26
MULLEN
—¡Flint! —grito, corriendo tras ella mientras se aleja. El odio me inunda como una copa que se desborda.
Se gira, con cada centímetro de su cuerpo endurecido por entrenamientos brutales y pura disciplina.
Unos celos negros me invaden, tensos y enroscados como una cobra lista para atacar.
Flint logra mantener una expresión cuidadosamente neutral, pero sé lo que le cuesta.
Entre nosotras no hay ningún afecto, y su profesionalismo estoico me cabrea aún más.
—¿Sí? —arquea una ceja.
—Quería asegurarme de que las invitaciones llegaran a todos, personalmente.
Su expresión se vuelve pensativa.
—Sí, voy a ir. Smith es un buen hombre.
Pero tú no lo eres, es lo que no dice.
Siento alivio. Necesito que la perra esté ocupada.
—Solo policías, Flint.
Sus rasgos se tensan.
—Entendido. Sin acompañante.
—Sí. —Le apunto con el pulgar y el índice, simulando un disparo.
Se congela.
Intercambiamos una larga mirada envenenada; luego Flint gira sobre sus talones y se dirige a grandes zancadas hacia su cubículo.
Camino en dirección opuesta, silbando sin melodía mientras me dirijo al ascensor.
Mac
Rory frunce el ceño, sus ojos oscuros y solemnes, y silba bajo.
—¿Vas a ir a la cita prenatal?
—Sí —giro el volante, sacando el coche patrulla de la comisaría hacia la carretera.
—Eso es algo serio.
Asiento. Soy seria. Ese tiempo separada de Rebecca me lo enseñó.
—La amo —admito en la quietud del coche.
Segundos de silencio se extienden entre nosotros, luego…
—Podría destrozarte, Mac.
Muy cierto. Aprecio la cautela de Rory, que protege un corazón que ya entregué.
—Me arriesgaré, ella vale la pena.
—Siempre lo valen.
Chocamos los puños.
—La fiesta de Smith es el sábado —dice Rory en una pausa tranquila entre el caos habitual de nuestro trabajo.
—Sí —gruño—. El imbécil me buscó para asegurarse de que supiera que estaba invitada. Incluso dijo que sin «acompañante».
Rory echa la cabeza hacia atrás.
—Ese cabrón raro. Me dijo lo mismo, solo policías.
—Es una mierda.
—Pero Smith es un buen policía —afirma Rory como si fuera un hecho consumado, repitiendo casi exactamente lo que yo había dicho cuando el idiota de Mullen me invitó.
—Sí. No me gusta que Rebecca se quede en casa de brazos cruzados. Ahora que somos pareja, me habría encantado llevarla, presumir de ella.
Rory resopla, asintiendo.
—Exactamente. Me va a caer una buena porque Marti está en casa con los niños y yo voy a un evento de trabajo.
—Somos como una familia —digo.
—Excepto por la oveja negra.
Intercambiamos una mirada. No hace falta verbalizar quién podría ser.
Martes
—Dios mío.
He oído hablar de las ecografías. Pero nunca había visto una.
La doctora, ¿Winters?, desliza una sonda con un extremo bulboso sobre el vientre de Rebecca, cubierto de gel viscoso para facilitar el movimiento.
—¿Cómo están las náuseas, Becca?
—Casi han desaparecido —dice con evidente alivio en la voz.
Le aprieto el hombro.
Nos sonreímos la una a la otra.
—Es hora de engordarte.
La sonrisa de Becca se ensancha.
—Mi novia insiste en atiborrarme —admite, guiñándome un ojo.
La Dra. Winters esboza una levísima sonrisa mientras consulta la historia clínica de Rebecca.
—Has ganado casi un kilo.
—¿En serio? —Becca hace ademán de incorporarse, y la empujo suavemente hacia atrás.
La miro a los ojos.
—¿Recuerdas lo que íbamos a hacer?
—¡Cierto! —dice Rebecca con un gritito de alegría.
La doctora nos mira a ambas.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunta con un toque de humor.
—Quiero saber el sexo, doctora.
La Dra. Winters me mira, y me complace ver aceptación en sus ojos. No todas las personas que conocían las circunstancias de Rebecca serían tan comprensivas.
Estaría el típico «ya estás saliendo con alguien», como si el duelo tuviera un cronómetro, un plazo establecido.
Luego está el hecho de que Rebecca eligió a una mujer como nueva pareja.
Pero la doctora Winters no es como los demás. Para empezar, tiene compasión.
Frunce los labios y sus ojos marrones, inexpresivos, se encuentran con los nuestros.
Rebecca asiente.
—Es una niña —dice con alegría.
Una niña.
Rebecca se incorpora entonces, con los ojos clavados en la pantalla, mientras la sonda se mueve en las manos firmes de la doctora.
Observamos atentamente cómo una pequeña mano flota dentro de su útero, como si nos saludara, como si me conociera por primera vez y le gustara lo que ve.
—Dios mío, nos está saludando —susurro.
Rebecca me aprieta la mano.
Y lágrimas que nunca habría derramado antes de conocer a Rebecca caen por mi mandíbula ante este milagro: Rebecca y la pequeña vida dentro de ella.
Quizás Dios no se tomó unas vacaciones de mi vida, después de todo.
Jueves
—Christine —digo.
Rebecca se echa a reír a carcajadas, con la cabeza en mi regazo.
—¿Estás de broma? No. Rotundamente no. Le acortarán el nombre a Chris o algo horrible así.
—Para, bribona, o te besaré hasta dejarte sin aliento.
Su luminosa mirada azul se clava en la mía mientras le aparto el cabello de los ojos.
—Por favor, hazlo —me amenaza en voz baja.
Me inclino y la beso con toda la pasión que llevo contenida por esta mujer.
Sus brazos se enroscan en mi cuello.
Es en esa presión entre nuestros cuerpos donde lo siento.
Una patadita, como alas de mariposa, aletea contra mi antebrazo.
Nos separamos riendo.
—¿Lo has sentido? —pregunta Becca con los ojos brillantes.
Asiento, demasiado emocionada para hablar.
—Has cambiado mucho —dice con asombro, mientras sus ojos recorren un rostro que ya no está cerrado a su escrutinio.
Sino abierto. Libre para que vea todo lo que siento.
Solo ella. Ese privilegio es solo suyo.
Juntamos las frentes y digo:
—Tengo el nombre perfecto.
Rebecca se ríe.
—Más vale que no sea otra Christine.
—Jamie —digo conteniendo el aliento.
—Oh, Mac —dice mientras se incorpora, y yo bajo las piernas del sofá y las apoyo en el suelo.
Se pone de pie, se sienta a horcajadas sobre mí y se acerca hasta que nuestros pechos se tocan, con los ojos a escasos centímetros.
—¿Por James?
—Sí —respondo en voz baja.
—Te quiero.
—Entonces, ¿te gusta el nombre? —bromeo.
Lágrimas de felicidad corren por nuestras mejillas.
Nunca imaginé que mi vida pudiera ser esto que tengo ahora.
Ella no sabe que la estoy observando. Tori me dejó entrar, convencida de que soy la policía y no la novia.
Rebecca está calentando antes de que lleguen sus alumnas.
Los espejos cubren todas las paredes y reflejan su perfección desde todos los ángulos.
Un leotardo negro es una segunda piel sobre su piel pálida, tinta oscura que fluye mientras su cuerpo se mueve. Sus brazos revolotean como olas infinitas, y las zapatillas de punta rosas trazan un intrincado repiqueteo mientras atraviesa el suelo de madera.
Rebecca parece flotar desde una esquina del estudio hasta la otra. El suave ritmo del repiqueteo es el único sonido mientras se desliza.
Cuando llega a la esquina opuesta, Rebecca gira: una pierna musculosa se extiende con gracia y se retrae mientras da vueltas hasta detenerse.
Nuestras miradas se encuentran.
—¡Mac! —exclama, y corre hacia mí con una alegre sorpresa dibujada en el rostro. El susurro del satén llega a mis oídos un instante antes de que salte.
La atrapo en el aire y giro lentamente en medio del estudio.
Solo ella y yo.
Como si siempre hubiéramos estado así.
Rebecca se ríe mientras anuda los largos cordones de satén de las zapatillas de punta y se las cuelga del hombro.
Una zapatilla cuelga por delante; la otra golpea suavemente contra su omóplato mientras se inclina para ajustarse los calentadores sobre las mallas rosas.
Se calza los zuecos, se endereza y estira los dedos hacia el techo.
Me ajusto el cinturón de servicio y lo recoloco después de nuestro pequeño baile en el estudio.
Baja los talones con un clic.
—Me encanta que hayas venido.
—Llegué justo a tiempo. Habías terminado. Pensé que habría un enjambre de bailarinas reclamando tu atención.
—No, estaba terminando. A veces bailo después de que todas se han ido —se encoge de hombros.
Frunzo ligeramente el ceño.
—¿Es seguro para la pequeña Jamie?
Rebecca niega con la cabeza.
—La Dra. Winters dice que si siempre he hecho un ejercicio, no hay problema —se ríe, y sus ojos llenos de humor se encuentran con los míos—. Aunque no empezaría a hacer parasailing.
—Todavía no —coincido.
Nos encontramos en medio del vestuario. Rebecca entrelaza sus manos con las mías, se pone de puntillas y me besa.
La estrecho contra mí, deseando que el beso no termine nunca.
Cuando por fin nos separamos, poso la mano sobre su vientre, donde una suave curva se aprecia si alguien la busca.
Yo la busco.
Su mano, más pequeña, cubre la mía.
Con los dedos entrelazados, salimos del estudio de danza y saludo con la mano a Tori, la recepcionista, que me lanza una mirada curiosa y baja los ojos hacia nuestras manos unidas.
Sigo a Rebecca hasta su casa, espero a que entre a salvo en su urbanización y luego conduzco hasta la comisaría para mi turno.
Nunca había deseado tanto no trabajar como en este momento.
Rory comenta lo mucho más feliz que me ve.
Caigo en la cuenta de que soy más feliz incluso cuando Rebecca no está.
No tiene que estarlo.
Soy más feliz gracias a nosotras.