas.
Se me hunden los hombros cuando me doy cuenta de que tengo que sacrificar algo hermoso que él me compró para sobrevivir a mi última noche de vueltas.
Miro fijamente las profundidades del armario. Ya no estoy para introspecciones, pero mis decisiones me revuelven el estómago.
Sé que Mick no me querrá si lo sabe.
Soy una muerta en vida que se quita la ropa para los hombres. Me gusta imaginar que él vería mi batalla desesperada por pagar el cuidado de mi madre, por hacer que los últimos momentos de mi vida cuenten para algo.
Sin embargo, no sé si alguien es lo bastante altruista para perdonar las transgresiones que sigo acumulando.
No le pido ayuda a Mick porque soy una cobarde. Temo su respuesta, temo perder mi oportunidad de conseguir lo único que quiero para mí. Es egoísta.
Es real.
Respiro hondo, con calma. Centro mis pensamientos en mi madre, en su bienestar.
Enderezo la espalda y voy hacia el armario, tirando el móvil sobre la cama. Revuelvo todo y veo algo que me para el corazón.
Es un precioso vestido lencero dorado y plateado que brilla y cae drapeado desde la percha.
Las cuentas del dobladillo me llaman la atención, y pienso en cuando las yemas de los dedos de Mick se colaron bajo el dobladillo de mi vestido en la limusina.
Trago el recuerdo: parece que fue hace una eternidad.
Parece que fue ayer.
Paso los dedos sobre el material sedoso, tejido en un patrón entrecruzado con diminutos hilos de oro y plata.
Es demasiado elegante para lo que estoy a punto de hacer, pero si llevo algo que Mick eligió, tal vez pueda tenerlo conmigo esta noche como una semilla de bondad en el horrible jardín de mis decisiones.
Es una mentira a la que me aferro sin quejarme.
La necesito para sobrevivir.
El vestido no se resiste cuando lo deslizo de la percha de madera. Agarro unos tacones de infarto de entre los nuevos.
Localizo la talla en la suela.
Miro todo lo que hay dentro del armario. Todo es de mi talla.
Por eso Mick es tan increíble.
Tiene el control de las cosas importantes y nunca se le escapa ningún detalle.
Me quito la ropa que le pedí prestada a Kiki y voy descalza hasta el baño.
Abro la puerta y me recibe un espejo nuevo. Mi reflejo destrozado ya es solo un recuerdo fragmentado.
No malgasto lágrimas en la ducha. En vez de eso, me concentro en cómo será no tener que hacer nunca más otro baile.
Aguantar el tipo adquiere un significado completamente nuevo.
Me pongo la máscara mientras subo en el ascensor para mi último trabajo de bailes. Respiro hondo varias veces mientras asciende y se detiene suavemente en el decimocuarto piso.
Mi mirada se dirige a los botones del ascensor y noto que no hay decimotercer piso.
No pienso en la suerte. Pienso en las decisiones.
Salgo del ascensor a un espacio tipo salón de baile. Los primeros ojos que se clavan en mí son los de Jay. El alivio me invade, aunque no me dejo llevar por él.
Sé lo que le pasa a la esperanza.
Thorn se acerca con el aire de una serpiente a punto de atacar. No estoy aquí para provocarlo; me ha dado dos oportunidades.
Sus ojos se encuentran con los míos.
—Jay es tu dueño, Faren.
Parpadeo mirando a Jay, y la calidez que he visto en sus ojos en el pasado ha dado paso a algo más.
Jay sonríe.
—La posesión es nueve décimas partes de la ley, Faren.
Miro a Thorn, que no parece muy contento, y luego a Jay, y me doy cuenta de qué están hablando.
Posesión.
No puedo dejar de temblar. Siento que voy a desmoronarme y salir flotando. Thorn me arrastra a su oficina agarrándome de la muñeca mientras Jay espera a que... resolvamos nuestro acuerdo.
—Faren —comienza Thorn, y me vuelvo hacia él.
Levanta las manos para frenar la diatriba que sabe que viene.
Me doy cuenta de que me he vuelto imprudentemente valiente con Thorn; nuestros secretos nos han convertido en aliados incómodos.
—Me dijiste que no con Ron, y lo entiendo, de verdad. Este cliente está dispuesto a llegar hasta el final. Pagará tu deuda con Ron y más, siempre y cuando obtenga todos los extras.
Todos los extras... como ver mi cara.
—¡Y mi identidad, Thorn!
El extra definitivo.
Thorn se acerca y recuerdo lo aterrador que es.
Retrocedo un paso.
Se detiene antes de alcanzarme y apoya las grandes manos en las caderas.
—¿Qué pasa? —Sus ojos buscan los míos—. Sé que no debería importarme una mierda tus problemas, pero estás jugando con mi chico.
—No es tu chico —lo interrumpo.
Thorn asiente, frotándose la cara con la mano.
—Sí, lo es —dice.
Sus ojos permanecen en los míos.
—Si Jay no estuviera esperando ahí fuera, haría de confesor.
Cruzo los brazos y lo miro fijamente. Jay puede esperar.
—Dame algo antes de que engañe a Mick con este cliente.
Los ojos de Thorn se clavan en los míos.
—¿Sientes que estás engañando a Mick?
Mi suspiro suena como un sollozo.
—Joder, sí.
Ninguna de mis justificaciones funciona ya. Son como agujas de duda, acupuntura emocional que ha salido mal.
—Entonces, ¿por qué haces los bailes?
—Mi madre —susurro.
—¿Por qué tú lo engañas?
—Le debo —admite Thorn.
—Espera un segundo.
Doy un paso hacia él, y ahora Thorn parece acorralado. Lo señalo.
—¿Estás organizando bailes a sus espaldas porque le debes?
Una risa incrédula brota de mis labios.
Thorn asiente con rigidez, tan miserable como puede estarlo un bastardo sin emociones como él.
—¿Cómo? —pregunto.
—¿Qué pasa con tu madre?
Su rostro es neutral, pero claramente pretende intercambiar información.
Me miro los pies.
—Sabes lo de mi madre.
Levanto la cabeza de golpe y lo veo asentir.
—Bueno, su cuidado... es... debía cincuenta mil.
Thorn silba y continúo.
—Ahora son diez.
Carraspea, haciendo cálculos mentales.
—Así que una subasta de baile más y queda cubierta —dice.
Se encoge de hombros.
—¿Por qué no puedes simplemente hacer pagos? No tenías que hacer los bailes.
Niego con la cabeza.
—No funciona así. Si la deuda supera cierto número mágico, la trasladan a un hogar estatal.
El rostro de Thorn se tensa.
—Conozco la mierda estatal.
Más silencio.
—Así que sacas a mamá del apuro y luego terminas con los bailes.
Asiento.
—Puede que tenga que seguir con algo de trabajo en el tubo.
Durante el tiempo que pueda.
Thorn mira mi mano.
—¿Qué pasa con tu mano jodida?
Ahogo un sollozo.
Thorn baja la mirada, luchando por contener sus emociones, pero tremendamente conflictuado.
—Lo siento, es solo que...
Ni siquiera me queda margen emocional para disfrutar de su incomodidad; estoy demasiado tensa. —Uso la muñeca y giro con la mano dominante.
Espero mientras sopesa mis palabras. Finalmente habla. —Mick me salvó.
Todo lo que he leído me golpea de pronto, y de repente entiendo su papel en todo este miserable asunto.
Tyson Marius Simon.
—Eres tú —susurro, encajando las piezas.
Thorn asiente. —No pude salvarla, pero lo intenté.
Se pasa la palma por el pelo rapado. —Después de salir de prisión por homicidio involuntario, Mick me dio Black Rose. Ha sido un honor.
Sus ojos oscuros me sostienen la mirada, y no la aparto.
—Y lo has dirigido desde entonces —supongo.
Thorn vuelve a asentir. —Así es, pero tengo mi orgullo. Mick pagó todo lo que tengo. Me colmó de cosas caras: el coche, el piso, la ropa, el título en administración de empresas.
Ve mi sorpresa y suelta una risita. —Sí, me pasa mucho. Hablo duro... joder, soy duro.
Sí. No lo digo en voz alta. Nunca dudé de que fuera inteligente. Ni una sola vez. Es una de las cosas más peligrosas de él.
—Calculo que le debo a Mick unos quinientos mil, barra arriba barra abajo. Las chicas se llevan su parte de los bailes, y yo me llevo la mía. —Hace el gesto del dinero, frotando el pulgar contra los dedos.
—Así que los dos estamos engañando a Mick, pero por razones distintas —digo.
—No me gusta, pero cuando acabe, le devolveré el dinero. Aunque él sienta que me debe algo.
Miro a Thorn y veo a alguien distinto del hombre que me obligó a hacer la audición sentada en su regazo. Tiene un extraño código de honor.
Si no es el mío, ¿sigue siendo honorable? No soy quién para juzgar.
—Te debe —digo.
Thorn arquea las cejas.
—Mataste al asesino de su hermana.
Por el rostro de Thorn pasan muchas emociones hasta que finalmente se instala la resignación.
—No puedo traerla de vuelta. —La desesperación se cuela donde momentos antes había indiferencia.
—No. —Niego con la cabeza, y el pelo me resbala sobre los hombros—. Pero es una forma de justicia. —Solo pienso en Ronnie.
Thorn niega con la cabeza. —Venganza.
Eso también.