21
BECCA
Suena el timbre y echo rápidamente el calentador sobre el respaldo del sofá donde me había sentado para ponérmelo en la pierna derecha.
Paso frente al espejo y noto que la compresa fría que me puse en los ojos hinchados ayudó un poco, aunque todavía los tengo enrojecidos. Dios sabe que las he gastado a montones en los últimos meses.
Laura se fue y me desahogué llorando, pero dormir no mejoró mucho este aspecto tan encantador. Había tomado precauciones extra para evitar que la gente bienintencionada me echara un vistazo y me preguntara cómo estoy, con lástima.
Lo que realmente quiero es esconderme un día más y no enfrentarme a mi trabajo.
Pero entonces caí en la realidad. Soy autónoma.
No puedo dejar que una pequeñez como tener el corazón destrozado me impida dar clases de ballet.
Antes de la muerte de James, mi trabajo era mi pasión. Me encantaba. Y me sigue encantando.
Tengo que ir superando las fases de mis emociones, que han aflorado aún más por el embarazo.
La mano me revolotea sobre el vientre mientras camino hacia la puerta.
Me pongo de puntillas, cierro un ojo y miro por la mirilla.
Un ojo marrón turbio me devuelve la mirada.
El oficial Mullen. El imbécil que se peleó con Mac.
Los tacones de los zuecos repiquetean con fuerza cuando bajo los talones.
¿Debería abrir la puerta?
Un dedo apuñala el timbre por segunda vez y doy un respingo; abro la puerta por puro reflejo.
Es tan alto como Mac, pienso un segundo antes de decir:
—Hola.
Nos miramos durante un momento incómodo. Luego añado:
—No sé a qué viene esto, pero tengo que irme a trabajar pronto.
Los labios gruesos de Mullen se aplanan en lo que él considera una sonrisa. La expresión parece postiza.
El estómago me da un vuelco nauseabundo y disimulo un eructo con sabor a bilis tapándome la boca con el puño.
—¿Puedo pasar? —pregunta.
Así, sin más, me entra el miedo. No.
—Claro —digo, sin haberme sentido tan insegura en toda mi vida.
Se cuela por la puerta y, con un suspiro contenido, la cierro a regañadientes tras él.
Mullen se toma su tiempo, estudiando el interior de mi casa de un modo que se siente como una violación visual. Su escrutinio me hace sentir violada. No hay otra forma de describirlo. No es alguien a quien quiera aquí. Después de la pelea con Mac, me siento desprotegida, vulnerable.
No es justo que haya puesto a Mac en el papel de protectora. Pero de algún modo, justo o no, inconscientemente, ya la había colocado ahí.
De repente me invade la rabia. Como Mullen es policía, como hubo un accidente que mató a mi marido, Mullen cree que eso le da derecho a plantarse aquí y meter sus narices criticonas en mi casa.
Mía y de James.
Abro la boca para decirle que iré a la comisaría (o como la llamen ahora) porque quiero un lugar mucho más neutral que mi ático, pero lo que dice a continuación me deja muda.
Se gira con suavidad, dejando de examinar mis cosas, y me mira desde su metro ochenta y pico de altura. Con una sonrisa de falsa benevolencia, dice:
—Quiero disculparme.
Me quedo paralizada.
Me quedo de piedra. Jamás habría imaginado que esas palabras salieran de su boca. Es un gilipollas de manual, como lo habría llamado James.
Se pone las manos en las caderas, esboza una sonrisa de «vaya, qué pena» y se encoge de hombros a juego, todo completamente espeluznante.
—Flint y yo tenemos historia. No debería haber dejado que el haber empezado con mal pie hace tiempo afectara a mi trabajo o mi conducta.
Me asalta un recuerdo nítido de ellos dos a puñetazos.
—De acuerdo —respondo, agobiada por sus palabras y su actuación. Porque, créeme, Mullen está actuando. No sé cómo lo sé, pero lo sé.
Debería decirle a Mac que está aquí, pienso mientras Mullen sigue moviendo los labios.
—Esto no volverá a suceder —me asegura en tono burlón.
Claro. Me contengo para no secarme las palmas sudorosas en las mallas de ballet.
—Genial, yo... eh, gracias por venir.
No me preocupa ser grosera. Tengo una clase que dar, y él intentó pegar a mi novia.
Novia. Se me inundan los ojos de lágrimas ante la idea de que Mac ya no sea nada mío.
Noto que Mullen me sigue mientras le doy la señal no verbal de «lárgate» yendo hacia la puerta principal.
Bajo el pestillo con el pulgar y empiezo a abrir la pesada puerta de madera cuando la pregunta tranquila de Mullen me detiene:
—¿Ella lo sabe?
Me giro despacio y lo encaro.
Nuestras miradas chocan mientras el miedo vuelve a recorrerme, erizándome la piel.
—¿Saber qué?
—¿Lo del niño?
Me contengo para no llevarme la mano al vientre y darle a este cabrón una confirmación visual que no merece.
Trago con dificultad y vuelvo a preguntar:
—¿Qué «niño»?
Su fingida intención de reconciliación se desvanece, reemplazada por una sonrisa depredadora. Astuta. Cómplice.
—El de tu difunto marido.
El calor me sube a la cara. ¿Cómo sabe que estoy embarazada?
—¿Cómo lo sabes? —pregunto, dándole la vuelta a la tortilla con este policía que ha pasado de una disculpa falsa a su verdadera motivación para presentarse en mi casa: acosarme.
—Análisis de sangre.
Se cruza de brazos y se balancea sobre los talones.
—Si uno sabe qué buscar, está todo ahí.
Se toca la sien con un dedo, como si fuera muy listo.
—No entiendo qué relevancia tiene esto.
Extiendo una palma y, con la otra mano en el marco de la puerta, la abro un poco más.
—Mi embarazo o que Mac lo sepa.
Entrecierro los ojos mirándolo.
—Estamos hablando de Mac, ¿verdad?
—Es la única ella de la que estamos hablando, sí.
Sujetando la gruesa madera con la mano derecha, hago un gesto con la izquierda hacia el umbral abierto.
—Disculpas aceptadas.
Nunca.
—Ahora —lo miro a los ojos—, lo que Mac sepa o no sepa es asunto entre ella y yo. Y le pediría que no vuelva a venir a mi casa a menos que el motivo sea oficial.
Su sonrisa de satisfacción desaparece al instante, lo que aumenta mi inquietud.
—Solo estaba atando cabos sueltos. Charlando... no tiene que ponerse a la defensiva, señora Johnson.
Y una mierda. Lentamente, pasa junto a mí, atravesando el umbral como una babosa reacia. Las dos zancadas que da para salir de mi apartamento se me hacen eternas.
—No estoy a la defensiva, oficial Mullen. Pero le diré que venir a disculparse y luego intentar averiguar detalles personales sobre mi relación con Mac... —suelto una risa suave—. Esas dos motivaciones son contradictorias. Seguro que lo entiende.
Mullen se ajusta el ala del sombrero, un gesto inconsciente a juzgar por las marcas que ha dejado la costumbre. Cuando se pone las gafas de aviador, me recuerda a Mac, que tiene un par idéntico.
Con la mirada oculta tras los cristales, Mullen me esconde sus secretos.
—No desde mi punto de vista.
Y ese es el único que importa, por lo visto.
—Por favor, no vuelva por aquí, oficial Mullen.
De repente, invade mi espacio personal y jadeo, retrocediendo un paso. Al instante me odio por haber cedido terreno, pero estoy tan asustada por lo brusco de su movimiento que me quedo paralizada, con el corazón martilleándome en la garganta.
—Flint no tiene por qué enterarse de nuestra pequeña charla, señora Johnson. Lo único que ella necesita saber es que vine y arreglé las cosas.
Niego con la cabeza y susurro:
—Pero no lo ha hecho, no del todo.
Su sonrisa me recuerda a un oso enseñando los dientes antes de desgarrar la garganta de su presa.
—Perspectiva, ¿recuerda?
Me llevo la mano al pecho, como un escudo.
—¿La de quién?
—La mía —dice con tal mordacidad que le chasquean los dientes.
Mullen me recorre el cuerpo con la mirada y comenta:
—Te falta un calentador. —Levanta la barbilla—. Será mejor que te lo pongas. —Sus duros ojos marrones me atraviesan—. Alguien podría pensar que has perdido la cabeza.
—Fuera —digo en voz baja.
—Encantado.
Se toca el ala del sombrero a modo de despedida y se aleja con parsimonia por el largo pasillo hacia los ascensores.
Con una mano protectora sobre el vientre, retrocedo, cierro la puerta y echo ambos pestillos.
En silencio, me acerco al sofá, cojo el calentador del respaldo y me dejo caer sobre el cojín. No sé cuánto tiempo me quedo ahí sentada, pero el suficiente para oír el móvil con el tono de Tori y saber que han llamado a una sustituta.
Eso me va a costar.
Me cubro la cara con las manos y tomo grandes bocanadas de aire, que dejo salir lentamente.
Estoy tan jodidamente orgullosa de mí misma por no llorar.
Lentamente, me pongo el calentador con esmero. Le respondo a Tori con calma por mensaje y le digo que llegaré tarde... que me ha surgido algo, y me río en voz alta de lo corta que se queda esa expresión.
No hay problema, responde.
Y estoy justo lo bastante alterada por mi encuentro con Mullen como para creerle sin preguntarme si en el fondo está enfadada por tener que cubrirme.
Cuando las manos dejan de temblarme, le envío un mensaje al oficial Rory para contarle que Mullen ha venido. Por ahora, solo menciono la parte «buena» del encuentro.
La parte mala es demasiado grande para contarla por mensaje.
Que Mullen de algún modo conoce la naturaleza de mi relación con Mac (o la falta de ella) y le ha molestado de una manera indefinible.
Que claramente quiere crearle problemas a Mac y no tiene reparos en intimidar a una viuda reciente por nuestra relación y sus conjeturas sobre lo que hay entre nosotras.
No necesito problemas ni más complicaciones de las que ya tengo en mi vida.
El timbre me sobresalta tanto que se me cae el móvil.
Dios mío, por favor, que no sea Mullen otra vez. Me pongo de pie y controlo el temblor con una inspiración y espiración profundas.
Decido que no abriré la puerta si es él.
Llamaré al 112, y quizás aparezcan policías de verdad.
O quizás no.
Cuando miro por la mirilla esta vez y veo quién es, apoyo la frente contra la puerta.
Oigo una voz baja que me resulta íntimamente familiar:
—Rebecca.
Descorro ambos pestillos y abro la puerta.
Unos ojos grises y firmes se clavan en los míos.
Mac me recorre el cuerpo con la mirada. No es una mirada de deseo, sino de preocupación.
Sus hombros se relajan poco a poco.
Tras un minuto de examen silencioso, por fin me doy cuenta, avergonzada, de que Rory está detrás de ella.
—Hola, Rory —saludo con voz queda.
Me saluda con un gesto de la mano y luego señala a Mac con el pulgar.
—Esta quería comprobar que estuvieras bien. Le dije que habías dicho que todo iba bien.
Mentira.
Mac ignora el intercambio.
—¿Estás bien? —pregunta Mac como si no hubiera salido furiosa de mi casa hace tres días, como si no hubiera dicho todas aquellas palabras crueles.
Como si yo todavía le importara.
—No —respondo con sinceridad.
El aliento contenido se me escapa y las lágrimas que tanto me esforcé en contener caen mientras niego con la cabeza con vehemencia.
En un momento mi espacio es mío, y al siguiente, estoy en sus brazos.
—Estoy aquí. Shhh.
Trago el enésimo sollozo y susurro:
—Tengo mucho miedo.
Unos ojos grises como nubes de tormenta buscan los míos con precisión de misil. —¿Ese imbécil te amenazó?
Me aparto. —No exactamente.
Rory entra y cierra la puerta en silencio tras él. —Voy a quedarme escuchando, Becca.
Mis ojos se deslizan hacia los suyos y asiento con un gesto seco.
Mac me da un mínimo de espacio y me examina por segunda vez. —Tienes los ojos rojos.
—Estaba llorando. Quiero decir —bajo la mirada hacia mis manos y las desanudo—, no lloré cuando él estaba aquí. Demonios, aguanté de maravilla hasta ahora mismo. —Mi suspiro sale húmedo, como mi cara.
—Quiero confesarte algo, y luego me dirás qué significa «no exactamente».
Levanto una mano antes de que Mac pueda continuar. —Te aviso, no puedo aguantar muchas más verdades difíciles ahora mismo.
Mac se gira de perfil y establece una especie de comunión silenciosa con Rory.
—Me largo, pero estaré justo aquí fuera.
Sus ojos buscan los míos y le doy un leve gesto de agradecimiento. Hay palabras que solo deben oír dos personas.
Rory sale en silencio y nos quedamos Mac y yo a solas.
Mac habla en cuanto la puerta se cierra. —Fui una imbécil insensible.
Eso lo resume.
—No pretendía mentirte —admito con un encogimiento de hombros impotente—.
Es que no encontraba la manera ni el momento de decírtelo con las palabras adecuadas, que pareciera algo natural, hasta que fue demasiado tarde y lo nuestro iba en serio.
No sabía cómo manejarlo. Sigo sin saberlo —termino en voz baja.
Mac sonríe. —Unos días sin ti me dieron toda la maldita perspectiva que jamás quiero tener, Rebecca. —Su rostro se endurece—. Siento mucho lo que dije sobre James. No se lo desearía a nadie, y menos a ti. Pero no puedo retirar lo que dije, por muy cabrón que sonara.
Asiento, aunque hablar me resulta demasiado difícil.
Mac extiende la mano con vacilación y sus dedos largos y fuertes cubren mi vientre.
Alzo la cabeza de golpe y mis ojos buscan sus rasgos expresivos.
La sonrisa de Mac es radiante. —Este bebé es parte de ti —afirma.
—Sí —confirmo en voz baja, y cubro su mano con la mía, más pequeña, con gesto vacilante.
Mac parece recomponerse poco a poco. —Y tú ya tienes todas las partes de mí, Rebecca.
Lloro entonces.
No porque esté triste, sino porque quizás, por fin, ya no lo estoy.