CAPÍTULO 28
FAREN
Me quedo paralizada de miedo frente a mi edificio. Las luces estroboscópicas me dan la bienvenida, rojo y azul, pulsando en el crepúsculo.
El atardecer se desvanece mientras me acerco a mi edificio y un coche patrulla monta guardia junto a las puertas de cristal.
Solo puedo pensar en Ronnie. Coches de policía en mi apartamento, la máscara abandonada como un mensaje.
.. Solo puedo llegar a una conclusión. Fuera el pesimismo, dentro el realismo. No creo en las coincidencias.
La mano apenas me tiembla cuando saco el móvil y le escribo a Kiki.
Yo: Joder, la policía está en mi edificio
Kiki tiene el teléfono pegado al culo. A menos que esté en la ducha, responderá.
Espero hasta que suena el móvil.
Bajo la vista y suelto una risa nerviosa.
Kiki: ¿Qué coño está pasando? ¿Estás bien?
¿Estoy bien? Qué va. Ronnie tenía mi máscara; sabe dónde vivo. No estoy a salvo. Dios mío, no estoy a salvo.
Yo: No... Sí, estoy bien, pero Kik, ¿puedes venir?
Por fin estoy pidiendo ayuda.
Kiki: ¡Gah! No puedo, tengo barra esta noche. Tengo que menear el culo y jugar a pillar la pasta... ¿después?
Yo: Sí.
Kiki: No me estás mintiendo... ¿de verdad estás bien?
No. Yo: Sí... solo ven, ¿vale?
Kiki:
Camino hacia el edificio y veo a varios policías pululando por el pequeño vestíbulo.
Un policía se me acerca; su placa reza Tagger.
Tiene mi estatura, y sus ojos verdes acuosos se encuentran con los míos grises. Hace ese repaso rápido que la mayoría de los hombres hacen cuando me ven. Aunque mi sexy bata de clínica le impide un examen en profundidad, aun así se toma los dos segundos reglamentarios para recorrerme con la mirada.
—Lo siento, señorita, no puedo dejarla entrar al edificio.
Su mano se cierne sobre mí como si fuera a salir corriendo, deslizarme por las baldosas y marcar un tanto al aterrizar dentro del ascensor.
Ya.
—Vivo en el edificio —digo, sin lograr disimular del todo el tono mordaz.
Estoy cansada, me duelen los pies y estoy muerta de miedo por culpa de Ronnie.
¿Y ahora los policías me dicen que me largue?
¿No saben que ya lo estoy? Tan perdida.
Las lágrimas de frustración me nublan la vista, abrasándome mientras me niego a dejarlas caer. En lugar de eso, le lanzo una mirada fulminante al policía, que solo está haciendo su trabajo.
La rabia sienta mejor que las lágrimas.
No es culpa suya haber pisado la mierda que es mi vida.
Tagger arquea las cejas, saca un papel y desliza el dedo por lo que debe de ser una lista corta de inquilinos.
Sus ojos se encuentran con los míos, y hay algo en ellos. No es fácil de descifrar, encajonados entre dos edificios en un callejón angosto lleno de sombras encharcadas.
—¿Faren Mitchell?
El corazón me late más fuerte y la mano me da un temblor de advertencia. Es uno de los «indicios» de los que habló Thorn. Los temblores de verdad podrían llegar en un minuto o dos, para más diversión.
—Sí. —Hasta a mí me suena la voz como un silbato aplastado.
Me toca el codo con suavidad y no retrocedo.
—Me temo que tenemos malas noticias.
Sus palabras me dejan vacía. No creo que pueda soportar más golpes de la vida.
Lo sigo a través de la puerta. Veo a mi casero iracundo y las tripas al aire de la caja del código de seguridad.
—¡Capullos, no habéis llegado hasta que mi inquilina lo ha denunciado! ¿Qué? ¿Hace diez minutos? ¿Para qué coño pagamos vuestro sueldo? ¡Para que respondáis, joder! —grita mi casero.
Tagger clava la mirada en Humphrey como un rayo láser. Su peinado de cuatro pelos ondea como una bandera sucia en lo alto de su cabeza. Me lo imagino pasándose compulsivamente los dedos regordetes por él.
Otro policía tiene un pequeño dispositivo en la mano, con el puntero preparado pero sin tocar la pantalla. Por lo visto, capullos no merece que se tome nota.
—¡Faren! —Humphrey viene hacia mí a zancadas, y lo único que veo es la mancha de mostaza en el cuello arrugado de su camisa.
Tagger me guía hacia el vestíbulo de mi edificio.
No me pierdo la mirada que le lanza a su compañero, un gesto elocuente señalando a Humphrey con los ojos.
El otro policía, Scott, lo llama:
—¡Señor Humphrey! Aún no he terminado con mis preguntas.
Humphrey se detiene. Me lanza una mirada fulminante que dice claramente luego.
Cierra los puños, gira sobre sus talones y vuelve hacia el agente Scott con un trote espasmódico. Su cuerpo regordete se contonea con aires de importancia cuando se detiene de nuevo frente a Scott. Está cabreado y no se molesta en disimularlo.
Tagger niega con la cabeza.
—Si no fuera su propiedad, no seríamos tan indulgentes.
—Es un imbécil —digo, y me muerdo la mejilla.
Tagger sonríe, y eso le transforma la cara, borrándole años de dureza.
—Sí, queda debidamente anotado.
Subimos las escaleras y aminoro el paso. Me agarra del codo.
—¿Adónde vamos? —pregunto.
Tagger me mira fijamente. Hay tanto que no dice, y lo veo en su rostro. Siento cómo la sangre se me baja a los pies.
—¿Adónde? —pregunto de nuevo.
Suelta un resoplido. —Es tu apartamento.
Me suelto de un tirón y subo las escaleras a la carrera.
—¡Señorita Mitchell! —brama Tagger.
Lo dejo atrás como un antílope puesto de crack.
Me he mantenido en plena forma, esforzándome por superar la discapacidad en la que Ronnie Bunce me dejó. Solo me queda la mano.
No puedo arreglarlo todo.
Abro de golpe la puerta del último piso, que choca contra la pared y deja otra grieta en el yeso de la que Humphrey se quejará.
Me da en el trasero cuando Tagger se pega detrás de mí.
Gimo, agarrándome al marco de la puerta, mientras contemplo la entrada de mi apartamento.
Mi sólida puerta de madera cuelga de las bisagras como un diente roto, y avanzo como si estuviera en un sueño.
O una pesadilla.
—¿Es... seguro? —susurro. Las lágrimas brotan, trazando finos surcos en mi corazón.
—Sí, pero, señorita Mitchell...
—Faren —respondo ausente.
—Faren, quédate conmigo, por favor. No puedo permitir que salgas corriendo así. —No jadea, pero tiene los ojos cansados.
Cansados de cosas que nunca he visto. Y de algunas que veré.
—De acuerdo. —Camino hacia la boca desgarrada de mi apartamento.
Cruzo el umbral y no sé dónde mirar primero. Todo lo que podía romperse está roto.
Las lágrimas silenciosas siguen rodando.
Me deslizo hacia la cocina. Mi salero y mi pimentero verde pálido están intactos, lo único perfecto en los restos de mi apartamento.
Los abrazo mientras mis ojos se posan en mi tetera destrozada en el suelo.
Era de mi madre.
—Señorita Mitchell... —comienza el policía.
Camino hacia mi sofá, con las mantas esparcidas por todas partes. Me siento y miro el sofá en el que Mick se tumba cuando se cuela en mi apartamento. Dios, cómo lo echo de menos.
Me río y hipo al mismo tiempo.
Levanto la mirada hacia Tagger, sintiéndome como una cáscara vacía.
—Lo siento, Faren, pero tengo que hacerte algunas preguntas.
—Alguien acaba de venir a destrozar mi apartamento y tienes que hacerme preguntas... —me golpeo el pecho con la mano mala, y el salero cae al suelo.
Observamos cómo la sal se derrama sobre la alfombra.
Nuestras miradas se cruzan, y pienso en la suerte. Si no fuera por la mala, no tendría ninguna.
Tagger se agacha despacio, coge una pizca de sal y, con gesto deliberado, la lanza por encima del hombro.
Lo miro fijamente.
—Para la suerte —dice sin asomo de estar a la defensiva.
—De acuerdo. —Me tiembla la voz. No creo en la suerte.
Su lápiz se eleva sobre la tableta, suspendido como un helicóptero sin aterrizar.
—¿Lista?
Asiento apenas. Me tiembla el labio inferior mientras intento apagar mi mente, un motor que nunca para.
Él comienza, y yo respondo.
¿Dónde trabajo? ¿Qué horario tengo?
En todas partes. Imposible.
No lo miro a los ojos y eso lo hace más fácil.
¿Tengo algún enemigo?
Levanto la vista.
Tagger se encoge de hombros. Noto que su pelo rubio cenizo necesita un corte; se le riza por encima de las orejas.
—Parece personal.
Oh... lo es.
Sus ojos me recorren de nuevo y se detienen en seco en mi mano llena de cicatrices.
Se elevan hasta los míos.
Su pregunta está ahí, aunque no la formula.
El policía reconoce las marcas de la violencia cuando las ve, igual que Thorn. No está aquí para interrogarme como sospechosa, pero recela. Se nota en la tensión de su cuerpo.
Me pongo de pie y él me sigue. Hago un doloroso inventario mental de las cosas de mi casa.
Me detengo cuando veo mi cama.
Mi ropa normal está colgada en el armario.
Acuchillada. Toda.
Lo único que se salvó de la destrucción son mis conjuntos de stripper. Cada uno está cuidadosamente dispuesto sobre la cama.
Se me pone la piel de gallina por todo el cuerpo, bajándome por los brazos.
Me acerco a mi cómoda y abro los cajones de un tirón.
Faltan mis bragas.
Sujetadores.
Oh, Dios mío.
Me giro despacio, y Tagger me mira con expresión neutra.
Quiero golpearlo. —Podrías haberme advertido al menos.
Niega con la cabeza. —Necesitaba ver tu reacción.
Me limpio los ojos, secándome las lágrimas de rabia.
—¿Qué? —Me meto en su espacio personal—. ¿Eres algún tipo de sádico? ¿Disfrutas con que algún pirado entre aquí y destroce todas mis cosas?
Los ojos de Tagger se entrecierran.
—No, no disfruto, señorita Mitchell. —Me mira fijamente y luego echa un vistazo a la cama llena de ropa de stripper.
—Pero me intriga mucho saber por qué alguien entraría en tu apartamento y lo destrozaría todo. Y luego no se lleva nada salvo tu lencería, pero deja un surtido de ropa muy... interesante en perfecto estado, expuesta para cuando vuelvas.
Aparto la mirada.
Percibo su frustración.
—¿Hay algo que no me esté contando? —pregunta.
Lo hay.
Pero si menciono siquiera a Ronnie Bunce, tendré que responder preguntas sobre bailes privados, extras... y mi nuevo ligue. Podría ser peligroso para mí.
Podría perjudicar a mi madre.
Oh sí, agente, tengo al multimillonario Mick McKenna a mano para que me desvirgue antes de morir, y mi padrastro, loco de atar, quiere terminar lo que empezó.
Me mantendrían tan vigilada que nunca vería a mi madre.
Ni hablar. Soy todo lo que ella tiene. No puedo verme envuelta en un lío mientras su cuidado pende de un hilo.
—No, de verdad que no —miento. El peso de mi desesperación impregna cada palabra con un atisbo de verdad. El amor es un motivador poderoso.
Tagger cierra su tableta con un golpe seco.
—Ojalá le creyera.
Yo también. Lo miro fijamente y me cruzo de brazos.
Suspira frustrado.
—¿Tiene algún lugar donde quedarse?
No respondo con la rapidez suficiente, y él explica:
—No está segura aquí. No hay forma de asegurar la puerta.
Noto que piensa que soy una especie de chiflada con riesgo de fuga.
Abro la boca.
—Se quedará conmigo.
Nos giramos hacia la puerta y vemos al hombre que entra en mi pequeña sala, en mi apartamento destrozado.
Oí su voz y, como el perro de Pávlov, sentí esa punzada justo entre las piernas, el calor propagándose desde mi centro hasta la punta de los pies.
Solo con su voz.
Tagger se gira bruscamente con la mano sobre la culata de la pistola.
—¿Cómo ha subido hasta aquí? —Su mano acaricia la funda de cuero.
Mis ojos buscan los de Mick, ese marrón intenso como caramelo en el que me ahogo.
—Ben Franklin me dejó entrar.
Tagger frunce el ceño.
Mick levanta un billete de cien dólares.