25
MULLEN
Estoy seguro de que esa lameculos va a cantarlo todo sobre mí.
Sonrío con suficiencia. Hoy le toqué las narices a la bailarina. Sus ojos azules como platos y esa cara de agobio me pusieron duro. Solo imaginarla con Flint hace mis planes aún más sabrosos.
Está buenísima incluso estando preñada.
—¿En qué piensas?
Giro la cara bruscamente hacia mi compañero. Ni de coña. Me vuelvo hacia Smith, apoyo la mano en el salpicadero y empiezo a tamborilear frenéticamente con los dedos.
—Nada, estaba pensando en mis cosas.
Smith gruñe en señal de asentimiento, entra en el aparcamiento de la comisaría lleno de coches patrulla y aparca suavemente en nuestra plaza asignada.
—Gracias por organizar mi fiesta de jubilación.
La verdad es que no tuve mucho que ver, pero delego como nadie.
Le doy una palmada en la espalda a Smith, atribuyéndome el mérito en silencio mientras pone el freno de mano.
—Faltaría más.
Me guiña un ojo.
—No debería estar tan jodidamente contento de dejar de ser poli. Sobre todo con el clima político que hay.
Niega con la cabeza, resignado.
Recortar esto, recortar aquello, dejar que la escoria dicte las normas. Claro, eso solo les beneficia si te ves obligado a seguir dichas normas. Si un criminal quiere patalear y quejarse de sus derechos, bueno, por experiencia sé que no gritan mucho si les arrancas la laringe.
No me doy cuenta de que estoy sonriendo hasta que Smith dice:
—¿A qué viene esa sonrisita de capullo?
—Acabo de acordarme de algo que me puso de buen humor.
—Cuéntamelo —dice, abriendo la puerta del conductor y sacando una pierna.
—Es broma privada.
Se ríe mientras entramos juntos en la comisaría.
Apostaría a que Smith está pensando en pescar y en cerveza.
El mío es más concreto.
Venganza.
—Tú averígualo.
Muevo la mandíbula de un lado a otro.
—Es jodido hackear esta mierda —murmura mirando al suelo.
—La última vez lo conseguiste —le recuerdo.
La pequeña comadreja se aparta el pelo grasiento de los ojos, se frota la barbilla picuda que no ha visto una cuchilla en diez días y se inclina como si fuera a contarme un secreto.
Me echo hacia atrás automáticamente; el tío apesta a sudor de friki que vive con su madre.
—Te va a costar.
Ya me lo imaginaba.
—Pagaré.
Me paso la mano por la cara.
—Quiero saberlo todo de esa zorra, hasta el color de las bragas.
Sus labios finos se estiran en una parodia de sonrisa.
Cuando le devuelvo la sonrisa, la suya se esfuma ante lo que ve en mi sonrisa de tiburón. Bien. No hace falta que seamos amiguitos.
—Tenlo listo para finales de semana.
—Vale.
Lo veo alejarse. Un perdedor de la Generación Z. Como todos esos blandengues, esos aspirantes a guerreros del teclado.
Tienen sus jodidos usos. Críos. Necesito sus putas habilidades informáticas cuando lo único que quiero es meterle una patada en el culo y mandarlo a volar como Superman puesto de esteroides.
Me da igual, mientras el crío consiga la información que quiero.
Para poder joderle la vida a Flint a lo grande.
Mac
No fumamos cigarrillos ni hacemos ninguna de esas tonterías de después del sexo.
En vez de eso, estamos tumbadas desnudas, una frente a la otra, mientras contemplo cada contorno de su cuerpo elegante y ligeramente musculoso de bailarina.
Bajo la mirada hacia sus pies y veo que están destrozados. Bailar en punta no es para débiles.
Rebecca me observa mientras la observo.
Sonríe.
—Estoy pillada —digo con suave intensidad.
Su sonrisa se desvanece.
Me inclino hacia delante y la atraigo hacia mí.
—Por ti. Ñoña, loca de amor, pillada.
Nos fundimos la una en la otra. Sus labios se mueven bajo los míos, amoldándose a los contornos de mi sonrisa. Hay algo en la felicidad que despierta una ligereza en mí.
Una que no sabía que tenía.
He vivido todo este tiempo, he tenido un trabajo oscuro que me ha obligado a explorar las catacumbas de mi propia integridad. A veces, recorrer ese laberinto ha sido agotador, pero al final, hacer lo correcto importaba más que elegir lo fácil.
Rebecca no es lo fácil, es lo correcto. Y saber distinguirlo es un alivio profundo.
—No pretendía quitarte las ganas de hablar de Mullen —dice en voz baja, y cruzo los pies a la altura de los tobillos, echándome hacia atrás lo justo para estudiar su rostro bajo la suave luz de su dormitorio.
—Me gusta el orden en que han pasado las cosas —digo con un toque de humor.
—Eso está claro.
El rubor de Rebecca la hace aún más guapa, si cabe.
—Cuéntame —digo, y luego niego con la cabeza—.
¿Me va a cabrear?
—¿No lo estás ya?
Lo pienso durante medio segundo.
—Sí.
Ella levanta un hombro desnudo y, sin pensarlo dos veces, ahueco la mano sobre la curva, besando donde el cuello se une al hombro. Mis dedos se deslizan sobre su piel sedosa.
Rebecca se estremece.
Dios, esta mujer. Inhalo hondo para calmarme y suelto el aire despacio.
—Dispara.
—Me dijo que no mencionara su visita.
Cómo no.
—Ya —pongo los ojos en blanco. Menudo morro tiene ese capullo.
—Sabe lo del bebé —repite.
—Sí —mi voz suena cansada incluso para mí.
Sus ojos recorren mis rasgos.
—¿Por qué me asusta tanto eso?
Porque eres lista.
—Oye —digo, y la atraigo contra mi costado de nuevo. Apoyo la cabeza en la palma de la mano y me incorporo sobre el codo lo suficiente para mirar su rostro preocupado.
Yo he puesto esa expresión de preocupación en su cara. Por mi relación con Rebecca tiene miedo, en lugar de seguir reconstruyendo su vida tras la muerte de James.
—No voy a dejar que te pase nada.
Asiente, con una confianza absoluta reflejada en su rostro.
—¿Por qué estamos hablando de otro poli en estos términos?
Porque he oído cosas que sé que no son solo rumores.
—Es mala semilla —digo, y suelto una risita por lo cursi de la expresión. Es un cliché y no es del todo acertada.
Pero lo es.
—¿Mala semilla? Entonces, vosotros... Sé que lo superaste en todas las pruebas de la academia.
Sonrío.
—Superé a la mayoría de los hombres. Todavía mantengo algunos récords en la agencia desde hace diez años.
—Estoy asaltando la cuna —suelta de repente.
Asiento. Técnicamente, supongo que es verdad.
—Me importa una mierda.
Se me ocurre algo de pronto:
—Entonces no podías tener hijos...
—James tenía un recuento bajo de esperma y mis ciclos no eran del todo regulares —se encoge de hombros.
—Supongo que al final tener treinta y ocho no importó.
Su sonrisa es nostálgica.
—Se alinearon las estrellas, supongo.
Nuestras miradas se cruzan.
—Para mí sí se alinearon.
Nos besamos.
Y, por supuesto, eso lleva a más.
Becca
Lanzo las palomitas, más o menos, hacia la boca de Mac y, más rápida que una serpiente, atrapa el grano esponjoso. El crujido mantecoso llena el silencio.
Estamos buscando algo en Netflix y no encontramos gran cosa.
Tengo un antojo brutal poscoital combinado con el cuerpo lánguido después de todos los orgasmos que me ha dado Mac.
Lo que me recuerda un tema que llevo tiempo queriendo abordar. No es fácil, pero es necesario.
—Mac —la llamo en voz baja, y ella se acerca contoneándose hasta mi lado del sofá y me envuelve en su abrazo. El sujetador deportivo que se ha puesto huele a ella, a nosotras.
—Hmmm —ronronea, y me besa la sien. Abro la boca y, en lugar de labios suaves, saboreo... palomitas.
Abro los ojos de golpe.
—Mmm —me río mientras mastico—. Pero pensé que te tendría a ti otra vez.
Sonríe con suficiencia.
—No te libres de comer. Tienes que pensar en el Bebé X.
Frunzo el ceño.
—¿«Bebé X»? Bah. Tenemos que buscar algo diferente. Un nombre de verdad.
Mac se echa hacia atrás, pensativa.
—¿Sabes qué es?
Niego con la cabeza.
—Quiero ir a tu próxima cita —dice con firmeza.
La pena me golpea como un puñetazo en el estómago y me quedo sin aire.
Mac me levanta por las axilas, me gira y me sienta en su regazo. Me rodea el torso con sus brazos fuertes y me atrae hacia ella.
—Respira, Rebecca. Estoy aquí.
Por fin, tras unos segundos de aturdimiento, consigo tomar la primera bocanada de aire entrecortada.
Me desplomo contra Mac y nos quedamos juntas unos minutos en total silencio; solo los tráileres de Netflix que no vemos proyectan un murmullo de fondo. Me aclaro la garganta.
—Gracias. Habría ido a esas citas...
—...con James.
Asiento en silencio; sobran las palabras.
—Me alegra mucho que quieras venir conmigo —admito.
—¿Estás segura de que quieres que vaya? —la voz de Mac tiene un toque de vulnerabilidad que estoy bastante segura de que es inusual en ella.
Me incorporo y me giro en sus brazos.
Dejo que mis ojos reflejen mi intención, mi corazón, mi alma.
—Sí —susurro entre las dos.
Mac me acuna el rostro y me besa tan suavemente que, si no lo hubiera estado esperando, me habría perdido ese roce de sus labios, ligero como una pluma.
—Estaré ahí.
Ahora viene lo difícil.
Intuye que tengo algo importante que decir y se aparta.
—¿Qué?
—Quiero saber por qué no puedo ser yo la que... —tomo aire para armarme de valor—... la que...
—¿Me folle? —sus labios se curvan.
Uf.
—No es exactamente como lo diría yo —me arde la cara y me llevo las palmas a las mejillas ardiendo—. Lo que quiero decir es que a veces me gustaría ser yo la que... —vuelvo a mirarla a los ojos. Ojos firmes. Ojos inflexibles—. Te penetre —termino en voz baja.
—No.
Parpadeo.
—¿Me estás diciendo que no?
Asiente.
—Eso no va a funcionar, Mac. O sea, quiero ser yo quien te dé ese placer, como tú haces conmigo. Dios sabe que tienes un montón de arneses.
Sonrío, intentando suavizar lo que sea que la frena.
Mac no me devuelve la sonrisa.
Le toco la rodilla, percibiendo que hay algo más que no capto.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no confías en mí?
Sus ojos grises se han vuelto acerados, destellando con ira contenida, pero no hacia mí.
—Sí confío en ti.
Echa los hombros hacia atrás, resuelta.
—La penetración no es placer, es dolor. Al menos, para mí lo es.
Nuestras miradas se entrelazan durante un momento cargado de todo lo que no decimos.
—Eso no es cierto. Sería delicada, te lo juro.