CAPÍTULO 28
ROSE
Sean King, veintinueve años.
Polla como un demonio, lengua como un santo.
Trago saliva, intentando no recordar todo lo que esas partes de su cuerpo me hicieron anoche.
Fracaso épico.
—¡Tía Rose! —grita Charlie.
—¿Hmm? —respondo, dando un sorbo al café y removiéndome en la silla mientras una deliciosa molestia me recuerda lo mucho que trabajaron ciertas partes de mi cuerpo.
—No estás escuchando.
Cierto. —Lo siento, gusano asqueroso.
—¡Bichito! —Apuñala el aire con el tenedor de plástico y suspiro.
—Dile a la tía Rose qué necesitas.
Parece pensárselo, apoyando su manita en la barbilla. Miro su plato. Los huevos revueltos con queso están casi acabados.
El gran secreto para que un niño de cinco años coma es cubrirlo todo de queso. Al menos no lleva azúcar.
Mi propio desayuno de huevos se está enfriando. Doy otro bocado. Necesito esa proteína. Bebo zumo de naranja recién exprimido. Proteína. Glucosa. Y vuelta a empezar.
—¿Quién es ese hombre grande que estuvo aquí?
Qué observador es este niño. Suspiro. —Es Drake. Tenía muchas ganas de conocerte.
Eso no es mentira.
—¿Por qué?
Ajá. —Porque era un... —Dios mío— amigo de tu mamá. —Por algún milagro, no me atraganto.
—¡Oh! —dice, dando palmadas. Luego Charlie frunce el ceño.
Sé que eso significa más preguntas.
—Entonces... ¿era su novio?
Lleva dos semanas en el cole y ya tiene clarísimos los roles de chico y chica.
—No exactamente, pero eran amigos. —Antes de que él la matara.
Se me llenan los ojos de lágrimas al tener que hablar de esto tan por encima con Charlie. Respiro hondo.
—¿Va a volver? —pregunta, dando otro bocado de huevo.
—No lo sé —respondo con sinceridad. No he decidido qué voy a hacer.
Si digo la verdad, desataré una guerra entre bandas de moteros.
Si miento, Charlie irá a visitar a Drake.
¿Puedo decir verdades a medias?
¿Soy capaz de hacerlo?
Noose me invade la mente. Su rostro. Su cuerpo.
¿Puede protegerme de verdad? ¿Es justo pedirle a un tío que acabo de conocer hace una semana que me proteja?
No.
Dijo que te quiere, Rose.
El caso es que sé que lo quiero. Cómo es posible, no lo sé.
Pero Crystal se la chupó ayer, y luego él se acostó conmigo. Debería haberlo echado solo por eso.
En cambio, dejé que se acostara conmigo. Tres veces. Dejé que hiciera —me arde la cara— cosas con su lengua que no sabía que fueran posibles.
El amor de verdad es sacrificio.
Recorro con la mirada el pelo despeinado de Charlie y su pijama de los Minions. Sus piernas se balancean bajo la mesa mientras se apoya la cara en la mano. Está en las nubes, mirando por la puerta corredera de cristal hacia el parque.
Los niños se columpian mientras las madres los empujan. Los padres charlan de pie. Se me encoge el pecho.
—¿Tía Rose?
—¿Sí? —Me vuelvo hacia él y me pellizco el puente de la nariz para contener las lágrimas.
—Vamos al parque hoy.
Señalo a los otros niños que juegan. —¿A ese? —No soporto la idea de ir a Scenic todavía. Sé que Drake no estará allí. Pero el corazón me late más fuerte solo de pensarlo.
Asiento. —Claro, bichito. ¿Has terminado? —Miro las migas de huevo de su plato arqueando una ceja.
—Estoy lleno.
—Vale. —Recojo el plato, lo llevo al fregadero y echo lo poco que ha dejado en el triturador.
—¿Vas a salir a correr hoy, Rose?
Miro a Charlie y niego con la cabeza. —Creo que ya he hecho bastante ejercicio.
Sonríe de oreja a oreja.
Le devuelvo la sonrisa. Sé que debería salir a correr. Pero creo que anoche hice suficiente aeróbic horizontal como para un par de días.
Espero mensajes de Noose, pero el móvil que me dio sigue apagado.
Las dos horas que Charlie y yo pasamos en el parque son una tortura. Me cuestiono lo que hice con Noose. Lo que le dije.
Lo que él me dijo.
Ni siquiera conozco a Sean King. Repaso lo que sí sé.
Noose es peligroso.
Lo vi ir a por alguien con una cuerda. Tenía dos nudos enormes, del tamaño de mis puños, uno en cada extremo. Un extremo golpeó al tipo tan fuerte que le reventó la nariz. No me sentí mal por eso.
Noose pertenece a una banda de moteros.
Es un experto en el sexo.
Eso es bueno y malo. Probablemente es fantástico en la cama porque ha practicado tanto que es pura cuestión de que la práctica hace al maestro.
Me llevo la mano a la frente. Dios, Rose, eres idiota.
Y ahora que he vuelto a la tierra, que Noose ya no está tan cerca, me doy cuenta de que me acosté con él sin condón.
He estado con dos chicos en mi vida: Nick, del instituto, y Noose. He gastado muchas pilas con mi fiel vibrador. Seguro que lo habría usado menos y habría estado con más hombres de carne y hueso si no hubiera pasado lo de Drake.
Si no hubiera tenido a Charlie con diecinueve años.
No hay muchos chicos que quieran salir con una chica de mi edad que tiene un hijo. Ni muchas chicas que quieran hombres después de haber pasado por lo que yo he pasado y visto lo que yo he visto.
Pero aquí estoy, liándome con un motero. Igual que Anna.
Noose no se parece en nada a Drake.
Pero ¿qué es? ¿Quién es? Eso debería importarme más de lo que me importa. Cuando está conmigo, nada importa salvo él.
Cuando Noose no está, puedo pensar. Racionalizar. Procesar.
Charlie atraviesa la casa corriendo.
—¡Eh, más despacio! —grito entre risas. En realidad, ya es mayor para las siestas. Pero no volvimos de casa de mis padres hasta casi medianoche. Los dos estamos agotados.
Yo por razones diferentes. Una sonrisita secreta asoma a mi rostro. Perdería horas de sueño todos los días por lo que Noose me da.
Mi sonrisa se desvanece. Estar dividida no es bueno. Acabas haciéndote daño.
—¡Te leo un cuento si prometes echarte la siesta! —le grito.
—¡Yo elijo! —me grita.
Sé lo que elegirá.
—¡Donde viven los monstruos!
A todos los niños les encanta el peligro.
A los mayores también.
Estoy corriendo. Las botas de Drake resuenan detrás de mí.
Atravieso la luz moteada a toda velocidad, subiendo por el sendero. Las sombras se alargan a mis costados.
Me arden los pulmones, no consigo suficiente oxígeno.
Un mareo familiar me envuelve como una manta, y tropiezo.
Unas manos me agarran de los brazos y me levantan.
Lucho, me revuelvo.
—Rose. —Conozco esa voz.
Tengo los párpados cosidos. Siento que los pulmones me van a estallar.
—Rose.
Un hielo me recorre las venas mientras abro los párpados lentamente.
Veo tres Noose que tiemblan ante mí. Parpadeo de nuevo, con los párpados pesados.
Sofá.
Casa.
Noose me sostiene. —¿Estás bien?
Me estremezco al recordar las manos de Drake clavándose en mis brazos. —Drake —grazno.
Noose gruñe. Juro por Dios que gruñe. —¿Dónde?
Niego con la cabeza. —Una pesadilla.
Miro alrededor mientras bajo las piernas del sofá. —¿Cómo has entrado?
Noose pone los ojos en blanco. —Hasta tu crío podría hacerlo. Este sitio no es seguro, nena. Solo lo digo. —Se levanta con soltura y cruza los brazos—. Menuda pesadilla.
—Sí. —Me tiembla la voz. Se me ha deshecho el moño y me quito la goma. El pelo me cae alrededor como una cortina.
Miro a Noose a través de los mechones de pelo. —Pensé que me ibas a escribir. —Desorientada, miro el reloj de la cocina y gimo. Son casi las cuatro. Charlie va a estar insoportable. Los dos nos quedamos dormidos después de pasar un par de horas en el parque. Suspiro.
Y Noose se ha colado en mi casa. Dios.
—Trainer está hasta el cuello. —Noose sonríe con suficiencia.
Arqueo una ceja. Suena doloroso.
—Pero tiene que comer y cagar. Así que le dije que vendría a ver cómo estabas.
Noose en una misión no es tierno. Es duro.
Me levanto.
—No me gusta cómo me miras, Rose.
Mierda, tiene unos instintos muy agudos. Cambio el peso de un pie a otro.
—Yo... Noose, no puedes entrar aquí sin más.
Se encoge de hombros. —No te voy a mentir. Tu seguridad es importante.
—Tengo a Charlie, un trabajo, una vida.
—Una vida conmigo ahora.
Lo miro. Tengo que alzar mucho la vista. —Necesito conocerte mejor.
Su rostro se vuelve inexpresivo. —No soy muy hablador.
Dios, ya lo sé. —Yo sí que lo soy.
—No me digas —dice con una sonrisa repentina. Se gira un segundo, quizá oyendo algo que yo no oigo, y entonces veo la herida en su cabeza.
Me avergüenza no haberme dado cuenta anoche, cuando nos lo estábamos montando.
Alargo la mano y la toco.
Su mirada vuelve a mí, relampagueante como nubes de tormenta cargadas de electricidad. —Rose.
Noose me coge la mano y me atrae hacia su cuerpo. Encajamos a la perfección, y me hundo en su calor. En su protección.
—¿Por qué me siento tan bien contigo? —susurro.
—Yo me pregunto lo mismo. —Noto una sonrisa en su voz, y echo la cabeza hacia atrás.
Le doy un golpe.
—Bastardo arrogante.
—Es la pura verdad.
Mi sonrisa se desvanece.
—Háblame de ti, Noose. Lo sabes todo sobre mí. Yo no sé nada de ti. O sea...
Me recojo el pelo detrás de las orejas, y Noose observa el gesto como si estuviera hambriento.
El calor en sus ojos hace que algo se tense en mi bajo vientre, y se me corta la respiración... por una simple mirada.
—Estoy en total desventaja.
Noose suspira.
—¿Dónde está el niño?
—Charlie está durmiendo la siesta.
Lo estoy poniendo entre la espada y la pared. Pero no puedo seguir adelante —no lo haré— a menos que sepa quién es.
—Estuve en la Marina. Era un SEAL.
Parpadeo.
Noose suelta una risita.
—No pareces saber mucho sobre el ejército, ¿verdad?
Niego con la cabeza y me encojo ligeramente de hombros.
—Solo lo que oigo en la tele.
Se encoge de hombros otra vez, aparta la mirada y empieza a hablar, casi para sí mismo.
—Somos un equipo especial de tíos. Trabajamos juntos. Hacemos cosas.
Esa mirada clara y penetrante vuelve a posarse en mí.
—¿Cosas de las que puedas hablar?
Niega con la cabeza.
—¿Y los nudos?
Imagino el nudo oscilante que le destrozó la nariz a aquel tipo, reventándosela como si fuera una fruta ensangrentada.
El rostro de Noose es inescrutable.
—¿Qué pasa con ellos?
—Cuando tú...
Trago saliva para vencer el miedo a mencionar mi tiempo en el círculo de moteros.
—Me salvaste.
Noose asiente con solemnidad. Ni rastro de sonrisa. Sin expresión.
—Usaste esa cuerda... cómo la usaste. Fue... increíble.
—Hago nudos.
Noose. Se me enciende la bombilla.
—¿Qué significa eso?
Noose se pasa los dedos con impaciencia por el pelo, que llevaba recogido con esmero. Ya no tanto.
—Significa que algunos tíos pelean con los puños. Otros usan cuchillos. Pistolas. Yo hago nudos.
Sí. Sí que los hace.
—Oh —digo, en la respuesta más patética del mundo.
—Entonces, ¿qué significa todo eso? Tu nombre... tu...
Habilidad única con las cuerdas. Una imagen repentina de Drake atándome hace que se me acelere la respiración.
—¿Qué te ha puesto esa cara, Rose? —pregunta Noose en voz baja, invadiendo mi espacio personal mientras sus grandes manos se posan con suavidad sobre mis hombros.
—Drake me ató.
La palabra Mía, escrita con pintalabios, rebota en mi cabeza.
Miro fijamente el rostro de Noose. La ira le inunda las facciones.
—Significa —responde con cuidado a mi pregunta anterior— que si tengo una cuerda en las manos, alguien va a morir.