CAPÍTULO 7
ENTONCES - ROTH
Poco a poco, mis ojos se acostumbran a la penumbra.
—Luke, activa el respaldo de emergencia.
Suena un chasquido suave y el lugar se ilumina como Coney Island. Resisto el impulso de cubrirme los ojos, justo después de haberme acostumbrado a la oscuridad de hace un momento.
Mi hijo está ahí plantado, con aspecto inseguro, y eso ya es decir mucho. Luke es el ser humano menos inseguro que conozco.
—Es la primera vez que el generador no da luz verde.
Le falta su humor habitual.
Camino hasta donde está Luke, frente al panel, y lo examino todo.
Presiono el pulgar en el puerto central del nuevo sistema principal de Pulse.
Conservé todo lo que pude del original, y a simple vista, todo el panel tiene el aspecto anticuado de antes de Pulse.
La parte central del sistema principal, donde el ahora icónico cuadrado oscuro de textura microscópicamente granulada delataría la diferencia, es ahora la excepción.
Una pantalla de cristal sólido se ilumina al contacto de mi pulgar y el pensamiento: inicializar.
Hola, Roth.
Odio el intento de Pulse de «humanizar» la interacción. No me paro a analizar por qué; simplemente me pone los pelos de punta.
¿Por qué no responde el sistema principal?, pienso.
Ha habido una interrupción en el colectivo.
Vaya. ¿Qué?
El interactivo de Pulse repite la respuesta porque, como un idiota, dejé el pulgar en el puerto.
Levanto el pulgar. Pulse todavía me resulta torpe porque no me he adaptado a todo el sistema como parece haber hecho el resto del planeta.
Joder, ni siquiera me he puesto la inyección. Luke todavía está cabreado conmigo por impedírselo a él también.
—¿Qué pasa? —pregunta Luke.
—La red está caída —anuncio, pensativo.
Sus ojos verde oscuro se abren de par en par.
—¿Te refieres a la red eléctrica?
Asiento.
—¿Cuándo la van a restablecer?
Parece una pregunta razonable. Niego con la cabeza y vuelvo a presionar el pulgar.
¿Cuándo está prevista la reparación del colectivo?, pienso-pregunto.
A mi inquietud se suma el malestar de que el interactivo de Pulse llame «colectivo» a la red.
Levanto el pulgar antes de que mis emociones se cuelen en la interacción de Pulse. Lo que me faltaba, que las fuerzas del orden sepan cómo me siento, como el relleno de un sándwich entre el pan de mis palabras.
El Pulse permanece en silencio, sin zumbido de maquinaria ni «pensamiento» como en una mala película de ciencia ficción sobre Pulse. No. Solo segundos que pasan en silencio antes de que llegue una respuesta.
La pantalla parpadea con un destello de verde fosforescente brillante, señal de que viene una respuesta.
Vuelvo a presionar el pulgar en el puerto.
Desconocido.
Levanto el pulgar justo cuando Tia baja las escaleras.
Se detiene en el último escalón, con la mano aferrada al tosco poste del pasamanos que va desde el bajo techo del sótano hasta el suelo, al final de la empinada escalera.
Arquea una ceja oscura.
—¿Qué pasa, Roth?
—Pasa que se ha ido la luz, y no va a ser una reparación rápida. No hay respuestas, y eso no pinta bien.
—¿Es esto como todas esas amenazas y el rollo del que llevas despotricando toda la vida, papá? —pregunta Luke, volviendo a ser el de siempre con esa soltura que solo tienen los adolescentes.
Suspiro.
—Todavía no lo sé.
—Bueno, paso de todo esto, voy a darme una ducha e irme al instituto.
—Eso se lo tienes que agradecer a tu padre, Luke —dice Tia con una media sonrisa.
Luke se da la vuelta y, con gran ceremonia, hace una pequeña reverencia.
—Gracias por el remedio contra el mal humor mañanero, papá.
Borde.
—De nada, oh sabio príncipe.
Hago una pausa; algo me ronda la cabeza.
—Luke.
Ya ha rodeado a su madre y está en la escalera.
Se agacha, con los ojos justo por debajo del nivel del techo.
—Quiero saber cómo están las cosas en el instituto. Mándame un Pulse.
—Papá —dice Luke—, tranquilo. No es el fin del mundo. Los imbéciles dejaron entrar a un alce o algo así en la compañía eléctrica, y el bicho levantó la pata y meó en un cable de alta tensión.
El chaval tiene una imaginación desbocada, pienso divertido.
—Los alces no son comunes en el estado de Washington —dice Tia con sorna.
—Mamá, es nuestra última semana antes de que acabe el curso para los que nos graduamos en verano, y mi colega y yo vamos a hacer acto de presencia porque, técnicamente, ya no tengo notas que sacar.
Se señala el pecho con el pulgar y luego, con un giro y el estruendo de una estampida de elefantes, desaparece de la vista.
Su «colega» es Jamal, su mejor amigo desde preescolar; ahora los dos están en el último curso.
La gente no suele quedarse mucho tiempo en el mismo sitio.
Luke tiene suerte de haber conservado un amigo desde el principio.
Yo nací en Kent, ahora un suburbio de Seattle, y nuestra casa actual está en Black Diamond, un poco al sureste de mi ciudad natal, que se ha convertido en un desastre de inmigrantes ilegales y vagabundos.
No viviría en Kent ni aunque me lo metieran por el culo.
Tia y yo conseguimos una casa de campo destartalada para reformar con una pequeña herencia cuando mi padre murió hace casi veinte años, y llevo trabajando en ella desde que nos mudamos.
Luke nació en esta casa. Calculo que habré hecho el amor con mi mujer un par de miles de veces entre estas paredes.
Había sacado una segunda hipoteca de la casa para comprar un terreno en Sequim, Washington, para lo que yo llamaba la casa «refugio». La zona más soleada del estado, solo cuarenta centímetros de lluvia al año: una gran ventaja.
No hay trabajo por allí, a menos que estés jubilado, claro, y eso no cuenta.
El estado de Washington tiene el nivel freático alto, y una de las cosas que nos atrajo de la granja que compramos aquí en Black Diamond fue su sótano completo, algo poco habitual.
La mayoría de las casas al oeste de las Cascadas están construidas directamente sobre el suelo.
Incluso de joven, sabía que necesitaba un plan de contingencia para el factor «y si pasa algo», y tener un sótano encajaba perfectamente.
Y quizás el factor «y si pasa algo» acababa de caernos encima como la famosa casa de aquella vieja película que aplastó a una bruja cuando un tornado hizo de las suyas.
—Roth —me llama Tia en voz baja.
Me sobresalto porque no la había visto acercarse hasta quedar frente a mí.
Le tomo los hombros desnudos. La camiseta de tirantes que lleva mantiene a las chicas en su sitio. El pijama de franela está tan gastado que el estampado es apenas un recuerdo desvaído de copos de nieve medio borrados.
Sus ojos azul claro buscan los míos.
La acuno bajo mi barbilla y, como es más fácil hablar así, por encima de su cabeza, siento las tripas enrolladas como una serpiente lista para atacar.
Pero es Tia quien habla primero. —¿Qué es lo que no le estás contando a Luke?
—No creo que esto sea un simple apagón.
—¿Por qué?
Mi instinto me lo dice. —Tengo copias de seguridad de las copias de seguridad.
No me gustó que Pulse llamara a las redes eléctricas el «colectivo». No me gusta haber tenido que migrar todos mis aparatos a la interfaz de Pulse, y ahora el suministro eléctrico está en peligro, y Pulse se ha convertido en el nuevo «intermediario».
—Estás repitiendo lo que ya sé, Roth —Tia se aparta y me estudia el rostro—. Nadie conoce mejor que yo lo que has hecho aquí.
Nuestros ojos recorren el sótano: los tarros de comida, las garrafas de agua, los bidones de aceite y combustible, y finalmente se posan en el ordenador central.
—¿Es por Pulse? —pregunta Tia, rozando los interruptores que ya no uso mientras me busca la mirada por encima del hombro.
—Sí, maldita sea. Tuve que pasar todas mis medidas de seguridad a la nueva tecnología porque, si no, no funcionarían. Pulse las dejó obsoletas de un plumazo.
Se gira para mirarme y cruza los brazos debajo de sus magníficas tetas. —¿Tus cosas van a funcionar?
Mis cosas. Me reiría si pudiera encontrar algo de humor en medio de esta inquietud. —Funcionarían mejor en la casa de Sequim, no te voy a mentir. La nubosidad y las lluvias de aquí no son ideales para captar energía solar.
—Uf —dice Tia mientras se dirige a las escaleras.
—Tia —la llamo en voz baja.
Se gira a regañadientes, con los brazos cruzados de nuevo.
—Todo lo que hago es por ti y por Luke. Todo esto. —Señalo con la mano el equipo de supervivencia en las entrañas de nuestra casa.
—Lo sé. Pero odio eso de tener dos casas, cuando siempre dices: «Un día nos mudaremos a Sequim». ¿Por qué no podemos quedarnos aquí? Me encanta Black Diamond.
Entrecierro los ojos al mirarla, cansado de la misma discusión y más estresado por el apagón de lo que quiero admitir. —Te encanta esto porque lo conoces, porque llevamos aquí veinte años.
—Sí, no puedo negarlo. Lo has hecho seguro, Roth. Tenemos pozo, paneles solares...
—Paneles solares limitados —corrijo. El clima y el dinero no dieron para instalar todos los que habrían sido ideales.
—Da igual. —Hace un gesto cortante con la mano, y mi irritación se transforma en ira—. Tenemos comida y agua suficientes para dejar contento a un mormón.
—No tiene gracia, Tia.
—No te atrevas a gruñirme, Roth Fairchild.
Me planto allí en dos zancadas, y con Tia de pie en el primer escalón, quedamos casi a la misma altura.
Apoyo la mano en el grueso poste del arranque de la escalera.
—Escúchame —empiezo con la voz encendida por la ira, urgente—, no sé qué cojones está pasando, pero nuestros vecinos no tienen electricidad.
—La miro fijamente, sin parpadear—. Eso significa que no tienen agua, y que solo tienen la comida que compraron en las últimas dos semanas.
—¿Qué vecinos? —pregunta Tia, y echa la barbilla hacia atrás—. ¿Los Thompson?
—No. He usado el término a la ligera. Cuando digo vecino, me refiero a todos menos nosotros.
—No quiero parecer una insensible, pero... ¿y qué? —Abre la mano—. Sigo sin entender por qué estás tan preocupado. Tenemos suministros para... ¿cuánto tiempo?